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Literatura fantástica y Revolución,
Lea este artículo de Jorge Fornet Gil, en Cubaliteraria

 

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Tres relatos góticos

Selección y prólogo de Alberto Garrandés

Nota al libro

Comentario a la obra

Prólogo

Nota al libro

Aunque el sistema de las obras canónicas de la narrativa gótica, se produce en el contexto de la literatura romántica, la llamada condición gótica se ensancha a través del tiempo y llega a nuestros días. Lo gótico como problema estético y en tanto escritura transhistórica viene a constituirse en un conjunto de esquemas, acciones, paradigmas sicológicos y atmósferas, que apelan, con persistente urgencia, a los resortes de nuestra sensibilidad en relación con el carácter redentor de la belleza, la intrusión del mal, la presencia de lo sobrenatural, el peso innegable del mundo de los sueños y la sublimación de un erotismo que, muchas veces, es el centro mismo de experiencias trascendentales en torno al sentido de la vida y el significado de la razón.
Cuando seleccioné, para incluirlo en este volumen, el relato Zastozzi, del poeta, filántropo y ateo P. B. Séller (1792-1822), me di cuenta de que, por puro y evidente contraste, era posible juntarlo con El Vampiro, de J. W. Polidori (1795-1821), médico y secretario de un célebre escritor acusado de vampirismo: Lord Byron. Pero hacía falta una tercera historia, una historia donde se pusiera de manifiesto la modernidad de la heterodoxia en los márgenes de la cultura. Por eso elegí Carmilla de J. S. Le Fanu (1814-1873). dicho a modo de compendio: he reunido en este libro el desacato moral, la sed impía de una criatura de la noche y el amor de dos jóvenes damas que se entregan a un espléndido y nocivo juego de seducción.

Alberto Garrandés


Comentario a la obra

Sombras en las paredes


Por Dean Luis Reyes


Llevo una temporada viviendo presa del miedo; de un temor oscuro y socavante que emerge de las páginas de un libro y secuestra mis sueños, tiñendo de sombras amorfas las paredes del cuarto nocturno y reavivando el infantil temor a las tinieblas. Pareciera cosa arcaica, propia de sensibilidades hipersensibles, pero ciertas historias poseen la capacidad de invadir la vida de quien lee como una presencia material más, de corromper las horas de tedio y modificar nociones fundadas.
El libro en cuestión es Tres relatos góticos, selección a cargo de Alberto Garrandés y que la colección Huracán publicara no sin la atinada advertencia del compilador de que la denominada "condición gótica" se desplaza a través del tiempo para tocar incluso a obras de la actualidad. Y es que textos como Zastrozzi (Percy B. Shelley), El vampiro (John William Polidori) y Carmilla (Joseph Sheridan Le Fanu) pertenecen al siglo XIX, lejos ya del período nominalmente conocido como "Gótico", cuya duración histórica abarca los siglos del XIII al XVI.
Pudiera resultar curioso que todos se hayan originado, en cambio, durante el reinado del romanticismo. Curioso a la vez que lógico: había sintonía entre el afán escapista y mesiánico del XVIII -que se convierte en decepción hacia el XIX- y el demorado interregno que abarcaron los umbrales del Renacimiento, el despacioso amanecer que sobreviniera a los tiempos oscuros de la Edad Media.
Durante el Gótico se quiebra la fe tradicional y el dogma religioso empieza a ser roído por una racionalidad que reedifica paradigmas y recompone la cosmovisión de Occidente. En ese lapso se corporeiza el relativismo y la noción individualista regente durante la venidera modernidad y que hasta entonces el feudalismo había inhibido. Su dualismo tenaz entre los rescoldos de la metafísica y el progreso científico quedan impresos en el icono esencial del período: el arco ojival.
Esa fusión de recta y curva, de angulación suave y remate agudo revela la profunda ambigüedad que yacía al fondo de la época, tiempo de eclosión liberal, experimentación y puesta en solfa de los escolasticismos, de devaneos entre doctrinas, de simple y llana libertad sensible, de reventón heterodoxo y androginia figurada en esos ventanucos de catedrales que amaridan la rigidez fálica y el torneado suave de la vulva.
Como tiempo hijo del lance de dominación y hegemonía entre feudalismo cansino y pujante capitalismo, el gótico expresa una movilidad exasperada, consciente del "eterno devenir" (Arnold Hauser) de la historia humana, de nuestra incapacidad de reposo, de hallar paz en alguna conclusión, que tiene su expresión en esos personajes constantemente atenazados por las pasiones y bajo el acoso de potencias misteriosas, las de la lujuria y el deseo en primer lugar.
Ello se desboca durante el Romanticismo, donde el predominio de la psicología en la literatura encuentra en el relato de terror gótico un campo de intensas posibilidades para el manoseo del inconsciente colectivo, del miedo a lo desconocido y la natural superstición ante lo sobrenatural. Con todo y los acentos propios de la modernidad triunfante, los románticos reproducen en su neurosis el dualismo del Gótico, pues vuelve a ser el debate entre la racionalidad niveladora de la experiencia y los colgajos sueltos de las intuiciones metafísicas, de las pulsiones irracionales. Por ello no resulta extraño que el símbolo ejemplar de la época sea el vampiro.
Michel Foucault advirtió: "Un miedo obsesivo ha recorrido la segunda mitad del siglo XVIII: el espacio oscuro, la pantalla de oscuridad que impide la entera visibilidad de las cosas, las gentes, las verdades. (...) Son en definitiva los rincones ocultos del hombre lo que el Siglo de las Luces quiere hacer desaparecer". En respuesta a tal acometida racionalista, el héroe de la época del relato gótico romántico viene a ser un asesino sangriento cuya táctica es la seducción de su víctima en virtud de un encanto sobrenatural, que convoca constantemente las lubricidades y agota el cuerpo en un sopor semejante a la enfermedad, que apacigua y deja al ser humano sin ansiedad ni tormento. Un criminal magnético al que las doncellas puras se entregan con todo el cuerpo y al que los donceles frágiles quisieran parecerse.
El dualismo vida/muerte que emblematiza el vampiro representa como acaso ninguna otra criatura el estado nostálgico en que la enfermedad precipita al hombre; su inmortalidad abraza además el "miedo morboso al presente" de los románticos; mientras que la monstruosa amoralidad que encarna es una renuncia a las sociedades saneadas de vicios por virtud de la ciencia y el progreso. En El vampiro, escrito por quien fuera médico personal de Lord Byron, se hace una siniestra apología del dandy seductor -casi una malévola parodia del mismísimo Byron- en la persona de lord Ruthven, quien destruye la luminosa virginidad de Ianthe y de la hermana del joven Aubrey, burlado también en su candidez; mientras en Carmilla la heroína se siente arrastrada por la calidez lésbica de su relación con una misteriosa joven cuya identidad coincide con la de un ser legendario por su impiedad.
En la tríada de relatos reunidos por Garrandés, la muerte y la violencia expresan la vaguedad de la actitud romántica ante la vida, con su coloratura melodramática, hecha de sensaciones fuertes, el efectismo y esa relación estrecha con las historias de misterio, horror y los libros de caballería, emparentado todo con las narraciones legendarias y las tradiciones orales de la alta Europa. Y por sobre todo, habita en ellas el mal como fuerza definitoria en la existencia, acaso encarnado en la tenacidad destructiva de Zastrozzi, personaje capaz de llevar adelante su desmesurada venganza con los recursos de la impiedad más grosera. Para él no cuentan las pasiones puras de los seres a quienes flagela, sino la consecución de un objetivo que es el fin último de su vida, como fuera para Shelley, autor del relato, dinamitar la fe irracional con un radicalismo brutal capaz de buscar por los medios más exagerados la realización de una libertad ideal.
Alberto Garrandés ha traído estos fantasmas a las librerías cubanas y a algunos parece un gesto desusado. Mas, si se revisase su obra reciente, sobre todo la novela Fake (Letras Cubanas, 2003), quedaría claro que la literatura gótica no es más que una de sus fuentes. En los ambientes que cobran peso específico, pastosidad subjetiva, de una Villa Diodatti donde los personajes del libro juegan al simulacro de la historia, late la operación emblemática del relato gótico y su recorrido del miedo a lo desconocido al hombre, y viceversa. Acaso sea éste un autor que, como en su tiempo Shelley, pone sus confesiones en globos y botellas que envía a lo desconocido, en pos de un destinatario utópico para quien el miedo a lo insólito, a las neblinas de una noche incierta, no sea todavía un anacronismo pueril.

(Tomado de Cubaliteraria)

Sobre la novela Fake en CubaLiteraria
Sobre Alberto Garrandés en CubaLiteraria


 

 

 

 




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