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¿Le debemos algo los cubanos,
a la literatura de ciencia ficción rusa?
 
 
 

Por Raúl Aguiar

La ciencia ficción Soviética se desarrolló paralelamente a la occidental, pero por un camino propio, separado de la corriente anglosajona y no sometida totalmente a su influjo cultural, como sí sucedió con lo producido en el resto del mundo, donde a lo sumo dentro del género se otorgaba un "toque de color local".
Si bien en sus principios fue eminentemente cientificista y nunca dejó de serlo del todo-, comenzó a abandonar los espacios exteriores y ahondar en la profundidad humana mucho antes que su equivalente occidental, que solo lo hizo varios años más tarde, cuando una nueva camada de escritores pudo liberarse de los arquetipos narrativos de la "era de Campbell".
Las primeras referencias disponibles de algo parecido a la ciencia-ficción rusa datan del siglo XVI, con La leyenda del Sultán Mahomet, un opúsculo emparentado con las utopías y descripciones de viajes a tierras exóticas tan de moda por aquel entonces.
Ya en el siglo XIX, aparecen Viaje al país de Ofir (1806), del príncipe Sherbatov, El año 4338 (1840), del príncipe Odoyevski, o ¿Qué hacer? (1862), de Nikolai Chernichevski, la precursora de la utopía socialista. También están El sueño de un hombre ridículo, de Dostoievski, o las fantasías satíricas de Gogol. Uno de los cuentos de Antón Chejov , Las islas voladoras (1885), es una lograda parodia de Julio Verne.
Ya en el siglo XX, los críticos suelen citar El sol líquido, de Alexandr Kuprin (1912), que vaticina la utilización de la energía solar; La estrella roja (1908), de Alexandr Bogdanov, una utopía socialista desarrollada en Marte; La Icaria rusa, de P. Sakulina o, quizás lo más célebre, las obras de Konstantin Tsiolkovski, el padre de la cosmonáutica.
Con el triunfo de la Revolución de 1917 surge la ciencia-ficción "oficial", aunque aún se escriben novelas como Plutonia (1915), de Vladimir Obruchev, o Los maestros y los aprendices (1923), antología de relatos fantásticos, de Kavarin. Sin embargo, la regla general viene marcada por obras como Viaje de mi hermano Alexéi a los países de la utopía campesina (1920), prototipo de la CF de tipo social que, sin embargo, no pudo salvar a su autor de la deportación en los años 30; El país de Gonguri (1922), de Vivian Itin; Tiempo adelante, de Valentín Kataiev; El trust D.E., del más oficial de los escritores oficiales soviéticos, el siempre interesante Iliá Ehrenburg, novela en la que el capitalismo americano conquista Europa.. Y un largo etcétera, hasta llegar a dos autores de sobra conocidos entre los aficionados cubanos al género: Alexéi Tolstoi y Alexandr Beliaev.
Alexéi Tolstoi (1882-1945) es un caso singular. Fugitivo de la Revolución en 1918, regresa cinco años después, convertido en un entusiasta propagandista del régimen, un poco como los personajes de Aelita (1922), su novela más conocida. Progresivamente decantado hacia el realismo y la novela histórica, sus primeras obras son sin embargo de ciencia-ficción.
Citemos en primer lugar su Aelita (1922), publicada en Cuba en la década de los 80, que sirvió como punto de partida para una célebre película homónima de 1924, dirigida por Protozanov. Aelita (también conocida como El Soviet en Marte) puede leerse como una inteligente actualización y revisión de la serie de Marte de Edgar Rice Burroughs desde una perspectiva más "científica", "madura" o "intelectual", si se desea, pero no por ello menos entretenida.
Más panfletaria es El hiperboloide del ingeniero Garin (1925-7), también publicada en Cuba, en la que nos presenta al poco escrupuloso personaje homónimo, un científico loco dispuesto a dominar el mundo con su "hiperboloide", rayo lumínico de efectos devastadores, en cierto modo precursor del láser. La novela se lee muy bien, pese a ciertas estridencias hacia el final. Se trata de una obra que aún posee cierto encanto inocente, propia de los orígenes del género.
En 1962 aparece en las librerías y bibliotecas cubanas el primer libro de ciencia ficción soviético importado a nuestro país: Un huésped del cosmos, antología de cuentos de importantes autores que de alguna manera marcarían nuevos rumbos para el desarrollo futuro de la ciencia ficción escrita en la isla.
Encabezaba la lista el cuento Hoiti-Toity, de Alexander Beliaev, conocido entre nosotros por la serie titulada Los descubrimientos del profesor Wagner y aún más por su novela corta Ictiandro, que por esa fecha era llevada al cine con el título El hombre anfibio, una película que en Cuba gustó enormemente tal vez por la variedad romántica e imaginativa que traía a un cine saturado de consignas y personajes estereotipados, propios del realismo socialista. Precisamente Hoity Toity, cuyo tema es el trasplante de un cerebro humano a un elefante, también fue llevado al comic y publicado en el semanario Pionero, lo que ayudó aún más a su promoción por gran parte de los lectores, inclusive el público infantil..
Esta forma de hacer marcaría, por su semejanza con la ciencia ficción anglosajona, la primera variante o tendencia para un relato fantástico escrito en un país socialista. La trama, al situarse en un contexto occidental, tenía plena libertad para esbozar personajes negativos, contradictorios y por lo mismo más interesantes, así como desarrollar argumentos de corte pesimista, siempre y cuando estas historias no ocurrieran en el futuro lejano, reservado para las utopías del comunismo, sino en el presente o el futuro inmediato. A Beliaev se le considera el Julio Verne de la ciencia-ficción soviética. Autor de ingente producción (unos 60 libros), destaca por su agilidad narrativa, que compensa con creces el hecho de no haber envejecido lo que se dice muy bien. Sin embargo, ha sido la influencia principal de todos los autores de CF soviéticos posteriores, el equivalente a Heinlein y Asimov juntos en un solo escritor. A todo esto hay que decir que pasó gran parte de su vida postrado en la cama, a consecuencia de una caída producida a los 14 años, intentando volar en un aparato de su invención. Este hecho explica el que los protagonistas de sus obras sean casi siempre seres dotados de superpoderes y habilidades especiales
El último cuento del libro, y otro ejemplo que marca la misma línea de Beliaev, es desarrollada por Vladimir Savchenko, con El despertar del profesor Bern, también llevado a una magnífica historieta por el semanario Pionero. Bern, el protagonista, de más está decir que es un científico capitalista, se somete a hibernación durante 18 mil años. Según su hipótesis, basada en la famosa cita de Einstein, la humanidad llegará a su fin por la tercera guerra mundial con bombas nucleares y en su lugar volverán a surgir los hombres de la Edad de las Cavernas. Cuando por fin despierta todo parece confirmar su hipótesis y casi perece cuando una horda de monos antropoides lo ataca. El desenlace pretende ser un final sorpresa. La humanidad no ha perecido, todo lo contrario, ha alcanzado un desarrollo inimaginable y da la casualidad que en ese lugar, precisamente, los paleontólogos están haciendo experimentos para comprobar la hipótesis del origen del hombre y sus esfuerzos han permitido obtener un género de hombres monos, eslabón intermedio entre los monos antropomorfos y los pitecántropos. Así se salva Savchenko de ser considerado un escritor pesimista.
La segunda tendencia está marcada precisamente por el segundo y tercer cuentos del libro: Un huésped del cosmos y Un marciano, de Alexander Kazantsev. En realidad son dos cuentos estrechamente relacionados y presentan la posibilidad de que el meteorito de Tunguska hubiera sido una nave cósmica marciana. El cuento se estructura en dos planos que son, al mismo tiempo, una narración fantástica con personajes que dialogan sobre el tema, y en la parte inferior de las cuartillas, un artículo de divulgación científica que va apoyando didácticamente la idea central. Con este cuento se inaugura, al menos en nuestro país, la hipótesis del paleocontacto, civilizaciones extraterrestres que nos visitaron en un pasado remoto y dejaron huellas de su paso o establecimiento temporal en nuestro planeta. Este tema luego será abordado por Ángel Arango en su cuento más logrado Un inesperado visitante y más tarde, con gran profusión en la década de los 80, por Daína Chaviano, sobre todo en su novela Los mundos que amo; De Tulán, la lejana, de Giordano Rodríguez y más estrechamente con el tema del meteorito de Tunguska por el escritor Eduardo Frank, en su cuento Solo la tundra lo sabe, entre otros.
El tercer cuento del libro, Reflejo espontáneo, también llevado al comic en nuestro país, pertenece a dos maestros indiscutibles de la ciencia ficción mundial:: los hermanos Arkadi y Boris Strugaski. El relato, que trata aspectos todavía vigentes, relacionados con la inteligencia artificial, marca la tercera tendencia y la más característica de la ciencia ficción socialista: la denominada ciencia ficción dura. Ejemplo de ello son sus otros cuentos y novelas aparecidos en Cuba como Cataclismo en Iris, o Qué difícil es ser Dios, entre otros. Su narrativa es, posiblemente, la más genuina de todas, al no minimizar el elemento psicológico y profundamente humano de sus personajes, al mismo tiempo que aborda problemáticas de la ciencia y la tecnología de vanguardia, salpicadas de consideraciones filosóficas y éticas, y comprendiendo al hombre y sus contradicciones sin importar el sistema socio-económico imperante o la sociedad futura descrita. En esto se igualan a la obra de otro gran escritor mundialmente conocido: el polaco Stanislaw Lem.
Lem y los hermanos Strugaski, prestarían dos de sus cuentos a Andrei Tarkovski para la realización de dos filmes antológicos del género: Solaris y Stalker.
Posiblemente la influencia más visible de los Strugaski en la ciencia ficción cubana se den sobre todo en el tono adoptado en la noveleta Beatrice y Primer contacto de Félix Lizárraga, así como en varios cuentos del libro El elegido de Julián Pérez y algunos momentos en las primeras novelas Espiral y Una leyenda del futuro, de Agustín de Rojas.
Si los Strugaski, a pesar de su calidad literaria, no influyeron fuertemente, al menos de manera explícita, en la mayoría de los escritores del género, Infra del dragón, de Gueorgui Gurevich, el quinto cuento de Un huésped del cosmos, marca la tendencia más seguida por estos al tratar acerca del viaje espacial o el contacto con inteligencias extraterrestres.
Es el mismo tema de otras novelas de ciencia ficción socialista como la hartamente denostada utopía comunista La nebulosa de Andrómeda, publicada pocos años después de Un huésped del futuro.
En la novela de Efremov, escrita en 1958, asistimos como espectadores a La Era del Gran Circuito. Una etapa en la historia del ser humano en la que son posibles los viajes intergalácticos y el intercambio de información entre planetas. También hay referencias a nuestra era, la del Mundo desunido, gobernada por seres egoístas, débiles o mezquinos. Por el contrario, los hombres y mujeres de La Era del Gran Circuito son seres de conducta intachable: abnegados, sabios y generosos. Físicamente perfectos: atléticos, bellos. Son tan perfectos que llegan a repugnar. Para Efremov el progreso de la Ciencia es un valor que está por encima del valor de la propia vida. Peca de ingenuidad cuando prevé que el triunfo del comunismo y la superación del capitalismo alumbrará esa época de ciencia y conocimiento donde el hombre eliminará todas sus debilidades y egoísmos, sus temores e impulsos inconscientes, en pro de una racionalidad y perfección casi robóticas.
Muy pronto este libro se convertiría en una especie de modelo para describir sociedades futuras. Tal vez el ejemplo más claro sean las novelas de Ángel Arango Transparencia, Coyuntura y Sider, en las que se describe un futuro utópico donde los seres conviven armónicamente y se esfuerzan por alcanzar objetivos comunes. El viaje espacial a otros planetas es el tema más socorrido de todos, ejemplos de sobra hay en, o las novelas de Agustín de Rojas antes mencionadas, muchos cuentos de diferentes autores como La serpiente emplumada, de Arnoldo Águila, donde hasta aparece un pionero cosmonauta, el engendro de Expedición Unión Tierra de Richard Clenton y ni siquiera Daína Chaviano deja de tocarlo en algún cuento como Niobe.
Por la misma época también aparecen en Cuba varias antologías, como Café molecular, Viaje por tres mundos y Devuélveme mi amor, que nos dan a conocer a otros autores importantes de la CF soviética como Dimitri Bilenkin, Ilia Varshavsky, Sever Gansovsky, Anatoli Dneprov, Vladislav Krapivin, así como otros cuentos de Efremov (El corazón de la serpiente) y los hermanos Strugaski.. (Seis fósforos, Relato sobre una gigantesca fluctuación, etc.)
Alrededor de la década de los 70, y coincidiendo con el quinquenio gris, que sumió en el mutismo a todos los escritores cubanos del género, comienzan a llegar a Cuba magníficos títulos de la ciencia ficción soviética. Viaje por tres mundos y Jinetes del mundo incógnito, de los Abrámov; Cataclismo en Iris y Qué difícil es ser Dios, de los Strugaski, La tripulación del Mekong y La columna negra, de I. Lukodianov y E. Voiskunski, Guianeya y 220 días en una nave sideral, de Gueorgui Martinov y El leopardo en la cumbre del Kilimanjaro, de Olga Larionova, entre otros.
Viaje por tres mundos, de los Abramov, aporta una variante muy sugestiva acerca de los viajes en el tiempo. En esta especie de noveleta, el tiempo pierde sus paradojas ya que no es vista como una sola línea o dimensión del pasado al futuro, como sucede en tantas historias de CF anglosajona, sino como universos alternos, paralelos, donde el viajero puede cambiar cualquier elemento del pasado, ya que esos cambios nunca tendrán consecuencias en el mundo de donde proviene. Los jinetes del mundo incógnito, la otra novela de estos autores publicada en Cuba, es una muy inteligente y original historia acerca del contacto con una civilización extraterrestre muy superior a la humana, con un ritmo y un tono a lo Hollywood, que hace muy deseable su traslación al cine.
En la misma línea se encuentra el magnífico libro La tripulación del Mekong, llevada también a historieta en las páginas de la revista Pionero, con un tema inédito hasta entonces: la posibilidad de la incorporeidad de los cuerpos, una serie de aventuras que se desarrollan en el presente y el pasado remoto, con un tono que recuerda lejanamente a Umberto Eco, por la mezcla de policiaco e histórico de su trama.
Comparado con estos, las novelas de Gueorgui Martinov resultan ser mucho menores en cuanto temáticas abordadas y calidad artística. Así y todo, en los años 70 fue llevada a la radio en Cuba, en una versión bastante libre, su novela Guianeya, que por lo menos cumplió la función de atraer a muchos niños y adolescentes al género y a la literatura de ciencia ficción.
Interesante el libro de Larionova, con una forma de hacer ciencia ficción en femenino donde ya lo más importante no es la idea científica, sino la interiorización psicológica de los personajes, enfrentados a las problemáticas existenciales del amor y la muerte. Algo similar comenzarán a desarrollar algunos años más tarde Daína Chaviano, Alberto Serret y Chely Lima, en lo que se dio en llamar "Ciencia ficción rosada" como contrapartida a la "Ciencia ficción metálica" (léase dura), que escribían los demás autores.
Al mismo tiempo comienzan a publicarse innumerables libros soviéticos de divulgación científica con el apellido de "Recreativa ', así como la muy consultada revista Sputnik, una fuente segura, barata y continuada de donde sacar nuevos conocimientos e hipótesis científicas de vanguardia para nuevas historias.
Llegan los 80 y con ellos una sola antología de la editorial Mir:: La caja negra, un libro poco atractivo, casi decadente, con cuentos menores de autores ya conocidos. Cuba por fin decide publicar los clásicos de Alexei Tolstoi, pero estos solo son adquiridos como curiosidad y coleccionados como piezas de museo tras una sola lectura, y ya , al final de los 80, rompe la pereztroica y con ella aparece por fin uno de los libros disidentes del fantástico ruso: El maestro y margarita, de Mijail Bulgakov así como dos incursiones de este autor en la ciencia-ficción al estilo de H.G. Wells: Los huevos fatales (1924) y Corazón de perro (1925). Nunca llega a nuestro país la superimportante novela Nosotros, del otro disidente Yevgueni Zamiatin, a un mismo tiempo antecedente e influenciadora de las más famosas y posteriores Un mundo feliz, de Huxley y 1984, de George Orwell.. Por suerte en los estanquillos se sigue vendiendo el sputnik y la revista Literatura Soviética, con un número anual dedicado por entero a la ciencia ficción. Luego, con la caída del bloque se cierra la pila. Se acabó para Cuba la ciencia ficción soviética.
Es bastante complicado discernir cuánto hay de ciencia ficción soviética en el fantástico cubano. Tal vez las influencias más explícitas están en aquellos cuentos y novelas que en su esencia tratan sobre una expedición cósmica internacional a lo Efremov, Georgui Martinov o Savchenko donde no faltan, como en los chistes, el ruso, el norteamericano y el cubano, todos con maestrías en varias especialidades científicas y por supuesto, si hay algún personaje negativo son los extraterrestres o el norteamericano. En el peor de los casos ni siquiera tienen contradicciones, salvo la de sacrificarse por los camaradas o el destino de la humanidad, ya que en el porvenir todos son hermanos, hablan el mismo lenguaje y piensan casi de la misma manera.
Tal vez el mejor exponente de este tipo de escritura sea Agustín de Rojas. Durante mucho tiempo, se planteaba una especie de dicotomía en las temáticas de la ciencia ficción. O centraba su atención en la ciencia y la tecnología como elemento fundamental de la trama y subordinaba a esta el resto de las problemáticas, o trataba en primer plano los conflictos psicológicos, emocionales o éticos de los personajes y supeditaba a estos la idea científica. Precisamente, la conjunción de estas dos tendencias es uno de los logros más notables de las novelas escritas por Agustín de Rojas: Espiral de 1982, y Una leyenda del futuro, de 1985. En ambas novelas se utilizan los personajes arquetípicos. Un grupo elegido de especialistas con alta preparación física, psicológica y científica, debe cumplir una misión en el espacio o en otro planeta. Es precisamente el sentido colectivo del deber lo que dirige la voluntad y la conducta de cada uno de los integrantes del equipo para quienes lo más importante, aún a costa de la propia vida, es el cumplimiento de la misión encomendada.
Otra variante son aquellas novelas de puro diálogo didáctico, donde los científicos se las pasan de reunión en reunión, discutiendo cómo evitar determinada catástrofe, como sucede en la novela La nevada, de Gabriel Céspedes, novela lastrada por el tecnicismo excesivo, el conflicto humano diluido bajo los informes, las conferencias y los diálogos didácticos de personajes construidos como esquemas y que no logran mantener la atención del lector más allá del tercer capítulo..
Si algunos de estos textos o fragmentos de los mismos se salvan como buena literatura se debe a que, por suerte, también están cruzados por otras premisas e influencias, además de la idiosincrasia y los estilos originales de los autores antes referidos.
Por suerte, la literatura de ciencia ficción cubana, como buena hija de padres separados, bebió a la vez de muchas fuentes, la soviética y la anglosajona entre las principales, pero el problema de descubrir lazos e influencias en la narrativa fantástica es bastante complejo, por lo difuso, y sería un crimen de leso reduccionismo no tener en cuenta todas esas lecturas mezcladas, como si absurdamente pensáramos que nuestros escritores solo leen y son influidos por la ciencia ficción, que no es el caso.

 
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