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Ciencia Ficción Wasp: Camisetas y oráculos
 
 

Por: Ariel Cruz

Robert Heinlein inscribió para siempre su nombre en el panteón de la ciencia ficción. Firmó obras memorables como Estrella Doble, Tropas del Espacio y Amos De Títeres. Le fueron con-cedidos innumerables premios en vida. Después de muerto, Robert Silverberg lo llamó "el más preclaro de nosotros". Una encuesta conducida por la revista Locus lo proclamó el autor de ciencia ficción más vigente del siglo XX.

Nadie duda de la maestría de Heinlein, pero al menos parte de su fama descansa en haber dado a la ciencia ficción un sabor genuinamente norteamericano. Los elementos extrapolativos esta-ban allí, las explicaciones científicas y los cohetes, tal y como los heredó de sus antecesores europeos Wells y Verne. Pero él les adicionó un elemento básico. Les adicionó una ideología nacional.

En los años cuarenta, justo al inicio de su carrera, Hein-lein escribió una novela titulada Sexta Columna. En ella, una coalición de países asiáticos lanza un ejército de cuarenta mi-llones de hombres sobre los Estados Unidos. El ataque es sorpresivo y brutal, al punto que toda posibilidad de respuesta queda anulada. Estados Unidos es plaza tomada, y sus ciudadanos utilizados como fuerza de trabajo, censada y controlada por los nuevos amos. Los PanAsiáticos, desdeñosos de las costumbres y la religión norteamericanas, les conceden sin embargo libertad de culto. Es entonces cuando entran en escena seis patriotas que habían permanecido escondidos en una base secreta de las Montañas Rocosas. Estos hombres fundan un culto religioso que se extiende con rapidez por todo el país. Dicho culto es, por supuesto, una fachada. Las iglesias del Dios Mota sirven como células clandestinas para organizar y propagar la resistencia; los sacerdotes son partisanos bajo la sotana. Ante la mirada burlona de los PanAsiáticos, para quienes todas las iglesias occidentales son iguales, el culto organiza una rebelión nacional.

Entretanto, los protagonistas han desarrollado en su enclave un arma secreta, cuyas radiaciones pueden sintonizarse a la "frecuencia asiática" y neutralizarla, sin afectar a la raza blanca. Al final, en un esfuerzo concertado, se lanza una ofen-siva que expulsa al invasor. Vista de cierto modo, la cuestión queda en que 6 americanos fueron más listos que 40 millones de chinos.

La ciencia ficción tiene ideología, como cualquier otro gé-nero literario, o quizá más, porque cuando aventura un cuadro del futuro asume que la historia siguió un curso determinado, y no otro.

La más clara demostración de ello estuvo en la larga oposición ideológica entre la ciencia ficción capitalista y la so-cialista. Mientras Heinlein escribía novelas donde el libre mercado y la hegemonía norteamericana se daban por sentadas, del otro lado del mundo el soviético Iván Efremov escribía La Nebulosa de Andrómeda, con presupuestos muy distintos. En ella se pinta un futuro donde el capitalismo ya no existe. Las per-sonas trabajan no porque precisen ganarse el sustento, sino porque el trabajo colectivo es la base de la felicidad humana. El bien común es antepuesto espontáneamente al bien individual. El hombre se ha liberado de los dogmas religiosos y avanza en la conquista del Cosmos. En los primeros capítulos se sigue pa-so a paso la expansión del comunismo, desde su inserción en la Unión Soviética, hasta convertirse en el sistema socioeconómico global y definitivo.

Es curioso que treinta años después de publicada La Sexta Columna de Heinlein, Estados Unidos invadiera un país asiático (Viet Nam), y fuera derrotado por el ingenio y valor de ese pe-queño pueblo. También es curioso que treinta años después de publicada La Nebulosa de Andrómeda, de Efremov, la Unión Soviética dejase de existir. Pero estos errores de apreciación no implican deshonra para los autores. Hicieron lo mejor que pu-dieron con el conocimiento y las convicciones que tenían.

La ciencia ficción trata de la interacción entre tecnología y sociedad, proyectadas en el futuro. Como tecnología y socie-dad evolucionan constantemente, el género se replantea sus pos-tulados cada cierto tiempo. Este proceso incluye su ideología.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las grandes potencias se enfrascaron en una Guerra Fría. Para entonces la bomba ató-mica era una terrible realidad, y también la Carrera Armamen-tista. Los científicos advertían que en una guerra atómica no habría vencedores.

En 1964, el director de cine Stanley Kubrick hizo su película Doctor Strangelove, una comedia negra de ciencia ficción. En la cinta, un oficial norteamericano de rango medio lanza, por iniciativa propia, un ataque nuclear masivo sobre la Unión Soviética. El hombre, un demente, se había convencido a sí mis-mo de que, por culpa del flúor contenido en el agua corriente, los norteamericanos habían perdido su determinación y sólo él, que bebía sólo agua de lluvia, estaba consciente de la magnitud de la amenaza soviética. (Según él, los rusos tampoco habían perdido su hombría porque bebían vodka en lugar de agua fluorada). Mientras los bombarderos vuelan hacia Moscú, el presidente norteamericano a duras penas convence a su homólogo soviético de que el ataque se desencadenó por error. Trabajando en conjunto, los dos países logran derribar algunos aviones antes de que lleguen a sus blancos, y hacen que el resto regrese a casa. Pero no sirve de nada, porque un bombardero pilotado por un cowboy en busca de condecoraciones, se las arregla para llegar a su destino y lanzar la bomba atómica. Esto activa el mecanis-mo automático de contraataque nuclear soviético, y la cinta concluye, literalmente, con la destrucción del planeta.

A pesar de que el ejército norteamericano calificó el filme de disparatado, implementó estrictas pruebas sicométricas para todos los oficiales con autoridad sobre el arsenal nuclear. En las palabras del escritor David Brin, es muy posible que la película haya salvado la Humanidad.

También en la Unión Soviética aparecieron en los años 70 filmes que actualizaban la visión dominante del futuro. La película Solaris, de 1972, muestra la conquista del espacio es-tancada por el descubrimiento, en un lejano planeta, de un océano inteligente que obligaba a los científicos a confrontar el contenido de sus subconscientes. Stalker, de 1979 (también de Andrei Tarkovsky), explora un territorio donde las leyes de la ciencia no responden a lo esperado. En medio de esta Zona hay una habitación cuyas dispensaciones sólo pueden compararse a las de un templo. El científico que llega hasta allí, enfadado por la existencia de algo de naturaleza mística que no puede comprender, intenta destruirlo con una bomba. Ambos filmes pretenden dar una perspectiva amplia del Universo, y proponen que ciertos enigmas del Universo no pueden ser desentrañados exclu-sivamente mediante naves espaciales, sino mediante el cultivo del espíritu.

La mejor ciencia ficción proyecta en el futuro el tenor del presente. Por eso Heinlein, Efremov, Kubrick, Tarkovsky, y otros como ellos, son considerados clásicos. Aunque a la larga sus predicciones tecnológicas y su ideología resulten erradas, quedan como artistas representativos del tiempo y lugar en que vivieron. La mala ciencia ficción, sin embargo, distorsiona la evidencia para meterla dentro de fórmulas arbitrarias.

Esto se hace dolorosamente patente cuando evaluamos el panorama actual de la ciencia ficción anglosajona. El género en-tra de nuevo en una etapa en que precisa revisar sus postula-dos, tecnológicos e ideológicos. Mientras esa perspectiva fres-ca no llega, la mayoría de los autores explotan la nostalgia por los sueños del pasado, el eterno refugio de la fantasía, el futuro muy distante o la vertiente lírica--cualquier cosa por evitar los problemas colectivos del presente.

Tales períodos de estancamiento han ocurrido antes en la ciencia ficción. Uno se siente tentado a calificarlos de perío-dos sin ideología, excepto que la ideología del comercio siempre está presta a cubrir la plaza vacante.

La ciencia ficción anglosajona contemporánea se adapta al nivel de los jóvenes, que son los que más gastan en entreteni-miento; respeta hasta la pedantería los sentimientos de las minorías, para diversificar su base de consumidores; y evita pro-fundizar en idiosincrasias regionales específicas para asegu-rarse un público internacional. El resultado final se empaqueta en sagas que se prolongan hasta el infinito, universos ficcio-nales patentados, mercaderías que van desde camisetas hasta videojuegos, y superproducciones cinematográficas saturadas de efectos especiales.

Con perdón, pero eso no es ciencia ficción. Tampoco es el fin del mundo. Insisto en que se trata de una fase cíclica. De hecho es muy posible que ya estemos sin saberlo en la gestación de una nueva etapa del género, con temas frescos y novedades de estilo que apenas alcanzamos a imaginar. Quizá entre nosotros aquí haya pioneros de esa renovación.

Quiero recordar, para justificar el optimismo, a un escri-tor que jamás ha hecho concesiones comerciales. Me refiero a Ray Bradbury. En su novela Fahrenheit 451, Bradbury pintaba una cultura mediatizada, de resultados artísticos pobres, muy similar al panorama presente de la ciencia ficción anglosajona. A pesar del enorme poder económico y psicológico de las corpora-ciones, un valiente grupo de personas decide preservar la antorcha del conocimiento. Estos hombres memorizan los grandes libros del pasado, y los conservan en sus mentes en espera de tiempos más favorables.

Si un autor de los nuestros podía anticipar algo así en 1953, entonces hay esperanzas, porque demuestra que la ciencia ficción puede ser su propio oráculo.

 
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