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¿Existe la ciencia ficción cubana?
O... sencillamente se trata de ciencia ficción hecha en Cuba
Trabajadora social
Cuento
Por Yoss
Publicado en el libro Se alquila un Planeta. Ed. Equipo Sirius. España. Febrero del 2002
 
 
Polvo en el viento, antología de la CF cubana
 

-El cíbertaxi se detuvo en la entrada del astropuerto. Tras abrir la escotilla, Buca sacó sus largas piernas de la cabina. Primero la derecha, después la izquierda. Luego se irguió, con estudiada languidez, fiel a su lema: Sensual cada segundo.
Selshaliman la imitó por el otro lado, y ella envidió la dignidad natural de sus movimientos. Su exoesqueleto de quitina grisáceo y reluciente daba a los grodos un rígido aspecto de armaduras medievales. Y también mucha majestad.
Un humanoide cetiano habría lucido mejor, de cualquier modo. Bellísimos, cuasi felinos, tan sensuales; no por gusto la mitad de la juventud terrestre imitaba su modo de andar.
Pero un grodo también tenía sus ventajas. Observó a Selshaliman pagar el taxi con su apéndice de créditos. Sus cuasimecánicos y veloces ademanes aún le resultaban a Buca extrañamente inquietantes. Como los de una mantis o una araña gigante. Pero la imagen se volvía más soportable si pensaba que pronto ella tendría el equivalente humano del apéndice de créditos: un implante subcutáneo, reflejo de la generosa cuenta bancaria que aquel exótico ser había puesto a su nombre.
Entraron. Buca miró ávida el último panorama terrestre que vería en mucho tiempo. El micromundo del astropuerto.
El astropuerto y sus alrededores eran un hormiguero de tráfico, como siempre. Xenoides recién desembarcados, ávidos de emociones, y ya estrechamente acosados por la red de turoperadores de la Agencia Turística Planetaria. Xenoides que abandonaban el planeta, cansados y repletos de souvenirs pintorescos y baratos.
Los había de todos los tipos. No humanoides, como los enormes pólipos de Aldebarán, con su lento desplazarse sobre su redondo pie musculoso; o los guzoids de Régulo, segmentados, largos y escamosos; o los colosaurios, macizos y blindados. Y también humanoides: cetianos y centaurianos. Esbeltos y bellísimos unos; fríos, azules y distantes los otros.
También había humanos, como aquel grupo que bajaba de un aerobús y casi corría hacia la entrada. Parecían científicos, muy nerviosos todos. Probablemente acudían a algún congreso, y rodeaban nerviosos a uno bastante joven que parecía el principal. Aunque él también se veía muy confuso; era obvio que se trataba de su primer viaje fuera del planeta. Pero, a su modo, eran privilegiados. Buca los envidió un poco. La Tierra solo permitía a sus ciudadanos abandonarla en muy contadas ocasiones, y en circunstancias muy especiales. Probablemente los científicos xenoides, interesados en que sus colegas humanos acudiesen al evento, habían corrido con todos el gasto del viaje y sus trámites.
Hasta podía verse, aquí y allá, algún que otro mestizo. Como aquella muchacha con sus grandes ojos y su piel azulada. Aquel centauriano que la acompañaba podría ser su padre. Tan envarado como todos ellos.
La chica debía ser famosa, porque su rostro le resultó bastante familiar a Buca. Quizás una estrella del simestim, alguna rica heredera... O más probablemente una trabajadora social como ella misma, pero de la más alta categoría. No lograba hacer memoria. Bah, ya se acordaría luego. Tampoco era tan importante.
Selshaliman movió nervioso las antenas; habría preferido usar una cabina de teletransporte hasta el anillo central en vez de atravesar todo el lugar a pie. Parecía incómodamente consciente de que era el único grodo en aquella zona.
Los insectoides eran fanáticos de la seguridad. Tenían su propia red de cabinas de teletransporte y circuitos privados de comunicación. Puro y carísimo capricho, en opinión de Buca. Pero si podían pagarlo... Después de los misteriosos auyar, los grodos eran la raza más poderosa de la galaxia.
Eran telépatas. Su vasto imperio mercantil se basaba en eso. Tal vez no pudieran leer los pensamientos de otras especies, pero captar los estados de ánimo y las emociones de todo interlocutor resultaba una muy apreciable ventaja en todo trato comercial.
Lo miró, suspicaz. Se decía que eran incapaces de captar e interpretar los pensamientos humanos con la misma nitidez de los de sus semejantes. No obstante... Selshaliman no creería seriamente que ella podía sentir amor por él...
Pero, por si acaso, cerró su mente murmurando las primeras estrofas de un pegajoso tecnohit de moda. Un truco aprendido de su amiga Yleka.
Una trabajadora social independiente tenía que cuidarse mucho. Nunca bajar la guardia. Hasta que no partiera la hipernave no podría estar tranquila. Circulaban muchas historias... algunas habían confiado en xenoides que luego resultaron ser humanos disfrazados con bioimplantes. Y el precio de su credulidad habían sido meses o años en Recambio Corporal...
Miró en derredor. También en el astropuerto estaban por todos lados las inefables cabinas. Dentro, los cuerpos en suspensión animada. Esperando un cliente...
Como reaccionando a su mirada, en aquel mismo momento una se abrió, y su ocupante salió tambaléandose. Buca trató de no hacerlo... pero lo miró a los ojos, como magnetizada. Suspiró aliviada al ver que no era él. Desde que Jowe fuera detenido, cada vez que veía salir a alguien de una cabina temía encontrarse con sus pupilas vacías.
Podría ser estúpido, pero no lograba librarse de aquel complejo de culpa...
Había razas biológicamente incompatibles con la biosfera terrestre, como los auyar. Para disfrutar los paraísos turísticos que ofrecía el planeta, habían creado el sistema de Recambio Corporal.
Se codificaban informáticamente todos los parámetros del "cliente" (memoria, personalidad, coeficiente de inteligencia, habilidades motoras) y luego se introducían en el cerebro de un humano-hospedero. El xenoide lograba a la vez movilidad y acceso a todas las habilidades y recuerdos del "cuerpo de recambio".
Solo había un "pequeño detalle": el 40% de las veces el individuo cuyo cuerpo y cerebro ocupaba el extraterrestre continuaba consciente.
Debía ser duro sentirse marioneta de otra voluntad...
Cuando el proceso estaba en fase experimental, ser un "caballo" (un término tomado del vudú) era voluntario y se pagaba casi bien. Pronto no alcanzaron los voluntarios y quedó claro que el asunto podía dejar secuelas. Ahora, la pena por cualquier infracción eran días, meses o hasta años en Recambio Corporal.
Era el equivalente moderno de la ruleta rusa; no todos los "jinetes" cuidaban igual sus "caballos". Algunos turistas los forzaban hasta el agotamiento y luego simplemente pagaban la multa correspondiente: salía tan barato... Muchos humanos enloquecían tras cinco o seis semanas de aquel tratamiento. Incluso circulaban rumores de que en Recambio Corporal procuraban que todos perdieran la razón. Una ley sospechosamente ambigua estipulaba que solo los que gozaran de perfecta salud mental tenían plenos derechos civiles. Toda obligación de devolver el uso de un cuerpo a su legítimo dueño desaparecía automáticamente si este se tornaba esquizofrénico.
Buca pensó en Jowe, tan sensible y delicado. No duraría ni dos meses. Probablemente ya estaría deseando la muerte...
Aunque tal vez -y ella sabía que la idea era solo un consuelo muy improbable- como era joven y gracioso, lo habría elegido algún xenoide pudiente. Y ahora estaría enfrascado en importantes negociaciones con los jerarcas de la Agencia Turística Planetaria. Sería tan irónico...
Solo rogaba que no lo estuviera "montando" un auyar. Preferían pagar cualquier multa, por alta que fuese, pero siempre destruían los cuerpos que hubieran utilizado como "caballos". Los grodos resultaban confiados e ingenuos, comparados con la paranoia que parecía ser la segunda naturaleza auyar. Eran ultracelosos de su anonimato. Nadie conocía su verdadero aspecto, ni muchos datos sobre ellos...
Humana y grodo atravesaron un gigantesco holograma del Gran Cañón del Colorado. Delante, conversaban en su silencioso idioma de gestos tentaculares dos pólipos de Aldebarán, muy interesados. Buca los miró, divertida: Tras la contaminación con fluorocarbonados en el siglo XX y la extracción de los minerales de sus laderas por una corporación minera de Procyon, el sitio ya no era ni la sombra de aquella imagen.
Se fijó con orgullo que también Selshaliman se detenía a admirar el panorama. Una de las pocas cosas de las que podían enorgullecerse los terrícolas era de lo bien aceitado que tenían su mecanismo de propaganda y atención al turismo xenoide.
Buca había estado un par de meses con un diseñador publicitario, y conocía algunos trucos del oficio. Colores imperceptibles al ojo humano. Infra y ultrasonidos. Y recientemente hasta ondas telepáticas, para los grodos...
Donde las dan, las toman. Era una especie de justicia poética que la Agencia Turística Planetaria drenara el dinero de las cuentas de los xenoides usando sus mismas habilidades.
Se acercaban a la primera barrera, rodeada por la inevitable Corte de los Milagros: negociantes por cuenta propia, cambistas ilegales, vendedores de drogas y trabajadoras sociales independientes. Y discretamente separados, esperando ofertas, elegantísimos en sus ceñidos atuendos de cuero negro, los altos y hermosos jóvenes que se dedicaban al trabajo social masculino... Estaba legalmente prohibido y era muy perseguido por Seguridad Planetaria. En teoría.
Todos ellos luchando entre sí y con los turistas por ganar algunos créditos. Solo un mes antes Buca había sido parte y no testigo del show, en otro astropuerto.
Pero siempre era igual, y con los mismos actores.
El Mutilado De Guerra que por unos créditos mostraba sus muñones radiactivos. La Víctima De Recambio Corporal babeando lamentablemente y tendiendo su mano temblorosa para la limosna. El Religioso Perseguido pidiendo ayuda para poder completar su sagrado peregrinaje. La Madre Pobre Con Su Hija Mugrienta, tiradas en un rincón, mirándolo todo con ojos de animal apaleado. El Rico Venido A Menos aparentando dignidad para vender sus hábiles falsificaciones, residuo supuesto del patrimonio familiar. El Vendedor De Especies En Extinción, con sus jaulas disimuladas conteniendo almiquíes, loros parlantes o cachorros de leopardo. La Joven Huérfana que por un centenar de créditos mostraría las fotos de su familia... y todo lo demás, y luego intentaría estafar o asaltar a su extraterreno benefactor. El Joven Universitario Buscando Diversión, que no estaba en la miseria (había que destacar aquello) pero que tampoco desdeñaría algunos créditos o una cortés invitación a comer por parte de algún generoso humanoide con sus mismos gustos homo...
La fauna contra la que advertían todas las guías turísticas.
Solo existen porque se les tolera, recordó Buca las palabras de Jowe. Una fachada de falsa naturalidad, una alternativa riesgosa para turistas ávidos de emociones fuertes. El mercado negro de los turoperadores por cuenta propia. Sus productos y servicios improvisados hacían resaltar la sofisticada eficacia de la Agencia Turística Planetaria, por puro contraste... y los agentes de Seguridad Planetaria vigilaban en la sombra, para que los "cuentapropistas" no se convirtieran nunca en un peligro real para los turistas.
Entre todos destacaban las trabajadoras sociales independientes. Zapatos de altísima plataforma flourescente que las obligaban a caminar con paso entre sinuoso e inestable, como sobre zancos. Ropas ceñidas como segundas pieles, cortísimas, semitransparentes o con incitantes juegos de luces. Modelos concebidos no para sugerir, sino para mostrarlo todo. Para dejar el mínimo posible de la carne tarifada a la imaginación del cliente.
Buca las miró, entre divertida y asqueada.
Ellas eran su pasado.
Las comparó con su imagen reflejada en las pulidas paredes de metaloplástico. Ya no era una más. Ya no vestía el procaz uniforme del deseo.
Llevaba un conjunto de seudoplata que moldeaba sus esbeltas formas sugiriéndolas sin adherirse impúdicamente a su cuerpo. Los tonos del tejido cambiaban interactuando con su biocampo. Solo cara y manos al descubierto; ya había enseñado suficiente piel para mil años. Con trajes así vestían las elegantes damas humanoides de Tau de Ceti o Alfa del Centauro.
Su piel casi era lo bastante pálida como para ser tomada por una centauriana...
Quizás debió haber comprado aquel tinte cutáneo, azul suave. Habría realzado la ilusión, y a Selshaliman no le hubiera importado. Más allá del culto pueril y la imitación de su aspecto y sus costumbres, las xenoides eran simplemente más... distinguidas.
La compañía de Selshaliman fue suficiente para atravesar la segunda barrera sin ser molestada. Solo las trabajadoras sociales legalizadas podían entrar libremente a aquel anillo. Las independientes necesitaban la compañía al menos temporal de un xenoide para acceder allí.
El súbito pandemonio de colores y sonidos aturdió a Buca por un segundo, como le ocurría siempre.
El anillo intermedio de cada astropuerto terrestre era una zona de tolerancia cuidadosamente controlada. Para viajeros de paso o turistas ansiosos de aprovechar las rebajas aduanales. Trabajadoras sociales de cualquier raza, tamaño y atuendo, a cual más provocativo. Y sus contrapartidas masculinos, en sus negros uniformes de sintcuero. Tiendas de artesanías nativas, souvenirs y demás parafernalia turística como la que se hallaba por todo el planeta. Pero más artificial, barata y concentrada.
Buca se detuvo ante un holograma de Nuevo París. Delante estaba un semiderretido trozo de metal que, según el rótulo, perteneció a la auténtica torre Eiffel.
Ella no había estado allí. Había tantos lugares en La Tierra en los que tal vez ya nunca estaría...
No importaba que Nuevo París fuera solo una reconstruccción metaloplástica de la vieja y auténtica urbe, arrasada por una explosión nuclear en los días posteriores al Contacto. Como todo terrícola, Buca sentía un gran orgullo por el glorioso pasado de La Tierra.
Por Grecia y por Roma y los aztecas y los incas y Gengis Khan y los mongoles y las pirámides y la muralla china y los rajás de la India y los samurais del Japón y Tumbuctú y New York.
El presente eran los grodos y demás xenoides.
Selshaliman también se detuvo ante el holograma de Nuevo París. ¿No habría ido nunca? Resultaba irónico. Todo lo que era ahora La Tierra se debía a ellos... y a su dinero. Y no lo aprovechaban.
-Bienvenido a La Tierra, el planeta más turístico de la galaxia. La hospitalidad es nuestra segunda naturaleza, porque existimos para hacerle sentir mejor que en su propia casa- Riendo, Buca repitió uno de los omnipresentes slogans de la Agencia Turística Planetaria.
Luego, su sonrisa se torció en un rictus amargo y miró a Selshaliman con un odio apenas encubierto.
También estaba el otro pasado.
El que describían los textos interactivos de la educación elemental. Una de las pocas cosas que la Agencia Turística Planetaria concedía gratuitamente a todo habitnte del planeta.
Un pasado relativamente reciente. Cuando ya se viajaba al cosmos en naves primitivas, pero muchos aún no creían en los xenoides. Cuando La Tierra tenía varias naciones y muchos idiomas, en vez del planetario unificado. Ganado, cultivos, pesca y caza en abundancia, pero también muchos hambrientos. Cuando la civilización estaba constantemente al borde del colapso. Por la guerra nuclear, la contaminación, la explosión demográfica, o todo junto.
Pero se produjo el Contacto.
Las inteligencias del Universo vigilaban a los humanos desde hacía milenios. Sin intervenir. Esperando que alcanzaran la madurez para aceptarlos en el seno de la gran familia galáctica. Pero cuando la aniquilación de la Tierra pareció inevitable, rompieron sus propias reglas y acudieron para impedirla. Sus inmensas naves descendieron en París, en Roma, en Tokio, en New York. Sus ganas de ayudar y sus recursos parecían infinitos...
Los dirigentes terrícolas, celosos de su poder ante intelectos y tecnologías tan superiores a los humanos, consideraron aquella intervención tan altruista una invasión. Y su reacción fue violenta. Alegando que el ataque era la mejor de las defensas, desenterraron el hacha de guerra.
Y era un hacha nuclear.
El ataque por sorpresa causó algunas explosiones atómicas, como la que barrió al viejo París. Pero no hubo una guerra nuclear. Los xenoides impidieron que estallaran los demás misiles y entonces mostraron todo su inmenso poder. Al emplear el arma geofísica, Africa entera desapareció bajo las aguas. Lo advirtieron con una semana de antelación, pero la obsesión de los gobiernos por el secreto, y la incredulidad de las masas fueron las auténticas causas del lamentable desastre. Más de ochenta millones de humanos perecieran en cuestión de horas. Cuando habría sido tan fácil evacuarlos...
Tras el horrendo incidente, los extraterrestres lanzaron su célebre Ultimátum: como los terrícolas no eran capaces de autogobernarse con inteligencia ni de emplear racionalmente sus recursos naturales, a partir de ese mismo momento dejarían de ser una cultura independiente. Y pasaban al status de Protectorado Galáctico.
Para restablecer el dañado equilibrio ecológico, los nuevos amos del planeta dictaron medidas draconianas: Cero consumo de combustibles fósiles o nucleares. Desmontar de los grandes centros industriales y científicos. Crecimiento demográfico cero. Hubo protestas globales que fueron eficaz y casi incruentamente sofocadas. Los muertos en todo el mundo no llegaron al cuarto de millón.
Menos de un siglo después, La Tierra había vuelto a ser el paraíso natural que vió nacer al hombre. Con prácticamente toda su superficie no verde convertida en un gran museo, el turismo era la principal (y casi única) fuente de ingresos para el planeta y sus habitantes. Un turismo controlado por la casi omnipotente Agencia Turística Planetaria, con grandes inversiones de capital extraterrestre y honda preocupación por el futuro del homosapiens. Ante los seres humanos se abría un futuro luminoso bajo la benévola tutela de la comunidad galáctica, a la que en un día no muy lejano ingresarían como miembros con plenos derechos...
Al menos, esa era la versión oficial.
Busca sabía, como todos, que la verdad era muy diferente.
Si de los xenoides dependía, los humanos nunca serían una raza con igualdad de derechos.
No fue el altruismo xenoide lo que motivó el Contacto. Ni sus deseos de salvar a la humanidad los que los hicieron intervenir cortando de raíz toda posibilidad de desarrollo independiente del planeta.
Jowe le había explicado los verdaderos motivos. El sabía algo de Economía Galáctica... una de las materias más prohibidas por Seguridad Planetaria. Solo se estudiaba en las células secretas de la clandestina Unión Xenófoba Pro-Liberación Terráquea. No era extraño que los persiguieran. Ni que a él lo hubieran condenado a Recambio Corporal por solo sospechar sus vínculos con ellos. Aunque, probablemente, también la Yakuza había jugado su papel en el asunto...
Jowe decía que toda galaxia estaba sumida en una guerra cruel. Como todas las guerras, con ofensivas y contrataques, con movimientos de diversión y retiradas tácticas. Pero una guerra comercial; por nuevas tecnologías, por mercados, por clientes, por mano de obra barata.
Desde el principio, la humanidad había sido una perdedora en aquel conflicto. Y como tal, fue condenada a ser cliente y nunca rival, ni siquiera en potencia. La Tierra apenas producía alimentos, ropas y medicinas para abastecer a una cuarta parte de su población. Y lo que fabricaba eran de tan baja calidad que no competía ni con los peores y más baratos productos de las tecnocracias xenoides. La producción terráquea tenía un carácter y un destino casi exclusivamente folklórico-turístico.
Por conveniencia comercial han convertido a La Tierra en un mundo-souvenir, recordó Buca otra frase de Jowe.
Sí... Porque, dijera lo que dijera la publicidad, La Tierra no era ningún paraíso. Subsistir era una lucha constante. Por cada uno que tenía suerte, como ella, quedaban miles en el camino. Y magníficas personas, muchos de ellos. Como Yleka. Como Jowe.
Buca estaba casi segura de que la auténtica causa de la detención y posterior condena de Jowe no fue su relación con los de la Unión Xenófoba, sino otra mucho más mezquina. Hasta que lo atraparon, Jowe fue un "protector" independiente. Y uno de los buenos; ganaba bastante. El negocio de la "protección" era teóricamente ilegal, pero resultaba hasta más rentable que ser una trabajadora social. También más arriesgado; ay del independiente que descuidara los pagos periódicos a la Mafia, la Triada o la Yakuza. Si al cabo de solo dos meses protegiéndola a ella Jowe le había rebajado la tarifa a la mitad, solo porque se había enamorado de sus bellos ojos, el muy ingenuo podía hacer lo mismo con cualquiera. Muy peligroso. Al crimen organizado no le gustaba que otros regalaran su dinero. La mano de la Yakuza era tan larga como la de Seguridad Planetaria... y aún más pesada a la hora de castigar.
Ella tenía la conciencia tranquila. En realidad, no había engañado a Jowe. El se armó su propia trampa. El muy idealista creyó que sexo, mimos y carantoñas significaban que ella también lo amaba... Ella no lo obligó a nada. El solo quiso hacerle un favor, aliviar sus dedudas. Y como a caballo regalado no se le mira el colmillo...
Ella también lo había querido, pero... Amar al prójimo como a ti mismo. Pero no más que a ti mismo. Ese era otro de sus lemas. A pesar de que Jowe, como pocos, había sabido tratarla como a un ser humano y no como un bello trozo de carne, un juguete caro con agujeros donde saciar sus deseos sexuales. Le hablaba a su inteligencia, que consideraba ágil aunque poco educada. Era tierno y paciente. De verdad... no como Daniel, el altísimo jugador de Voxl. Aquel compatriota suyo, de envolvente charla, que años atrás se llevara con mentiras y fingimientos el trofeo de su virginidad...
Ahora oía hablar del tal Daniel a cada rato, en las noticias deportivas. Su ascenso había sido vertiginoso; debía ser un jugador de veras muy bueno. Había sido seleccionado capitán del Equipo Tierra de Voxl, y en pocos días defendería el "honor" del planeta jugando contra un equipo visitador de la Liga. El mayor acontecimiento deportivo del año, aunque los humanos nunca habían ganado. Sí, Daniel Menéndez había logrado su sueño. Estaba en primera fila. Jowe, en cambio, era solo otro perdedor del montón...
Pero nunca olvidaría aquella última mirada suya, cuando Seguridad Planetaria vino a llevárselo. Una muda súplica de que no lo olvidara. El rostro del sargento que lo detuvo, con sus facciones como hechas de cuero. El rostro de un hombre que sabe que alguien tiene que encargarse del trabajo sucio, pero que no lo disfruta. Que lo ha visto todo y ya no cree en nada.
Jowe... La despedida: besándolo, llorando con él, abrazándolo... y algo parecido a un nudo se formó en su estómago.
Tragó en seco. Sí, había sido una debilidad... pero era lo menos que le debía. Nunca lo habría logrado sin él. Sin lo que le ahorró en pagos de "protección", aún no habría reunido suficiente dinero para poder comprarse aquel vestido de cuero traslúcido que tan bien mostraba su cuerpo de animal sano y sus finos músculos. Y Selshaliman jamás se habría fijado en ella en aquella fiesta.
Ser elegida por un grodo era una de las formas más seguras de salir de La Tierra... y de las más difíciles. Además de la suerte, requería una salud total. Cero implantes cosméticos o medicinales. Cero enfermedades genéticas o psicológicas. Cero consumo de drogas, ni siquiera de las más blandas.
Aunque Yleka se burlara, ella siempre fue fiel a su rutina diaria de ejercicios y detestó el fácil escape de los paraísos artificiales. Las drogas químicas o electrónicas iban y venían con la moda. Cada vez más caras, pero siempre dejando atrás su estela de adictos irreversibles. Ayer el telecrack, hoy los neurojuegos, mañana quién sabe qué. Era más fácil sustituir una adicción por otra que curarse.
Buca miró con lástima a varios muchachos conectados a las consolas. Neurojugadores. Aislados en los universos privados de sus implantes corticales de acceso directo. Chicos de recursos, se notaba. Por sus ropas cortadas a la medida, y porque ningún neurona quemada callejero tendría acceso al anillo intermedio de un astropuerto. Estos tenían suficientes créditos en su cuenta como para sobornar a los de Seguridad Planetaria. Y para poder pagarse horas en vez de minutos en el ciberespacio lúdico, olvidando que vivían en un planeta sin futuro y con un presente asqueroso.
Su filosofía era sólida y oscuramente atractiva: ¿La realidad es una mierda? Pues a huir de ella. En el mundo virtual el tiempo corría a una velocidad distinta. Allí podían viajar a planetas que nunca verían. Allí podían ser superhéroes. Colosaurios invulnerables o cetianos bellísimos y felinos. ¿Para que arriesgar la muerte verdadera luchando junto a los estúpidos de la Unión Xenófoba Pro-Liberación Terráquea? En los neurojuegos podían disfrutar cada día de un millar de muertes sintéticas y liberar mil veces La Tierra del yugo de los xenoides...
Convulsionándose entre risas sin motivo cada vez que se miraban, tres trabajadoras legalizadas pasaron oscilando bajo los efectos de lo que seguramente era una de sus primeras dosis de telecrack. Buca pensó en Yleka. Así debió empezar...
El telecrack provocaba adicción irreversible. Se decía que elevaba el potencial telepático, permitiendo establecer empatías temporales e incluso intercambiar ideas aisladas con otros sujetos. Según Jowe, era totalmente falso. Los seres humanos carecían de receptores telepáticos, y nada podía alterar eso. El único efecto del telecrack era sobrecargar los circuitos neuronales provocando alucinaciones. Y punto.
Yleka solía ingerir una dosis antes de ocuparse de cada cliente. Decía que la "sintonizaba" y así trabajaba mejor. Tal vez fuera cierto... las dos o tres primeras horas de la noche. Al final siempre acababa llorando y balbuceando cosas incomprensibles sobre aquel Alex "que trabajaba en algo secreto y muy importante". Pero cuando recuperaba la consciencia al otro día no quería hablar de eso. Algo molesta al principio por el secreto de su amiga, (ella le había contado toda su vida) Buca pronto llegó a la conclusión obvia de que el tal Alex no era sino otro estúpido e insignificante amor perdido. Y lo su "secreto e importante trabajo", pura idealización de Yleka.
La pobre, debió quererlo mucho, si intentaba olvidarlo recurriendo al telecrack. Aunque quizás aquellas dosis caballunas que consumía solo eran un intento por alejarse de su cuerpo mientras se veía sometida a toda clase de manipulaciones degradantes. Ser una trabajadora social tenía ciertos puntos de contacto con estar condenado a Recambio Corporal. En ambos casos, una no era totalmente dueña de su cuerpo...
Yleka se autodestruyó lentamente. Con su organismo deteriorado por la adicción, llegó el inevitable momento en que ya no pudo conseguir clientes con la facilidad que antes. Al menos logró que la aceptara aquel cetiano, Cauldar, y se fue del planeta con él. ¿Dónde estaría ahora? ¿Y cómo?
Los humanoides cetianos eran la raza galáctica más parecida al homo sapiens. Aunque más bellos, más seductores... y más peligrosos. Machos y hembras recorrían La Tierra, siempre buscando candidatos para sus burdeles de esclavos. Pagaban muy bien. Y nadie hacía el amor como ellos... Buca había estado a punto de acompañar a Yleka, de irse también con Cauldar. Pero prefirió hacer caso a los rumores.
Circulaban historias terribles de los antros de Tau de Ceti. Sobre muchachas obligadas a cópulas antinaturales con los pólipos de Aldebarán o los segmentados guzoids de Régulo, que les costaban la muerte, la mutilación o exóticas, repugnantes e incurables enfermedades venéreas. Y había cosas peores que los burdeles de esclavos. Se contaba de muchos jóvenes seducidos por el angelical aspecto de las cetianas que terminaron despedazados por los traficantes de órganos.
Debía haber mucho de pura invención en aquellas historias. ¿Qué interés, incluso zoofílico, podrían tener los humanos para seres de reproducción asexual como los pólipos o los guzoids?
Pero, prudentemente, tras pensar que siempre hay un núcleo de verdad en cada rumor, a última hora Buca dejó que Yleka partiese sola. Su amiga, en el mejor de los casos, estaría ahora sometida a los caprichos de Cauldar. Todo cetiano escondía una férrea e implacable voluntad bajo su dulce apariencia.
Una verdadera lástima: Antes de llenarlo de drogas, el de Yleka había sido un cuerpo envidiable. Quizás Selshaliman las habría tomado a ambas. Para un grodo, dos servirían mejor que una sola...
Casi sin darse cuenta pasaron al anillo interior del cosmódromo, reservado solo a los viajeros que llegaban o partían. Los movimientos del grodo se hicieron más tranquilos. Conocía mucho mejor aquella zona, y se sentía más seguro allí que afuera.
Aunque solo un humano que odiara a sus semejantes agrediría a un insectoide. La única vez que uno fue víctima casual de un grupo de asaltantes, el arma geofísica habló de nuevo, y Nueva Londres desapareció tragada por un maremoto. La lección quedó clara. Los grodos podían andar seguros por todo el planeta.
Más aún, si alguien fuese tan loco y suicida de intentar dañar a uno de aquellos insectoides, le costaría mucho trabajo conseguirlo. La coraza de brillante quitina de Selshaliman era casi invulnerable a toda clase de proyectiles, y en La Tierra estaban totalmente prohibidos los armamentos de energía y la tecnología para su fabricación. Los agentes de Seguridad Planetaria y sus miniametralladoras cuidaban de que tal disposición fuese escrupulosamente respetada.
Blindados, con sus cuatro brazos delgados pero fortísimos y otras tantas piernas por el estilo, los grodos eran luchadores rapidísimos que solo cedían en fuerza, y no por amplio margen, a los masivos colosaurios. Además, estaba su aguijón, con el que podían inocular su letal veneno a sus víctimas.
Y hacer otras cosas, como Buca ya sabía perfectamente...
El anillo interno del astropuerto estaba libre de cíberadictos y trabajadoras sociales de toda clase. Solo los que iban a viajar tenían acceso a aquella zona.
Por sus grandes ventanales del cristalacero se veía la pista, con sus lanzaderas dispuestas en ordenadas filas, aunque rotas aquí y allá por algún aerodinámico y achaparrado patrullero suborbital.
Buca sonrió, divertida: Por lo visto, a pesar de todas las bravatas de Seguridad Planetaria sobre "mantener el control", el problema de las salidas ilegales del planeta seguía volviéndose cada vez más agudo. Habían tenido que comprar a los xenoides tantas de aquellas naves para controlar a los fugitivos, que sus propios astropuertos no les bastaban para dar servicio a todas.
Buca nunca antes había entrado al último anillo de un astropuerto. El simple hecho de que pudiera recorrer aquellos pasillos era casi una garantía de que Selshaliman cumpliría su palabra. De que muy pronto subiría a la lanzadera y luego a la hipernave, alejándose de La Tierra. Para siempre.
La nostalgia la invadió con sus tropas de recuerdos.
Recordó su nacimiento, en la pequeña isla cuyo nombre prefería olvidar. A su madre, contenta porque al fin tenía la hija deseada, bautizándola con el nombre de María Elena. A su padre, astronauta barbudo de la patrulla cazasatélites, solo una presencia ocasional en la casa, entre viaje y viaje. Recordó su infancia sin pobreza, sin depender del Auxilio Social, creyendo que los agentes de Seguridad Planetaria existían para protegerla. Creyendo en la hospitalidad terrestre y la bondad de los xenoides... Y su madre, que la miraba y suspiraba, como diciéndole: "juega y disfruta ahora... para sufrir siempre habrá tiempo".
Y vaya si lo hubo.
Pero nadie podría quitarle nunca aquellos años de felicidad infantil.
Luego, todo vino junto. A los diez años descubrió la mentira del Protectorado Galáctico, la crueldad del Ultimátum, lo que eran realmente los xenoides. Su regalo de cumpleaños fue un viaje de una semana a Hawaii, por todo lo alto. Incluso fueron al astropuerto a tomar la lanzadera suborbital. ¡Lo disfrutó tanto! Sin saber que era la última vez que estaría toda la familia reunida. El padre y la madre se la pasaron llorando, cuando creían quue ella no los miraba. Abrazados todo el tiempo, sin que Buca entendiera por qué.
Hasta que, tras horas en la sala de espera del cosmódromo, fueron las funcionarias de Auxilio Social las que acudieron a recogerla. Y supo que ya no vería nunca más a sus padres.
Desesperados por las deudas acumuladas, se habían vendido de por vida a Recambio Corporal. Por aquel viaje de despedida, y por una claúsula que garantizaba techo y comida a su hija hasta los 15 años. Además de anular la suma que ella habría debido pagar en lugar de sus padres, y que la hubiera convertido en una esclava vitalicia de la Agencia Turística Planetaria.
Nunca se los perdonó.
El infierno del internado, entre niños sacados de la calle y marcados para la delincuencia casi desde su nacimiento. Allí una infancia feliz y protegida era una desventaja. Las niñas comunes, que crecían huyendo de las guerras territoriales entre la Yakuza y la Mafia, burlando a los xenoides que buscaban nativas sanas y jóvenes, tenían una malicia de la que ella carecía. Eran fuertes y agresivas como animales salvajes, y la odiaban y envidiaban por no ser una de ellas. Por ser hermosa y tener modales, por ser alta y de huesos grandes. La odiaban y se lo demostraban. Burlándose. Humillándola. Pegándole.
Fue duro. Pero se adaptó. Aprendió. Se endureció. Así, cuando el dinero pagado a sus padres (muertos años atrás, enloquecidos ambos) por Recambio Corporal se terminó, huyó del internado antes de que otros decidieran qué hacer por ella. Ya sabía lo que quería: irse de La Tierra a toda costa. No tenía habilidades artísticas o deportivas, ni más educación que la básica. Y ella sí que no iba a arriesgar su vida en la intentona kamikaze de una salida ilegal al espacio.
Sabía cual era el medio más seguro para conseguir su propósito: convertirse en una trabajadora social independiente, y lograr que un xenoide se la llevara. Los turistas de la galaxia parecían apreciar de modo notable la dulzura y alegría de las humanas, y sobre todo su capacidad para fingir que sus relaciones no eran mercenarias. En cuanto a ella... había dejado de ser virgen e inocente desde mucho antes. Tenía belleza, descaro, valor y deseos de abrirse paso. Y una rabia total contra el mundo.
Sin documentos, nunca pudo ser una trabajadora social legalizada. De las que entregan parte de su ganancia a la Agencia Turística Planetaria y a cambio reciben protección: sueldo mínimo, retiro asegurado y asistencia médica gratuita. Tampoco quería nada de eso. Lo suyo sería abrirse paso sola, o perecer.
Al principio pareció que no lo lograría. Su primer cliente, un centauriano engañosamente amable, insistió en un servicio completo. En su hotel. Y ella, tratada por primera vez en su vida como una dama, ingenuamente accedió...
Al principio fue bastante agradable. Tuvo varios orgasmos. Pero el xenoide continuaba y continuaba... y el acto se convirtió en un suplicio que duró horas y horas. Se debatió, pateó y arañó tratando de escapar, inútilmente; el centauriano era mucho más fuerte que ella. Gritó enloquecida de dolor, pidiendo ayuda... pero las habitaciones del hotel eran a prueba de ruidos, o su personal humano estaba demasiado acostumbrado a los gritos de las trabajadoras sociales. Nadie acudió.
La interminable y sádica cópula acabó haciéndola el sentido. Quedó con las entrañas hinchadas y como de gelatina, adolorida por varios días. Lo peor fue que aprovechando su desvanecimiento el canalla no solo no le pagó, sino que además se llevó sus escasos ahorros. Y ni siquiera saldó la cuenta del hotel.
Otra vez creyó que un colosaurio especialmente maloliente le había contagiado el incurable morbo magenta y estuvo al borde del suicidio...
Pero fue aprendiendo los trucos del oficio. Después de ser asaltada tres veces por rateros independientes, contactó con los profesionales del hampa para tener las espaldas cubiertas. La protección era cara, pero funcionaba. Nunca más la acorralaron en un callejón mal iluminado. Ni la hicieron entregar a punta de vibrocuchillo sus ganancias tan duramente ganadas. Ni la obligaron después a entregarse ella misma, para acabar de alegrar la noche de sus asaltantes.
Ahora había triunfado. Con solo desearlo, podría regresar a recorrer con paso altivo los sitios infectos donde una vez fuera casi esclava, si quisiera. Pero no pensaba volver jamás.
La apertura de una cabina de teletransporte ante su cara la sobresaltó. Un insectoide grodo la abandonó con una bocanada de aire frío. Por lo visto, venía desde alguna ciudad muy al norte.
Examinó curiosa la cabina vacía. Nuna había visto una tan de cerca, y mucho menos las había utilizado. Eran monstruosamente caras. Totalmente inaccesibles a las simples trabajadoras sociales independientes como había sido ella hasta ahora.
Era hora de que se fuera acostumbrando. Todos los xenoides las usaban cuando tenían prisa. Se entraba, un chispazo de desintegración... y se aparecía con otro chispazo en una cabina similar a miles de kilómetros de allí.
Tampoco eran perfectas. Solo podían usarse dentro del mismo cuerpo planetario, y aún así, de vez en cuando se producían pequeñas y lamentables imprecisiones. Muy de vez en cuando, a decir verdad. Por ejemplo, la red privada de los grodos nunca había tenido un accidente de esos que a cada rato llenaban los holovideos noticiosos.
La Agencia Turística Planetaria siempre indemnizaba a los familiares de las infortunadas víctimas desmaterializadas, y daba la eterna excusa de que en La Tierra no había suficiente experiencia en el manejo de equipos tan avanzados... porque los técnicos extraterrestres eran muy reacios a entrenar personal humano en la operación de las cabinas teleportadoras. Quizás hubiera algo de verdad en eso. Seguramente los flamantes humanos especialistas en teletransporte se habrían dado maña y prisa en abandonar el planeta a toda costa. Como hacía toda persona sensata con alguna habilidad que apreciaran los xenoides. Artistas, científicos o deportistas, todos huían de su mundo natal tan pronto como el resplandor de los créditos extraterrestres les hacía comprender dónde estaba la verdadera felicidad.
Eso sí, ni uno dejaba de llenarse la boca para hablar de Liberar A La Tierra, Reivindicar A La Raza Humana y otras retóricas huecas por el estilo. Buca los despreciaba. Era muy fácil hablar de ideales desde afuera, con el estómago lleno. Y muy hipócrita. Ella nunca se burlaría de los que quedaran en La Tierra, ni iba a "solidarizarse con su justa lucha"...
PRAM... PRAM... PRAM...
Tres estampidos aislados.
Luego, el archiconocido tableteo de las armas automáticas de bajo calibre.
Buca estuvo tendida en el suelo antes de comprender qué ocurría. Aquel reflejo la había traicionado; nadie sobrevivía en los suburbios si insistía en seguir de pie cuando sonaban disparos. Un poco molesta por su dignidad rota, miró.
Los hombres de Seguridad Planetaria estaban acorralando a un terrorista solitario. Saltaba con increíble fluidez de columna en columna, evadiéndolos y disparando un antediluviano fusil de repetición. Seguramente tenía dentro una dosis descomunal de análogo felino, una droga militar no adictiva que proporcionaba a cualquier humano la tremenda agilidad y rapidez de reflejos de los gatos.
Los de la Unión Xenófoba Pro-Liberación Terráquea solían usarla en sus acciones comando. Los efectos de la resaca eran un agotamiento y una depresión demoledoras, que dejaban al sujeto totalmente inerme. Pero una nueva dosis los eliminaba. El ciclo podía repetirse indefinidamente o hasta que el sujeto perecía, agotadas todas sus reservas físicas y mentales, pero activo hasta el último segundo.
Vencido por la superioridad en número y armamento, el hombre que se creía gato cayó, alcanzado de lleno por las ráfagas de los agentes de Seguridad. Siguieron disparándole hasta que del cuerpo solo quedaron restos irreconocibles. El análogo felino también condicionaba una increíble resistencia a las heridas. Más de un agente había comprobado en carne propia que un terrorista con una docena de disparos en el pecho aún podía rajarle el vientre de un zarpazo.
Cuando los de Higiene del astropuerto recogieron lo que quedaba del cadáver y el tráfico volvió a la normalidad, Buca se levantó y miró en todas direcciones, buscando a Selshaliman. Recelaba un engaño de última hora. Habría sido el colmo de la ironía, dejarla abandonada allí en medio del astropuerto...
-Identifíquese, por favor- mezcla de amabilidad y autoridad, la voz de un agente de Seguridad Planetaria resonó a sus espaldas. El cañón de un arma aún caliente la tocó insistente en el hombro.
Buca se volvió, furiosa: si le había estropeado el vestido, ya vería aquel idiota...
-Creí que las independientes tenían prohibido el acceso aquí- había desprecio en la voz que brotaba bajo el casco que cubría las facciones del agente. Toda amabilidad había desaparecido -Lindo vestido... lástima que, aunque la vistas de seda, la mona, mona se queda. Vendrás conmigo, preciosa. Tú y yo vamos a aclarar un par de cositas en privado... Y será mejor que seas muy amable, si no quieres que te acuse de complicidad con ese pobre imbécil...- señaló con su miniametralladora a la piltrafa en que sus colegas habían convertido al terrorista.
-Espere, es un error, yo vengo con... -trató de explicar Buca, temblando a la vez de miedo y de furia. Aquel era el trato corriente que ofrecían los de Seguridad Planetaria a las de su oficio: sexo por impunidad. Si lo sabría ella... Pero ¿cómo la había reconocido a pesar de su carísimo vestido? De pronto se sentía tan desnuda y vulnerable como cuando rondaba el otro astropuerto vestida solo con una chaqueta translúcida y un exiguo cubresexo fluorescente.
-No me importa con quién hayas venido. Te vas conmigo, princesa- la interrumpió el otro, impaciente. Y tendió su mano enguantada para sujetarla con toda rudeza por el brazo.
Buca cerró los ojos y se encogió como un niño esperando un correazo de su padre. ¿Dónde estaría Selshaliman? ¿Todo no habría sido más que un sueño? Debió sospechar; era demasiado bueno para ser real, para que le ocurriese a ella...
ZUIIS...
El sonido a su lado, como un latigazo. Algo cayó, más allá.
La mano enguantada nunca la tocó. Abrió los ojos.
Selshaliman estaba junto a ella, con las antenas en alto y la luz reflejándose maravillosamente en sus ojos facetados. Nunca antes le pareció tan bello. El agente de Seguridad Planetaria, sentado en el suelo a varios metros de distancia, se frotaba el pecho adolorido.
-¿Estás bien, Buca? ¿Te hizo algo?- chirrió el sintetizador vocal del insectoide. Buca sacudió la cabeza, contenta; estaba bien.
-Créame, lamentamos mucho este... incidente. Ella está perfectamente. Mi hombre ni siquiera la tocó. No sabíamos que venía con usted...- la voz de otro de Seguridad Planetaria, un sargento a juzgar por sus charreteras, sonó conciliadora. -Para compensarles por la molestia, les daremos prioridad en la lanzadera...
-Será mejor que así sea. Vamos, Buca- pronunció señorial Selshaliman, tocándola apenas. Buca se apoyó en él, confiada y conmovida. En aquel momento, habría sido capaz hasta de amarlo.
¡Había golpeado a uno de Seguridad Planetaria solo por protegerla a ella! El sargento y su hombre eran basura para un turista, sobre todo tratándose de un grodo... pero lo que valía era el gesto. Caminó del brazo de Selshaliman, sintiéndose la dueña del mundo.
Pero no se alejó lo bastante aprisa como para no escuchar lo que decía el sargento mientras ayudaba a levantarse a su caído colega. O quizás él habló tan alto con toda intención:
-Vamos, de pie, estúpido... fue un golpe fuerte, pero tu armadura lo absorbió bien. Y ¿sabes qué? Te lo mereces, por idiota. Por no fijarte más. Esa no es una trabajadora social cualquiera... El grodo la ha elegido; será incubada, y por eso vale mil veces más que tú y que yo, y que cien como nosotros.
Buca no quería oír más. Pero el paso mesurado de Selshaliman la obligó a escuchar también el resto. La explicación del experto sargento al agente novato. Lo que ella había sabido desde el principio. Lo que siempre prefería no recordar.
-No, no será como estás pensando- aquel sargento tenía una risa decididamente desagradable -Los grodos son hermafroditas. Se reproducen solo una vez y luego mueren. Pero necesitan depositar sus huevos en otro ser vivo. La "incubadora" debe ser de sangre caliente, y lo más inteligente posible. Supongo que para que no se suicide como haría un animal salvaje sensato sabiéndose muerto en vida. Para que dure lo suficiente... Para que los huevos eclosionen y las larvas se coman sus entrañas con toda tranquilidad. Y parece que los seres humanos, sobre todo sin drogas ni implantes, somos ideales para eso. ¿Cuándo? Bueno.. por el color de su caparazón, aún debe tardar algunos años. Nuestra amiga tendrá todo lo que siempre ha deseado hasta que él-ella sienta llegar la hora de ocuparse de la continuidad de su especie. Pero yo no querría estar en su lugar entonces...
Buca no resistió más. Desasiéndose de Selshaliman con un gesto violento, dió media vuelta para encararse con el sargento.
El hombre ya se había quitado su casco.
Aquellas facciones, como hechas de cuero...
Buca tragó en seco, reconociéndolo.
Aquellos ojos hartos de ver toda la miseria del universo la miraron de un modo tal que solo alcanzó a mascullar, confusa, pero con una calma de la que nunca se hubiera creído capaz:
-Cierto. Pero yo me voy, y ustedes se quedan.
Y volvió junto a su amo y señor grodo. La rabia y la impotencia le ardían en los ojos. Por suerte, el maquillaje que estaba usando era a prueba de humedad. Lágrimas incluídas. Y formaba una verdadera máscara sobre sus facciones.
El día en que se llevaron a Jowe no tenía maquillaje.
No era probable que aquel sargento la hubiera reconocido... pero aún así, lo más prudente era alejarse.
Tan pronto tuviera una oportunidad, le rogaría a Selshaliman que utilizara sus influencias para que fuera... castigado, de algún modo. Estaba segura de que lo haría, por complacerla.
De solo pensar en eso sintió que regresaba la calma a su alma. Aunque tal vez sería ser demasiado dura con el hombre... parecía saber bastante sobre los grodos, y le había confirmado lo que le dijera Selshaliman: Hasta que su caparazón grisáceo no se oscureciese por completo, no habría llegado la hora.
Varios años. Y luego...
¿Cómo sería? Selshaliman le había contado algo...
El aguijón-ovopositor penetrando suave e indoloro por su vagina, para depositar su preciosa carga en el más protegido de los órganos humanos, el útero. Podría ser hasta placentero.
Y los huevos, tan delicados que a veces tardaban años en eclosionar... y otras no lo hacían nunca. Quizás tuviera suerte, como hasta ahora. O tal vez incluso pudiese, con algún veneno metabólico...
Miró de reojo a Selshaliman y volvió a recitar mentalmente la pegajosa letra del tecnohit. Mejor no intentar nada. Mejor ni pensar en eso. Si el grodo sospechaba que ella había siquiera considerado tal posibilidad, la ahogaría en ácido. O algo peor.
Varios años...
Sería mejor resignarse desde ahora a la idea. Después de todo, habría disfrutado lo mejor de su juventud. Y como decía el refrán, muerte joven, cadáver bonito. No dolería; según le dijera el grodo, las larvas segregaban un analgésico poderosísimo. Disfrutaría hasta el final, con la misma vitalidad agónica de un dopado con análogo felino...
¡Y cómo disfrutaría! Todos sus caprichos serían cumplidos. Costaba trabajo hasta imaginar el monto de la fortuna de Selshaliman. En todo caso, más que suficiente para tener los mejores vestidos del universo, comer los más exóticos manjares, viajar a los más exquisitos balnearios de moda. Tendría todos los amantes que quisiera... ya lo había comentado con el grodo: el mismo concepto de fidelidad carecía de sentido para un ser hermafrodita. Podría hasta darse el lujo de uno de aquellos pálidos, perversos y bellísimos cetianos.
Solo le estaría vedado el tener hijos. Para cuidar su caro y precioso útero... Pero ¿quién pensaba perder tiempo pariendo?
Aprendería a desenvolverse en la exquisita sociedad galáctica, donde Selshaliman, que sin duda tenía un papel destacado en la jerarquía de castas de su raza, la introduciría encantado.
Por cierto, era hora de convencerlo de que olvidara ese nombre suyo, tan árabe y horrible. Necesitaba algo más de moda, más impactante y moderno, que causara impresión a sus amigas. Porue iba a pagarles el viaje fuera de La Tierra a unas cuantas, sí. Y tal vez, si aún estaba vivo, a Jowe... Se lo debía.
Sonriendo, Buca atravesó el último portal del astropuerto y subió a la lanzadera que la conduciría a la hipernave en órbita.
Sería mejor un nombre japonés... ahora estaban de moda. De cuatro sílabas, como les gustaban a ellos. Horusaki o algo similar. Era importante elegirlo, lo más pronto posible.

Más de este autor: Los buceadores
 
 
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