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Tras la huella del monstruo

 

 
 
 

Hay una cosa que no deben comer:
Carne con sangre,
porque en la sangre está la vida.
Génesis, 9, 2,3,4.

Como un nuevo Teseo, el lector de Quiroga se adentra en un laberinto para poder indagar y seguir los pasos de un monstruo nuevo. El vampirismo hasta ahora se había mostrado como un tema de seres chupasangres ya identificados, desde las erinias con los griegos hasta el chupacabras a finales del siglo XX. Horacio Quiroga presenta una variación del tema vampírico, y no es casual que en la antología de relatos Vampiros (2001) se le incluya en la misma con el relato "El almohadón de plumas". En la presentación de este texto se lee: “Los cuentos de vampiros en nuestra lengua son tan escasos como pobres de invención; el relato de Quiroga es, por el contrario, verdaderamente original y digno de contarse en cualquier antología” (p. 399). Así mismo aparece este relato en la Antología de cuentos de misterio y terror (1998) en la selección de Ilán Stavans.

Lo significativo de los relatos de Quiroga es el aporte de una nueva visión sobre el vampirismo en su época, relacionado con ambientes como la selva extraña o el cine, que estaba tan en boga en su época bajo los títulos de las más grandes películas de horror, cómo Nosferatu (1922) de Murnau.

El vampirismo es tan antiguo como el hombre, aparece en las leyendas más antiguas de la humanidad a las que el autor ya se ha referido, y la palabra vampir apareció por primera vez en Alemania a principios del siglo XVIII, para designar algo tan dudoso y tan insano; un cadáver que abandona su tumba por las noches para succionar la sangre de los vivos y prolongar así su incierta existencia (Siruela, 2001:11), esta definición del canon queda destrozada y derogada cuando Quiroga presenta desde Latinoamérica cómo imaginar a este monstruo en el continente nuevo y bajo su pluma creadora.

 

Lo imaginario del vampiro en la narrativa de Horacio Quiroga

 

La persona que coma cualquier clase de sangre
será eliminada de entre su pueblo.
Levítico, 7, 27.

Los cuentos "El almohadón de plumas" (1907) y "El vampiro" (1927) de Horacio Quiroga representan variaciones de un tema en su cuentística; el vampirismo. Pero no el vampirismo que llega en la figura de un Conde, un Lord o una princesa al estilo de Carmilla. No; el tema del vampiro es tomado por Horacio Quiroga de otra forma, lo instala y lo adhiere al momento de su época, su espacio y su tiempo. Asimiló la técnica de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, a quienes reconoció como sus grandes maestros, aparte de Rubén Darío y Leopoldo Lugones.

"El almohadón de plumas" fue publicado en 1907, mucho antes de ser compilado en Cuentos de Amor, Locura y Muerte. Cuento corto con un final fatídico; sin duda se observa en el mismo la influencia del Edgar Allan Poe macabro, que nos recuerda cuentos como "El corazón delator", "La caída de la casa Usher", y "El retrato oval", sobre todo en lo referente a su técnica y estilo de armar una trama con un inesperado final. En el caso de Poe la vida es tomada por un cuadro, en Quiroga un ser monstruoso absorbe la vida de la protagonista.

En "El almohadón de plumas" podemos observar un caso típico de vampirismo. Alicia es víctima de una extraña enfermedad que le aqueja y que la va devorando poco a poco. Los síntomas de Alicia, cuenta el narrador, son “una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte” (1981:35).

En nuestro caso la presencia del monstruo sólo es conocida al final. Es la explicación lógica a la muerte de Alicia, pero en el fondo el monstruo es el espejo de Jordán. Lo erótico según Daniel Melkinov (1992) es la primera característica de un vampirismo perverso, pues Jordán es un esposo frío con su mujer y esta le teme. Pero al igual que en El retrato oval de Poe, Jordán va tomando la vida de su joven esposa, recuérdese el instante en que Alicia en un contexto de histeria empieza a gritar a su esposo. Esta escena nos muestra una imagen de verdadero horror:

Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor:
—¡Jordán! ¡Jordán! –clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

(ibid.)

El vampiro es un ser doble, su simbología de muy diversa significación, en tanto ser mixto (entre pájaro y mamífero). La alquimia lo utilizó como símbolo de los fenómenos ambivalentes, y por ello podríamos indagar que el monstruo es el reflejo de destrucción de Jordán sobre Alicia. El vampirismo se caracteriza también por una relación en el que dos seres se aman, pero se destruyen. El amor de Drácula por Mina sería un ejemplo de ello. El inicio del cuento de Quiroga nos lo dice: “Su luna de miel fue un largo escalofrío” (p. 34). El espacio donde conviven los personajes nos recuerda a esos castillos lúgubres del gótico: “La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos... frisos, columnas y estatuas de mármol” (ibid.).
La figura del médico de este relato (en este caso la ciencia), no tiene respuesta a esta enfermedad, circunstancia similar en todos los relatos de vampiros: “No sé –le dijo a Jordán en la puerta de la calle, con la voz todavía baja-.Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana despierta como hoy llámeme enseguida” (p. 35).

El vampirismo nunca es tomado en serio en el ámbito de la medicina, y entra en el ámbito de la superstición. Este enigma del vampiro entra en lo desconocido, lo insólito. “Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo.” (ibid.)
El cuento nos va entregando la vida de Alicia. El lector en su afán de saber la verdad, va ayudando al ser monstruoso a ir devorando poco a poco a su víctima, se hace cómplice de ese desconocido. Horacio Quiroga da más de una pista para darle credibilidad a este relato vampírico: “Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida... parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas olas de sangre” (pp. 35 - 36). Recordemos textos como "El Horla" de Maupassant y "El vampiro estelar" de Robert Bloch, y de este último un ejemplo para ilustrar dicha comparación: “Dominado por el vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentinamente e inconscientemente? ¿Qué era aquel monstruoso vampiro que yo no podía ver?”. (1999:478)
Observemos ahora en "El Horla" el ataque a un ser humano por un ser que está más allá de lo incomprensible:

Acabo de consultar un médico, porque ya no podía dormir. Encontró mi pulso alterado, mis pupilas dilatadas, mis nervios estremecidos; pero ningún síntoma alarmante... Sin embargo, poco a poco un malestar inexplicable se apoderaba de mí. Me parecía que una fuerza oculta, incomprensible, me abrumaba, me contenía, impidiéndome ir más lejos, obligándome a retroceder... ¿Quién es el invisible ser que me gobierna, el desconocido, el vagabundo de una raza sobrenatural? (1952: pp. 464 – 465).

El relato de Quiroga muestra esa serie de contrarios con los que juega el vampiro, el día y la noche, el bien y el mal. Quiroga parece haber tomado de Edgar Allan Poe en su estudio al poema "El Cuervo" en el ensayo "Filosofía de la composición" que “la muerte de una mujer bella es sin lugar a dudas el tema más poético del mundo”, y es que para Horacio Quiroga el amor, la desdicha y la muerte van juntas en la vida, él así lo concibió. El amor en la cuentística de Quiroga es destructivo, una relación donde un ser termina eliminando a otro ser. El centro establecido es puesto en duda ante este ser monstruoso nacido en la periferia. Horacio Quiroga no sólo pone en duda la palabra de la ciencia, sino que cuestiona el amor establecido por el canon; no todo es felicidad.

Este cuento nos transporta a leer el cuento "Claves" (1979) de Salvador Garmendia. En ambos las víctimas son vampirizadas por un ser que está más allá de las sombras, en lo desconocido.

Jordán acepta fríamente la muerte de su esposa, pues este caso de vampirismo no se expresa directamente sobre la víctima, sino en un planteamiento erótico de poseer al ser amado, como se ha dicho anteriormente, y este ser (Jordán) lo termina aniquilando. Jordán no se diferencia en nada de Lord Rubhent -el vampiro de William Polidori-, de Barlow -el vampiro de Stephen King- o de Lestat -el vampiro de Anne Rice. No sólo es un ser frío, sino que carece de inexistencia real, pareciera sólo existir cuando está al lado de su víctima. Jordán refleja su maldad en un insecto monstruoso, “un parásito de ave” lo llama Horacio Quiroga, y así el personaje podrá entregarse a una fusión erótica que no puede ser consumida en la cotidianidad, o ¿estaremos frente a un caso como el de "Tanathopia", el cuento de Rubén Darío? Alicia está casada con un muerto, un vampiro, y el insecto es sólo un engaño para explicar su muerte.

Este monstruo que va en contra del orden natural aparece en "El almohadón de plumas"; es un espécimen que no encontró aposento en el Arca de Noé, pero que aún así sobrevivió al diluvio de la razón. La explicación racionalista para explicar la presencia de este insecto-vampiro parece caer en el anonimato, y esto es lo que produce el horror más hondo. Seres de la monstruosidad inventados en América ya con los cronistas de Indias, seres nacidos de Calibán diría Shakespeare. En la actualidad se ha visto el caso del chupacabras, un ser monstruoso que no se ha logrado identificar pero que ya ha entrado en el discurso del colectivo.

Un curioso ejemplo de vampirismo, a la par de la literatura de Horacio Quiroga, se recoge en la pintura de Kees Van Dongen (1877–1968) titulada El tango del arcángel (1930), que se conserva en el Museo Jules Chéret de Niza. En la pintura se puede observar como un hombre baila, pulcramente vestido de frac, aunque alado, no es ni puede ser un arcángel. Se opone a ello tanto la idiosincrasia misma del baile -que en su época fue tenido por prohibido– así como la apariencia de su pareja: una mujer desnuda, que luce sólo unas zapatillas rojas con tonos verdes y unas panties medias sujetas por unas ligas floreadas. No hay nada de celestial en este cuadro, sino una condición muy lasciva en su abrazo. Está, además, la acción implícita del amante nocturno, incuestionable. Un observador inadvertido podrá suponer que la está besando, por cierto en zona erógena, sin perder el ritmo del baile. El “arcángel” le está asestando el típico mordisco del vampiro en el cuello. Ella aparta el rostro complaciente y hasta en éxtasis, descubriendo aquella zona, con lo que le facilita la mordedura y la transformación posterior en vampiresa, y Van Dongen ha pintado en la mujer una expresión de abandono a la vida, con los labios entreabiertos, en el inicio de una satisfacción sexual hacia la muerte, esa afinidad de Eros-Tanathos. El fondo tenebroso de la pintura, entre la noche y el día, ejecutado en gamas de azul oscuro, con algunas nubes tempestuosas, acentúa la adscripción del tema a los más clásicos "escenarios" vampíricos.

Horacio Quiroga por su parte recrea la misma visión pero con el cine, no la pintura. Además de la selva misionera, Horacio Quiroga se animó a penetrar en otro territorio poco explorado por entonces: el cine. Y a partir de 1919 delineó las primeras críticas sobre cine desde páginas periódicas como El Hogar, Caras y Caretas.

En el cuento "El Vampiro" (1927) recopilado en Más allá, Horacio Quiroga retoma el tema. El título del cuento por demás lo subraya. Aquí la temática o la visión del vampiro cambia radicalmente, ya no es un ser monstruoso salido de la selva americana; el cine será el instrumento para revivir el mito. Ya en 1922 Murnau había realizado una versión cinematográfica de Drácula, intitulada Nosferatu (El no-muerto), ya que no se le permitió llevar dicha novela a cabalidad en la película. Y más allá de todo, el cine gótico (Gore) se identifica con temas específicos como los sueños perturbadores, el amor desesperado e imperecedero y la romantización melancólica de la muerte. En ningún momento se ha dicho que Horacio Quiroga se haya inspirado en alguno de estos filmes para escribir este cuento pero es indudable que el celuloide ayuda a Horacio Quiroga a crear la atmósfera del cuento "El vampiro", le da su credibilidad. Juega con la “fantasmagoría” (Milner, 1990:20), el arte de hacer aparecer espectros o fantasmas por ilusiones de óptica. La historia es narrada por su protagonista (Grant), quien desde un sanatorio mental cuenta la fábula de una damisela extraída del cine por medio de unos rayos N1, por otro personaje: Rosales.

Rosales busca al narrador para que le ayude en sus investigaciones científicas para corporeizar una imagen femenina. Rosales acude a Grant, narrador del cuento; hábil científico y escritor de artículos para varias revistas científicas, que será el nexo de unión y comunicación de estos dos seres. Rosales como un nuevo Frankenstein se hará de los últimos avances de la ciencia y a través de una proyección recreará a su heroína. Pero al igual que la novela de Shelley el creador es devorado y destruido por la criatura creada. Grant alerta a Rosales del peligro de querer ser Dios, de resucitar a una muerta, le advierte que este ser lo está consumiendo en vida:

“Y ella era un espectro.
-¡Rosales! –exclamé en cuanto estuvimos un momento solos-. ¡Si conserva usted un resto de amor a la vida, destruya eso! ¡Lo va a matar a usted!
-¿Ella? ¿Está usted loco, señor Grant?
-Ella, no. ¡Su amor! Usted no puede verlo, porque está bajo su imperio. Yo lo veo. La pasión de ese... fantasma, no la resiste hombre alguno.
-Vuelvo a decirle que se equivoca usted, señor Grant.
-¡No; usted no puede verlo! Su vida ha resistido a muchas pruebas, pero arderá como una pluma, por poco que siga usted excitando a esa criatura.
-Yo no la deseo, señor Grant.
-Pero ella, sí lo desea a usted. ¡Es un vampiro, y no tiene nada que entregarle! ¿Comprende usted?”. (1981:292)

La historia tiene el desenlace de una historia fatal de vampiros, Rosales es destruido por su creación, la mujer vampira cuyo nombre es ignorado en la trama destruye a su amante. Señala Quiroga al finalizar la historia:

Mi impresión es otra. La calma de su rostro no había variado, y aún su muerto semblante conservaba el tono cálido habitual. Pero estoy seguro de que en lo más hondo de las venas no le quedaba una gota de sangre. (p. 293)

Este relato hace la referencia a las salas de proyección de la época, el origen del cine gótico se remonta a los comienzos del expresionismo mudo alemán, época en la que Quiroga se desarrolla. Ya se ha dicho que él mismo se encargó de escribir artículos sobre el tema referido. La primera película que reúne los dos géneros es El Gabinete del Doctor Caligari, dirigida por Robert Wiene en 1919. Si bien la escenografía de este filme no encuadra dentro del esquema de lo gótico, ya que es netamente surrealista, el filme sí, y nos introduce en los primeros conceptos del cine de horror gótico. Esta historia recreada en el tema de los sueños, el sonambulismo, la locura, el amor y la maldad nos transporta a un ambiente gótico sin necesidad de valerse de cementerios ni de castillos embrujados. El argumento plantea cómo el médium Cesare comete estremecedores crímenes bajo las ordenes hipnóticas del Dr. Caligari, el cual recorría las ferias de las ciudades alemanas mostrando a su sonámbulo, como si éste fuera un objeto de circo.

A pesar de estar también enmarcado dentro del expresionismo mudo alemán, Nosferatu, el vampiro, es un filme netamente gótico. Dirigido por F. W. Murnau en 1922, esta película incorpora elementos distintivos del género tanto en su escenografía, clima, actuación y tema, incluyendo el primer vampiro de la historia del cine. El vampirismo es el tema gótico por excelencia, siendo Nosferatu la primera adaptación fílmica no acreditada de la novela Drácula de Bram Stocker.

Existen relatos de terror que arrebatan el aliento, que nos arrojan al vacío. Otros cumplen sólo la función de atemorizar por medio de atmósferas sórdidas, molestos ruidos y sensaciones lúgubres. Los de Horacio Quiroga son relatos del horror nacidos desde el mismo corazón, de aquello que nos lleva a tener miedo a lo desconocido, a aquello que no conocemos. Horacio Quiroga muestra una nueva forma de ver al vampirismo, hace entrar al lector a observar la galería de los monstruos, seres no concebidos en la razón del hombre, como el insecto vampiro de "El almohadón de plumas".

 

 
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