P- ¿Cómo y cuándo
comenzaste tu carrera como escritora?
R-
Casi desde que nací,
y por imperativos genéticos,
creo. Yo desciendo de inmigrantes
catalanes que cuando se asentaron
en Matanzas, en el siglo pasado,
se lanzaron en masa a ejercer
el magisterio, el periodismo
y la poesía (mis parientes
matanceros me aseguran que Carilda
Oliver pertenece también
a nuestra familia, por la parte
de los Picart de Olivet, pero
nunca he logrado preguntárselo,
aunque me lo parece por sus
rasgos físicos). Solo
dos o tres ovejas descarriadas
del rebaño ejercieron
otras profesiones. Es por eso
que digo que yo soy escritora
por imperativos genéticos,
mandatos del ADN. Simplemente
lo llevo en la sangre. Pero
fue mi abuelo paterno, don José
Manuel, quien descubrió
tempranamente mi vocación.
Él era periodista, poeta
y escritor, y ya jubilado trabajaba
en casa, conmigo muy cerca contemplándolo
devotamente desde mi corral
de bebé. Como yo intentaba
constantemente echar mano de
sus revistas, libros y lápices,
y hasta de su vieja Underwood,
él escribió muy
feliz en mi álbum que
yo continuaría la tradición
familiar. Tomó a su cargo
mi educación, y entre
él y mi abuela Hilda
lograron que yo aterrizara en
el preescolar del barrio escribiendo
bastante bien, cuando los otros
e no pasaban aún de los
palotes comunes y corrientes
en las criaturas normales. Cuando
cumplí siete años
me regaló los cinco tomos
del Quijote, la Biblia y el
Pequeño Larouse ilustrado.
Me los leí muy rápido,
y luego conversábamos
sobre todo eso. Él me
contaba fábulas maravillosas
en nuestro balcón, sobre
todos los temas del mundo, y
de paso me enseñaba Historia.
Mi abuela y mi mamá,
por su parte, me compraban toneladas
de cuentos de hadas. Todavía
no tenía cinco años
cuando escribí mi primer
cuentecito: la pelea entre una
lagartija y un conejo por la
posesión de un sombrero
mágico. Siempre perseguía
a todo el que me prometía
contarme un cuento, y leía
sin cesar. Nadie me podía
detener. El mundo real me parecía
entonces un lugar fascinante,
pero me lo parecía aún
más lo que encontraba
dentro de mi cabeza. Y lo que
había allí se
formaba con la sustancia de
mis lecturas. Pero hablar de
mi carrera como tal, solo empezó
cuando nació mi hija.
Hasta entonces solo fui una
amateur bastante indisciplinada.
P- ¿Te disgusta que algunos
tratemos de enmarcar lo que
escribes dentro del realismo
fantástico?
R-
Las etiquetas son un intento
de la gente para volverte predecible,
adivinable, y que no molestes
proponiendo códigos y
enigmas que los obliguen a descifrarte,
a mover sus neuronas. También
las etiquetas son una camisa
de fuerza, porque la mentalidad
colectiva es muy esquemática,
y una vez que te han metido
dentro de una gavetita, no querrán
dejarte salir, y tienes que
comportarte como lo que ellos
ya han decidido que eres. Yo
no soy una escritora de ciencia
ficción, porque por uno
o dos cuentos que haya escrito
bordeando esa periferia, no
merezco pisar las huellas de
los grandes, que me influyeron
muchísimo, y a quienes
todavía venero, aunque
personalmente haya renunciado
al género. En cuanto
al fantástico, según
el crítico e investigador
José Miguel Sardiñas,
solo habré escrito uno
o dos cuentos que puedan calificarse
puramente como tales. Más
atinado encuentro el criterio
de quienes afirman que no se
me puede clasificar, porque
mis textos son muy ambiguos.
A mí, modestamente, me
parece que lo que yo escribo
es simple literatura. Lo que
sucede es que el creador trabaja
siempre con una materia absolutamente
proteica. Tomas un poco de aquí,
un poco de allá, una
estructura, un recurso, una
técnica, una atmósfera,
hasta una simple imagen, y metes
todo en tu alambique particular.
Lo que sale es literatura, pero
mucha gente, si el producto
no les resulta familiar, se
confunden y empiezan a seguir
pistas falsas. Se ponen nerviosos
y para conservar sus puntos
de referencia comienzan a nombrar
las cosas, como diría
Eliseo Diego. Es muy difícil
escapar de los malos hábitos
y las manías clasificatorias
de los críticos literarios
y de los vendedores de libros.
Odio que me etiqueten, me molesta
muchísimo. Por suerte,
nadie ha intentado todavía
meterme en algún corsé
generacional. Espero sinceramente
que nunca ocurra. Me gusta ser
una isla, como dice Garrandés.
P- ¿Qué te inspira
a crear tus obras?
R-
Si te refieres a la materia
de donde extraigo mis historias,
no creo estar en posesión
de algún pecio que no
haya sido ya visitado, saqueado
y exprimido millones de veces
por todos los escritores que
en el mundo han sido. Utilizo
mis sueños, la Historia,
la Antropología, la Arqueología
,
y ciertos entrenamientos mentales
durante los cuales se puede
ir a parar a lugares maravillosos
o terribles. No hay que llegar
a través del opio, como
Coleridge a Xanadú,
por ejemplo; no es preciso.
La verdad es que cualquier cosa
que lea, oiga, vea o viva se
me puede convertir en una historia.
Mi cuento Sombra y sustancia,
de mi primer libro, salió
de un suelto en una revista
española de tercera categoría.
Me encantan esas revistas, los
intelectuales las desprecian,
pero se les pueden sacar cosas
interesantísimas. Ese
cuento hizo que Ambrosio Fornet
acudiera en 1994 al lanzamiento
de aquellos primeros Pinos Nuevos,
entre los que estaba yo (la
otra mujer del grupo era Adelaida
Fernández), convencido
de que iba a encontrarse con
una viejecita refugiada de la
Guerra Civil Española.
Parece que el universo ficcional
del relato lo engañó
por completo. No ha sido el
único: una amiga irlandesa
que leyó El druida
y Al final de la niebla antes
de conocerme, se negó
a creer que yo nunca hubiera
estado en Irlanda. A propósito
del opio y de la credibilidad
de los universos ficcionales,
te contaré una anécdota
muy graciosa: cuando conocí
a la editora de mi novela Malevolgia,
ella se mostró muy sorprendida
de que yo fuera una apacible
mujer madura: creía absolutamente
que iba a trabajar con un autor
masculino muy joven, un roquero
que había experimentado
con drogas duras asiduamente
y conocía muy bien sus
efectos. Ella estaba un poco
asustada. Ha sido una de las
veces que me he reído
en mi vida con más ganas.
Pero para responder con compostura
a tu pregunta: a mí me
empuja a escribir una fuerza
que llevo dentro y que se levanta
incontrolable en mi interior
sin que yo pueda detenerla.
Yo no sabría definir
eso con palabras. Todo parte
de un flujo potentísimo
de sensaciones, que toma la
forma de una perturbadora agitación
interior. Pero esa, digamos,
lava primordial, es tan proteica
que se convierte en cualquier
cosa, se metamorfosea, y es
por eso que el escritor puede
recrear de una manera absolutamente
verosímil épocas,
hechos y lugares que nunca vio;
recrear personajes con carne
y sangre que nunca existieron
o jamás conoció,
en fin, arrastrar al lector
a las aventuras más inverosímiles,
aún cuando el lector
se niegue a seguirlo. Es un
auténtico tour de force
donde el lector no vence nunca,
a menos que bote el libro sin
leerlo hasta el final. Claro,
esa fuerza de la que hablo no
se levanta jamás de la
nada, siempre hay un detonante
que orienta la atención
conciente o subconciente del
escritor en cierta dirección.
Puede ser algo que hayas leído,
que hayas visto aunque sea de
un modo muy fugaz. Eso se convierte
en un fermento dentro de uno
y comienza un período
de latencia, que en mí
se caracteriza por la aparición
de una inquietud perfectamente
identificable, y la reiteración
obsesiva de ciertas imágenes
recurrentes. Es como entrar
en un estado extático.
Pero, naturalmente, no sucede
igual a todo el que escribe
o crea una obra de arte. Todos
los caminos van a Roma, pero
ninguno es igual a otro.
P-
En tus obras, ¿qué
es más importante: la
historia o los personajes? ¿Por
qué?
R-
No me propongo conscientemente
esa dicotomía. Creo que
cada historia es un sistema
en sí misma que tiene
su propio ritmo interior, su
propio espíritu, y te
va llevando por donde es más
conveniente para su intención.
Amir Valle siempre me dice que
el único cuento que yo
tengo netamente de personaje
es El druida.
Claro, esa afirmación
suya data de cuando yo solo
había escrito ese libro
y La poza del ángel.
Todavía no se han
publicado en Cuba mis historias
sobre Elizabeth Siddal (quizás
lo haga Extramuros en la próxima
Feria del Libro de La Habana).
Me interesa construir historias
sólidas con personajes
sólidos. Que existan,
que sean carnales en mundos
reales aún dentro de
la irrealidad. Me interesa desarrollar
los caracteres. Pero siempre
trato de mantener un equilibrio
para que mi gusto o mis sentimientos
no se vayan por encima de los
intereses de la historia que
voy narrando. Hay balances técnicos
que no se pueden violar; reconocerlos
y respetarlos es, supongo, un
reto y una habilidad que te
da el oficio. La armonía
estética no es algo de
lo que pueda prescindirse impunemente,
sin riesgos, sin pagar altos
precios. Por otra parte, un
escritor tiene que ser consecuente
con la poética que va
creando, porque en la poética
de un escritor está su
propia alma. Ello no significa
que un creador no pueda tener
diferentes etapas en su vida,
etapas de nuevas búsquedas,
etapas exploratorias para expandir
su universo, pero no se debería
dar la espalda a la propia poética
en demasía y muy bruscamente.
A quienes he visto hacer esto,
generalmente se han convertido
en testaferros o en mercenarios.
El mercado encandila, y otras
cosas también.
P- Esa mezcla de espiritualismo,
esoterismo, y realismo sobrenatural
tiene un gran peso en tu obra
¿Por qué prefieres
estos recursos?
R- Quizás porque
el mismo mundo real que de niña
me pareció fascinante,
hoy me asfixia, me asquea y
me aburre por su adocenamiento
impenitente y su crueldad irredimible.
Estoy hablando del mundo que
conozco y veo cada día.
Cuando crecí perdió
todo su encanto, y hoy para
mí no es más que
un lugar feo y sórdido
donde por desgracia tengo que
vivir con quienes amo. Además,
lo que queda en el territorio
de la imaginación siempre
es más hermoso, porque
no sufre la prueba de la confrontación,
no le pasa como a esos bellos
globos de colores que estallan
al chocar con el calor de los
neones. En cuanto al espiritualismo,
parece ser un componente de
mi sustancia original. Tuve
una amiga, Gretel Alfonso, que
fue muy importante en mi vida
y llegó a conocerme muy
bien: ella siempre me acusaba
de ser inmaterial, y culpaba
de ello a mi signo Acuario y
mi ascendente Géminis,
ambos de naturaleza aérea.
Dicen que es la combinación
ideal para no tener los pies
puestos sobre la tierra (y para
ser mal negociante). En cambio,
es la dupla perfecta para un
periodista y escritor. No me
quejo del resultado intelectual
(del económico sí).
El esoterismo fue un camino
que emprendí en busca
de respuestas que nadie me daba.
No soy fácil de convencer,
y en el mejor de los casos yo
elijo qué y quién
me va a convencer. De dogmas
e imposiciones, ¡nada!;
y de engaños, si aún
en mi ensimismamiento habitual
los llego a descubrir
,
el desastre no lo compone nadie.
Sigo siendo un estudiante en
el Sendero y no me arrepiento.
Ha sido una escuela interesante
y muy gratificante.
P- ¿Qué es lo
que más admiras en un
escritor y lo que más
detestas?
R-
Lo que más detesto
es la farsa, la hipocresía,
la inautenticidad y el irrespeto
de sí mismo. El vedettismo.
El circo en que algunos se convierten
por su propia voluntad. En esos
lodos naufragan muchos mediocres,
pero también se enfangan
buenas plumas e intelectos potentes.
Claro: sería injusto
culpar de tales males solo al
escritor. Alguna culpa tienen
también los Judas de
toda laya que siempre andan
a la búsqueda de escritores
para comprarlos, en unos casos,
y en otros para venderlos. Pero
es que si tú eres asediable,
eso se huele. Es un círculo
vicioso e infernal. Lo que más
admiro en un escritor es el
valor de escribir como piensa
y su honestidad intelectual.
Y lo que más me gusta
de ser escritor, aunque no me
lo has preguntado, es que uno
pueda ganarse el sustento de
su familia honrada y tranquilamente
haciendo el trabajo que le gusta.
En rigor, lo que sigue ahora
mismo es llamar a Diógenes
con su candil, así que
detengámonos aquí.
P-
¿De quienes tiene influencias
Gina Picart? ¿Por qué
se convirtieron estos autores
en tus preferidos?
R- Las primeras lecturas
que me influyeron fueron los
cuentos de hadas infantiles
(incluidos los de mi abuelo),
la Historia y los buenos autores
de la ciencia ficción,
especialmente la sensibilidad
y el mundo peculiar de Bradbury.
También la Biblia, que
comencé a leer desde
muy pequeña. Los textos
de descubrimientos arqueológicos,
la antropología con sus
descripciones de civilizaciones
antiguas (me interesa mucho
Mircea Elíade, pero no
solo él, por supuesto).
Pero si me pides una lista breve
(y desordenada y rapidísima)
de mis preferidos, aquí
está: Margueritte Yourcenard,
Margueritte Duras, Simone de
Beauvoir, Lawrence Durrell con
su Cuarteto de Alejandría,
Paul Bowles, Robert Graves,
Skakespeare, Dante, los grandes
clásicos rusos del XIX,
y una serie de libros raros
que prefiero no mencionar aquí,
libros malditos que me ganarían
tal vez burlas e incomprensiones;
entre ellos hay estudios sobre
simbolismo, un tema que me interesa
particularmente. Fue importante
para mí estudiar toda
la literatura norteamericana.
Entre los cubanos, me ha influido
Carpentier en primer lugar,
y de todas sus novelas, El
acoso. Me atrae tanto esta
novela que he cometido palimpsesto
con ella. De Lezama no creo
tener influencias, aunque en
la escritura poética
compartimos gustos y sensibilidades
comunes. ¡Su Narciso
y su Rapsodia para el burro
!
Y por supuesto, Eliseo Diego,
a quien conocí antes
de su muerte. Fue una tarde
de lluvia; hablamos sobre Guillermo
y Matilde de Normandía,
el rey Harold, Edith Cuello
de Cisne y la batalla de Hastings,
y del bosque de naipes que aparece,
creo, en Noticias de la quimera
Son cosas que no se olvidan.
No quiero dejar de mencionar
a Benítez Rojo, y también
la Onoloria de Miguel Collazo,
que me marcó para siempre.
Y Garrandés, pero no
por una relación etárea
ni mucho menos, sino por una
elemental cuestión de
afinidades intelectuales y espirituales.
Alberto es el único escritor
con quien me reúno con
cierta frecuencia para conversar.
Nosotros somos, de alguna manera,
almas gemelas. Raúl Capote,
Amir Valle, Diana Fernández,
Mariela Varona, Milene Fernández,
Esther Díaz Llanillo
y María Elena Llana,
amigos a quienes quiero y siempre
tengo presentes, viven demasiado
lejos en esta isla medieval
(y más allá) y
rara vez logramos encontrarnos.
Hay un escritor muy joven, Raúl
Flores Iriarte, a quien tuve
el honor de editar su libro
El lado oscuro de la luna, publicado
por Extramuros. Ese libro tiene
varios cuentos memorables, y
por lo menos uno genial, Días
de gloria. He releído
ese librito varias veces, y
no se trata de que intente promocionar
a su autor. Él no lo
necesita. He disfrutado mucho
los libros de Amir Valle, pero
nuestros estilos son muy diferentes,
incluso cuando escribo realismo
y sobre temas cubanos. Creo
que nuestra realidad nacional
puede abordarse de muy diferentes
formas, y eso la enriquece.
Me agrada que haya muchas miradas
disímiles sobre ella,
aunque lamento tener que confesar
que muy pocas me parecen viscerales
y aún menos me parecen
trascendentes. Estamos enfermos
de inmediatez. En un balsero
solo vemos a un tipo que quiere
escaparse del sistema político
de la isla, y el modelo es repetido
hasta la eternidad en montones
de premios y publicaciones que
la marea del tiempo dejará
convertidos en polvo, porque
eso son y nada más. Hemos
perdido la perspectiva de lo
universal y creado un zoo de
arquetipos nacionales que a
Jung le parecería muy
interesante. Seguro. En cuanto
al ensayo, ya quisiera yo poder
escribir como Beatriz Maggi,
una de las mejores ensayistas
de lengua española. Siempre
la releo con el mismo deslumbramiento.
P- ¿Cómo te distribuyes
entre la escritora, la periodista,
la guionista y la personita
particular que eres?
R- Mi vida personal es
sombría. Prefiero no
hablar de ella.
P- ¿Tienes un método
de trabajo?
R- Cuando me ha agarrado
un tema investigo exhaustivamente
aunque me lleve años
completar mi indagación.
Quiero saberlo todo sobre lo
que me interesa, porque mientras
más información
tienes, más opciones
encuentras. Me emociona descubrir
un detalle, por simple que pueda
parecer. Nada nunca es insignificante,
aunque al final prescindas de
ello por selección. Después,
cuando me llega alguna señal
de que internamente ya estoy
lista para escribir, lo hago
todos los días, desmedidamente.
A veces no duermo, y como lo
que me traen a mi escritorio.
Otras veces, si no tengo clara
la intención de una escena
o no logro ver algo con la definición
necesaria, paro de escribir
y vuelvo a indagar sobre el
punto. Pero cada cosa que escribes,
cada material, se comporta de
distinta manera y te induce
a utilizar recursos y actitudes
diferentes para enfrentarlo.
Las emociones me asedian mucho
durante el proceso de la escritura.
Se agolpan
, pero me alegro,
porque si no sucediera así,
no podría armar ni un
párrafo. Solo que eso
agota mucho al escritor.
P-
¿Cuáles han sido
tus lecturas favoritas, tanto
en lo fantástico, como
de literatura general?
R- Es que para mí
ha sido igualmente fantástico
leer Drácula que la saga
de los cátaros. ¿Tú
quieres una visión más
alucinante que la de los señores
de los castillos cátaros,
construidos sobre inmensas moles
de piedra, como nidos de águila,
descender volando en sus cabalgaduras
silenciosas para caer en plena
madrugada sobre los enviados
del Papa, decapitar a un obispo
entre sus sábanas y allí
mismo beber vino en su cráneo
mientras inundan el recinto
con sus risas diabólicas?
¿Tú quieres algo
más fantástico
que la historia de Balduino
el Leproso y Balián de
Ibelín, las leyendas
del Walhalla o el proceso de
los Templarios? ¿Algo
más difícil de
concebir que el nazismo? ¿Qué
más da que unos hechos
hayan sido reales y otros no;
que Drácula sea un personaje
literario y Balián un
hombre de verdad; que unas sean
historias, y otros, mitos? Lo
fantástico no está
fuera, sino dentro de uno. Por
eso puedes verlo donde otros
quizás no ven nada. Lo
fantástico es una predisposición
interior, una mirada, una actitud,
y puede que hasta una aptitud.
He leído mucha teoría
sobre eso, y mi conclusión
final es que el género
es tan abarcador que resulta
imposible encerrarlo en conceptos
y definiciones; es el más
infinito y mutante que existe.
Y por supuesto, tiene tanto
potencial dramatúrgico
y estético como cualquier
otro género literario,
sin hablar de sus muchas ventajas.
P- ¿Si pudieras escoger
otro espacio-tiempo para vivir,
cuándo y dónde
escogerías? ¿Y
por qué?
R- He pensado mucho en
eso, y ahora mismo no sé,
porque ya no dispongo del tiempo
necesario para recrearme en
esas meditaciones, pero te aseguro
que no sería este. Categóricamente.
P-
¿Crees en la suerte?
R- Sí, y también
en el destino y en la predestinación,
aunque no como categorías
absolutas que aherrojan al ser
humano sin dejarle margen para
nada más. Creo que las
personas pueden cambiar muchas
cosas, modificar hasta cierto
punto, para bien o para mal,
un destino. Otras veces hasta
he llegado a pensar que el azar
es quien gobierna todo. Y me
resigno, lo acepto si es así.
Lo que no estoy preparada para
aceptar como destino o como
"suerte" es el resultado
de las componendas malintencionadas
de las que somos víctimas
tan a menudo. Eso no es azar,
ni destino ni suerte, sino maldad
y perversión friamente
calculadas; y nadie se resigna
a caer en esas trampas sucias.
Me desespero cuando vislumbro
un grupo que conspira contra
alguien, o contra otro grupo,
amparado en una estructura de
poder o en una estructura social
que se lo permite y, en ocasiones,
hasta lo apoya. La indefensión
de la gente buena ante estas
huestes malignas me indigna,
me exaspera. La impotencia es
uno de los peores sentimientos
que pueden abatir a un individuo.
Yo lo sé. A veces, sin
embargo, la suerte se aparece
como algo tan desarticulado
que te deja cuestionándote
todo aquello que tenías
como verdades inamovibles. Un
ejemplo típico hablando
entre escritores: los concursos
literarios. ¿No se supone
que están hechos para
que ganen las mejores obras?
Pues resulta que no, porque
hay otros factores por encima
de la calidad literaria: ¡estrategias
para ganar!, y hasta aparecen
en Internet bajo la forma de
guías para escritores.
"Estudie primero cuáles
son los temas y argumentos tradicionalmente
premiados en ese certamen",
"Averigue el gusto de los
lectores", "Tenga
presente los intereses de las
entidades que convocan y no
lastime sensibilidades".
Estos consejos los encontré
en una web de recursos para
escritores. Si a eso añades
los rejuegos de intereses que
se forman entre los jurados
en todas partes del mundo, los
intereses de los auspiciadores
del concurso en cuestión,
el temita económico (muy
importante en España,
por ejemplo), el político
(mira el Nobel), etc..., ahí
tienes, entonces, a la "suerte"
en la que yo no creo y que no
acepto como tal. Pero parece
que no sirve de mucho revirarse
contra esas cosas. Al final,
uno siempre está solo,
como Don Quijote frente a los
molinos de viento.
P- ¿Piensas que la especie
humana cambiará radicalmente
el curso de la evolución?
R- Lo creo absolutamente,
pero sin esperanza de redención.
Vamos de cabeza al abismo y
la jugada es imparable. Hay
intereses demasiado poderosos
operando en contra del Bien.
Lo único que se puede
hacer es esperar, y mientras,
entretenerse en lo que a cada
uno le resulte grato. Eso, al
menos, es lo que yo creo. Ojalá
me equivoque.
P- ¿Qué personaje
de tus cuentos se parece más
a ti?
R- Todos tienen algo
mío, incluso Chico Carmona,
uno de los protagonistas de
mi cuento Conversión;
ese es el personaje más
satánico que he creado.
Chico es exactamente como me
gustaría ser con mis
enemigos, con toda la gente
que me ha perjudicado y ha perjudicado
a quienes yo amo. Me gustaría
mucho perseguir a quienes me
han hostigado, como Chico persiguió
al padre Mauro. Me gustaría
probar, y que probaran de mí,
aunque fuera una sola vez, el
sabor de la implacabilidad.
Mi lado oscuro es vengativo.
Yo no sé perdonar. Solo
que nunca lo muestro.
P- Paco Ignacio Taibo II decía
que El escritor existe,
cuando encuentra a sus lectores.
¿Crees que encontraste
a tus lectores? ¿Para
quién escribe Gina Picart?
R- Seguramente cuando
Paco Ignacio dijo eso no estaba
pensando en las editoriales
cubanas, con su batalla eterna
entre Aquiles y la tortuga (ellas
son la tortuga, por supuesto).
¿Cómo un escritor
va a encontrar sus lectores
si no consigue publicar lo que
escribe; si cada día
aparecen más editores
tontos, más jurados ineptos,
más fallos incomprensibles,
hay menos recursos materiales
y más autores tratando
de invadir las editoriales?
Ningún escritor puede
hablar de haber hallado sus
lectores en semejantes condiciones.
Lectores tienen Isabel Allende,
la autora de Harry Potter,
Stephen King, Ken Follet
,
en fin, los fenómenos
de venta, que disponen de mecanismos
de retroalimentación
lo suficientemente funcionales
como para permitirles saber
quién los lee. Yo me
quedé congelada cuando
encontré en un sitio
de Internet la declaración
de un jugador profesional de
rol, de Murcia, España,
que declaraba en un foro tener
entre sus libros favoritos El
druida de Gina Picart. Lo
que me heló fue que los
compañeros de lista eran
El señor de los anillos,
el Silmarilion, Dune,
El enigma sagrado, cuentos
clásicos de Lovecraft
y Poe
Me pregunto si es
esto bueno o malo para mí
(teniendo en cuenta que no quiero
ser recordada solo como una
autora de literatura fantástica).
No sé exactamente qué
significa algo así, aunque
sea muy halagador. Todo lo que
yo sé, es que los dos
libros que he podido publicar
se han agotado en librería
en menos de tres semanas. ¿Quién
los compró? ¿Quién
me lee? Quizás logre
saberlo algún día.
Otra cosa es cuando lees en
público y puedes ver
frente a ti la gente que te
aplaude de pie, te aclama y
quiere más. Pero a mí
solo me ha ocurrido dos veces,
las dos únicas veces
que he leído ante personas.
Es una experiencia tremenda
para un escritor. ¡Tremenda!.
P- ¿Te quedan obras literarias
en busca de editores, o por
publicar?
R- La mayor parte de
mi obra permanece aún
inédita. Estuve más
de siete años sin escribir
después de ganar el David
de 1990. Luego he escrito mucho:
novelas, cuentos, ensayos, teatro,
crónicas y entrevistas.
Tengo libros de todo eso. La
agencia Balcells aceptó
representarme, pero aún
no se ha materializado ningún
contrato. Tengo algunos textos
en editoriales cubanas. El
reino de la noche, que fue
finalista en un Carpentier de
cuento, lleva tres años
empantanado en la editorial
UNIÓN. Letras Cubanas
lanzará pronto, creo,
mi novela Malevolgia,
y Extramuros mis Historias
celtas.
P- ¿Cómo guionista,
en que formato te sientes más
cómoda, qué obras
has abordado y cuáles
te gustaría tratar?
R- Me gustaba escribir
seriales de aventuras con contenido
histórico; hice uno muy
extenso sobre los celtas de
Irlanda en el siglo I, que no
se pudo realizar por el período
especial. También me
agrada adaptar cuentos para
el cine y la televisión.
Me interesaría mucho
poder hacer el guión
de un largometraje, especialmente
si fuera basado en mi novela
Al final de la niebla,
la historia de una poeta irlandesa
del siglo VII. O la vida de
Hildegarda von Bingen
Me interesa escribir sobre mujeres.
Pero nada de cuando van al mercado
y esas cosas. Yo hago todo eso
como cualquier ama de casa,
pero me parece la parte más
idiota de mi vida; no veo en
ello ninguna grandeza, más
bien me embota, me animaliza,
así que todo lo que quiero
es olvidarlo.
P-
¿En qué estás
trabajando ahora, y cuáles
son tus próximos proyectos?
R- Una novela sobre El
Bosco, mi pintor favorito, y
otra sobre Catalina Lasa. Un
viejo proyecto sobre la historia
de los cátaros. Después
de leer Bomarzo y Jardines del
sueño, un libro maravilloso
de la princesa Enmanuelle Kretzulesco-Quaranta,
quisiera escribir una historia
sobre jardines. También
pienso seguir ampliando mi colección
de noveletas sobre historias
de mujeres de diversas épocas
y lugares. Incursionar más
en el ensayo y la crítica.
No sé, siempre se me
están ocurriendo cosas,
pero actualmente es muy poco
lo que puedo concretar. Yo,
para escribir, necesito estar
en estado de gracia, y cada
día la realidad me lo
va haciendo más difícil.
P- ¿Cuáles son
tus consejos para aquellos que
se inician en las profundas
soledades del oficio de escribir?
R- Muy sinceramente,
de corazón, recomiendo
a quien tenga que procurar el
sustento de una familia, que
acuda a otra profesión
más lucrativa, la música,
por ejemplo. A quienes insistan,
les aviso que se preparen: la
batalla será cruenta.
P- Una última. ¿Es
cierto que los iniciados se
conocen, de tan solo mirarse
a los ojos?
R- Creo que sí,
sin duda. Pero yo no puedo considerarme
un verdadero iniciado, porque
todavía no he superado
mi lado oscuro, así que
no me creas. De todos modos,
¿te acuerdas cuando tú
y yo nos conocimos
?
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