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Los pecios y los náufragos

Yoss
Ediciones Extramuros,
La Habana, 2000

Por Fabricio González Neira
(Material recopilado por Anabel Enríquez Piñeiro)

Ediciones Extramuros ha publicado recientemente el premio Luis Rogelio Nogueras en la edición de 1998, que fue concedido a Los pecios y los náufragos de José Miguel Sánchez (Yoss). He leído con agrado esta noveleta y creo que encontrará una recepción muy positiva entre el público juvenil y los adultos que no tengan prejuicio hacia la literatura de género, algo que me temo sea rara avis entre nuestros intelectuales.

La historia transcurre en el siglo XXIV, donde la humanidad sobreviviente de un conflicto bélico ocurrido en el XXII vive recluida en quince cúpulas mientras en el exterior la naturaleza, vuelta a un estado edénico, se recupera totalmente. El protagonista trabaja rescatando valiosas obras de arte que fueron destruidas en el pasado sustituyéndolas por copias facsimilares. Su disconformidad y sus dudas van a llevarlo a descubrir que la situación en que viven no es tan paradisiaca como afirma el Consejo Supremo, lo que le obligará a buscar la solución en los Siglos Cerrados del Terciario, donde vivirá una serie de aventuras en las que está implícito un claro homenaje a las novelas J. H. Rosny. Sin embargo, hay algunos detalles que no escapan a una lectura atenta y que desmerecen al autor de Timshel, un libro tan prometedor dentro de la ciencia-ficción nacional.

Algunos son pecados veniales, muestras de un amateurismo sensible de corrección, resultado más bien de un escaso trabajo de mesa antes de comenzar a escribir y de una revisión descuidada. Existen incoherencias que no debieron escapárseles al autor -ni al editor-, verbigracia, el brusco cambio de sensibilidad olfativa del tigre macairodo que acompaña al protagonista, el cual en la página 7 percibe el olor de los rebaños lejanos y en la 121 se muestra indiferente a la fetidez insoportable del pangolín que acaba de cazar. No faltan tampoco anacronismos y equívocos. Yoss confunde plioceno con pleistoceno, sitúa la separación de los homínidos de los grandes monos 1.6 millones de años atrás aproximadamente -casi 5 millones de años después de ocurriera este suceso-, y le adjudica a un habitante de Thera una jabalina con punta de hierro, cuando el uso de este mineral en Grecia está asociado con las invasiones dorias que se produjeron 400 años después. El protagonista debe saber, en efecto, poco de antropología si confunde unos prehomínidos con los pitecántropos, pero lo extraño es que viviendo en el siglo XXIV conozca ese término, que ya no emplean los antropólogos del siglo XX, quienes prefieren homo erectus. Ahora, la guinda del pastel son los nanosatélites y los nanomódulos de ataque de 4 y 3 cm respectivamente. Desconozco por qué Yoss finge ignorar que al decir nano ya está dando una medida -0.000000001 m-, y que la nanotecnología implica máquinas que operan a nivel molecular lo que, por principio, excluye una magnitud tan grande como los centímetros.

Todo esto pueden parecer detalles, pero son una muestra del poco profesionalismo con que se escribe ciencia-ficción en Cuba. Nada cuesta perder media hora con una enciclopedia en la sala de referencias de una biblioteca -yo no perdí más para verificar esto- y excluir así un error evitable. Lo que no significa que la ciencia-ficción deba atenerse a lo estrictamente científico, de hecho, lo esencial en el género es el sense of wonder que crea este tipo de historias -conseguido aquí gracias al viaje en el tiempo; científicamente imposible, pero indispensable como premisa esencial de esta historia. No obstante, si uno va a utilizar determinada terminología para conseguir que el lector suspenda con más facilidad su incredulidad, debe preocuparse entonces por verificar que no incluye errores que producirían exactamente lo contrario.

Otros problemas, sin embargo, son más difíciles de obviar y, si como libro de aventuras lo hallo bien logrado, como libro de ciencia-ficción no quedo igual de satisfecho. No pude evitar la sospecha al leerlo que el autor no había pensado a fondo todas las premisas de su historia: hay detalles que no resultan convincentes dentro del propio universo de la noveleta. Un buen ejemplo es la explicación de por qué no se puede viajar al futuro, que corre el riesgo de parecer forzada y, para mí, es innecesaria ya que la hipótesis del protagonista resulta más inteligente que la impuesta por el autor. Además, no entiendo por qué los líderes de una sociedad al borde del desastre, teniendo la posibilidad no sólo de viajar al pasado sino a universos alternativos, no han buscado entre estos últimos uno donde no haya aparecido vida inteligente y sea habitable -debe existir alguno por probabilidad- para mudar a los cinco millones de personas que componen la población de la Tierra. Si usted se encuentra en un barco que se hunde y sabe que puede encontrar otro en buen estado para trasladarse a él con sólo buscar un poco, ¿no lo intentaría por engorroso que resultara el traslado?

Por otro lado, aunque me agradan las aventuras y acepto las convenciones que como género implican, no me resigno a que por ello se resienta el trabajo de personajes. El joven protagonista responde a un estereotipo de héroe cuyas motivaciones no suelen trascender la actitud romántica de yo-contra-el-mundo, mientras que las dudas que le produce su sociedad responden a una mezcla de la paranoia típica de la Teoría de la Conspiración y a la inconformidad producto de la inmadurez. Su idea de la ética se reduce en apariencia a que los buenos dicen siempre la verdad, sin importar las consecuencias, acompañada por una incapacidad para dudar de sus valores y visión simplista del mundo que terminan por restarle interés. Su mayor momento de madurez se produce cuando, cerca del final, se percata de que él también es un ser social y necesita de los demás; su momento más bajo lo consigue cuando descubre que la raza humana es producto de manipulaciones llevadas a cabo por alienígenas y apenas condesciende a sorprenderse. En ese instante eché de menos algún tipo de reflexión -ética, filosófica, existencial- que lo pusiera al nivel de una buena novela del género.

Aún así, Los pecios y los náufragos es una noveleta de aventuras con ambiente de ciencia-ficción realmente agradable, que puede leerse con gusto y sin sentirse uno importunado por nada de lo anterior. Detrás hay un narrador con talento y oficio que sabe cómo contar una historia y cómo mantener el interés. Su mejor virtud reside en su imaginación por lo que tanto las reconstrucciones de nuestro pasado como los atisbos que nos da de los universos alternativos están bien logrados, y si utiliza los clichés del género -viajes en el tiempo, universos alternativos, alienígenas- sin aportar nada nuevo, lo hace con habilidad, en ocasiones con verdadera inteligencia; por ejemplo, cuando explica que cualquier cambio en el pasado crea una línea temporal nueva sin alterar para nada el presente de los protagonistas. Además, maneja con maestría la analepsis para ir revelando poco a poco la información y alterna los diálogos con las escenas de acción consiguiendo un equilibrio que no consciente el aburrimiento.

Dentro del panorama actual de la ciencia-ficción cubana es un libro que se agradece y que le da al género un tratamiento que, sin ser original, en nuestra situación resulta novedoso y apropiado, al menos -quiero ser optimista- como punto de giro para trabajos más serios. Es, también, un libro entretenido, algo que en los días que corren no se puede afirmar de mucha gente.

 
 
 
 
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