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El horror y la locura extrema en el relato de Quiroga: "La gallina degollada"
 
 
 

¿Dónde acaba la locura y empieza la realidad?
¿Es posible que incluso mi último temor
no sea más que una engañosa ilusión?.
La sombra sobre Innsmouth.
H. P. Lovecraft.

Volvamos a la risa, a la locura y a la lectura; a la risa absurda e idiota de cuatro dementes, a la locura absurda e incomprensible de cuatro seres nacidos desde la normalidad, pero que bajo una maldición en determinado tiempo se tornan idiotas; y a la lectura que se desprende de un texto carnicero, donde lo bello se transgrede. Volvamos a la aparente locura del lector del Quijote y a la locura lectora de Don Quijote, quien desde la literatura da una visión distinta al mundo de los locos.

Y en estas locuras quijotescas, risueña una, seria la otra, reímos de la seriedad de su lectura de los libros de caballerías, tan seria que la pone por obra en su propia vida, prueba definitiva de seriedad. Reímos pues de su vida, consistente en actuar como si siguiera leyendo estos libros. Reímos, en buena cuenta, del absurdo quijotesco consistente en no distinguir entre ser y leer, y no la locura de ser o no ser de Hamlet. Esta actuación a unos parece cómica, y reímos. Para otros en cambio es una triste gracia, una gracia seriamente triste, esta necesidad de distinguir entre ambos mundos, el vivido y el leído.

Para Don Quijote la separación entre ellos no tiene gracia alguna, se lamenta de ella repetidamente y, desde luego, intenta remediarla. Pero en cualquier caso, al reír, al llorar, o al llorar por haber reído, unos y otros, incluso Don Quijote, comprenden todo lo que hay que comprender acerca de la enrevesada relación entre la vida y la locura. Ningún comentario al Quijote explica la comprensión fulgurante de la risa o del llanto que provoca, sino que intenta justificarlos desde la locura. Y su locura, hermosa locura que en nada se parece a la locura que recrea Horacio Quiroga, que en vez de causar risa como el Quijote, lo que causa es asco, repulsión, no es una locura racional, la locura de Quiroga se desborda en la demencia asesina, el canibalismo. Dos aspectos que sobresalen en el relato "La gallina degollada".

Este relato tiene un clima de suspenso que se apoya en la manera de presentar la acción dentro de un ritmo lento y desarrollo moroso. En este relato Quiroga explora la máxima tensión de los nervios y repite a su manera, un siglo después, las mismas alucinaciones de Poe. Horacio Quiroga “no embellece a sus héroes. Por eso mismo, puede concluir la sórdida y angustiosa peripecia con la muerte alucinada de uno, con el absurdo reingreso del otro al círculo vicioso” (Rodríguez, 1981:XXIV). Sus relatos son de esplendorosa crueldad y quizá el más típico de ello sea "La gallina degollada", en el mismo se ofrece la historia de una niña descuartizada por sus cuatro hermanos idiotas, donde se revive el verdadero manejo estilístico del motivo del horror. El relato de por sí va explicando cómo, sucesivamente, aparece el fatal nacimiento de un niño, que a determinado tiempo se torna idiota. Así como lo describe el narrador, es su hábitat lo que los va luego a transformar en bestias asesinas. Su locura es inerte, deambulan estos cuatro hermanos como zombis, presos en una habitación de cuatro paredes. A pesar de su locura innata aprenden observando, los cuatro idiotas diariamente ven el lento degüello de una gallina, todos los días en su casa. El animal es ejecutado por la sirvienta ante los ojos asombrados, gozosos, sádicos, enfermos, de los muchachos. Los cuatro idiotas son seres que tienden a la imitación, ello los lleva al cruel homicidio de su hermana menor. Al culminar la narración, cuando los idiotas se apoderan de Bertita, basta ver algunas frases hilarantes, para transmitir en el lector el más grande de los horrores: “Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo” (1981:52), y el golpe final. Quizá tal vez la cabeza caerá en el vacío y la sangre manará a borbotones y hará de esa escena uno de los crímenes más aterradores y crueles de la literatura. Rodríguez Monegal (1981) en su prólogo a las obras de Quiroga expresa sobre esta temática lo siguiente:

"A lo largo de la obra de Quiroga se puede advertir la progresión, verdadero aprendizaje en el manejo del horror. Desde las narraciones tan crudas de la Revista del Salto (1899) hasta las de su último volumen, Mas allá (1935), cabe trazar una línea de perfecta ascensión. En un primer momento, Quiroga debe nombrar las cosas para suscitar horror; Abusa de descripciones que imagina escalofriantes y que son, por lo general, embotadoras... Quiroga aprende luego a sugerir en vez de decir, y lo hace con fuertes trazos, como en... “La gallina degollada”...”( p. XXV).

Tendencia al horror, que se mantiene en dos ciclos: La risa y la locura. Los personajes de Quiroga se ríen del lector, lo envuelven en sus actos y le muestran su verdadera máscara: La locura.

"La gallina degollada" es un relato donde el dolor y el placer se combinan en una impresión única. De los mismos motivos que deberían provocar desagrado –la muerte de la niña por sus cuatro hermanos idiotas– brota un nuevo sentido de agrado, hacia la tortura. Praz (1969) plantea que:

El descubrimiento del horror, como fuente de deleite y de belleza, terminó por actuar sobre el mismo concepto de belleza: lo horrendo pasó a ser, en lugar de una categoría de lo bello, uno de los elementos propios de la belleza. De lo bellamente horrendo se pasó, a través de una gradación insensible, a lo horrendamente bello. (p. 45).

En su madurez Quiroga logra trascender con este relato, donde aún cuando su crueldad y sadismo es extremo, realiza como creador toda una sutileza para llevar al lector esa repulsión a la muerte de Bertita, pero a la vez eleva al horror al plano de la belleza, pues transmite que el horror es tan grato en el hombre como los ángeles pintados por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. El concepto de mal emitido como un rasgo morboso en esa tendencia al horror, donde el canibalismo entra a escena desde el sacrificio y el ritual que sigue a continuación, pudiera darle otra lectura al relato desde lo erótico, y que en palabras de Bataille (1980) se expresa:

La víctima muere, y entonces los asistentes participan de un elemento que revela su muerte. Ese elemento es lo que es posible denominar, con los historiadores de la religión, lo sagrado. Lo sagrado es precisamente la continuidad del ser revelada a los que fijan su atención, en un rito solemne, en la muerte de un ser discontinuo. Hay, por el hecho de la muerte violenta, ruptura de la discontinuidad de un ser: lo que subsiste y que, en el silencio que cae, experimentan unos espíritus ansiosos es la continuidad del ser, a la cual se rindió la víctima (p.115).

Se hace este planteamiento, pues el texto "El erotismo" de Bataille despeja muchas dudas al relato. El canibalismo como mito nace en las comunidades selváticas, en los primeros pueblos arcaicos, y el mismo Bataille señala que “el asesinato es muestra de ignorancia o negligencia del interdicto” (p. 103), cuestión reflejada en el texto, acaso la prohibición o encuartelamiento de los hermanos idiotas, aislados del mundo, y por más decirlo aislados en su ignorancia, les lleva a copiar un acto que se desencadena en la muerte de Bertita, su víctima.

Bataille también nos señala que “el deseo de matar se sitúa en relación con el interdicto del asesinato como el deseo de una actividad sexual cualquiera, al complejo de interdictos que la limita” (p. 102). La muerte, que inunda la lectura de Quiroga, y que según Bataille va expresa en el erotismo, no se desliga de sus temas, ya se vio el acto de vampirismo de Jordán en El almohadón de plumas donde lo erótico entra como otra característica del mal, cuando un ser destruye a otro llevándolo a la monstruosidad.

Y si bien es cierto, como lo expresa Bataille (1980), que en el proceso de la civilización el hombre es cambiado a través de la historia como presa de sacrificio, como entre los aztecas o los hebreos del tiempo de Abraham, el relato de Quiroga parece llevar ese fondo histórico que plantea Bataille; primero es degollada la gallina, luego es el ser humano, la niña.

El desencadenante del relato es el deseo de matar, así es como “antes que nada, el sacrificio es tenido por una ofrenda” (p. 114) plantea Bataille. Los primeros hombres sacrificaban a sus dioses, y los dioses en Quiroga están ausentes, pues el sacrificio culmina en un asesinato, mas no en un “asesinato de animal”, es el homicidio de un ser humano. Y como bien formula Bataille más adelante en su texto: “al desarrollarse la civilización, la inmolación de un hombre pareció horrible” (p. 114). En otras palabras, entra el horror.

 
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