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¿Existe la ciencia ficción cubana?
O... sencillamente se trata de ciencia ficción hecha en Cuba
Helh
Por Raúl Aguiar
Uno de los autores cubanos que con más fiereza cultiva el realismo fantástico con el estilo duro, calificado de joyciano por algunos, nos ofrece un capítulo de su polémica Estrella bocarriba.
 
 
Polvo en el viento, antología de la CF cubana
 

Crítica de su novela La estrella bocarribaMetamorfosis de lo reprimido: Según Ouspenky, el hombre puede conocer cuatro estados de conciencia. Estos son: el Sueño, el estado de Vigilia, la Conciencia de sí y la Conciencia objetiva. El hombre sólo vive en dos de estos estados: en estado de vigilia y en el sueño, aunque en realidad el estado de vigilia se diferencia muy poco del estado de sueño.
Morrison Jim. Rostro pernil. Teatro No. Cenicero lleno de filtros de cigarros y cintas de casette. Un cuaderno de apuntes. El eterno carnet de identidad y Aquiel que se siente vacío. Vacío. ¿Recomenzando?
Se levanta y rebusca dentro de su mochila hasta dar con un frasco donde se agita un líquido verdoso. Deja caer unas gotas en un vaso y luego va a la cocina y lo rellena con alcohol. Se bebe todo el contenido en varios tragos y vuelve a acostarse. Cierra los ojos.
Y de pronto está en Antamtap.
Es una ciudad - o mejor dicho, la periferia de una ciudad - convertida en infierno, entregada al devenir animal de sus habitantes, los polimorfos perversos. Él de pronto siente frío, conecta los termos de su chaqueta y ajusta los dispositivos de policarbono. Sobre la superficie de la tela comienzan a moverse abigarradas formas y texturas y él se vuelve casi invisible sobre el fondo de los muros derruídos y montones de chatarra. Camina a lo largo de las calles, buscando la irección sugerida por su ojo privado. A primera vista las avenidas parecen desiertas, pero en las pantallas cromo de sus gafas se mueven algunas siluetas fantasmales, captadas en el infrarrojo: seguramente guardianes de barrio o exploradores de las tribus, al primer movimiento el disparo certero. Por suerte no cuentan con ningún adimento semejante a los suyos. (Adimento: palabra de la jerga tribal, posiblemente una contracción, o mejor dicho, una fusión de los conceptos "aditamento" y "alimento", para simbolizar los objetos provenientes del otro lado de las fronteras). En medio de la calle una fogata gigantesca y toda la tribu ¿Los Klippots? Reunidos al calor de las llamas, planeando alguna incursión fuera de sus límites territoriales. Un atisbo de recuerdo. Todos buscando el origen, la génesis de su existencia en Antamtap. Ninguno de ellos se pregunta si es correcto o justo o por lo menos lógico, diabético, ¿para qué hacerse preguntas si no hay puntos de comparación, si estiman que todo aquello es la única felicidad posible?
Ya cerca de la casa buscada debe esquivar dos cuerpos desnudos fornicando de forma grotesca, a todas luces, en pleno delirio de algún psicoquímico de los viejos tiempos. Hasta ahora solo ha visto niños, al parecer la información es correcta: todos niños, la materia prima ideal para suplir cualquier deseo de los del otro lado. ¿Mano de obra esclava? ¿Objetos de goce? ¿carne de cañón? ¿conejillos de Indias? ¿Quién sabe? Por fin la casa. La puerta de entrada con demasiada custodia, al parecer tendrá que rodearla e intentarlo por la de atrás. Exacto, en la del fondo solo hay dos guardianes, le resulta sencillo ponerlos fuera de combate proyectándoles una escena de cibersex compartida. Penetra en la estancia. Un sótano en penumbras, una escalera, luego y por fin la habitación que busca. ¿Dos? Sí, ellos están en el interior. Deben sentirse muy confiados porque la puerta está abierta pero ¿cómo podrían saber?
Traspone el umbral y desconecta los dispositivos del traje, haciéndose visible ya dentro. Ellos al principio se quedan con la boca abierta, mirándole sin comprender el milagro. Tan solo una pareja de niños nerviosos y sucios, hembra y varón. Rápido, debe actuar antes de que reaccionen. Ellos no tienen capacidad para financiar implantes así que los paraliza con un leve choque eléctrico y proyecta un sencillo fractal en sus cabezas, ramificación de aros brillantes en intersección hipnótica. Los niños lo miran primero sorprendidos y luego maravillados. El analiza sus facciones a la poca luz reflejada del único anuncio supergráfico que logra invadir el cuartucho.
El leader de la comunidad de los klippots es un niño. Es niña la bruja o sacerdotisa de esta tribu de pelos largos y ropa negra descolorida. Nivel mínimo de información, la clase más baja del sistema, promedio de vida diecisiete años reales, casi ninguno sobrevive a la carga diaria de violencia y química adulterada, pequeños salvajes de los suburbios. Ya es hora de comenzar a liberarlos, claro que ese concepto, hablarlo, asegurar su opuesto, su rareza de algo inaprensible más allá del infinito, podría ser un peligro en el diario bregar de una realidad sin espejos, simple cinética del deseo, el grito, la violencia, la inocencia sádica del "infantil sujeto", en el decir de Freud, la libertad puesta a morir sobre chatarra ferruginosa, sin escuchar más que los cantos y música redescubierta al percutir los pedazos de latón y acero, los cristales rotos, la base de una protorreligión mágica, sin esperanza de infinitud masoquista, si acaso una concepción de ultratumba más allá de las fronteras láser.
Por si los afecta demasiado el desfile de imágenes en cascada, Aquiel desconecta la proyección - también gasta mucha energía - y les ofrece un trodo a cada uno. "Tomen. Es un regalo. Solo díganme sus nombres". Los niños dudan un rato, fascinados, con los pequeños pedazos de biometal en las manos. "Irving", contesta el leader y le da un codazo a la niña para que también responda. "Daybel", susurra ella. Luego Aquiel los ayuda a colocarse los chips en la nuca, detrás de las orejas. Piensa en la gran ironía de esos dispositivos en aquellas cabezas peludas, llenas de piojos. Los niños lo adoran cuando los trodos comienzan a proyectar infografías acopladas a sus ritmos corporales. El se cuida de que el chip de Daybel también tenga adosado un scanner con acceso limitado a algún hipertexto de enseñanza elemental: al cabo de tres meses esa niña ya sabrá leer y escribir, un buen inicio para sus planes. Ellos lo adoran todavía más cuando les muestra los cuarenta trodos en forma de tatuaje sobre los brazos y el cuello.
Es curioso, piensa. La raza no parece extinguirse nunca con sus dos formas diferentes de re-producción: los niños aparecen como larvas blancas y húmedas brotando de los vientres hinchados de tantas desarrapadas de las calles, pero también aparecen de súbito en pleno centro de Antamtap, aparecen de la nada, del vacío, una reverberación del aire tan solo, única huella, y junto a ellos la versión plastificada del maná celeste, en paquetes de alimentos y conservas enviados por quién sabe cuáles dioses de Amenthis, la ciudad de las luces eternas.
De pronto el leader ordena a los suyos escoltarlo por los barrios prohibidos y la sacerdotisa envía observadores hacia los puntos estratégicos. Una cruzada. En realidad Aquiel no teme encontrarse con otra de las bandas: esta es una de las mejor pertrechadas en poder ofensivo. Comprende que podría jugar con cualquiera de ellos, induciendo caos, alterando sus percepciones de una manera sencilla.
Casi ahogado por el humo y el hedor de tantos vertederos de basura, sale del territorio klippot y les ordena a los niños que lo sigan. Dejan atrás las primeras calles y pronto comienzan los enfrentamientos. Siempre vencen. Van dominando los barrios en ruinas y perdonan magnánimos si le ofrecen el diezmo de unos cuantos fusiles y algo de droga en polvo para fumar. EDAD de PIEDRA. Arrasan con los pocos que resisten y los sobrevivientes se unen a los vencedores como lo más natural del mundo, siguiendo la pista de los neumáticos quemados, el olor hediondo de tantos cigarros liados de prisa y los cantos guerreros de los klippots. Ninguna estrategia. Deberá enseñarles un poco para que sean realmente útiles. Algunos jefes de otras tribus piden tregua y vienen a presentar sus respetos. Dialectos ininteligibles en mezcla grosera de lenguas de antepasados inmigs (inmigrantes) de todas partes del mundo. Para librarse de la chachára cuasirreligiosa Aquiel les regala algún trodo barato y si todavía no se marchan, el leader de los klippots se encarga de desaparecerlo de su vista.
Y también vienen niñas a ofrecer sus piernas llenas de fango y cicatrices y enfermedades exóticas pero en el fondo sólo en busca de polvo y yerba para inyectarse en los tobillos a la vista de todos, sin dejar de empujar sus nalgas contra el fornicador de turno, sin dejar de actuar con orgasmos fingidos y decepcionadas por la poca atención que les dispensan los líderes.
Van dominando barrio tras barrio por calles resquebrajadas, llenas de baches y charcos de agua pútrida de las cloacas, los muros repletos de graffittis milenarios en palimpsestos neobarroco, las teas encendidas iluminando la bandera del lobo-insecto y Aquiel ahora se siente como cierto flautista de los cuentos, con ordas de niños que lo siguen en medio de una fiesta orgiástica de sangre y sexo y sudor llevándolo a los límites de la ciudad prohibida. "Hasta ´quí" dice el leader y todos se detienen.
Pasadas tantas calles como tribus a dominar han llegado a los primeros avisos de prohibición del paso. Aquí la noche la noche comienza a ser iluminada de nuevo por reflectores indicando fronteras. Aquiel comprende que los klippots lo han traído a este lugar a propósito. Desean contemplar el último milagro: su paso a través de las barreras de seguridad. Quieren ver como él logra atravesar esos muros invisibles donde misteriosamente mueren todos los que intentan escapar del inmenso campo de concentración en que se ha convertido la parte antigua de la ciudad. Traspasando la línea, los conquistará para siempre. De ahí el silencio nervioso, los cuchicheos , la palidez general transparentando una esperanza de futuro donde todos podrán escapar del infierno hacia el otro lado, al país de luz donde los hombres se visten con ropas que cambian de color, viven en grandes rascacielos que destellan a la puesta de sol, el mundo donde todos tienen alas y pueden convertirse en niños o animales o lo que deseen y viajar con solo cerrar los ojos detrás de unas gafas, oh dios, Aquiel de pronto entrevé toda una religión y cosmogonía naif, construida a expensas de la mascarada virtual y siente compasión por ellos, comprende que esos niños ya están condenados por el solo hecho de haber nacido allí, son cadáveres móviles, zombies encerrados en los límites de su territorio para sobrevivir unos pocos años, porque no tienen otra opción, han aprendido a vivir con la muerte.
La sacerdotisa se seca las gotas de sudor del rostro y luego observa su mano húmeda, que frota en un borde de su pantalón destrozado. Rebusca en su morral y saca una calavera de perro seca y todos hacen silencio. "Oh, Señor Mosca", susurra, "Ayúdanos a salir del pantano". La niña dice algo más y luego pugna por acompañarlo unos metros pero él la detiene con un gesto. Ya están a punto de recibir los láseres de advertencia.
Aquiel le vuelve la espalda, sabiendo que clavarán sus ojos en él, tratando de memorizar cada detalle. Busca en su ojo privado la clave de salida y conecta con las potencias sobornadas del otro lado. Estas emiten una flecha lumínica que se desliza hasta sus pies y él, siguiéndola, se adentra en tierra de nadie, un paso en falso y recibiría la descarga.
Cuando llega a la zona de parqueo, donde su auto es guardado por un escudo de invisibilidad, lanza a las manos de los guardianes una caja con los créditos prometidos y de paso una propina en chips que sabe lamentará después, pero en ese momento la considera imprescindible para ganarse su favor en ulteriores ocasiones. Mientras maneja de regreso mira por encima del hombro y descubre que los niños todavía están allí, observando en silencio. Busca a la sacerdotisa y la descubre un poco alejada de los demás, la mano detrás de la oreja, seguramente acariciando el dispositivo. Ella sí lo recordará, los demás no. La vida termina de prisa en Antamtap, las tribus se aniquilan mutuamente en cuestión de días. Adivina que cuando regrese ya habrá otros, con nuevos nombres y rostros pero idénticos en el fondo, una masa variable y prescindible de carne tierna, sin historia, ni cronista para rescatarla. Pues bien: él, Aquiel, el hipócrita magnánimo, le ha regalado un camino a esa niña, ¿Daybel?, la sacerdotisa de la tribu. Dentro de algunos años se convertirá , sin dudas, en la primera mujer de una nueva raza, la madre de los ángeles sucios, y con esta nueva fuerza llegará el tan ansiado Caos, la Entropía como única respuesta al poder de las superestructuras, el caos traerá la libertad y ella será entonces la reina de los brujos, de los demonios nuevos, como Lilith, la primera gran rebelde que se atrevió a desafiar a los dioses. Lilith, ese sería un buen nombre para ella, algo para empezar.
Solo en el automóvil, avanza a toda velocidad. En el horizonte geométrico de metalocristal comienzan a verse los primeros supergráficos publicitarios que lo llaman con goce inducido a sus centros de placer inconscientes. Aquiel, el hijo pródigo, de regreso a la ciudad de Amenthis, como siempre. Vuelve a conectar todos sus trodos y se sumerge de golpe en la vorágine informativa…
"¿Entonces lo de la cueva no significa nada?"
"Yo no he dicho eso. ¿Por qué no dejamos que las cosas fluyan?"
Aquiel abre los ojos. De vuelta en su sanctuario. Esta vez la visión del windows ha sido tan perfecta, tan vívida…TAN LOGICA. Demasiado lógica. Y eso no es propio del Lado Oscuro. ¿Por qué estás en mi cerebro? ¿Por qué eres mi hija?
Aquiel adivina que no puede escapar de su destino a través de cualquier par de piernas - clítoris adentro - no puede bombardear la esquizofrenia sin mancharse los labios de sangre, intuye el error del camino escogido, las sábanas grises de carne y sexo y abrigocalor, imagina otros brazos temblorosos, el hilo de saliva al borde de un muslo, la mirada infantil de Lilith perdida al extremo del vientre, su voz en resonancia con la piel salada del pubis pero no, lo sensible duele, inevitablemente termina castrando, es mejor el sexo puro, de pronto el espejo se llena de mujeres y niñas de piernas abiertas, pensativas, sus flores se abren desde el centro del cuerpo sin que dentro guarden soles rojos empapados de sombra y misterio, no, sólo nieve rosada deslumbrante y cálida…Aquiel mira la hora. Es tarde. Ya ellos deben estar en la costa, esperándolo.

 
 
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