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Por Ariel
Cruz
La
autobiografía de Isaac Asimov está
formada por dos voluminosos tomos que suman
1500 páginas. A pesar de su extensión,
el autor la inicia declarando que nada extraordinario
le sucedió jamás, mas apelará
a su pericia como narrador para sortear
el inconveniente. El lector hará
bien en otorgarle un voto de confianza.
Después de un comienzo indulgente
en genealogías y acotaciones histórico-geográficas,
la historia de una apolínea vida
como escritor, académico y padre
de familia se convierte en un relato apasionante.
¿Es eso posible? Admitámoslo:
con un hombre como este, no se trata de
qué le ocurrió. Él
es la ocurrencia.
Isaac Asimov nació 1920 en Rusia,
en el seno de una familia judía que
poco después emigró a los
Estados Unidos. Allí aprendió
a leer, por su cuenta, a los cuatro años.
Sus maestros, detectando una inteligencia
fuera de lo común en el niño,
varias veces le hicieron saltar grados en
la escuela, de modo que siempre era el más
joven de la clase. Paralelamente a las exhibiciones
de genialidad, el joven Isaac desarrolló
idiosincrasias que le valieron el título
de excéntrico en la vida
social. (En especial por su agudo pero irrespetuoso
sentido del humor).
Judah Asimov, su padre, tenía una
humilde tienda de dulces en Nueva York.
Este hombre, estudioso de la Torah y austero
por naturaleza, era un estricto capitán
para el navío familiar. Su establecimiento
abría 18 horas diarias. El joven
Isaac tuvo que trabajar en el negocio cada
minuto de su tiempo libre, desde los seis
años hasta la mayoría de edad,
y jamás obtuvo un centavo para "frivolidades"
de adolescente. Como consecuencia, cumplió
los dieciocho años sin haber tenido
jamás un verdadero amigo, una cita
con una chica, o apenas haber visto otro
sitio que no fuera su familiar Brooklyn.
El primer volumen de la autobiografía
expone claramente estas y otras limitantes
sicológicas, familiares, sociales
y económicas con las que Asimov que
lidiar. No se regodea en ellas para resaltar
su posterior éxito en la vida, pero
se nota en su voz el justificado orgullo
de haberlas vencido. ¡No es como si
estuviese en igualdad de condiciones con
Heinlein, Pohl o Bradbury!
Las circunstancias más importantes
que tuvo a su favor, aunque modestas, fueron
decisivas. En primer lugar, en la dulcería
paterna se vendían revistas de ciencia
ficción que podía leer gratis.
En segundo, su padre accedió a comprarle
una máquina de escribir. En tercero,
las oficinas de Astounding Stories, la revista
líder del género, estaban
lo suficientemente cerca de casa como para
que Asimov llevara allí personalmente
sus primeros intentos, conociendo a John
Campbell.
En aquella época, Campbell estaba
generando una de las revoluciones que cíclicamente
revitalizan la ciencia ficción, y
que resultó en lo que hoy se toma
como período clásico del género,
su Edad de Oro. Literariamente, Astounding
se convirtió en un hogar para Asimov,
con Campbell como su mentor. Los resultados
no se hicieron esperar: con veintiún
años ya Isaac había escrito
su Anochecer, e iniciado las sagas
de la Fundación y de los Robots
Positrónicos.
Otros departamentos de la vida del joven
no marchaban igual de bien. Su padre, (y
también él, aunque con menos
entusiasmo), deseaba que Isaac fuera a la
Universidad y se hiciera médico,
o al menos dentista. Este empeño
estuvo plagado de dificultades de todo tipo,
cada año más cuesta arriba
que el anterior: el antiguo niño
prodigio y posterior enciclopedista a duras
penas logró pasar los exámenes
y doctorarse en Bioquímica. Sencillamente
Isaac no tenía aptitud para el mundo
académico. Era torpe en la investigación,
y se exasperaba con los cabildeos profesorales,
algo esencial para avanzar en becas y calificaciones.
Tras obtener su diploma, encontró
una plaza docente mal pagada, y aún
entonces, insiste una y otra vez, era victimizado
por superiores que odiaban sus excentricidades.
Peor que todo esto fue el período
en que sirvió en el Ejército,
concluida la Segunda Guerra Mundial. Vívidamente
Asimov nos pinta una imagen tragicómica
de sí mismo como soldado raso. La
vida militar iba en contra de todas sus
inclinaciones naturales, y se le hacía
doblemente dolorosa por cuanto ahora estaba
casado con una joven llamada Gertrude Blugerman.
Por un tiempo, incluso, fue estacionado
en Hawai, para cuantificar los efectos que
la radiación de una detonación
atómica producía en ciertas
sustancias y equipos. Aunque nunca llegó
a participar en el experimento, Asimov perdía
el sueño pensando en los efectos
que la radiación tendría en
su organismo.
Este fue el punto bajo de su vida, en lo
que a la autobiografía se refiere.
Antes del año le dieron de baja del
Ejército, sin embargo. Para mediados
de 1946 ya estaba de vuelta en la vida civil,
y en la década subsiguiente llevó
una doble vida como exitoso
escritor de ciencia ficción y oscuro
maestro de bioquímica. Su producción
alcanzó en ese período una
calidad sin paralelo antes o después,
como lo demuestra la colección de
relatos Nueve Futuros. Cada uno de estos
cuentos es arquetípico de la Edad
de Oro, moviéndose del viaje en el
tiempo a las máquinas pensantes,
de la sociedad futura a la fabulación
metafísica, del humor al relato admonitorio.
Pero la Edad de Oro estaba por llegar a
su fin a mediados de los años 50.
Asimov era consciente de ello, como era
consciente de que los nuevos estándares
literarios escapaban a su formación
empírica. Entonces ejecutó
un movimiento lateral en su carrera, y para
1954 se re-estrenó como divulgador
científico y orador público.
La cantidad de libros publicados y la remuneración
económica se incrementaron exponencialmente
en esta nueva etapa, tal y como Asimov detalla
con cifras. (En la Autobiografía,
hace resúmenes anuales de ambas cosas).
Una de las consecuencias más importantes
de este éxito entre el gran público,
fue que Asimov pudo por fin dejar su empleo
académico (una carga creciente sobre
sus hombros), y dedicarse por entero a su
pasión por escribir. Es significativo
que el segundo volumen de la Autobiografía
arranque con este nuevo período de
su vida.
Como es natural, los viejos problemas no
desaparecieron mágicamente, sólo
fueron sustituidos por otros. Ahora el Buen
Doctor tenía, además de una
familia formada por esposa y dos hijos,
un cúmulo de obligaciones sociales
derivadas de su propio éxito. En
general, las cumplía de mala gana.
Le costaba apartarse de la máquina
de escribir para palear nieve, sacar la
basura o veranear en el campo. Se volvió
intolerante ante la idea de viajar, casi
al punto de la fobia. Mantenía tres
máquinas de escribir en casa, por
la eventualidad de que una (o dos) se rompieran
en un nefasto día.
Asimov nos hace vivir el conjuro (y la maldición,
a veces) de un escritor que ha encontrado
su voz, sin que tema alguno se le resista.
Cuando se sentaba a escribir, el mundo alrededor
perdía materialidad. Escribió
sobre Biología y Física, Historia
y Astronomía, La Biblia, Shakespeare
y Lord Byron. Escribió libros didácticos
para niños y libros de chistes picantes
para adultos. Escribió versos ligeros
y su famosa Introducción A La Ciencia.
A todo, le imprimió su sello personal,
que es el de un coloquio ameno. Tanto en
los Estados Unidos como fuera, provocó
asombro su talento para presentar temas
complejos de una forma sencilla. El oscuro
profesor de bioquímica fue saludado
como "recurso natural" y "maravilla
nacional".
La ciencia ficción fue dejada a un
lado, o al menos en un segundo plano muy
lejano. Y así habría de permanecer,
porque a finales de los 60 una oleada de
escritores jóvenes reinventó
las reglas del género. Asimov los
aceptó como la nueva guardia que
había estado esperando, y simbólicamente
les pasó la antorcha al escribir
una introducción para la antología
Visiones Peligrosas, de Harlan Ellison.
No obstante, siempre se proclamó
orgullosamente, ante todo, como un escritor
de ciencia ficción. Consciente del
papel que había jugado en la historia
del género, en 1977 cedió
su nombre para el título de una revista
que publicaría nuevos talentos.
Para el final de la Autobiografía
(escrita a los 58 años) vemos a Asimov
convertido en figura pública. Aunque
esto nunca estuvo en sus planes iniciales,
su natural inmodestia y personalidad expansiva
se sentían halagadas concediendo
entrevistas a la radio, la televisión
y la prensa nacional. En televisión
discutía la existencia de Dios, flirteaba;
incluso llegó a tocar el piano y
cantar. El público lo amaba. Ya no
era el joven inadaptado de antaño,
sino un adorable genio excéntrico
de largos cabellos, barba frondosa, espejuelos
y corbata pintorescos. Él, que entendía
el juego demasiado bien, se cuidaba de no
salirse de su nicho cultural. En diferentes
momentos, rechazó propuestas de trabajo
en Hollywood, algunas de ellas provenientes
de Woody Allen o Paul McCartney.
Era ya un hombre maduro, preocupado por
la vejez y la humana mortalidad. Sus hijos
escuchaban rock y se entusiasmaban con el
sistema de valores de la contracultura.
La familia le reprochaba que no tuviera
una verdadera vida, fuera de su trabajo.
Él lo admitía con amargura,
pero se sentía incapaz de cambiar.
En 1970 se separó de Gertrude, luego
de 28 años de matrimonio, y comenzó
una nueva relación con una sicóloga
que había sido fan suya por largo
tiempo. Un estilo de vida sedentario y una
tendencia a la obesidad comenzaron a hacerse
sentir. Siempre había padecido de
cálculos renales. En la década
de los '70 sufrió un infarto y tuvo
que someterse a la extracción de
un tumor maligno. (El recuento aparece en
un capítulo deliciosamente titulado
"Mi Tiroides").
Nada de ello disminuyó su pasmosa
productividad. Para 1978, año en
que cierra la antología, había
publicado más de doscientos libros--y
para cuando murió en 1992, la cifra
rondaba los cuatrocientos. Hasta el último
momento escribió para Asimov's
Science Fiction. En algunos de sus últimos
editoriales, discute su condición
médica, en rápido deterioro,
y lo hace sin perder el estilo fresco que
lo caracterizó siempre.
No es improbable que después de 1500
páginas algunos lectores encuentren
el libro demasiado corto. Más allá
de la diversión, la obra general
de Asimov, esa que hemos leído desde
niños, adquiere nuevos significados.
El lector descubre las raíces de
su preocupación por el holocausto
nuclear; de su percepción de las
virtudes y mezquindades en la comunidad
científica; de su defensa a toda
costa de la Razón como única
salvación posible de la Humanidad.
El aficionado inteligente a la ciencia ficción
recibirá una retribución añadida:
verá con particular claridad que
el afán humano por encontrar sentido
en el mundo que le rodea es la conexión
entre los artefactos Asimovianos y la ciencia
ficción contemporánea.
A los cubanos también nos es querido
Isaac Asimov. Probablemente nuestro Instituto
del Libro lo ha publicado con más
frecuencia que a ningún otro escritor
de ciencia ficción. Algunos lectores
consideran que este favoritismo ha resultado
lesivo para la diversidad y representatividad
en las publicaciones del géneroun
argumento perfectamente razonable. Pero
de inmediato preguntas no carentes de cierta
expansividad asimoviana vienen a la mente.
¿Qué otro autor de ciencia
ficción podría tener el impacto
absoluto que él ha tenido? ¿Qué
otro podría motivar el intelecto,
despertar la imaginación, y difundir
el conocimiento como él? ¿Qué
otro, encantar a niños, jóvenes
y adultos sin importar generaciones?
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