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Por
Yoss
A
Vicente Berovides, profesor de ecología,
evolución
y pensamiento científico.
A
MANERA DE PROLOGO: MONSTRUOS DE FANTASÍA,
MONSTRUOS DE CIENCIA FICCIÓN.
Aunque a primera vista Smaug, el feroz dragón
de El hobbit, y el anónimo pero no
menos feroz tiranosaurio del Jurassic Park,
parezcan harina del mismo costal (fantástico),
entre ellos hay grandes diferencias.
Es curioso como nadie se molesta en preguntarle
a Tolkien, ni a ninguno de los tantos que
han escrito sobre ese universal mito humano,
qué son los dragones, o qué
clase de extraño reptil es ese Smaug,
que no solo habla, sino que encima escupe
fuego, y como si fuera poco, vuela con dos
alas que no son sus extremidades superiores
ni inferiores, sino un tercer par, cualquier
lector con dos o tres nociones superficiales
de paleontología. Sin embargo, le
habrían saltado al cuello a Spielberg,
si su tiranosaurio se desplazase a saltos
en vez de apoyando primero una pata y luego
la otra.
Los dragones, lo mismo que los gigantes,
los pegasos y las sirenas, son bestias compuestas,
simbólicas, imposibles
pero
también universalmente aceptadas.
Como la fantasía nos describe mundos,
seres y aventuras que desde el principio
sabemos que nunca podrían existir
(al menos no según las leyes físicas
que conocemos), nadie le exige a sus creaciones
realismo ni verosimilitud alguna.
Pero la ciencia ficción ya es otro
cantar. Literatura de especulación
basada sobre el principio del "¿qué
pasaría sí
?", proyección
hacia el futuro o hacia universos alternativos
del mundo que conocemos con todas sus leyes,
debe resultar como mínimo creíble
para funcionar.
Tienen entonces todo el derecho del mundo
a ser exigentes los lectores y espectadores
(sobre todo los conocedores, esa puntillosa
plaga de los creadores descuidados
)
con toda la parafernalia del género:
naves, armas, otros gags tecnológicos,
mundos
y monstruos.
Las criaturas exóticas son un importante
elemento de ambientación: dan sabor
a la historia, representan el desafío
de lo desconocido al que los héroes
humanos deben enfrentarse, el perfecto antagonista
pero si resultan inverosímiles o
ridículas, si contradicen toda noción
lógica, pueden provocar efectos exactamente
contrarios.
Desgraciadamente, las páginas y los
filmes del género están llenos
de tal clase de engendros. Quizás
porque, para dolor de muchos autores y directores,
no por extrañas tienen sus criaturas
licencia para ignorar ciertas leyes elementales
de fisiología y ecología.
Serán extraterrestres, sí
pero hechas de materia al fin, no pueden
substraerse a sus reglas.
Este artículo solo pretende exponer
de modo necesariamente somero algunas de
estas reglas (una exposición exhaustiva
requeriría cientos de páginas)
tomando para ello como ejemplos tanto a
animales terrestres vivientes o fósiles
como a algunas criaturas más o menos
célebres de la ciencia ficción,
ya sea por lo verosímiles y bien
concebidas, ya sea por su ingenua absurdidad.
Limitándose en lo posible, por razones
de orden, claridad
y espacio a las
criaturas privadas de inteligencia, ya que
el de las razas racionales extraterrestres
es tema que merecería por sí
mismo un artículo al menos tan extenso
como este.
ENANOS Y GIGANTES: UNA CUESTIÓN
DE TAMAÑO
El primer pensamiento que parece tener todos
los creadores de monstruos fantásticos
parece ser: "mientras más grande,
más malo". Y de ahí la
legión de escorpiones, reptiles y
otras hipertrofiadas presencias habituales
en las películas de serie B de los
años 50
y no solo de entonces.
Aunque gracias a los buenos oficios de magos
de los efectos especiales como el nunca
bien ponderado Ray Harryhausen, la araña
gigante de Tarántula, y las hormigas
de cinco metros de largo de El mundo en
peligro, se veían de veras impresionantes
(al menos para su tiempo), y su aparición
arrancaba al público en la sala oscura
sus buenos chillidos, si en la realidad
hubiesen existido tales engendros, más
que miedo darían pena.
La terrible tarántula de decenas
de metros de alto no haría temblar
la tierra a su paso ni desafiaría
a los aviones de combate; mole enorme, pero
incapaz de moverse ni un centímetro
por sus propios medios, más que amenazadora
sería el non plus ultra de la impotencia.
Y las organizadísimas hormigas gigantes
se ahogarían en pocos minutos incluso
fuera del agua
sin contar conque tanto
un engendro como el otro muy pronto perecerían
aplastados por su propio y descomunal peso.
Las arañas reales no tienen músculos
en las patas. Para moverse, recurren al
mismo sistema que permite la erección
del pene en los mamíferos: el esqueleto
hidrostático. Al aumentar bruscamente
la presión sanguínea o linfática
en una extremidad, esta se pone rígida
y se extiende, como mismo lo hace una manguera
de incendios al llenarse de agua a alta
presión. Y luego, al disminuir dicha
presión, tendones elásticos
especiales se encargan de retraerla.
Eficiente
tanto, que cualquier se
preguntaría para qué necesitan
otros animales los músculos. Porque,
basta mirar cómo caminan a las arañas,
el sistema funciona.
Desgraciadamente, solo para pequeños
formatos: cuando la "manguera"
que debe llenarse mide decenas de metros
de largo y el peso que debe alzar poniéndose
rígida es del orden de las toneladas,
simplemente no hay bomba hecha de tejido
orgánico capaz de bombear sangre
ni ningún otro líquido a la
presión necesaria. No en balde el
corazón de la jirafa, que debe hacer
llegar la sangre a una cabeza situada en
lo más alto de un cuello de casi
cuatro metros, es uno de los más
grandes y musculosos del reino animal
aún si cuenta con la nada despreciable
ayuda de varias válvulas arteriales
que impiden el reflujo de la sangre cuello
abajo.
Es por esto que todavía los paleontólogos
se cuestionan si los extintos gigantes reptilianos
como el braquiosauro o el diplodoco eran
capaces de alzar sus larguísimos
cuellos
o si se habrían desvanecido
con solo intentarlo, por la brusca disminución
de la irrigación sanguínea
al cerebro. Y lo mismo vale para los megatitanes
reptilianos japoneses, Godzilla y Gamera,
o para King Kong, el gorila gigante: no
ya destruir edificios y ciudades enteras,
ni siquiera podrían ponerse en pie
ni mucho menos caminar.
En cuanto al ahogo de las hormigas gigantes
resulta que mientras los arácnidos
tienen algo bastante parecido a los pulmones,
y los crustáceos, branquias, el sistema
respiratorio de los insectos es muy original:
en lugar de disponer de un par de grandes
órganos que realicen el intercambio
gaseoso gracias al esfuerzo de músculos
especializados, y un sistema circulatorio
que luego haga llegar la sangre oxigenada
a todas las células del cuerpo, los
más difundidos de todos los artrópodos
optaron por otro método. Nada de
pulmones ni branquias centrales, nada de
diafragma. Su cuerpo está "perforado"
por decenas de miles de tubitos huecos:
las tráqueas. Partiendo de respiraderos
o "válvulas" dispuestas
en filas paralelas a los lados del abdomen,
los conductos de esta auténtica "red
de ventilación interna" natural
se subdividen y ramifican en traqueolas
cada vez más finas, hasta llegar
prácticamente a cada rincón
del cuerpo del insecto, permitiendo así
que cada célula reciba su provisión
de oxígeno por simple difusión
gaseosa, sin tener que recurrir a ninguna
bomba muscular.
¿Simple y eficaz? tanto como el esqueleto
hidrostático de la araña.
Lástima que, como aquel, el sistema
tampoco sea apto más que para tamaños
reducidos. Y menos mal: si no fuera por
esa "limitación de diseño
básico" que impide que los insectos
superen el cuarto de kilo del actual escarabajo
Goliath del África Ecuatorial o los
75 centímetros de envergadura alar
de la extinta libélula Meganeura
del Carbonífero, probablemente hoy
la especie dominante en nuestro planeta
tendría seis y no cuatro extremidades.
Sencillamente, al aumentar las dimensiones
del insecto, el volumen del área
a ventilar crece tan rápidamente
que muy pronto, para ser funcional, el espacio
ocupado por la red de tráqueas y
traqueolas sería mayor que todo el
disponible dentro de su caparazón.
La culpa de esta especie de "callejón
sin salida" la tiene la ley del hexaedro
regular. Un hexaedro regular, para los que
no estén muy fuertes en geometría,
no es otra cosa que un común cubo.
Y si duplicamos las tres dimensiones de
este sólido, largo, ancho y altura,
su volumen ¡se octuplica! mientras
que su área es ¡dieciséis
veces mayor! ¿Es un error o una excepción?
Veamos: ¿y si las triplicamos? Pues,
qué curioso: obtendremos un volumen
27 veces mayor, y un área que lo
será 54 veces.
Si alguien duda aún, puede hacer
el cálculo por su cuenta, y continuarlo
para dimensiones cuatro, cinco, o n veces
mayores. Pero ¿qué significado
tiene esto, en la vida real? Concretamente,
que un animal que sea solo dos veces más
alto, dos veces más largo y dos veces
más ancho que otro, tendrá
un volumen ocho veces mayor, o sea, pesará
ocho veces más
lo cual, estando
obligado a sostenerse sobre piernas solo
el doble de anchas, lo hará cuatro
veces menos estable.
La capacidad de sostén de un miembro
depende solo de su sección transversal
(también puede demostrarse con algunos
cálculos simples, pero para ahorrar
cuartillas será mejor tomarlo como
artículo de fe, o al menos hipótesis
de trabajo) y como esta, al aumentar las
dimensiones, solo puede crecer en proporción
aritmética, mientras que volumen
y área lo hacen en proporción
geométrica, pronto se llega al mismo
callejón sin salida de los extintos
dinosaurios: más peso necesita patas
cada vez más gruesas para sostenerse,
patas más gruesas significan huesos
cada vez más gruesos y músculos
más grandes, que a su vez no son
otra cosa que más peso
y así
ad infinitum, o hasta la extinción;
lo que llegue primero solo depende de la
paciencia de cada ecosistema.
Un insecto o un arácnido de treinta
metros de largo también necesitaría
unas patas enormemente gruesas para sostenerse
lo que significaría decir adiós
a la habitual silueta de cuerpo grueso y
patas gráciles que estamos habituados
a asociar a los artrópodos. Amen
de que el exoesqueleto articulado que distingue
a tales organismos, desde el punto de vista
puramente ingenieril de resistencia de materiales,
simplemente no sirve para grandes dimensiones:
estructuras que deben su rigidez al carbonato
de calcio pesan demasiado para que los músculos
más grandes que puedan contener sean
capaces de sostenerlas. El esqueleto interno,
si bien parece proteger menos de agresiones
del exterior, resulta más eficiente:
con menos peso, puede soportar esfuerzos
mucho mayores. Quizás es por eso
que el más grande de todos los artrópodos
vivientes, el cangrejo araña gigante
del Japón, aún siendo casi
todo patas, "solo" alcanza los
dos metros de punta a punta de las pinzas.
No mucho mayores eran los escorpiones marinos
gigantes del Devónico: tres metros
de largo. Impresionante, sin duda, pero
casi nada en comparación con un elefante,
un dinosaurio o una ballena azul.
Y si a tal "defecto de diseño
para grandes formatos" le sumamos el
necesario debilitamiento estructural que
representaría la red de tráqueas
y traqueolas, el resultado inevitable sería
que los órganos internos de cualquier
insecto o crustáceo mayor sencillamente
colapsarían bajo su propia masa.
Como mismo sucede a los cetáceos
varados en la playa, una vez privados de
la compensación del agua. El sostén
hidrostático resulta tan eficaz que
las mayores criaturas vivientes conocidas
han vivido o viven en el mar, como el tiburón
devónico charcharodon megalodon,
el mosasauro triásico o la actual
ballena azul. Por eso mismo es que, por
inverosímil que parezca, monstruos
inmensos como los que poblaban las aguas
profundas del planeta Naboo en La amenaza
fantasma podrían existir sin mayor
problema
mientras no intentasen salir
a tierra.
La única posibilidad de que un insecto
pueda superar ciertas dimensiones es un
cambio evolutivo radical: desarrollar un
esqueleto interno y un sistema respiratorio
convencional
o sea, renunciar justamente
a las características que lo definen
como insecto, como ocurre, por ejemplo,
con cierta especie insectoide bípeda
e inteligente de la novela Un fuego sobre
el abismo, de Vernon Vinge
Todo lo anterior, por supuesto, es solo
aplicable para animales con patas que viven
en planetas con una fuerza de gravedad apreciable,
como La Tierra.
Los titánicos bandersnatchi que aparecen
fugazmente en Mundo anillo y otras novelas
del universo de Larry Niven no alzan su
monstruoso peso sobre patas, sino que se
arrastran. Es la misma solución biónica
"encontrada" por las serpientes
o algunos moluscos actuales: una recia musculatura,
ya sea por sí sola (el pie de los
moluscos) o ayudada por múltiples
costillas que funcionan como "muletas"
(en los ofidios) puede propulsar a un organismo
pesado
si bien no demasiado rápidamente.
Las posibilidades de crecimiento de un organismo
se expanden bruscamente si la gravedad disminuye.
Un animal que habitase en un planeta de
poca masa no necesitaría grandes
músculos ni gruesas patas para sostenerse.
Y las dimensiones de uno que lograra subsistir
en el espacio exterior, completamente libre
de toda influencia gravitatoria planetaria,
como los juggernauts de Mundos en el abismo
e Hijos de la eternidad, las novelas del
fascinante universo del cúmulo globular
de Akasa-pupa de los españoles Juan
Miguel Aguilera y Javier Redal, solo se
verían limitadas por la disponibilidad
de alimento.
En cuanto a planetas con gravedades mayores,
baste recordar a los sorprendentes mesklinitas
de Misión de gravedad, el clásico
hard de Hal Clement: pequeños seres
superresistentes y de gran fuerza corporal
en relación a su tamaño, pero
con un terrible temor a las alturas
y no en balde: con gravedades hasta 500
veces superiores a la terrestre, la aceleración
ganada al caer desde pocos centímetros
resultaría fatal incluso para la
más resistente materia viva.
El que el área aumente mucho más
rápidamente que el volumen al crecer
las dimensiones también tiene su
importancia. Si un organismo es la mitad
de largo, ancho y alto que otro, su volumen
y por tanto su peso disminuirán ocho
veces, mientras que su área será
apenas dos tercios menor. Lo que significa
que, comparativamente, dispondrá
de mucha mayor superficie corporal
fenómeno que permite a pequeños
animales como ratones y lagartos sobrevivir
a caídas desde alturas que aplastarían
o harían pedazos a seres mayores:
simplemente, el cociente peso-área
favorece a los pequeñajos, y los
faculta para descender planeando con suavidad
salvadora.
Es también por esto que las dimensiones
máximas de los animales voladores
están fuertemente limitadas. En principio
parece no debería ocurrir así:
si bien al duplicarse las dimensiones el
volumen se octuplica, la superficie corporal
también se vuelve dieciséis
veces mayor: un peso mayor tendría
así una área alar proporcionalmente
mayor para sostenerlo, y todos contentos.
Solo que existe una pequeña diferencia
entre "sostenerse" y volar. Lo
segundo implica vencer a la gravedad, y
requiere un uso activo de músculos
ultrapotentes (en los pájaros, murciélagos
e insectos más veloces llegan a representar
el 85% de la masa total
y los más
hábiles acróbatas del aire
son también los más ligeros:
moscas y colibríes, por ejemplo)
que no solo pesan, sino que requieren de
estructuras especiales y muy sólidas
para insertarse, como el famoso esternón
en forma de quilla de las aves voladoras,
ausente en especies que han perdido tal
capacidad, como los avestruces. Y este hueso
también pesa lo suyo. El ave más
pesada conocida que vuela batiendo las alas,
la avutarda europea, con sus cerca de 20
kilogramos, no pasa de ser un volador torpe,
con un desempeño en el aire apenas
superior al de la gallina común
Pero el simple "sostenerse" requiere
mucho menos esfuerzo: no en balde los mayores
seres voladores hoy conocidos, como el albatros
o el cóndor (que es grande, pero
no pesado
apenas 7-8 kilos para más
de tres metros de envergadura alar) pasan
la mayor parte del tiempo planeando en alas
del viento: requiere gran habilidad, una
fina comprensión instintiva de la
aerodinámica, pero representa también
un notable ahorro de fuerza muscular. En
cuanto a las historias de cóndores
alzando el vuelo con ovejas o niños,
como en Los hijos del capitán Grant
de Julio Verne, son solo eso; historias.
Un águila puede planear en descenso
llevando una cabra en sus garras
pero
nunca, ni siquiera con la ayuda de la más
fuerte de las corrientes térmicas
ascendentes, podrá volar hacia arriba
con tal peso.
Ciertamente, en el pasado hubo inmensos
reptiles voladores (que no dinosaurios),
como el pteranodon o el quetzalcoatlsaurus,
y ambos debieron ser impresionantes con
sus 9 y 14 metros de respectiva envergadura
alar. Pero, en opinión de los paleontólogos,
la endeblez de su estructura ósea,
y su relativamente pobre desarrollo muscular,
los condenaba a ser simples planeadores,
incapaces de alzar el vuelo sino lanzándose
desde una cierta altura, por gráciles
que fuesen en el aire.
Así que no solo el ave roc de Las
mil y una noches y los pegasos son seres
fantásticos; también lo son
criaturas tan fascinantes como los barilor
y horilor de El mundo de Rocannon, la primera
novela de Ursula K. LeGuin: ni siquiera
las condiciones de baja gravedad que estipulara
la autora para su mundo harían posible
a un ser del tamaño de un león,
no ya alzar en el aire su propia masa, sino
encima llevar cómodamente a un jinete
humano: una gravedad más débil
significa menos peso, de acuerdo
pero
también, inevitable consecuencia,
músculos más débiles.
Y ni hablar de los supuestamente realistas
dragones voladores del reciente film El
reino del fuego, que además, para
completar el cuadro, también lanzaban
llamas sin quemarse la garganta
Por supuesto, todo lo anterior es válido
solo para seres que vuelan gracias a la
aerodinámica. Claro que existen otras
posibilidades, como la aerostática.
Globos vivientes o seres con los tejidos
saturados de gases más ligeros que
el aire, como las truchas voladoras repletas
de hidrógeno, de El día que
cerró la fábrica de carámbanos
de Frederik Pohl son perfectamente posibles
al menos en teoría. Al igual que
organismos dotados con generadores antigravitatorios
naturales u otra clase de soluciones altamente
sofisticadas, pero de alta improbabilidad
biológica.
Si bien deban enfrentar menores problemas
de sostén, intercambio gaseoso y
le sea más fácil el vuelo,
tampoco el pequeño formato es siempre
la solución ideal: al disponer de
mayor superficie corporal relativa, también
el calor que un organismo dispersa en el
ambiente por simple radiación resulta
relativamente mayor.
Por eso los ejemplares de mayor tamaño
de un organismo pertenecen casi siempre
a sus variedades o subespecies de ambientes
más fríos. Y, mientras que
titanes como cocodrilos, elefantes y ballenas
deben recurrir a comportamientos o estructuras
especializadas para librarse del exceso
de calor corporal, como grandes orejas o
aletas muy vascularizadas, sus pequeños
y lejanos parientes, insectos, pájaros
y roedores pequeños, deben hacer
todo lo contrario: comer constantemente
para no morir de frío, aún
disponiendo de un aislamiento térmico
tan eficiente como son las plumas o los
pelos.
Esta circunstancia desvirtúa de plano
películas tan fascinantes como El
increíble hombre menguante, inspirada
en un relato de Richard Matheson; o Viaje
alucinante, sobre un guión de Isaac
Asimov. O historias como Tensión
superficial, de James Blish. Los seres humanos,
reducidos a un décimo o un centésimo
de su dimensión normal sin otros
cambios en su morfología, simplemente
morirían de hambre o de frío
en pocos minutos al perder su calor corporal
por radiación. O sea, mucho antes
de tener tiempo de ser devorados por arañas
o anticuerpos dentro de su propia casa
o el cuerpo de otro.
Y eso sin contar con detalles puramente
termodinámicos, tales como: ¿Adónde
va toda la masa del hombre que empequeñece?;
¿Qué hay de la entropía?;
O ¿Cómo puede un objeto disminuir
de tamaño sin perder materia? La
explicación asimoviana de que se
logra reduciendo el espacio de los
orbitales electrónicos de sus átomos",
es una perfecta barrabasada cuántica,
precisamente de la clase que no solía
pasar por alto el "buen doctor"
en las obras ajenas.
ESTRUCTURAS Y FUNCIONES,
CARNÍVOROS Y HERBÍVOROS, ELEMENTOS
Y SISTEMAS: UNA INTRODUCCIÓN A LA
ECOLOGÍA
Cuentan que el gran naturalista decimonónico,
barón George Cuvier, tras la exitosa
reconstrucción de animales extintos
como el perezoso gigante o megaterio y el
megaceros o ciervo gigante de Irlanda, se
ufanaba de poder conocer el aspecto de cualquier
criatura nunca antes vista, disponiendo
solo dos o tres huesos y un par de dientes.
Uno de sus discípulos, cansado de
tanta autosuficiencia, decidió gastarle
una broma: se vistió de diablo e
irrumpió en plena madrugada en los
aposentos del creador del aristócrata
francés. Pero fue por lana y volvió
trasquilado: Cuvier solo murmuró,
soñoliento ante la vista de la "demoníaca"
aparición: "Cuernos y pezuñas:
herbívoro. Colmillos y garras, carnívoro.
No, ese animal no existe" y se volvió
a dormir tranquilamente.
Sin subestimar su obvia sangre fría,
parece que el creador de la anatomía
comparada, ni dormido olvidaba que ningún
ser viviente es una entidad aislada, sino
siempre y necesariamente, parte de un sistema
mayor.
La vida es una especie de obra de teatro
en la que cada organismo desempeña
su papel. Y ya sea el de carnívoro,
herbívoro, o carroñero, cada
"caracterización" implica
su propio "disfraz", cuyos elementos
distintivos, según el caso, pueden
ser garras, colmillos, corazas protectoras,
cuernos, aguijones, etc. Y en la naturaleza,
como en la hiperestilizada Opera de Pekín,
el bueno y el malo no suelen confundir ni
mezclar sus atributos tradicionales: estos
elementos rara vez están todos presentes
en un único organismo.
Algunos autores de ciencia ficción
piensan que simplemente acumulando cuernos,
colmillos, corazas, colas erizadas de púas,
alas, generadores de voltaje, escupitajos
ácidos, estructuras que lanzan dardos
y toda serie de armamentos insólitos
y mortíferos sobre sus monstruos
conseguirán hacerlos pavorosos e
invulnerables.
Y también increíbles
En la naturaleza funciona una especie de
principio de economía: la selección
natural. Una estructura que no resulta útil,
no tiene razón de ser: si surgiese
por azar, como resultado de una mutación,
un tigre con una cresta ósea de medio
metro de altura sobre el espinazo, por ejemplo,
no tendría ninguna ventaja sobre
sus semejantes en la lucha por la subsistencia,
y por tanto tampoco contaría con
mejores probabilidades de reproducirse.
Incluso si su descendencia heredase la llamativa
cresta, lo más probable es que una
característica tan irrelevante para
la supervivencia desapareciese del fondo
genético de la especie en el transcurso
de dos o tres generaciones. Si además
resultara que con tal engorro óseo
sobre las espadas, al tigre de marras le
fuese más difícil cazar que
a sus semejantes, probablemente ni siquiera
duraría bastante como para poder
reproducirse.
Los límites entre la clase de armamento
que puede tener un herbívoro y un
carnívoro no son claros ni absolutos,
y a veces pueden generar confusiones. Existen
algunos ejemplos de herbívoros con
colmillos muy desarrollados en vez de cornamenta,
como los hipopótamos, jabalíes
y babirusas, o el pequeño ciervo
almizclero asiático, y en el pasado
prehistórico vivieron seres que habrían
puesto en un aprieto al mismísimo
barón Cuvier. Como el ceratosaurio,
dinosaurio carnívoro armado con un
cuerno sobre el hocico; el uinthaterium,
herbívoro que no solo tenía
¡seis! cuernos sino también
dos grandes colmillos; o el moropus, especie
de caballo gigante con filosas garras en
vez de cascos, estos dos mamíferos
del Plioceno.
Las crestas de hueso, los cuernos y las
púas pueden ser estéticamente
muy impresionantes, pero también
son sin la menor duda una engorrosa carga,
incluso cuando no están del todo
exentas de utilidad. Dinosaurios como el
estegosaurio, con su gran cresta dorsal
doble y sus seis púas en la cola;
o el triceratops, con su cráneo tricornio
y acorazado, o los más recientes
gliptodontes (armadillos gigantes) cargaban
con sus pesadas armaduras por razones evidentemente
defensivas.
Pero si los herbívoros pueden permitirse
ciertas "extravagancias en el decorado",
no sería fácil para un depredador
dar alcance a una presa con tanto
lastre sobre sus espaldas. Un carnívoro
debe ser fuerte y estar bien armado, cierto,
pero de nada le serviría ser un verdadero
arsenal viviente, si por exceso de peso
su presa siempre fuese más veloz
que él: pues para poder comer, hay
que alcanzar al alimento antes de matarlo
¿De qué le servirían,
por ejemplo, un par de cuernos a un león?
Ya bastante bien armado está con
sus dientes y sus garras: solo serían
peso inútil, y por eso no los ha
desarrollado. No obstante, los machos tienen
grandes melenas que aunque los hacen lucir
muy impresionantes, no los vuelven precisamente
más ligeros. De hecho, son casi siempre
las hembras las que cazan, y el macho solo
interviene en la búsqueda del alimento,
cuando hay que hacer frente a presas relativamente
lentas y fuertes, como los búfalos
o los rinocerontes.
Pero tampoco se debe juzgar apresuradamente
la utilidad o inutilidad de una estructura,
incluso si su función no parece evidente
o práctica: por engorrosa que pueda
parecer, las dimensiones de la melena de
cada macho son fundamentales para determinar
su sitio en la compleja estructura jerárquica
de una tribu de leones. Como mismo tienen
su importancia la cresta ósea del
gran pico del calao africano, o las bellas
y enormes colas del pavo real, el quetzal
o el ave del paraíso: si bien a primera
vista solo parecen representar una desventaja
para sus orgullosos poseedores (¡no
debe ser fácil escapar de los depredadores
con un órgano tan delicado y engorroso!),
es precisamente esta circunstancia la que
hace, que las hembras se sientan atraídas
justo por los machos poseedores de las estructuras
de mayor tamaño: si han sido capaces
de sobrevivir llevando consigo tal carga,
significa que sus genes son lo bastante
fuertes como para que descendencia también
lo sea. Y, por otro lado, la evolución
se ha encargado de que la hembra, que debe
cuidar de los polluelos, sea lo bastante
gris como para poder ocultarse bien de sus
posibles depredadores en la espesura
Un gran reptil carnívoro que vivió
hace decenas de millones de años,
el dimetrodon, (que tampoco era un dinosuario)
disponía precisamente de una alta
y engorrosa cresta ósea sobre sus
lomos. ¿Cuál era la función
de esta auténtica "vela"?
¿Solo atraer a la hembra? No, porque
estaba presente en ambos sexos. Algunos
paleontólogos especulan que al animal,
que habitó en cálidos desiertos,
le servía como una especie de radiador
para liberarse del calor excesivo
pero, fuese lo que fuese, de seguro servía
para algo, o no la habrían desarrollado
ni mantenido.
Porque una estructura que antes fue útil
también puede atrofiarse si su poseedor
vive suficiente tiempo en otras condiciones
en las que no le sirve de nada. Y luego
resultará prácticamente imposible
que vuelva a surgir. Es otra manifestación
del callejón sin salida de la especialización
extrema: un organismo perfectamente adaptado
a ciertas condiciones, puede resultar inadecuado
e ineficaz si estas cambian. Las grandes
aves corredoras actuales, como el avestruz,
sin necesidad de grandes músculos
para mover las alas, han perdido el esternón
en forma de quilla típico de sus
parientes voladores
como mismo lo
perdieron sus lejanos antecesores, las aves
gigantes carnívoras del Pleistoceno
americano, como el foraracos, el diatrima
y el onactornis, evolucionados en un ecosistema
sin otros grandes depredadores terrestres
a los que temer. Solo que estos seres se
extinguieron cuando las condiciones cambiaron,
incapaces de competir con nuevas especies
de mamíferos voraces, como los osos;
canes primitivos como los osteoborus; los
primeros felinos auténticos; o con
dientes de sable.
La compleja interrelación entre distintas
especies vivientes puede representarse mediante
varios esquemas. Uno de ellos es la pirámide
alimentaria, que refleja el modo en que
se aprovecha la energía en la naturaleza.
Tal aprovechamiento no es nunca del todo
eficiente (existe la entropía, la
dispersión y detallitos así),
y es por esa simple razón que se
requieren varias hectáreas de terreno
cubiertos de plantas, que transforman la
energía solar fotosíntesis
mediante, para que un herbívoro como
un ciervo, pueda alimentarse y medrar. Y
del mismo modo, se requieren más
hectáreas de terreno aún para
que en ellas crezcan los ciervos suficientes
como para mantener a una pareja de lobos.
En un ecosistema cualquiera, en un momento
dado, la biomasa total de los vegetales,
o sea, la base de la pirámide, es
superior a la de los animales que se alimentan
de estos, que a su vez supera a la de los
carnívoros y carroñeros, la
cúspide de la estructura.
Es por esto que en cualquier ecosistema
hay más herbívoros que carnívoros,
y que, aunque pueda haber depredadores de
gran talla, como leones, tiranosaurios o
tiburones, su biomasa total es muy inferior
a la de los herbívoros. Entre los
cuales, además, es que suelen encontrarse
los campeones de talla y peso de cualquier
ecosistema. Quizá porque los vegetales
son más fáciles de encontrar
y no huyen cuando hay que comérselos,
aunque sea preciso dedicar más tiempo
a su búsqueda, e ingerir grandes
cantidades, para obtener la cantidad de
proteínas concentradas en la carne.
Por otro lado, alcanzados ciertos límites,
la simple masa corporal y la fuerza que
esta trae acompañada, constituyen
una buena defensa contra los depredadores.
Los elefantes adultos, mayores que los leones,
no los temen, como no debió temer
un braquiosaurio adulto a los tiranosaurios,
ni teme una ballena azul al tiburón
blanco. Claro que si el hambre aprieta y
los voraces famélicos son lo bastante
inteligentes como para actuar en grupo la
cosa cambia: un elefante aislado huirá
sin pensarlo dos veces de una jauría
de licaones, y una ballena escapará
también a toda aleta de un grupo
de orcas. Pero elefantes y ballenas, por
otro lado, tienen también el cerebro
lo suficientemente desarrollado, como para
comprender que andando en grupo su seguridad
aumenta.
La escena de la bestia que se precipita
babeando sobre los exploradores recién
salidos de su nave, resulta más impresionante
aún si existe la posibilidad de que
estos se conviertan en el almuerzo de la
hosca forma de vida nativa, qué duda
cabe. Pero ¿por qué los monstruos
extraterrestres deben siempre ser carnívoros?
En la naturaleza, ningún depredador,
a no ser desesperado por el hambre, atacaría
a una presa desconocida con la intención
de devorarla ¿Y si es más
peligrosa de lo que parece? ¿Y si
sabe mal?
En realidad, lo más probable es que
el terrible ser solo pretenda defender a
sus crías o su territorio y esté
tan asustado como los intrusos
si
no más. El miedo es un motivo para
atacar todavía mejor que el hambre.
Y los instintos posesivos territoriales
y de protección de la progenie son
tan fuertes en especies carnívoras
como herbívoras, como sabrá
cualquiera que haya intentado quitarle un
hueso a un perro, o acercarse demasiado
a un toro.
Además de como una pirámide,
la relación entre vegetales, herbívoros,
carnívoros, carroñeros y otros
organismos, puede representarse con una
cadena o mejor aún, una red. Todos
los eslabones dependen unos de otros, todas
las hebras de la red se interrelacionan:
cualquier cambio en uno de ellos repercute
en los otros, y todo el sistema tiene cierto
grado de homeostasis, o sea, tendencia a
mantener un equilibrio global si los cambios
no son demasiado pronunciados. El aumento
en el número de herbívoros
provocará un consecuente aumento
del número de carnívoros,
al disponer de más alimentos
pero precisamente tal superabundancia de
depredadores a la larga provocará
que el número de presas regrese aproximadamente
a sus valores iniciales.
Las dimensiones relativas de la población
de predadores y presas tienden a mantenerse.
No obstante, tal homestasis no es absoluta:
una epidemia fulminante como la mixomatosis,
que diezmó la población de
conejos de la Península Ibérica
en los años 60 y 70, puede poner
en peligro todo el ecosistema al disminuir
drásticamente la cantidad de comida
disponible para los carnívoros. La
contaminación de una zona con agentes
químicos como insecticidas, pesticidas
o petróleo crudo, puede provocar
una auténtica catástrofe ecológica
en la cual, ésta cadena alimenticia
local sencillamente no pueda reponerse por
su propia cuenta.
Tal concepto global de la ecología
lo dominaba perfectamente Frank Herbert,
(no en balde era biólogo). Es por
eso, y no solo por sus intrigas palaciegas
bizantinas, que su mundo de Dune se ha convertido
en un paradigma de la ciencia ficción.
En Arrakis, el mundo codiciado por toda
la galaxia porque solo allí se produce
la valiosísima especia geriátrica,
todas las criaturas dependen unas de otras,
y ni siquiera el rey del ecosistema, el
gran gusano de la arena Shaiq-Ulud, es invulnerable
a las alteraciones de su ambiente: criatura
potentísima, pero hidrófoba
en grado sumo, la transformación
del antes desértico planeta en un
oasis verde, lo amenaza con la extinción,
en una de las subtramas más fascinantes
de la compleja saga de space-opera de Paul
Atreide, los Fremen y su estirpe.
El imaginar a las especies vivientes como
productos terminados, estáticos en
el tiempo, es un error tan grande como suponerlas
aisladas. Las formas vivas, elementos de
un ecosistema, aparecen, se desarrollan,
y si no son lo bastante eficaces, las condiciones
a las que se adaptaron cambian bruscamente,
o surgen otros competidores más eficaces,
desaparecen... o se adaptan, cambiando ya
sea sus hábitos, como los papagayos
kea de Nueva Zelanda que pasaron de alimentarse
de semillas, a devorar las carroñas
de las ovejas, y luego a darles muerte;
ya sea su aspecto mismo, aunque tal proceso
darwiniano requiera su tiempo.
Sí, lo útil o superfluo de
una estructura debe ser analizado caso por
caso. Pero un buen consejo para los aspirantes
a creadores de monstruos es: antes de dotarlos
con cualquier órgano o aditamento,
es mejor dedicar unos segundos a pensar
para qué le va a servir en su vida
diaria, o sea, cuando no se dedica a perseguir
exploradores espaciales caídos en
su mundo por casualidad. Y, puestos a ser
exquisitos, si es posible, pensar también
en cómo pudo evolucionar tal estructura
y el comportamiento a ella asociado.
Continúa
Nota:
Este trabajo ha sido publicado en el número
3 de la revista UPSALON de la Facultad de
Filología de la Universidad de La
Habana. También existe una versión
anterior en la popular y única Revista
Axxón N083
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