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Sol negro

Michel Encinosa
Ediciones Extramuros,
La Habana, 2000

Por Fabricio González Neira

A riesgo de exagerar una preferencia debido a alguna dudosa razón de orden sentimental, creo que no es excesivo afirmar que Sol negro de Michel Encinosa es un libro inusual y necesario: es un libro de fantasía. Hay una idea un tanto provinciana, pero ampliamente extendida por las letras de Iberoamérica, que propone que dentro de los géneros literarios sólo el realismo o un tipo de obra que reproduce procedimientos que pasaron por nuevos en las primeras décadas del siglo XX merecen el tratamiento de literatura. El resto se clasifica bajo el rótulo de "literatura de géneros no canónicos", lo que se puede traducir, prescindiendo de ese incómodo eufemismo, como literatura no seria o sin importancia. No es el momento para discutir diferencias de poéticas, baste afirmar que tal apreciación es incorrecta y que los géneros literarios son convencionales, construcciones culturales que no poseen elementos de valor intrínsecos.

En Cuba, a diferencia de la ciencia-ficción y el policiaco, que aparecieron en la década del 60 y que han continuado publicándose con relativa estabilidad, la fantasía ha sido escrita con poca frecuencia. El primer intento, y el único ejemplo que consigo recordar, es el de Daína Chaviano, que la escribió hibridada con la ciencia-ficción con el propósito de pasar bajo una denominación aceptada un género que quizás hubiera sido recibido con frialdad por nuestras editoriales. Sin embargo, aun en su mejor libro, Historias de hadas para adultos, Chaviano no pasó de, con algún decoro, imitar la recontextualización de los antiguos mitos como había leído en Zelazny, y repetir lo que ya Tolkien y Mary Stewart habían hecho mejor.

Algo que destaca en Sol negro es que no estamos ante otro clon de Tolkien o de Michael Ende. No nos abruma con listas de nombres más o menos eufónicos e idiomas inventados que lastrarían la fluidez de la historia al ser imitación y no parte esencial de su universo narrativo. No se resigna a emplear antihéroes o descansar en la picaresca al no poder creer en lo épico como se lee en tanto libro de fantasía desde Fritz Leiber. Ni nos castiga con un discurso políticamente correcto, un nuevo azote del género, reduciendo sus historias a una serie de reivindicaciones a favor de algún grupo marginal, sea por clase, etnia, sexo o filiación sexual, como hacen otros ahora. Ésta es la obra de un narrador y no una tribuna.
Si se le puede rastrear una relación a los cuentos que componen Sol negro con Tolkien o Ende, o incluso con los autores que iniciaron el género en las postrimerías del siglo XIX como William Morris y George McDonald, es por la indagación en lo ético. No se trata sólo de la nada simple oposición entre el Bien y el Mal, sino además de una detenida mirada sobre los matices intermedios, v. g., en De la caza", donde lo heroico es un ideal al que ha renunciado el mercenario, lúcido y amoral, y al que aspira el joven cazador, que inicia el camino hacia su sueño de pureza caballeresca cometiendo, paradójicamente, un asesinato. O en "El vino servido", donde se sugiere que el camino hacia el Bien puede pasar, en ocasiones, por la crueldad y la insensibilidad.

Es también una agradable sorpresa el estilo en que están narrados los cuentos de este libro. Creo que la fantasía, género donde todavía resuenan los ecos de la épica ya acallados en la novela actual, tiene la obligación de ofrecer una prosa diferente a la del resto de la narrativa de manera que evoque su vínculo original con la poesía. Esta necesidad puede resultar de difícil comprensión en un momento en que el sentimiento épico es casi completamente ajeno a nosotros después de un siglo de escepticismo, donde lo heroico se identificó con la música de Wagner, o los desfiles militares, cuando no con conceptos aún más vagos de utilidad social. Sin embargo, quien haya hojeado El Señor de los Anillos en inglés, puede atestiguar la musicalidad de esa prosa, como también es precisa y cadenciosa la de Morris, o sonora y arcaizante la de lord Dunsany. A través de la dislocación de la sintaxis y la supresión ocasional de los nexos gramaticales, Michel Encinosa consigue en Sol negro una prosa que se distingue de la de sus compañeros de generación al recuperar una dimensión usualmente abandonada: el nivel fónico.

Es necesario mencionar también la excelente ilustración de cubierta de Yailín Pérez y en general la acertada decisión de la editorial Extramuros al elegir las cubiertas de los títulos que componen hasta ahora la colección Impacto, después de años donde la calidad del libro como objeto ha sido, salvo excepciones, descuidada.
Creo haber dejado claro por qué Sol negro me parece un libro inusual dentro de la literatura cubana actual, falta explicar por qué lo creo necesario. En la pasada década, entre las varias características que marcaron los libros de los narradores jóvenes se evidenció con repetida insistencia la uniformidad en los asuntos y el bajo nivel de narratividad en la mayoría de las obras. Sol negro es un libro que por un lado se aleja de los asuntos cotidianos y minúsculos a los que nos acostumbraron los años 90, mientras que por otro recupera el arte de contar historias, que es, aunque a menudo se olvide, la condición esencial de las ficciones narrativas.

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