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Por
Yoss
Al uruguayo Roberto Bayeto lo conocí
a principios de este año vía
Internet, durante los chats y otros
trajines fundacionales del ambicioso
proyecto Comunidad CF, del argentino
Sergio Gal Ver Hartman. Me impresionaron
su entusiasmo, su dureza y su poca
paciencia para con los “gorditos
nerds fans de Internet que se creen
con derecho a sentar cátedra
sobre lo que es la ciencia ficción
sin haber escrito nunca una línea”
(por años fue policía
de asalto en Montevideo... y se le
nota) y el que me confesara que uno
de los personajes protagónicos
de MORDEDOR, novela suya de la que
fue seleccionado un fragmento para
la antología Utopiales 2004,
era cubano.
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Lucas
Moreno (Uruguay); Silvie Miller
(francia); Pablo Cestio (Chile)
Yoss |
Y cuando me dijo que además
de publicarle lo habían invitado
a las Utopiales junto con “Pablo
Castro, un muchachito chileno ahí
que no sé, ché, no me
inspira confianza, todos los chilenos
son unos pelotudos estirados ¿sabés?”
y me pidió que le hablara del
evento anual de Nantes, no pude superar
la tentación del fácil
juego de palabras y le dije que serían
cuatro días fasci-Nantes. Y
además y más en serio
que era el más importante de
Francia y uno de los más importantes
de Europa en el ámbito fantástico,
una verdadera fiesta de la imaginación...
y lo envidié a granel: yo había
sido ya invitado en el 2002, cuando
mi cuento KAISHAKU fue también
incluido en la antología del
año y la verdad es que lo había
pasado tan rebién que estaba
loco por volver.
Pero mucho me temía que una
cosa había sido pagarme el
pasaje ida y vuelta desde Roma, donde
me encontraba entonces, y otra muy
diferente sería hacerlo desde
la distante Habana... así que
volver a la ciudad natal de Jules
Verne a participar en las Utopiales
se me antojaba, al menos de momento,
algo bastante utópico, y valga
la redundancia y otro fácil
juego de palabras.
Pero a las pocas semanas del intercambio
epistolar con Bayeto recibí
un correo electrónico de otro
uruguayo que además de políglota
(español, inglés, francés,
alemán, italiano y ¡chino!)
es fanático de la fantasía
y la ciencia ficción, solo
que radicado en Suiza: Lucas Moreno,
a quien tuve el placer de conocer
en persona durante la edición
de 2002 del evento y que luego tradujo
magistralmente al francés mi
cuento de fantasía heroica
EL GUARDIAN, para la hoy
desaparecida (esperemos que no para
siempre) revista del género
ASPHODALE. Tan cortés y protocolar
como de costumbre, me preguntaba si
estaría dispuesto a viajar
a Francia a principios de noviembre
como invitado a las Utopiales, y a
participar en una mesa redonda sobre
la ciencia ficción y el fantástico
latinoamericano.
¿Dudaría alguien si
le proponen visitar por segunda vez
el paraíso?
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Yoss
con escultura del Museo de arte
Fantástico y de CF de
Patrick Gyser |
Por supuesto que acepté sin
pensarlo dos veces ¿mesa redonda
sobre el fantástico latinoamericano?
Pan comido para mí, que como
tantos cubanos, muy bien podría
usar Improvisación como segundo
apellido.
Haciendo honor a la eficiencia europea,
pocas semanas después la Sra.
Stephanie Laik, secretaria de la Cité
des Congrés y del evento, me
envió por e-mail la propuesta
de mi itinerario de viaje y luego
mis pasajes de avión Habana-París
y de tren París-Nantes, así
como la reserva para pernoctar en
un hotel del aeropuerto de Orly, dado
que llegaría a París
por Air Europa el 3 de noviembre a
las 8 y 40 de la noche y el último
tren para Nantes salía a las
9.
No obstante, teniendo en cuenta toda
esa complicación, más
la burocracia de visas, seguros de
vida, permisos de salida y demás
que implica para un cubano viajar
a Europa (incluso para uno que, como
yo, ha pasado en los últimos
7 años más tiempo allá
que aquí) a algunos amigos
mi presencia en las Utopiales 2004
les seguía pareciendo un asunto
discutible... en el mejor de los casos.
Pero ¿cabe imaginar persona
más optimista que un escritor
cubano de ciencia ficción?
Es obvio que fui o no habría
escrito esta crónica.
Así que, parafraseando a Mark
Twain en TOM SAYWER, tenderé
un piadoso velo sobre la esperada
visa francesa que solo estuvo cuatro
días antes de mi vuelo, sobre
las dificultades para dar con la sede
habanera de Amistur, la única
empresa ¿cubana? autorizada
a asegurar a los viajeros de la isla
que van a Europa, y sobre cómo
mi novia de entonces me llevó
en su carro al aeropuerto José
Martí y me despidió
y suministró condones como
si partiera por 10 años a un
harén turco y no a Europa y
por escasos 15 días. Tampoco
me extenderé contando pormenores
del maratónico vuelo con escala
de seis horas en Madrid, ni del diminuto
pero cómodo cuarto del hotel
ni mucho menos de cómo perdí
por cinco minutos el tren París-Nantes
de las 9 por culpa de un embotellamiento
en la autopista que alargó
el viaje del autobús Orly-Gare
de Montparnasse (unos 7 euros) de
los 20 minutos que me habían
informado a casi 50, poniendo a dura
prueba mi escaso francés y
mi pésimo acento en inglés
y de paso obligándome a pagar
un suplemento de casi 10 euros (otra
dura sangría a mi presupuesto
de viaje, tan reducido como el de
la mayoría de los cubanos)
para poder tomar el tren de las 10
y llegar finalmente a Nantes a mediodía,
justo una hora después de cuando
me esperaban.
Allí, tras tener la suerte
de dar con una muchacha del comité
de recepción del evento que
chapurreaba un poco de español
y cargar con mi equipaje unos 400
metros, llegué a la Cité
des Congrés y al adyacente
Novotel por segunda vez en mi vida
el jueves 4 de noviembre de 2004 a
eso de la 1 de la tarde.
 |
Yoss
con editores de Suiza y Grecia.
Utopiales 2004. Nantes. |
La Ciudad de los Congresos de Nantes
no será tan grande como nuestros
Pabexpo y Palacio de Convenciones...
pero impresiona igual. La fachada
de cristal de inspiración modernista
está flanqueada por los cinco
pisos del hotel, por un lado, mientras
que al otro se alza un bosque de astas,
entonces coronadas por las banderas
de los países a los que pertenecían
los invitados del evento... y admito
que me emocionó no poco ver
ondeando la de Cuba entre ellas, y
más saber que era por mí.
Luego, conversando con Bayeto (pero
no nos adelantemos a los acontecimientos)
confirmaría que él sintió
lo mismo al ver flamear la de Uruguay.
Rodando mi equipaje sobre sus muy
cómodas rueditas confirmé
mi reservación, saludé
efusivamente a un par de conocidos
de otros eventos franceses similares
(Utopiales 2002 e Imaginales 2003)
y subí al ascensor en dirección
a mi habitación. No, la coincidencia
no fue completa, nunca se baña
uno dos veces en el mismo río
y todo eso; no era la misma de la
vez anterior... pero sí idéntica
en todos los detalles. Incluyendo
ese raro hábito arquitectónico
galo de reservar para la taza del
servicio sanitario una pequeña
habitación separada del baño
con lavabo y ducha que en el 2002
me causó no pocos líos
cuando me alzaba a medianoche medio
dormido y con la vejiga llena...
Pero a todo se acostumbra uno, puedo
atestiguarlo.
Cinco minutos más tarde corría
hacia la entrada de la Cité
des Congres, sabiamente dispuesta
a menos de veinte metros del lobby
del Novotel, lo que permite a los
delegados salir del hotel al evento
en mangas de camisa sin cargar pesados
abrigos... y sin helarse. Bastaron
un par de minutos para acreditarme,
recoger el programa y los tickets
para el restaurante y el bar. Mientras
me ataba al cinto la credencial (hecha
para colgársela al cuello,
pero, yo, ya se sabe, siempre tan
poco convencional...) me advirtieron
que mostrándosela a los del
bar podría tener todas las
coca-colas que quisiera y, para mi
infinita satisfacción de abstemio
siempre sediento de refrescos pero
corto de efectivo, completamente gratis.
Este año me perdí la
primera ocasión de socializar:
el coctel de inauguración del
evento en el Bar de Madame Spock había
sido la noche anterior y debió
durar hasta bien entrada la madrugada.
Y como los únicos que habían
tenido programa matutino fueron los
incansables fans a los juegos de roll,
la abrumadora mayoría de los
escritores estaban desayunialmorzando
(o brunching, para decirlo de modo
que parezca que uno domina el inglés).
Apenas entré en el excelente
restorán, alguien brotó
desde detrás de una columna
y me envolvió en un abrazo
osuno. Era Lucas Moreno, pero por
poco no lo reconozco: el chico delgado
que yo recordaba de dos años
antes había engordado muchísimo...
y al ver mi cara me advirtió,
sonriendo, que no lo había
visto en su máximo esplendor:
en las últimas semanas y con
los trajines de la organización
hasta había bajado unos kilos.
Todavía me estaba reponiendo
de esta primera sorpresa cuando alguien
dijo “¡qué volá,
asere!” en perfecto español,
aunque con un acento feroz. Y otra
voz dijo “Mirá, ché,
pero si el Heavy Metal Parachute Corp
nos ha invadido”. Eran Khristo
Poshtakov, un sonriente escritor búlgaro
de unos 60 años que por 9 años
trabajó como ingeniero y vivió
en Cuba; y Roberto Bayeto, mi amigo
uruguayo del e-mail a quien finalmente
conocía cara a cara. Lo miré
de hito en hito: espaldas de escaparate,
metro con ochenta y cabello canoso
cortado casi al cero, pero a pesar
de sus pantalones de fajina de los
SWATS su aspecto no era precisamente
marcial... y antes de que pudiera
comentar nada se justificó
“sí, ché, he engordado
un poco, pero no es lo mismo laburando
en la policía que tecleando
todo el día frente al computer”
Casi tímidamente me saludó
también un muchacho delgado
de traje, corbata y gafas: era Pablo
Castro, y en un aparte lo primero
que hizo Bayeto fue decirme que nada
de huevón estirado, era un
gran tipo, simple y asequible, que
ni siquiera se vanagloriaba de ser
el único latino presente (descontando
a Lucas, claro) que hablaba perfectamente
francés por haberlo estudiado
de chico en un colegio bilingüe.
Con el tan cubano apetito canino cargué
contra el menú: entre el pescado
cubierto con espesa salsa y la moussaka,
especie de pastel de carne de origen
griego, opté por la segunda,
y un par de yogures de postre. Khristo,
jovialísimo, aprovechó
para informarnos que la moussaka,
como el yogurt, era un invento búlgaro
y la emprendió animosamente
con la historia de cómo el
Lactobacilum bulgaricus solo quería
vivir en su país, ante el suspiro
paciente de Bayeto y Castro.
Luego descubriría que cada
uno ya había tenido que escuchar
el cuento un par de veces... cuando
Poshtakov volvió a contársela
a otros invitados incautos en mi presencia.
Entre bocado y bocado comenzó
la socialización y el intercambio
de chistes. El búlgaro y yo
descubrimos que teníamos un
par de amigos comunes en La Habana,
el chileno quedó patidifuso
cuando le conté que en 1999
había estado cerca de su diminuto
pueblo natal y que conocía
a Hugo Correa, un escritor chileno
de estilo bastante lovecraftiano (yo
quedé más sorprendido
todavía al saber que aún
vive), me enfrasqué con Bayeto
en una deliciosa discusión
sobre las cualidades combativas comparadas
del AK-47 ruso, el FAL belga, el Galil
y la UZI israelíes y otros
rifles automáticos más
recientes; descubrí que era
el guionista de un comic que me gustó
mucho, GENETICA GRUNGE...
en fin, como ocurre cuando tres nacidos
al sur del Río Bravo y otro
latino por adopción se encuentran,
las risas y las voces subieron de
tono atrayendo la atención
del resto de los comensales, que vinieron
educadamente a saludar.
Y fue un desfile: pasaron a saludarnos
el autor del inolvidable INCORDIA
A JACK BARROW, el norteamericano
Norman Spinrad, a quien ya conociera
en el evento del 2002, con su compañera
actual, que antes lo fuera del difunto
Philip K. Dick (lo siento, pero no
recuerdo el nombre de la señora...
su cara, sí: memorable ejemplo
de las bondades de la cirugía
plástica); Michel Pagel, un
pequeño gran autor francés
que ya he encontrado en otras ocasiones;
Michelle, su ex, una traductora encantadora
de largos cabellos negros con la que
siempre acabo intercambiando chistes
franceses y cubanos macarrónicamente
traducidos a la lengua de Shakespeare
(sí, un día de estos
tengo que aprender francés
en serio); Melanie, corta de estatura
y de cabellos, pero grandísima
escritora de fantasía y una
de las finalistas al Grand Prix de
L´Imaginarie de ese año,
encantadora pero siempre parpadeando
como avergonzada de estar ahí;
Christopher Priest, altísimo
y dulcísimo, a cuya pluma se
debe el singular EL MUNDO INVERTIDO
y tantos otros libros del género,
otro conocido de las Utopiales 2002;
lo mismo que Robert Holdstock, el
creador de la insoslayable saga fantástica
de BOSQUE MITAGO y LAVONDISH;
el alemán Andreas Eschbach,
a quien me presentaran en julio del
2004 durante la Asturcom inserta en
el marco de la Semana Negra de Gijón
y cuya space-opera LOS TEJEDORES
DE CABELLOS está siendo
un exitazo en España, con toda
justicia porque es absolutamente genial,
como pude constatar al leerla; Leo
Lukas, siempre sonriente bajo su boina
de bohemio, un autor austríaco
al que debo leer; los franceses Ayerdhal,
Henry Loevenbruck y Jean-Marc Ligny,
amabilísimos y con fama de
buenos escritores (otro motivo para
aprender francés en serio...
uno de estos años); Patrick
Gyger, uno de los eternos patrocinadores
de las Utopiales, director de un museo
de arte fantástico y de CF
en Suiza (y que no es ni nieto ni
sobrino nieto de Gyger el de los Aliens,
ya se lo pregunté en el 2002)
con su bellísima responsable
de colecciones Natalie, la de los
ojos color del tiempo y el busto más
perfecto que ojos cubanos han visto;
Sandrine Gestin, una amable y pequeña
rubia de rostro élfico y notable
pintora de temas ídem, con
su igualmente amable esposo... y finalmente
Sylvie Miller, traductora, scout editorial
y last but not least, también
escritora del género, de talento
y corazón tan grandes como
su maternal figura, a quien estaré
siempre agradecido, no solo por haber
seleccionado KAISHAKU para
la antología Utopiales 2002
y haberme facilitado publicar otros
cuentos en ASPHODALE, HAUTEURS
y GALAXIE, ni tampoco
por fungir prácticamente como
mi agente en francés, sino
sobre todo por el invalorable regalo
de su sincera amistad...
Eramos todos los que estábamos,
pero no estábamos aún
todos los que debíamos ser:
las estrellas de la convención,
el gurú ciberpunk estadounidense
Bruce Sterling y el genio inglés
Michael Moorcock, a quien sería
concedido el Prix Utopia de ese año
(solo diré que en el 2002 lo
mereció Robert Silverberg para
dar idea de la categoría del
galardón) no habían
llegado.
Pero no solo escritores y artistas
gráficos acuden a Nantes. Lucas
Moreno nos presentó a su esposa
Stephanie, de origen vietnamita que
por amor a él había
¡aprendido español! venida
desde Suiza con algunos amigos para
participar en el evento. Como Sandrine,
una fascinante morena que se habría
alzado con el premio Al Mayor Encanto
Femenino (su única rival era
Natalie, la asistente de Patrick Gyger)
pero que lamentablemente acudió
con su novio; y una pareja de chileno
y mexicana que viven en Lausana y
cuyos nombres no puedo recordar, pero
simpatiquísimos también.
Estaba también el Hombre Azul,
un singular personaje que no falta
en ninguna convención fantástica
francesa; siempre sin decir palabra
y encerrado en su traje de vinilo
azul que le da el aspecto de protagonista
de animado infantil. Su trabajo no
se limita a vagar por los pasillos
y dejarse fotografiar, por lo que
oí, desarrolla una interesante
labor de concientización ambiental
y proecológica entre niños
y jóvenes. Y en programa había
un documental que recogía las
singulares incidencias de su visita
al Japón.
Entre chistes en español, inglés
y hasta francés, comparaciones
de las lecturas mutuas del género
(Bayeto y yo, fans a Heinlein, pablo
más Bradburiano, Poshtakov
ponderó las virtudes de los
hermanos Strugatsky), terminó
el horario de almuerzo y búlgaro,
uruguayos, chileno y cubano nos quedamos
con ganas de seguir dándole
a la sin hueso... y de intercambiar
obsequios. Así que cada uno
corrió a su habitación
a lavarse los dientes, y de regreso
al lobby del Novotel todos traíamos
ejemplares de libros, revistas en
las que habían aparecido cuentos
nuestros, comics o en último
caso diskettes con inéditos.
Yo le regalé a cada uno un
ejemplar de mi primer libro, TIMSHEL,
Premio David de Ciencia Ficción
1988, pidiéndoles de antemano
excusas porque ya no escribo así
y por no tener nada más reciente.
Pablo Castro nos obsequió con
dos números especiales del
fanzine chileno QUASARES,
que reunían los cuentos ganadores
del concurso homónimo en el
país y Latinoamérica
(¿cómo no me enteré
de ese premio?) y para no ser menos,
Bayeto repartió el también
fanzine uruguayo DIAS EXTRAÑOS
(con permiso del excelente film de
Kathyn Bigelow) y ejemplares de las
dos partes de su GENETICA GRUNGE...
excusándose porque no los tenía
en español para todos. Bueno,
el holandés tampoco es tan
difícil ¿no?
Aunque sin lugar a dudas el más
generoso fue Khristo Poshtakov, empeñado
en que nos lleváramos al menos
cinco de sus 14 libros publicados.
Lástima que ninguno de los
demás leyera búlgaro,
pero al menos nos pasó unos
diskettes con las primeras 14 cuartillas
de la traducción al español
de su hilarante SABLE, PODER Y
MAGIA que aparecerá en
la península ibérica
bajo el seudónimo de Christopher
Postman, que es más o menos
como vendría a traducirse su
nombre en inglés.
Entre bromas e intercambio de obras
exhibimos nuestras credenciales y
sintiéndonos VIPs por una vez
en la vida entramos al inmenso hall
de la Cité des Congrés
ante las miradas de envidia de los
fans locales que hacían cola
en un orden muy europeo.
Continuará.....
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