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¿Existe la ciencia ficción cubana?
O... sencillamente se trata de ciencia ficción hecha en Cuba
X7
Cuento
Por Ariel Cruz
Publicado en la revista virtual i+Real
 
 
Polvo en el viento, antología de la CF cubana
Ariel Cruz opina sobre el panorama ctual de la CF cubana

En el sector E-17 siguieron el trazado de una calle. Al tiempo que fumaba un cigarrillo, el hombre miraba hacia afuera con interés.
-¿Quiénes son?
-Iawaks -contestó el joven que lo acompañaba.
-¿Iawaks?
-Vienen del este. Han estado inmigrando durante los últimos dos años, después del éxodo. Se asentaron en esta parte de la ciudad, adueñándose de las propiedades abandonadas por los terraformadores.
A una orden del hombre el robot que conducía hizo descender el sigma sin reducir velocidad.
-¿Qué llevan ahí?
Afuera un grupo de los extraños seres se había reunido y pugnaba por introducir un enorme tanque cilíndrico en una especie de establecimiento.
El joven se encogió de hombros.
-¿Quién puede saberlo? Los iawaks se pasan la vida trasegando con los objetos más extravagantes por simple afán de acumulación. Todos son ladrones incurables; las cárceles están repletas de ellos... No es aconsejable permanecer mucho tiempo aquí -concluyó mientras se removía en el asiento, pero nadie pareció tomarlo en serio.
En lugar de ello el otro se inclinó una vez más hacia el cristal, fascinado. Había reparado en que el sigma que ocupaban era el único vehículo que circulaba por la estrecha calle.
-¿No utilizan máquinas para trasladarse?
-Sólo algunos autos de ruedas. Los iawaks sienten un temor patológico a volar.
La sintetizada voz del robot intervino entonces:
-¿Es por eso que nos observan con tanta atención?
-Supongo que nunca antes un sigma similar a este había pasado por aquí, y sienten curiosidad. Yo mismo no había visto nunca un X6. Fuera de los anuncios, quiero decir.
-X7 -corrigió el robot.
El joven se rascó el cuello al tiempo que observaba el confortable interior del vehículo: los asientos negros, la enorme pizarra curva, los estabilizadores climáticos.
-Ni siquiera sabía que existiera tal cosa.
-No existe, en cierto sentido, todavía -intervino el propietario-. Cedric le ha incorporado ciertas variantes al diseño original. Si le interesa...
El robot se sumergió en una compleja disertación técnica, gesticulando ocasionalmente para enfatizar sus palabras. Casi terminaba cuando mencionó el desplazador hiperespacial: según él, la instalación no había sido particularmente difícil.
Llegado ese punto, el joven se echó hacia adelante:
-¿Desplazador hiperespacial dijiste?
Debía tratarse de una broma.
-Exacto, señor.
Nada en el rostro del robot indicaba que se pretendiera tomarle el pelo. El joven consideró brevemente.
-¿Y a dónde piensan ir, si no es indiscreción?
-Oh, tenemos una lista -intervino el otro hombre, sonriendo-. Una lista de dóndes y cuándos. Disponemos de todo el tiempo del mundo, y nos encanta viajar... Desgraciadamente Cedric no ha podido terminar el diseño del dispositivo controlador.
-Pero, sin dispositivo controlador el sistema entero es inútil -dijo el joven mirando a uno y otro, como si no estuviese muy seguro.
-No exactamente -sonrió el propietario del vehículo con aire de complacida suficiencia-. Cierto que de momento no podemos determinar las coordenadas de destino ni garantizar el regreso, pero aún así el desplazador HS resulta muy útil para eliminar desperdicios tóxicos y amenizar los encuentros con los amigos. Debería usted ver la cara que ponen cuando hacemos desaparecer un encendedor ante sus ojos y les explicamos que posiblemente haya ido a parar al Sol, al otro extremo de la galaxia, o a medio millón de años en el pasado...
El joven alzó la vista. Miró nuevamente a su alrededor. -¿O sea que a pesar de todo tienen ustedes instalado ese juguete irresponsable en el sigma? -preguntó.
-Ciertamente, mi joven amigo. Como le dije, viajamos de continuo, y pasamos mucho tiempo aquí dentro. Ese juguete irresponsable nos sirve para entretener a nuestros huéspedes..., o de lo contrario para deshacernos de ellos, si se tornan pedantes o escépticos. ¿Cierto, Cedric?
-Así es, señor -dijo el robot guiñando un ojo a través de la cámara retrovisora.
El sigma volaba ahora a apenas un metro de la superficie.

El Coyote Cojo debía su nombre a la vieja canción espiritual de los iawaks. Se mantenía en pie nadie sabe cómo en un recodo fangoso del camino, arrojando música por las noches entre las hendijas de la madera y albergando en su oscuro interior a cuanto inmigrante sediento llegaba al lugar.
Lograba buenas recaudaciones sólo los fines de semana y días de pago.
Almos, el dueño, era un viejo iawak nostálgico de su tierra y sus ancestros. Contador de historias y fabulador, se daba a embriagarse con frecuencia y compartir con los clientes. Tenía una complicada teoría acerca del papel de su gente en la sociedad moderna, la cual explicaba de vez en cuando a los parroquianos entre hipos y puñetazos en las mesas. En tales casos su hijo se ocupaba de la barra y la caja contadora, con el ceño fruncido y una mirada feroz.
Mientras tanto, Almos lanzaba improperios contra la Gran Ciudad, desde los más sofisticados hasta los más soeces, con una fruición contagiosa. Habiendo arribado a la metrópoli mucho antes del éxodo de los terraformadores, se jactaba de conocerla íntimamente. Era por eso que, cuando algún recién llegado se hacía eco de sus frases peyorativas, el viejo se le enfrentaba con ojos brillantes, y preguntaba:
-¿Qué diablos sabes tú de la sociedad moderna, pedazo de cuero podrido? ¿Has salido de debajo de tu piedra alguna vez desde que llegaste... ?
Y continuaba así hasta que el consumo de uijuru le impedía abrir los ojos siquiera. Cuando estaban de buen humor, los ancianos que acudían al bar le llamaban El Adelantado; y más comúnmente El Defensor de la Mugre.
Esa noche, enfrentado a un joven recién llegado de las montañas de Mhabur, el viejo contaba acerca de uno de sus héroes preferidos, el único representante genuino que quedaba, decía, de la rica tradición iawak: Uidav Lenard.
-¿... qué hizo cuando la negra policía lo atrapó? ¿Aulló como un lobo herido? ¡No! ¿Pidió clemencia a la justicia de la sociedad moderna? ¡No! ¿Qué hizo, pues? ¡Se rió abiertamente en sus caras! ¡Aún me parece escuchar sus carcajadas retumbando en las avenidas! ¡Ja, ja, ja! - vociferó.
-¿Acaso estaba él allí? -murmuró en una esquina del salón Rew, el carnicero, al tiempo que escupía en el piso.
-No lo creo, hace años que no sale del bar -le contestó Hetch, el vagabundo, igualmente por lo bajo.
Almos continuaba:
-¿Qué hizo cuando lo torturaron salvajemente, introduciéndolo en una de esas infernales máquinas voladoras y elevándolo a millones de kilómetros de altura? -gritaba a voz en cuello, a pesar de encontrarse sentado a unos centímetros de su interlocutor. El chico abrió desmesuradamente los ojos al imaginar tamaño castigo- ... ¡pidió que le mostraran la gran montaña Idle! ¡Qué muchacho! Tan bueno como su difunto padre, que era de los mejores.
Bajó la voz y entrecerró los ojos:
-Ustedes los jóvenes deben aprender de Uidav, tomarlo como ejemplo. Porque algún día saldrá de la prisión, donde se cubre de honra cumpliendo por numerosos robos y asaltos, todos admirables, y será el líder de este pueblo. Y les mostrará el camino hacia la liberación moral: la sociedad moderna, mecanismo diabólico que es, necesita de la ética y la moral, como necesita de toneladas de normas, reglamentos y leyes; son soportes sin los cuales no avanzaría por su propia energía. Nosotros, en cambio, podemos prescindir de tales artificios; entre nuestros antepasados no existía esa clase de preceptos subjetivos. La contaminación con la metrópoli no puede hacernos perder nuestra identidad ni nuestros valores. No podemos caer en la trampa de imitar sus mecanismos, y menos sus errores, ni a nivel social ni a nivel de individuo.
Los ojos del joven comenzaron a divagar. Había perdido el hilo por completo y ya no sabía de qué hablaba el viejo. Intentó llevarse la jarra de cerveza a la boca y Almos se lo impidió frenando el gesto con su mano.
-Examinemos el concepto de sacrificio -propuso-. ¿Qué es el sacrificio?
El chico miró desolado a ambos lados, pero nadie le tendió una mano. Todos habían pasado de una manera u otra por lo mismo, y eran implacables con los recién llegados.
-Bien... yo... Supongo que es luchar por algo... Sacrificarse para lograr lo que uno quiere.
-¿Antes o después de obtenerlo?
-Antes, creo.
-Pon un ejemplo.
El joven hizo una pausa, sintiendo sobre sí la mirada de los demás.
-Pues, digamos... uno trabaja horas extra durante la semana para poder comprar un par de botellas el domingo y beber con los amigos. Eso es sacrificio -dijo, y sonrió satisfecho. La definición le había quedado mejor de lo que esperaba.
-¡No! -gritó Almos-. ¡Así no habla un verdadero iawak! - predicó, buscando el apoyo de los demás y señalando al asustado muchacho-. Maldita sea, hijo, ¿apenas llegas a la ciudad y ya piensas como ellos?
Hizo una pausa e inspiró profundo.
-Escucha, muchacho -continuó parsimoniosamente-. Si para los habitantes de la metrópoli hay muchos tipos de sacrificio, para un iawak hay uno solo: aquel que asume como consecuencia de sus actos. Cuando un iawak desea algo, lo toma. Una mujer, un objeto, dinero, todo es lo mismo. A ello lo llaman en la sociedad moderna robar, y le asignan al término una connotación acusatoria. Sin embargo, todo el sistema de vida de ellos se basa en el robo: los que tienen le roban a los que no tienen. Les roban su tiempo y su esfuerzo y su vida a cambio de cierta cantidad de dinero, irrisoria por demás en comparación con lo que trabajan. Pero dejemos esa cuestión a un lado por ahora. Nosotros tomamos lo que queremos sin importarnos el castigo que de ello se derive. ¿Un hueso roto, la prisión, la muerte... ? Nuestros ancestros nos enseñaron que hay honor en ello. Por otra parte, si eres lo suficientemente hábil o la suerte te acompaña, puedes adueñarte de ciertos bienes sin sufrir castigo alguno. ¿Hay placer mayor que ése?
"Al igual que muchos otros, yo me apropié de este local hace dos años -dijo señalando en derredor-, y nadie ha venido a castigarme por hacerlo. Si hubiera decidido obtenerlo a la manera de ellos, habría tenido que trabajar obedientemente durante décadas para placer de otro, y quizá nunca habría podido reunir el dinero necesario. Inaceptable. Es preferible jugárselo todo de un golpe."
Se echó hacia atrás.
-Los iawaks de los tiempos épicos eran seres felices e indómitos. Nadie, bajo ninguna circunstancia, hubiera podido convertirlos en simples... obreros. Lo llevaban en la sangre. Ahora sólo queda Uidav. A él no hubo que explicarle estas cosas. Comenzó a apropiarse de cuanto quería a los dos años y medio. Por eso me duele que jóvenes fuertes y saludables como tú se rebajen a...
-Vamos, Almos -intervino desde el rincón la voz ronca del viejo Hetch-. Dale un respiro al muchacho. Sólo quiere beber un trago.
-Veo que has olvidado algunas cosas, Hetch. Has perdido conciencia de pueblo.
-Y tú has perdido el juicio. Todos tienen sus propios problemas. Deja tranquilo al chico.
-Hace falta un avivamiento entre ustedes. Hace falta un guía. Mi oración de hoy a Zahur es poder ver el rostro del último iawak verdadero antes de morir.
Fue en ese momento que una luz enceguecedora, como si la noche se hubiera transformado en día de súbito, penetró por cada una de las ventajas y hendijas del Coyote Cojo. Rew, el carnicero, fue el primero en reaccionar y correr hacia la ventana.
-A fe mía que Zahur vive, amigos. Y ha respondido al reclamo del Adelantado.
* * *
Uidav Lenard acababa de llegar en un sigma enorme y brillante, cuyas luces delanteras y laterales convertían la escena en un sueño fantasmagóricamente irreal. Penetró en el Coyote Cojo y lanzó a voz en cuello una sarta de obscenidades que fueron aplaudidas con entusiasmo por los congregados en el ruinoso bar.
-Hijo mío -dijo el viejo Almos mientras avanzaba emocionado hacia el hombre y ambos se fundían en un abrazo- . Temí no volver a verte.
-Zahur es grande, anciano -dijo Uidav mirando complacido a su alrededor-. ¿No hay un trago para un recién llegado en este lugar?
Una jarra desbordada de humeante uijuru pasó de mano en mano hasta llegar al héroe, que bebió sonoramente mientras el líquido corría por su barba y allí mismo se endurecía.
-No hay bebida como la que guardan tus barriles, vieja rata de alcantarilla -dijo, y ambos rieron estruendosamente.
Contemplando fascinado la escena, el chico montañés recién llegado permanecía inmóvil en su lugar, comparando tácitamente el mudo recibimiento que se le había dispensado con el espectáculo que ahora presenciaba. Sin dudas, Uidav Lenard tenía fibra de héroe. El sólo pensamiento de subir a uno de esos vehículos que se apartan indolentemente del suelo... La imagen de semejante atrevimiento hacía que los vellos en su nuca se erizaran uno tras otro. Pidió otra jarra de cerveza.
Hicieron que Uidav se sentara, rodeando su mesa. A medida que se difundía la noticia comenzaron a arribar iawaks al lugar. Todos lo saludaban con respeto y admiración. Almos ordenó a su hijo que preparara algo de comer para el recién llegado.
-Supongo que estarás hambriento -dijo sonriendo, en tanto que ponía una silla de revés y se acodaba frente a Uidav-. Pero, ahora, cuéntanos cómo saliste de prisión.
Durante media hora, el otro relató los detalles de su fuga. El viejo y los demás escuchaban con atención, los ojos brillantes y las bocas semiabiertas, riendo a ratos ante las ocurrencias del pequeño héroe, admirando su audacia e inteligencia.
Se sirvieron varias rondas de cerveza gratis. Almos no cabía en sí, estaba eufórico; con Uidav entre ellos, las cosas cambiarían. Cuando llegaron la sopa y el asado, preguntó:
-¿Qué planes tienes ahora? Nuestro pueblo necesita un líder.
Pero el otro sacudió la cabeza:
-No puedo permanecer aquí mucho tiempo. La policía anda tras de mí. Sólo me quedaré un día o dos, después de ese tiempo recuperarán mi rastro. A decir verdad, he venido sólo a ver a mis hijos. ¿Saben de ellos?
Todos los comentarios cesaron de pronto. Un silencio tenso cayó sobre el oscuro salón. La cuchara del iawak quedó suspendida a mitad de camino entre su boca y el plato.
-¿Qué sucede? -preguntó.
-Tu esposa -dijo por fin Almos-, se ha marchado con un hombre de la ciudad. Y se ha llevado a los niños. Es una vergüenza para nuestro pueblo, una mujer bella y virtuosa como ella...
El semblante de Uidav quedó sin expresión por unos instantes.
-¿Un hombre rico?
Almos y Rew se miraron.
-Así es. Un magnate del espaciopuerto, donde tantos hermanos nuestros son explotados día a día.
Uidav reflexionó.
-Bien, en ese caso supongo que no me pedirá dinero - dijo al fin, y lanzó una carcajada que dejó ver sus dientes rotos.
Todos rieron con él, a pesar de la consternación del viejo Almos. Entonces entre las carcajadas se escuchó una voz proveniente del rincón.
-Eh, héroe, ¿qué hay con la máquina voladora?
Todas las cabezas se volvieron hacia la mesa en que el joven montañés daba fin a una cerveza.
-¿Qué clase de pregunta es esa? -inquirió Almos-. La robó, por supuesto.
-Espera un momento -intervino Uidav dirigiéndose al viejo-; comprendo lo que quiere decir.
-Se le ha ido la bebida a la cabeza. No sabe lo que dice.
Uidav se puso de pie, pasándose el antebrazo por la comisura de los labios.
-No hay nada de malo en volar -dijo-. Alguien logró convencernos hace mucho tiempo de que perderíamos la razón si lo hacíamos. Yo descubrí que no es cierto.
Almos denegó enfáticamente con la cabeza.
-Se conocen casos de locura entre algunos iawaks que montaron vehículos aéreos en los tiempos heroicos. Nuestra raza no está preparada para eso.
-Tonterías, anciano. ¿Sabes en cuánto tiempo puede cubrir un sigma la distancia entre las montañas de Mhabur y la ciudad? En treinta y cinco minutos: a nuestro pueblo le tomó dos años hacer ese trayecto a pie. Yo era pequeño entonces, pero lo recuerdo. En una máquina como esa ahí fuera puedo escapar de la policía y cruzar la frontera hacia otros sitios donde las leyes de aquí no valen, penetrando nuevamente cuando lo desee. Por eso, en algún momento, se nos engañó acerca de ellas, para inmovilizarnos y anularnos. Siempre seremos un pueblo miserable si no nos enfrentamos a la sociedad moderna con sus propias armas. La ignorancia y la pereza no pueden prevalecer.
Todos callaron. Almos intervino sordamente:
-Los iawaks de los tiempos épicos...
-Los iawaks de los tiempos épicos eran todos analfabetos, anciano; ¿hemos nosotros de serlo también? En la cárcel aprendí a leer y descubrí un par de cosas interesantes. -Alzó la voz-: ¡Por ejemplo que los de allá afuera no son superiores a nosotros! ¡Somos todos iguales, punto por punto; no hay diferencia alguna! ¿Qué les parece?
Movido por un impulso, salió al aire frío de la noche, seguido por los demás. Flotando suavemente a unos centímetros del suelo, el sigma plateado reflejaba en su brillante superficie todo cuanto ocurría a su alrededor.
Uidav levantó la cubierta plástica de la cabina y una música galopante llenó el aire, acompañada de un agradable olor a limpieza y confort. Saltó en el interior de la máquina, que amortiguó suavemente el impacto y volvió a su posición previa.
-¡Creo que ahora mismo iré a dar una vuelta por la zona oeste para reírme de ellos! ¡Ahora nadie puede detenerme! ¿Alguien viene conmigo? ¿Almos?
El viejo Almos murmuró algo y permaneció en su sitio. Entonces apareció en la puerta el joven montañés, dando tumbos. Estaba borracho.
-Espera un momento, héroe, voy contigo -dijo entrecortadamente, y del dicho al hecho, se trepó con dificultad en el vehículo.
-Diablos, hay sangre aquí -murmuró para sus adentros. Se acomodó en el asiento delantero y puso las botas cubiertas de fango en la pizarra-. Hey, Uidav, ¿cuándo aprendiste a pilotar a esta niña?
-No hay nada que aprender; todo está claro. Sólo hay que saber leer y escoger. ¿Qué tal se siente?
El chico abrió uno de los compartimentos forrados en piel y tomó de su interior un habano. Le aplicó al extremo un liviano encendedor de cristal, sintiendo cómo la mezcla del perfumado aroma y la música lo levantaban en vilo. Miró hacia abajo, al grupo que los observaba entre la envidia y el temor.
-Oigan, iawaks. ¡Esto es fantástico!
Y lanzó una carcajada.
Abajo, Almos sacó sus manos de los bolsillos del pantalón y murmuró algo entre dientes.
-Yo soy un hombre viejo. Qué diablos. Sólo se muere una vez - dijo, y dio un paso adelante-. Ese chico no me hará quedar como cobarde. ¡Rew, ayúdame a subir!
Aquella fue la señal que desató la acometida. Se treparon los unos por encima de los otros, al punto que el sigma casi tocaba el suelo fangoso. Almos logró subir sólo porque Uidav así lo demandó. En menos de un minuto, diecisiete iawaks se apretujaban en el interior del vehículo de seis plazas, formando una masa eufórica y vibrante.
-¿Listos? -preguntó Uidav.
-¡Vamos a ellos! -exclamó Almos, exaltado-. ¡Mostrémosle algo de agallas iawaks!
Uidav buscó en la pizarra de control; se imponía una salida espectacular. Sus ojos dieron con un pequeño rectángulo en el cual no había reparado antes, y que mostraba las letras HS. "Alta velocidad," pensó, "justo lo que necesito," y lanzó un aullido de júbilo. El callejón estaba despejado ante él. Pisó un pedal a fondo y el sigma, aún en el lugar, produjo un siseo insistente y vibró con suavidad.
-¡Agárrense! -gritó, y presionó el conmutador.
Una luz enceguecedora hizo que los que quedaron en tierra volvieran el rostro. Duró apenas unos instantes, y les produjo la sensación de que la realidad había cambiado cinematográficamente a su alrededor, alterando todos los puntos de referencia, haciendo irreconocibles los detalles más comunes.
Un silbido agudo llenó el aire, acompañado de una humareda blanca que tardó algunos instantes en disiparse completamente en el viento nocturno. Fue entonces cuando Hetch, que había quedado en abajo, miró nuevamente y comprobó que la máquina continuaba en el mismo lugar, sofisticada y brillante, inmóvil... Y vacía.

Ha pasado una semana desde la Partida.
Suspendido a unos centímetros del fango frente al Coyote Cojo, las luces del sigma continúan encendidas día y noche y una suave música aún brota de su interior. Su brillante cubierta refleja la agitación que lo rodea.
Porque el otrora inmóvil asentamiento iawak se ha puesto en movimiento desde que ocurrió el Incidente. Nadie espera que Uidav y los demás regresen alguna vez. Una bendición del cielo, sin duda, y no sólo porque todos estuvieran hartos de los discursos de Almos: la máquina es una señal.
Uidav Lenard -que el diablo lo lleve consigo- la trajo para ridiculizar las supersticiones que aislaban a los iawaks y señalar el camino hacia su integración con la Gran Ciudad. Había reivindicado a su raza y luego había desaparecido espectacularmente ante el asentamiento en pleno, convertido en héroe; todo en una noche.
Es una gran oportunidad, y los iawaks están decididos a aprovecharla. Tienen una máquina, tienen un héroe.
Y con ambas cosas se puede llegar muy lejos.

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