 |
La
mayoría de los integrantes del Grupo Minorista estuvo unida al quehacer
literario de los años comprendidos entre 1920 y 1930, cuando buena
parte de ellos prácticamente se iniciaban como creadores. El movimiento
poético cubano de ese lapso fue evolucionando del posmodernismo
a un vanguardismo que en Cuba, en líneas generales, fue bastante
débil. A comienzos de la citada década poetas como Rubén
Martínez Villena, Andrés Núñez Olano, Enrique Serpa y Juan
Marinello cultivaban una poesía de marcado corte posmodernista,
muy influidos por figuras como Amado Nervo, Rubén Darío y Julio
Herrera Reissig. No obstante, es observable ya cierto aire de indocilidad
ante la estética prevaleciente, que es ostensible en poemas como
“Canción del sainete póstumo”, de Rubén Martínez
Villena, que data del año 1922:
Yo moriré prosaicamente, de cualquier cosa (¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulm y como buen cadáver descenderé a la fosa envuelto en un sudario santo de compasión. Aunque la muerte es algo que diariamente pasa, un muerto inspira siempre cierta curiosidad; así, llena de extraños, abejeará la casa y estudiará mi rostro toda la vecindad. (...) Tal vez una beata, neblinosa de sueño, mascullará el rosario mirándose los pies; y acaso los más viejos me fruncirán el ceño al calcular su turno más próximo después. Brotará la hilarante virtud del disparate o la ingeniosa anécdota llena de perversión, y las apetecidas tazas de chocolate serán sabrosas pausas en la conversación. (Fragmento)
 |
Pero entre 1923 y 1928 comienza a producirse una gradual ruptura
con los postulados estéticos posmodernistas, visible sobre todo
en el propio Martínez
Villena
y en José
Zacarías Tallet.
Este último publica en 1928 el poema “La rumba”, de carácter experimental,
con el cual inaugura el cultivo de la poesía negra en Cuba:
¡Zumba, mamá, la rumba y tambó! ¡Mabimba, mabomba, mabomba y bombó!
¡Cómo baila la rumba la negra Tomasa! ¡Cómo baila la rumba José Encarnación!
Ella mueve una nalga, ella mueve la otra, él se estira, se encoge, dispara la grupa, el vientre dispara, se agacha, camina, sobre el uno y el otro talón.
¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui! ¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui! (Fragmento)
 |
| Portada interior de La poesía moderna en Cuba. |
|
|
En
1926 dos minoristas, José
Antonio Fernández de Castro
y Félix Lizaso, publicaron La poesía moderna en Cuba,
antología preparada por ambos, pero discutida y seleccionada de
conjunto por el grupo desde que se reunía en la tertulia del café
Martí. El volumen tuvo una amplia recepción dentro y fuera de Cuba.
El español Luis Araquistain la consideró “una antología ejemplar,
bien seleccionada, con excelentes notas críticas”. Y Enrique José
Varona, en carta a los antologadores, les expresaba:
“El placer de los placeres, en el orden intelectual, es comprender. Se lo debo a ustedes, con motivo de su libro, modelo de antologías, La poesía moderna en Cuba [...]... ha habido para mi en muchas [de sus páginas] fuente bien viva de emoción. He podido advertir que el abundoso caudal de poesía que arranca del gran Heredia, se ha derramado por cauces diversos y ha llevado fertilidad y lozanía a lugares muy remotos. No deseo señalar nombres; pero en muchos de ellos, no ya de los consagrados, sino de los nuevos y bien nuevos, he sentido vibrar la garra del león imortal que salió de las selvas del Pindo a recorrer el mundo de occidente. Los felicito, y a nuestras letras muy mucho ...”
Juan Marinello afirmaba años después que “En
la antología de Lizaso y Fernández de Castro se recoge precisamente
el instante crucial. Los poetas que allí se llaman ‘los nuevos’
—Tallet, Rubiera, Avilés Ramírez, María
Villar Buceta, Serpa, Martínez Villena,
Núñez Olano, Pedroso, los Loynaz—vacilan
entre lo viejo y lo que va a llegar. Allí la novedad está más
en el tono personal de algunos poetas que en su orientación...”.
Por
su parte la investigadora Ana Cairo estima que
La poesía moderna en Cuba
“es la antología más completa hasta la primera mitad de este siglo,
no sólo por la exactitud de los datos que suministra, sino porque
se precisa un mayor desarrollo de la ciencia literaria para superar
algunos de los juicios acerca de los poetas antologados. Por su
estructura, puede publicarse excluyendo los ejemplos poéticos,
lo cual fundamenta la afirmación de que es el esfuerzo más serio
dentro de este tipo de ensayo”.
Hacia 1928 comenzó a publicarse en Cuba la poesía de vanguardia,
pero no fueron precisamente “los nuevos” quienes hicieron los
aportes más sustanciales, sino poetas surgidos con posterioridad,
como Mariano Brull, que con sus Poemas en menguante (1928) anunció
el cambio de signo estético, a los que hay que agregar los
nombres imprescindibles de Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Eugenio
Florit y Félix Pita Rodríguez, entre otros. Los minoristas, en
su gran mayoría, permanecieron vinculados al posmodernismo, excepto
Tallet, Martínez
Villena y Juan Marinello, que
experimentaron una evolución en sus respectivas obras poéticas,
sobre todo los dos primeros.
 |
|