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Un tributo cubano a Isaac Asimov (1920-1992)
 
 
 

Por Ariel Cruz


La autobiografía de Isaac Asimov está formada por dos voluminosos tomos que suman 1500 páginas. A pesar de su extensión, el autor la inicia declarando que nada extraordinario le sucedió jamás, mas apelará a su pericia como narrador para sortear el inconveniente. El lector hará bien en otorgarle un voto de confianza. Después de un comienzo indulgente en genealogías y acotaciones histórico-geográficas, la historia de una apolínea vida como escritor, académico y padre de familia se convierte en un relato apasionante.
¿Es eso posible? Admitámoslo: con un hombre como este, no se trata de qué le ocurrió. Él es la ocurrencia.
Isaac Asimov nació 1920 en Rusia, en el seno de una familia judía que poco después emigró a los Estados Unidos. Allí aprendió a leer, por su cuenta, a los cuatro años. Sus maestros, detectando una inteligencia fuera de lo común en el niño, varias veces le hicieron saltar grados en la escuela, de modo que siempre era el más joven de la clase. Paralelamente a las exhibiciones de genialidad, el joven Isaac desarrolló idiosincrasias que le valieron el título de “excéntrico” en la vida social. (En especial por su agudo pero irrespetuoso sentido del humor).
Judah Asimov, su padre, tenía una humilde tienda de dulces en Nueva York. Este hombre, estudioso de la Torah y austero por naturaleza, era un estricto capitán para el navío familiar. Su establecimiento abría 18 horas diarias. El joven Isaac tuvo que trabajar en el negocio cada minuto de su tiempo libre, desde los seis años hasta la mayoría de edad, y jamás obtuvo un centavo para "frivolidades" de adolescente. Como consecuencia, cumplió los dieciocho años sin haber tenido jamás un verdadero amigo, una cita con una chica, o apenas haber visto otro sitio que no fuera su familiar Brooklyn.
El primer volumen de la autobiografía expone claramente estas y otras limitantes sicológicas, familiares, sociales y económicas con las que Asimov que lidiar. No se regodea en ellas para resaltar su posterior éxito en la vida, pero se nota en su voz el justificado orgullo de haberlas vencido. ¡No es como si estuviese en igualdad de condiciones con Heinlein, Pohl o Bradbury!
Las circunstancias más importantes que tuvo a su favor, aunque modestas, fueron decisivas. En primer lugar, en la dulcería paterna se vendían revistas de ciencia ficción que podía leer gratis. En segundo, su padre accedió a comprarle una máquina de escribir. En tercero, las oficinas de Astounding Stories, la revista líder del género, estaban lo suficientemente cerca de casa como para que Asimov llevara allí personalmente sus primeros intentos, conociendo a John Campbell.
En aquella época, Campbell estaba generando una de las revoluciones que cíclicamente revitalizan la ciencia ficción, y que resultó en lo que hoy se toma como período clásico del género, su Edad de Oro. Literariamente, Astounding se convirtió en un hogar para Asimov, con Campbell como su mentor. Los resultados no se hicieron esperar: con veintiún años ya Isaac había escrito su Anochecer, e iniciado las sagas de la Fundación y de los “Robots Positrónicos”.
Otros departamentos de la vida del joven no marchaban igual de bien. Su padre, (y también él, aunque con menos entusiasmo), deseaba que Isaac fuera a la Universidad y se hiciera médico, o al menos dentista. Este empeño estuvo plagado de dificultades de todo tipo, cada año más cuesta arriba que el anterior: el antiguo niño prodigio y posterior enciclopedista a duras penas logró pasar los exámenes y doctorarse en Bioquímica. Sencillamente Isaac no tenía aptitud para el mundo académico. Era torpe en la investigación, y se exasperaba con los cabildeos profesorales, algo esencial para avanzar en becas y calificaciones. Tras obtener su diploma, encontró una plaza docente mal pagada, y aún entonces, insiste una y otra vez, era victimizado por superiores que odiaban sus excentricidades.
Peor que todo esto fue el período en que sirvió en el Ejército, concluida la Segunda Guerra Mundial. Vívidamente Asimov nos pinta una imagen tragicómica de sí mismo como soldado raso. La vida militar iba en contra de todas sus inclinaciones naturales, y se le hacía doblemente dolorosa por cuanto ahora estaba casado con una joven llamada Gertrude Blugerman. Por un tiempo, incluso, fue estacionado en Hawai, para cuantificar los efectos que la radiación de una detonación atómica producía en ciertas sustancias y equipos. Aunque nunca llegó a participar en el experimento, Asimov perdía el sueño pensando en los efectos que la radiación tendría en su organismo.
Este fue el punto bajo de su vida, en lo que a la autobiografía se refiere. Antes del año le dieron de baja del Ejército, sin embargo. Para mediados de 1946 ya estaba de vuelta en la vida civil, y en la década subsiguiente llevó una “doble vida” como exitoso escritor de ciencia ficción y oscuro maestro de bioquímica. Su producción alcanzó en ese período una calidad sin paralelo antes o después, como lo demuestra la colección de relatos Nueve Futuros. Cada uno de estos cuentos es arquetípico de la Edad de Oro, moviéndose del viaje en el tiempo a las máquinas pensantes, de la sociedad futura a la fabulación metafísica, del humor al relato admonitorio.
Pero la Edad de Oro estaba por llegar a su fin a mediados de los años 50. Asimov era consciente de ello, como era consciente de que los nuevos estándares literarios escapaban a su formación empírica. Entonces ejecutó un movimiento lateral en su carrera, y para 1954 se re-estrenó como divulgador científico y orador público.
La cantidad de libros publicados y la remuneración económica se incrementaron exponencialmente en esta nueva etapa, tal y como Asimov detalla con cifras. (En la Autobiografía, hace resúmenes anuales de ambas cosas). Una de las consecuencias más importantes de este éxito entre el gran público, fue que Asimov pudo por fin dejar su empleo académico (una carga creciente sobre sus hombros), y dedicarse por entero a su pasión por escribir. Es significativo que el segundo volumen de la Autobiografía arranque con este nuevo período de su vida.
Como es natural, los viejos problemas no desaparecieron mágicamente, sólo fueron sustituidos por otros. Ahora el Buen Doctor tenía, además de una familia formada por esposa y dos hijos, un cúmulo de obligaciones sociales derivadas de su propio éxito. En general, las cumplía de mala gana. Le costaba apartarse de la máquina de escribir para palear nieve, sacar la basura o veranear en el campo. Se volvió intolerante ante la idea de viajar, casi al punto de la fobia. Mantenía tres máquinas de escribir en casa, por la eventualidad de que una (o dos) se rompieran en un nefasto día.
Asimov nos hace vivir el conjuro (y la maldición, a veces) de un escritor que ha encontrado su voz, sin que tema alguno se le resista. Cuando se sentaba a escribir, el mundo alrededor perdía materialidad. Escribió sobre Biología y Física, Historia y Astronomía, La Biblia, Shakespeare y Lord Byron. Escribió libros didácticos para niños y libros de chistes picantes para adultos. Escribió versos ligeros y su famosa Introducción A La Ciencia. A todo, le imprimió su sello personal, que es el de un coloquio ameno. Tanto en los Estados Unidos como fuera, provocó asombro su talento para presentar temas complejos de una forma sencilla. El oscuro profesor de bioquímica fue saludado como "recurso natural" y "maravilla nacional".
La ciencia ficción fue dejada a un lado, o al menos en un segundo plano muy lejano. Y así habría de permanecer, porque a finales de los 60 una oleada de escritores jóvenes reinventó las reglas del género. Asimov los aceptó como la nueva guardia que había estado esperando, y simbólicamente les pasó la antorcha al escribir una introducción para la antología Visiones Peligrosas, de Harlan Ellison. No obstante, siempre se proclamó orgullosamente, ante todo, como un escritor de ciencia ficción. Consciente del papel que había jugado en la historia del género, en 1977 cedió su nombre para el título de una revista que publicaría nuevos talentos.
Para el final de la Autobiografía (escrita a los 58 años) vemos a Asimov convertido en figura pública. Aunque esto nunca estuvo en sus planes iniciales, su natural inmodestia y personalidad expansiva se sentían halagadas concediendo entrevistas a la radio, la televisión y la prensa nacional. En televisión discutía la existencia de Dios, flirteaba; incluso llegó a tocar el piano y cantar. El público lo amaba. Ya no era el joven inadaptado de antaño, sino un adorable genio excéntrico de largos cabellos, barba frondosa, espejuelos y corbata pintorescos. Él, que entendía el juego demasiado bien, se cuidaba de no salirse de su nicho cultural. En diferentes momentos, rechazó propuestas de trabajo en Hollywood, algunas de ellas provenientes de Woody Allen o Paul McCartney.
Era ya un hombre maduro, preocupado por la vejez y la humana mortalidad. Sus hijos escuchaban rock y se entusiasmaban con el sistema de valores de la contracultura. La familia le reprochaba que no tuviera una verdadera vida, fuera de su trabajo. Él lo admitía con amargura, pero se sentía incapaz de cambiar. En 1970 se separó de Gertrude, luego de 28 años de matrimonio, y comenzó una nueva relación con una sicóloga que había sido fan suya por largo tiempo. Un estilo de vida sedentario y una tendencia a la obesidad comenzaron a hacerse sentir. Siempre había padecido de cálculos renales. En la década de los '70 sufrió un infarto y tuvo que someterse a la extracción de un tumor maligno. (El recuento aparece en un capítulo deliciosamente titulado "Mi Tiroides").
Nada de ello disminuyó su pasmosa productividad. Para 1978, año en que cierra la antología, había publicado más de doscientos libros--y para cuando murió en 1992, la cifra rondaba los cuatrocientos. Hasta el último momento escribió para Asimov's Science Fiction. En algunos de sus últimos editoriales, discute su condición médica, en rápido deterioro, y lo hace sin perder el estilo fresco que lo caracterizó siempre.
No es improbable que después de 1500 páginas algunos lectores encuentren el libro demasiado corto. Más allá de la diversión, la obra general de Asimov, esa que hemos leído desde niños, adquiere nuevos significados. El lector descubre las raíces de su preocupación por el holocausto nuclear; de su percepción de las virtudes y mezquindades en la comunidad científica; de su defensa a toda costa de la Razón como única salvación posible de la Humanidad. El aficionado inteligente a la ciencia ficción recibirá una retribución añadida: verá con particular claridad que el afán humano por encontrar sentido en el mundo que le rodea es la conexión entre los artefactos Asimovianos y la ciencia ficción contemporánea.
A los cubanos también nos es querido Isaac Asimov. Probablemente nuestro Instituto del Libro lo ha publicado con más frecuencia que a ningún otro escritor de ciencia ficción. Algunos lectores consideran que este favoritismo ha resultado lesivo para la diversidad y representatividad en las publicaciones del género—un argumento perfectamente razonable. Pero de inmediato preguntas no carentes de cierta expansividad asimoviana vienen a la mente. ¿Qué otro autor de ciencia ficción podría tener el impacto absoluto que él ha tenido? ¿Qué otro podría motivar el intelecto, despertar la imaginación, y difundir el conocimiento como él? ¿Qué otro, encantar a niños, jóvenes y adultos sin importar generaciones?

 

 
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