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De la ficción a la ciencia

 

 
 

Por: Carlos Rafael Sánchez Almenares

(Tomado de su libro inédito ¿Ovnis por siempre?)

Amit Goswami: profesor de física; autor de numerosos artículos sobre física nuclear, publicó en 1983 su libro The cosmic Dancers: Exploring the Physics of Science Fiction (Los bailarines cósmicos: Explorar la física de la ciencia ficción). Importante escritor de ciencia-ficción que define esta temática de la siguiente manera: “La ciencia ficción es el género de literatura que se ocupa de los cambios que se producen en la ciencia y en la sociedad. Le interesa criticar, ampliar, revisar y revolucionar todos los modelos científicos estáticos. Su objetivo es suscitar una nueva visión más adecuada y verdadera de la naturaleza”. Lo mejor del género está incitando constantemente a la ciencia a descubrir cada vez más el sentido de la realidad. Su desafío parece ser “no adherir a nada estático”. “El paradigma o visión actual del mundo es fruto del pasado y válido sólo para el pasado; se necesitan nuevas vías para abordar el presente en constante desarrollo, por no hablar del futuro”.

Así, el autor moderno de literatura de anticipación concibe un mundo futuro en el cual los viajes espaciales son algo cotidiano, un universo donde se sabe que hay vida en otros sistemas estelares, culturas en las que la gente se comunica habitualmente por telepatía, sin señales sensoriales.

En la novela The Dispossessed, de Ursula K. Le Guin, el protagonista, Sheveck, es un científico que se esfuerza en mejorar la comunicación entre su planeta y los planetas vecinos. Así inventa el “ansible”, una máquina gracias a la cual es posible una comunicación instantánea y sin señales, no sólo entre los planetas más cercanos sino también con los más remotos de la Galaxia.
En la novela Miracle Visitors (Visitantes milagrosos), de Ian Watson, el protagonista, John Deacon, estudia la manera en que los seres humanos perciben cada vez la llegada de platillos volantes y, al cabo de su investigación, descubre una respuesta inesperada en la naturaleza de la conciencia humana.
En la novela de Robert Silberg, To Open the Sky (Para abrir el cielo) los dirigentes de una nueva religión científica establecen rigurosamente las prioridades necesarias para hacer frente a las amenazas del presente y asegurar el porvenir. ¿Las prioridades? Abrir el cielo y la mente.

En su novela Rendez-vous with Rama (Cita con Rama) Arthur C. Clarke hace una hermosa descripción de una colonia espacial extraterrestre. La obra lleva implícito un reto: el de saber si los seres humanos serán capaces de realizar una empresa semejante.

En The Black Cloud (La nube negra) Fred Hoyle describe una vida extraterrestre tan fantástica que no sólo nos pone frente a una variedad potencial de existencia en otros planetas, sino que además nos desafía a que examinemos por entero el problema del origen y del sentido de la vida.
En su novela Way Station (Un alto en el camino) Clifford Simak presenta el cuadro de una humanidad al borde de un holocausto originado por el “terror” que el hombre lleva en sí. Pero tal hecatombe es evitada gracias a la transformación del hombre con ayuda de un talismán y a una oportuna intervención del consejo galáctico. De donde se desprende que el talismán, al igual que el terror, puede encontrarse en nosotros mismos y ser la clave de la transformación de la humanidad.

El físico Gerard O’Neill, de Princeton, propuso en cierta ocasión que los estudiantes de su curso de iniciación a la física diseñaran una colonia espacial. Los primeros resultados de esta aventura en la esfera de la ciencia ficción fueron tan buenos que el propio profesor comenzó a efectuar cálculos más profundos. Gracias a él sabemos hoy que disponemos de los conocimientos y de la materia prima necesarios para construir una colonia espacial. El éxito alcanzado por la antigua Unión Soviética y los Estados Unidos permiten construir hoy la más grande colonia espacial.

Quiero ponerle un ejemplo de cómo la ciencia ficción puede ayudar a la comprensión de una conferencia sobre el fenómeno de la dilatación relativa del tiempo, el descubrimiento extraordinario que Einstein hizo de que un reloj inmóvil marcha más rápidamente que un reloj que se desplaza. ¿Puede la dilatación relativa del tiempo ser útil al amor? Oh, sí. Véase la siguiente carta escrita por un personaje de la novela de Joe Haldeman The Forever War (La guerra eterna):
“William:
Todo esto estará en tu expediente personal. Pero, conociéndote, sé que serías capaz de no reparar en ello. Por eso he hecho lo necesario para que recibas esta nota. No cabe duda de que he vivido. Probablemente tú vivirás también. Ven a mi encuentro. Sé por los archivos que has ido a Sade-138 y que sólo regresarás dentro de un par de siglos. No importa. Voy a un planeta llamado Middle Finger, el quinto a partir de Mizar...

»Con todo mi dinero y el de cinco viejos camaradas hemos comprado un crucero del UNEF, que estamos utilizando como máquina del tiempo.
»De modo que te espero en una lanzadera de dilatación temporal relativa. Lo único que tiene que hacer es alejarse cinco años-luz y volver a Middle Finger a gran velocidad. Cada diez años envejezco casi un mes. De manera que si aún estás vivo y llegas a tiempo, sólo tendré veintiocho años cuando vengas. ¡Date prisa! Nunca he tenido a nadie y nadie más me interesa. No me importa que tengas noventa o treinta años: si no puedo ser tu amante seré tu enfermera. (Marygay).”

Como género literario —dice Alexander Kasantsev— la ficción científica o ciencia ficción se rige por sus propias leyes. Situada en la vanguardia de la investigación, reproduce los progresos alcanzados por la ciencia y a veces genera incluso ideas que ésta puede utilizar, ya que no sólo está destinada a divertir o distraer sino que además anuncia el porvenir, prevé nuevos adelantos científicos y técnicos, los suscita y predice.

El eminente científico ex soviético Iván Efremov, autor de muchas novelas famosas de ciencia ficción, cuenta en su relato Una sombra del pasado (1945) cómo al iluminar de determinada manera ciertas rocas desnudas podía verse la imagen vívida, tridimensional, de un gigantesco dinosaurio de verdad. El cuento de Efremov causó sensación entre los lectores e intrigó particularmente al joven científico Yuri Denisiuk, Miembro de la Academia de Ciencias de la antigua URRS, quien declaró que aquel relato condujo a algunos descubrimientos en la esfera de la holografía.

En los años cincuenta los geólogos ex soviéticos descubrieron en Yakutia, Siberia oriental, diamantes idénticos a los que el mismo Efremov describe en su cuento La chimenea de diamantes (1945) en el cual, como científico, fundamenta la ubicación de los yacimientos diamantíferos y, como artista, sugiere la manera de descubrirlos.

Innumerables son las predicciones científicas y técnicas de Julio Verne. Baste recordar su célebre submarino “Nautilus” y el hecho de que un centenar de sus previsiones “fantásticas” se convirtieron posteriormente en realidad.

Herbert George Wells en La guerra de los mundos y más tarde Alexei Tolstoi en El hiperboloide del ingeniero Garina anticiparon la técnica de los rayos láser que ahora augura éxitos científicos y técnicos inimaginables así como una enorme capacidad de destrucción.

El escritor ex soviético Alexander Beliaev previó en La cabeza del profesor Dowell (1925) la posibilidad de trasplantar órganos humanos. Algunos decenios después el científico Serguei S. Briujonenko asombraba al mundo con la experiencia audaz de injertar la cabeza de un perro en el cuerpo de otro. Actualmente se efectúan a diario trasplantes de órganos de un individuo a otro y el mundo entero siguió con extraordinario interés los innovadores trasplantes de corazón realizados por el profesor Christian Barnard, operaciones que se han vuelto, si no rutinarias, por lo menos frecuentes.

En su cuento Ni la vida ni la muerte (1926) Belaiev había previsto el fenómeno de la anabiosis o reducción al mínimo de las funciones fisiológicas; otro autor ex soviético, Yuri Dolgushin, fue el primero en sugerir, en El generador de milagros (1939), la posibilidad de resucitar a los que morían. Así, ambos escritores se anticiparon en diez años a la técnica de la reanimación actualmente tan difundida.

Hugo Gernsback, el padre de la ciencia ficción en los Estados Unidos, describió minuciosamente en sus novelas los receptores de televisión en una época en que nadie hablaba aún de ellos. Escribió también sobre numerosas innovaciones técnicas que luego se convirtieron en realidad así como las guerras atómicas que hoy amenazan la supervivencia misma de la humanidad.

En una de sus obras escritas poco después de la segunda guerra mundial, el conocido autor inglés de ciencia ficción Arthur Clarke concebía la idea de poner en órbita, a unos 30.000 Km de la Tierra, un satélite geoestacionario artificial que pudiera servir para las telecomunicaciones y la retransmisión de programas de radio y televisión.

El cuento de Constantin Tsiolkovski Más allá de la Tierra, publicado a comienzos de siglo, contenía tan gran número de ideas con fundamento científico que constituyó una de las bases teóricas de la cosmonáutica tanto en la Unión Soviética como en los Estados Unidos.

Pero el más admirable autor de pronósticos científicos sigue siendo el francés Cyrano de Bergerac. En Histoire comique des états et empires du Soleil, escrita hace más de 300 años, junto a sátiras festivas y mordaces abundan las que sus contemporáneos consideraban como invenciones descabelladas de una mentalidad infantil. Cyrano de Bergerac concibió los cohetes astronáuticos para los viajes interplanetarios, previó el fenómeno de la ingravidez y el uso del paracaídas y afirmó que el cuerpo humano estaba compuesto de células.
Más aún, algunos decenios antes del invento del microscopio por Leeuwenhoek y más de 200 años antes de los descubrimientos de Pasteur y de Mechnikov, fundadores de la microbiología, Cyrano de Bergerac hablaba ya de la existencia de microbios en la sangre y de la resistencia que les oponen los anticuerpos. También diseñó lámparas con formas de globos luminosos (¿bombillas eléctricas?) y concibió asombrosos libros parlantes que se fijaban a la oreja y recitaban el texto a partir del capítulo que se escogiera mentalmente.

Cyrano de Bergerac aseguraba a sus lectores que todo aquello se lo había comunicado el hijo del Sol (¿un ser extraterrestre?) y no temía hacer tales afirmaciones en una época en que aún estaba fresco en la memoria de la gente el recuerdo de la muerte de Giordano Bruno, condenado a la hoguera por la Inquisición a causa de sus ideas “heréticas” sobre la existencia de un número infinito de mundos en el Universo.

Plantea Alexander Kazantsev: “yo soy un científico vuelto hacia la literatura; así, me he dedicado a la ciencia ficción pero sigo siendo físico e ingeniero. Algunas de mis ideas expuestas hace varios decenios se están realizando ahora. Por ejemplo, la de utilizar el efecto de superconductibilidad para la acumulación de energía (La isla en llamas, 1939) o la de un túnel submarino (El puente en el Ártico, 1941) que, aunque no existe todavía a través del Polo Norte, lo están construyendo ingenieros japoneses entre las isla de Honshu y de Hokkaido. Y, como es sabido, existe también el proyecto de un túnel bajo el Canal de la Mancha (ya se construyó).

»En mi cuento Explosión (1946) expongo la hipótesis de que la enorme devastación producida en una superficie de 2.000 km2 en la cuenca del río Tunguska, Siberia oriental, en 1908, no se debió a la caída de un meteorito sino que pudo producirse al estrellarse allí accidentalmente una nave extraterrestre. Tal hipótesis, apoyada por unos y rechazada por otros, ha suscitado interés no sólo por los autores de obras de anticipación sino también entre algunos científicos.”

Y finaliza Alexander Kazantsev: “Ojalá la fantasía contribuya a estimularnos a cada uno de nosotros, ya que el hombre es la única criatura dotada de imaginación y capaz de concebir lo que no existe. Su pensamiento puede conquistar el tiempo y el espacio, crear lo que jamás hubo y hacer avanzar las fronteras de la ciencia. Porque no puede haber ciencia sin ficción.”

 
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