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Por
Yoss
A
Vicente Berovides, profesor de ecología,
evolución
y pensamiento científico.
EL
OCTAVO PASAJERO BAJO EL MICROSCOPIO ECOLÓGICO
Analicemos ahora a la luz de la ecología,
a una de las criaturas mejor conocidas de
la ciencia ficción: el Alien de la
serie cinematográfica homónima.
Nos es presentado como el supercarnívoro,
la criatura depredadora más perfecta
y terrible imaginable. ¿Es cierto
esto? Veamos. Sus características
más sobresalientes son: lo devora
todo, tiene un complejísimo ciclo
vital, se esconde por los rincones y su
sangre es nada menos que ácido molecular
concentrado.
De entrada, se podría pensar que
Ridley Scott o Alan Dean Foster (que novelizó
el primer filme) han exagerado sobre la
condición omnívora de su bestia:
como vimos antes, pocos carnívoros
intentan comerse o atacar todo lo que ven
(el caso de algunas razas de perros de ataque
desarrolladas por el hombre es tema aparte).
Y si esto es real para seres de un mismo
planeta, y por tanto dotados con la misma
bioquímica y el mismo ADN ¿no
sería simplemente letal nuestra carne
para un ser producto de otra evolución?
Tal incompatibilidad bioquímica es
explorada de modo fascinante aunque algo
superficial en otro filme reciente, Evolution,
donde formas de vida alienígenas
evolucionadas a increíble velocidad,
a partir de las esporas llegadas a nuestro
planeta en un meteorito (una actualización
de la vieja teoría de la panspermia),
encuentran grandes obstáculos, no
ya para devorar a las criaturas terrestres,
sino incluso para respirar nuestro aire,
y son finalmente vencidas aprovechando su
intolerancia al selenio.
Pero aceptemos por el momento, como hipótesis
de trabajo, que realmente Alien podía
comer cualquier cosa
en nuestro planeta
existen carnívoros con tan poca capacidad
de discriminación: se les llama generalistas
para contraponerlos a los especializados:
son ejemplos los osos, los zorros y los
coatíes, animales capaces de adaptarse,
como mismo se supone al "octavo pasajero",
prácticamente a cualquier ambiente
y dieta, lo que no deja de ser una notable
ventaja evolutiva: como ya se dijo antes,
la especialización es una vía
para superar a la competencia, pero también
puede convertirse a menudo en un callejón
sin salida evolutivo, si las condiciones
cambian.
Sobre el complejo ciclo de vida, no es tan
raro tampoco. Por el contrario, se diría
que a la naturaleza le gusta jugar a las
metamorfosis, (con perdón de Ovidio).
Al menos en el reino animal parece haberlas
de todas clases y por todas partes. ¿Por
qué esta omnipresencia?
Un ciclo de vida complejo parece tener cierto
valor adaptativo, por ejemplo: como sistema
para asegurar que nunca falten individuos
para la reproducción; hay peces como
las chernas y las doncellas, que cambian
de sexo a lo largo de su vida: de macho
a hembra, e incluso varias veces. Insectos,
como los pulgones hemípteros, con
poblaciones compuestas durante varias generaciones
totalmente por hembras que se reproducen
por partenogénesis (o sea, un huevo
que se desarrolla sin necesidad de espermatozoides),
hasta que de pronto surgen los machos. Otras
veces, los machos involucionan hasta llegar
a ser meros parásitos de la hembra,
y sus órganos quedan reducidos al
sistema circulatorio y los testículos,
como ocurre en el pez pescador y algunos
cangrejos del género sacculina.
Más a menudo, las metamorfosis resultan
un mal necesario para organismos que no
son capaces de alcanzar su forma definitiva
por simple crecimiento, como los anfibios
y muchos invertebrados. Aunque la evolución
es una experta en el difícil arte
de hacer de la necesidad virtud; un ciclo
de vida complejo también sirve para
que las larvas colonicen ambientes a los
que los adultos no pueden llegar, como ocurre
en algunas especies marinas, muy móviles
en sus primeras fases, pero que se vuelven
completamente sésiles (fijos al sustrato)
al llegar a adultos: las anémonas,
los corales, las ascidias, y algunos crustáceos
y anélidos poliquetos.
En otros casos, una larva que se desarrolla
en ambientes distintos a los del adulto
(o imago, como llaman los entomólogos
a un insecto totalmente desarrollado), parece
aumentar las posibilidades de supervivencia
de una especie acosada por los predadores:
una estrategia evolutiva similar a la del
general de un ejército vencido que
dispersa sus tropas en retirada para que
sea más difícil eliminarlas
a todas.
Adoptar diversas formas en ambientes diversos
también puede ser muy útil
como estrategia adaptativa. Hay seres que
exhiben la llamada "alternancia"
generacional, como las dafnias o pulgas
de agua, pequeños crustáceos
acuáticos que tienen una forma a
bajas y otra muy distinta a altas temperaturas.
En general, fases de un ciclo de vida muy
diferentes entre sí permiten conseguir
comida más fácilmente, explotando
los recursos de diversos ambientes, y que
de paso los adultos no compitan con sus
crías por la misma clase de alimento:
Las delicadas mariposas sobreviven libando
néctar, pero solo logran acumular
la energía metabólica necesaria
para convertirse en adultos gracias a toda
la masa vegetal que comen sus voraces orugas.
La hormiga león, se convierte en
un adulto absolutamente inofensivo de aspecto
entre mariposa y libélula, solo gracia
a que antes fue una larva voraz que acechaba
a sus presas en el fondo de un pozo de laderas
movedizas. También hay adultos que
son ávidos depredadores para poder
acumular energía para sus futuras
e inocuas larvas, como los mosquitos.
Con todas sus fases, cada una más
agresiva y feroz que la anterior, Alien
podría pertenecer a la misma clase
de las libélulas, un insecto predador
por excelencia, cuya larva es tan terrible
en el agua (su "máscara",
seudomandíbula proyectable-retráctil
en forma de pinza es una de las estructuras
de caza más interesantes del reino
animal) como será luego el adulto.
Claro que la larva y el adulto de la libélula
tienen presas distintas, y el "octavo
pasajero" siempre parece preferir a
los seres humanos, pero en sus primeras
etapas como parásito y solo de adulto
como predador
así que en realidad
su proceder es más similar al de
ciertas avispas carnívoras, que aunque
cazan grandes arañas no es para devorarlas:
a veces no las matan, sino que únicamente
las paralizan para luego poner sus huevos
en ellas, y cuando nacen las larvas, van
devorando viva a su hospedero
que
si muere, es solo al ver consumidos prácticamente
todos sus órganos internos. ¿Cruel,
no? Pero también un ingenioso y eficaz
sistema para asegurar provisiones a los
hambrientos recién nacidos.
Hasta aquí, Alien parece un carnívoro
típico. Pero, la sangre ácida:
¿qué función cumple?
No parece tener necesidad de usarla para
atacar; le sobran armas como aguijones,
garras, colmillos y lengua proyectable.
En general, los depredadores que cuentan
con el veneno u otra sustancia tóxica
similar como arma principal, suelen "advertirlo":
es tal la función de la brillante
librea rojinegra de la venenosa serpiente
de coral y la viuda negra, la vistosa capucha
de la cobra, los bellos colores de la concha
de los conos (moluscos depredadores que
cazan a sus presas clavándoles una
especie de arpón envenenado) del
océano Pacífico, o las grandes
y coloridas aletas con espinas envenenadas
del pez escorpión de los mares tropicales.
Esta clase de depredadores suelen ser físicamente
más débiles que sus presas,
y recurren al veneno para suplir la deficiencia
de sus músculos. Con sus excepciones:
los escorpiones cuentan con su aguijón
venenoso, incluso siendo verdaderos forzudos.
De hecho, si uno de estos arácnidos
pierde su cola ponzoñosa aún
se las arregla bastante bien para cazar
solo con las pinzas
aunque pasa más
trabajo para digerir: el veneno no solo
mata a la presa sino que, disolviendo sus
tejidos, ayuda no poco a digerirla. Y en
la fétida saliva del corpulento y
musculoso dragón de Komodo, viven
tal cantidad de bacterias de la putrefacción,
que basta con que el voraz pero lento reptil,
atacando por sorpresa, alcance a clavar
sus dientes en la presa para que esta tenga
sus horas contadas (si no recibe dosis masivas
de antibióticos): debilitada por
la infección, en pocas horas ya no
será lo bastante veloz como para
seguir escapando del tenaz varano.
Este podría también ser el
caso del hambriento "octavo pasajero",
al que no le faltan ni fuerza ni velocidad
solo que, por efectivo que pueda ser el
ácido como estructura de caza, Alien
no parece haber desarrollado estructuras
especializadas para inyectarlo o siquiera
arrojarlo sobre sus presas.
Y si un arma no sirve para el ataque, solo
queda la defensa.
Un cuerpo, una sangre o una linfa tóxicas
o simplemente de sabor desagradable, como
la que poseen algunas dendrobátidos
o ranas tropicales, numerosas especies de
orugas, los nudibranquios (o babosas marinas)
y las medusas y muchas anémonas,
es un recurso usado por muchos organismos
para desalentar a sus posibles depredadores.
Pero también a menudo los animales
que desarrollan tal clase de defensa pasiva,
disponen de colores vivimos que advierten
a sus posibles victimarios que el posible
almuerzo no solo puede decepcionar sus expectativas,
sino también resultar muy peligroso.
Por lo visto, el veneno es un recurso demasiado
bueno como para no darle publicidad.
Aunque algunos animales de apariencia más
bien gris, también son altamente
tóxicos. Criaturas venenosísimas
como por ejemplo, algunos escorpiones, las
rayas ponzoñosas o el rascasio o
pez-piedra, prefieren fiarse del camuflaje
y solo recurrir a su armamento tóxico
cuando se ven acorralados. Lo mismo podría
decirse de los "generadores vivientes":
ya usen la electricidad como defensa contra
depredadores, como la raya torpedo, o para
la caza, como la anguila eléctrica,
no son para nada llamativos.
La regla general parece ser que solo aquellos
seres que están completamente seguros
de la eficacia de su armamento ofensivo-defensivo
se pasean a sus anchas. Porque también
frecuentemente los depredadores pueden convertirse
en presas: una mangosta, un tiburón
o un cocodrilo, pueden dar buena cuenta
del escorpión, el rascasio o la anguila
eléctrica, a despecho de su veneno
o sus descargas. Así que hacen bien
en esconderse, y no solo para capturar mejor
a sus presas.
En fin, que según las leyes de la
ecología, Alien, lejos de ser el
peligroso superdepredador absoluto que su
creador pretendía, en su mundo de
origen probablemente fuese solo un pobre
carnívoro menor, obligado, para sobrevivir
a la constante amenaza de algún ignoto
carnívoro aún más terrible,
no solo a ocultarse, sino a desarrollar
una defensa tan tremenda como la sangre
ácida.
¿Será huyendo de tan tremebunda
e ignota bestia que tales seres llegaron
al asteroide donde los encontró la
desventurada tripulación del Nostromo?
Como bien decía el maestro jedi Qui
Gon Jin en La amenaza fantasma "siempre
hay un pez más grande"; una
frase que podría muy bien resumir
toda la ecología. En todo caso, esta
idea del superdepredador del que huye Alien
podría ser el filón para una
quinta, sexta y enésima entrega de
la saga
sobre todo si es la Ripley
hibridizada con el insidioso ser la que
acude al encuentro del hipotético
megamonstruo: la venganza del alien corregido
y aumentado con la inteligencia humana,
contra su histórica pesadilla, tal
vez incluso inteligente
A MODO DE EPILOGO: ALGUNAS CONSIDERACIONES
Y CONSEJOS
Como nadie sabe aún a ciencia cierta
qué aspecto ni qué tipo de
ambientes tendrán otros mundos, qué
clase de seres vivirán en ellos,
ni cómo se comportarán, a
los aspirantes a creadores de monstruos"
no les queda más remedio que extrapolar
en base a los aspectos y patrones de conducta
de los únicos conocidos, los de La
Tierra.
Dado que uno de los métodos principales,
si no el principal de la ciencia ficción
es precisamente la extrapolación,
cabría suponer que sus autores fuesen
perfectamente capaces de hacer con los seres
vivos, lo mismo que hacen constantemente
con tendencias sociales y tecnológicas.
Para esto también se requiere información,
y mucha. Lo ideal sería tener profundos
conocimientos de biología, pero como
no se puede esperar que todo autor de ciencia
ficción, ni todo director de cine
sean a la vez biólogos, sociólogos,
ingenieros espaciales, informáticos,
etc, para concluir este artículo
hemos seleccionado algunos seres vivos que
por sus comportamientos o morfologías
podrían resultar interesantes como
modelos para crear fascinantes criaturas
extraterrestres
ejemplificando aún
con casos en los que la ciencia ficción
ha ya hecho tal clase de extrapolación.
(1) -¿Por qué deben ser siempre
animales los monstruos? El reino vegetal
no es tan pasivo como parece: ¿que
tal una especie de superplanta carnívora?
Si se moviese más rápido o
fuese mucho mayor que las conocidas podría
ser un auténtico dolor de cabeza
para cualquier explorador. En su novela
Invernáculo, Brian Aldiss imagina
un futuro lejanísimo en el que escasos
seres humanos sobreviven a duras penas en
una Tierra que ha sido casi totalmente reconquistada
por las plantas, las que han desarrollado
formas tan agresivas, móviles y voraces
como cualquier predador animal. Un fascinante
despliegue de imaginación botánica.
El vegetal planetario "inteligente"
(a su manera, claro) del cuento Planta química
de Ian Wiliamson, o los bosques racionales
y en guerra de otra historia de Van Voght,
son también ejemplos excelentes de
plantas más o menos monstruosas.
-Ni animal ni vegetal, pero vivo: según
las últimas clasificaciones taxonómicas,
la materia viviente no se divide solo en
vegetal y animal; existiría un tercer
reino, el de los hongos. Criaturas sin clorofila
que no realizan la fotosíntesis y
a veces ni siquiera son inmóviles.
Por ejemplo, los mixomicetos son capaces
ya sea de moverse como pequeñas amebas,
cuando el alimento abunda, ya sea de reunirse
en micelios más "convencionalmente
vegetales" y generar esporas resistentes,
cuando escasea. Interesante como ciclo de
vida ¿no? animal-vegetal
difícil
no recordar a los cerdis de La Voz de los
Muertos de Orson Scott Card, (aunque estos
eran inteligentes) que tenían doble
vida: primero como bípedos, luego
como árboles.
-Parasitismo, comensalismo y simbiosis:
estas son las tres clases de relaciones
alimenticias posibles entre dos organismos,
sin que uno devore a otro causándole
la muerte
al menos no inmediatamente,
en el primer caso; los parásitos
se benefician de su hospedero perjudicándolo,
lo que a la larga puede resultar fatal.
Pueden ser ecto, cuando habitan en el exterior
de su huésped (por ejemplo los piojos
o las lampreas); o endoparásitos,
cuando viven en el interior (las tenias
o los oxiuros), obligatorios o facultativos,
según puedan o no sobrevivir sin
su hospedero. Los comensales se benefician
de su huésped sin causarle daño
(por ejemplo, las rémoras que se
adhieren a los tiburones para conseguir
así "transporte gratuito",
o los peces payaso que viven a salvo de
sus predadores entre los venenosos tentáculos
de las anémonas). En cuanto a la
simbiosis, es una relación ventajosa
para ambas partes (por ejemplo, el "pájaro
mondadientes" que limpia la boca de
los cocodrilos de las piltrafas de carne
que quedan trabadas en sus dientes y podrían
convertirse en fuente de infección
al podrirse, alimentándose de paso)
Las posibilidades que aquí surgen
son casi infinitas para un creador con imaginación:
animales que sin ser feroces atacan enloquecidos
de dolor o directamente controlados por
su parásito (recordar los Amos de
las Marionetas de Heinlein, aunque estos
eran inteligentes), seres que necesitan
de otros para sobrevivir o reproducirse
(como otros racionales, los de la trilogía
Xenogénesis, de Octavia Butler, que
eligen como simbiontes a los humanos) grandes
animales que viven como huéspedes
de otros animales aún más
grandes (como en el cuento de Aldiss El
cazador, en el que un viajero del tiempo
mata a un dinosaurio solo para ser a su
vez aniquilado por sus parásitos)
y así ad infinitum.
-Ciclos de vida complejos: como mismo resulta
difícil adivinar la rana o la mariposa
futuras en el renacuajo o la oruga, un ser
podría tener fases muy distintas
entre sí, no solo por el aspecto,
sino por el comportamiento y la dieta. El
clásico es Alien, ya se vio
pero es preferible evitar casos como la
novela Hierba, de Sheryl Tepper, en la que
larvas sin (aparente) inteligencia, perseguían
a sus propios adultos racionales en un ciclo
completamente inverosímil, por lo
ecológicamente ineficiente y suicida.
-Cambios del comportamiento estacionales
ligados a la reproducción: en la
fauna terrestre abundan los ejemplos de
criaturas que, dóciles la mayor parte
del año, se vuelven agresivas en
la época de celo, cuando desarrollan
incluso estructuras de ataque y defensa
especializadas. Por ejemplo, los ciervos.
Otros animales que de adultos son vegetarianos,
se convierten en grandes cazadores cuando
están criando a sus retoños.
Muchos pájaros granívoros
y frugívoros capturan diariamente
decenas de gusanos e insectos para suplir
las necesidades proteicas de sus polluelos
en crecimiento.
-La adaptación a nuevas condiciones
de animales evolucionados en un ambiente
muy distinto, puede generar criaturas bien
extrañas. Por ejemplo, a partir del
modelo básico del pájaro,
criatura del aire, han surgido los avestruces
y los pingüinos, que no vuelan, sino
que corren y nadan. Del biotipo mamífero
original, pequeños insectívoros
cuadrúpedos, han surgido tanto los
nadadores más o menos adaptados,
que van desde las nutrias hasta los cetáceos,
pasando por las focas, como los planeadores
o los voladores (ardillas voladoras o murciélagos)
sin contar con las múltiples familias
terrestres: cánidos, felinos, primates,
ungulados. Este fenómeno, llamado
radiación evolutiva, es una interesante
opción para imaginar toda una ecología
¿Qué tal un mundo donde todos
los ambientes hubiesen sido colonizados
por los moluscos? A fin de cuentas, cefalópodos
como el pulpo tienen un sistema nervioso
que no tiene nada que envidiar al de muchos
vertebrados. ¿Y si se tratara de
artrópodos, o de anfibios?
-Evolución
ultraveloz: los insectos terrestres se han
adaptado en pocos años a sustancias
que se suponía les serían
eternamente letales, como el DDT. Las bacterias
demoran aún menos en hacerse inmunes
a los antibióticos ¿qué
tal una especie que evolucionase tan velozmente
como respuesta a los cambios de su ambiente
que sus hijos nunca fuesen idénticos
a sus padres? Si se les dispara con lanzallamas,
los sobrevivientes producirían una
siguiente generación bien protegida
contra el fuego, y así
-Los organismos coloniales: La simbiosis
entre seres de la misma especie, o sea,
los animales que viven en comunidad han
fascinado siempre a los expertos, sobre
todo cuando las funciones de los individuos
están bien diferenciadas, como en
los insectos sociales. En la ciencia ficción
abundan ejemplos de insectoides coloniales
inteligentes (las chinches de Tropas del
espacio de Heinlein, la Reina Colmena y
sus insectores en El juego de Ender de Scott
Card) casi siempre mostrados como extraños
e incapaces de llegar a un entendimiento
con los seres humanos. Especialmente interesante
resulta el organismo de El Enjambre, de
Bruce Sterling, una comunidad que, sin ser
normalmente racional, puede desarrollar
la inteligencia si es necesario, como una
adaptación más.
Basta con hojear las páginas de cualquier
texto de zoología o botánica
para que las ideas interesantes surjan a
paletadas. Y ni siquiera hay que limitarse
a réplicas extraterrestres de modelos
conocidos: seres vivos minerales, como la
siliconia de La piedra viviente del cuento
de Isaac Asimov, o energéticos, como
los del cuento de Frederic Brown Los ondulantes
son también posibles
al menos
en teoría. Parafraseando una frase
del físico Niels Bohr "no importa
si son raros
lo que hay que ver es
si son lo bastante raros como para ser convincentes"
sin olvidar nunca que las ganas de impresionar
no deben desplazar al sentido común,
que, como bien dijera Bernard Shaw, es el
menos común de los sentidos
a veces, desgraciadamente, también
entre los autores del género.
Un último consejo para la creación
de monstruos extraterrestres; aplicar la
misma regla que para la escritura: si la
bestia recién imaginada (como las
cuartillas recién tecleadas) parece
perfecta, dejarla reposar por unos días.
Y luego analizarla como si fuera creación
de otro autor: con el mayor escepticismo
posible. Si ya no parece tan terrible ni
sobre todo tan posible, pues probablemente
no lo sea, y valdrá entonces la pena
exprimirse las meninges para hacerla más
verosímil, pensando en alguna que
otra corrección en sus dimensiones,
su aspecto, sus hábitos o todo junto.
Porque, a no ser que el propósito
del monstruo sea precisamente hacer reír,
como algunas de las criaturas de Jack Wiliamson
en su hilarante saga de Bill, héroe
galáctico, excelente parodia de la
space-opera, resulta mucho mejor invertir
horas y horas en documentación y
trabajo intelectual, que tener que soportar
un solo segundo de carcajadas incrédulas
del lector...
20 de junio de 2003
Nota:
Este trabajo ha sido publicado en el número
3 de la revista UPSALON de la Facultad de
Filología de la Universidad de La
Habana. También existe una versión
anterior en la popular y única Revista
Axxón N083
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