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En
el desarrollo histórico, político, social y cultural de Cuba hay
momentos cronológicos definitorios. En ese sentido, el año 1923
resulta trascendente en varios órdenes de la vida nacional, pues
en él —y a partir de él— sin subestimar algunos procesos nacionales
e internacionales que se gestaron con anterioridad, se producen
acontecimientos que, cualitativamente, enrrumbaron para siempre
el devenir insular. La creciente toma de conciencia del proletariado,
la reforma universitaria en varios países latinoamericanos, el
movimiento estudiantil, sirvieron para ir abriendo el camino,
y ya en 1923 había en Cuba condiciones, tanto objetivas como subjetivas,
para que se produjeran hechos como la Protesta
de los Trece,
la formación de la Falange
de Acción Cubana
y el Movimiento
de Veteranos y Patriotas,
en los que estuvieron involucrados jóvenes deseosos de darle un
vuelco no sólo a la cultura, sino a la chata vida nacional. Esos
jóvenes, que no pertenecieron a ningún partido u organización
política y que provenían, clasistamente, de la pequeña burguesía,
alcanzaron un prestigio nacional e internacional porque, entre
otras razones, impulsaron el rompimiento contra el atraso cultural
que existía en Cuba, aunque supieron valorar nuestro pasado y,
a la vez, asimilar las más novedosas corrientes artísticas. Por
eso los
miembros del Grupo Minorista
fueron los que propulsaron el desarrollo de la vanguardia en Cuba
a través de diversos géneros y por diferentes vías de realización,
lo que propició que se abriean al universo intelectual y establecieran
fuertes vínculos con grupos afines del continente y de España.
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En
el Grupo Minorista coinciden escritores, pintores, escultores,
músicos, médicos... de pensamiento diferente, pero todos poseidos
de una creciente inquietud en favor de las corrientes más actuales
de la política y de la creación artística. A partir de la diversidad
de sus integrantes se consolida, aunque por breve tiempo, un movimiento
que encauza pronunciamientos renovadores y hasta revolucionarios
en política y en arte, de los cuales su máxima expresión es la
Declaración
del Grupo Minorista,
documento de una importancia relevante en la historia de Cuba.
Era la primera vez —como ha expresado una de las figuras cimeras
del grupo, Juan Marinello— que los intelectuales cubanos expresaban
de manera colectiva su solidaridad con los pueblos de nuestro
continente, su denuncia a las tiranías que se entronizaban en
varios países, defendieron a los agricultores, rechazaron al imperialismo
yanqui y proclamaron la necesidad de un gobierno del pueblo. Vistas
con las perspectivas de ese instante histórico, fueron demandas
revolucionarias, aunque hoy pudieran estimarse como débiles o
de escasa significación. Pero en su momento significaron un llamado
enérgico a la conciencia individual y colectiva. Asimismo el antimperialismo
del grupo se gestó a partir de las ideas de hombres incorruptibles
como Enrique José Varona y Manuel Sanguily y también con las lecturas
de las obras del argentino José Ingenieros y de la actuación demagógica
del mexicano José Vasconcelos. Formado ya el sentimiento antimperialista,
los minoristas descubren que José Martí —silenciado en toda la
etapa transcurrida de la seudorrepública— había desnudado en su
real significado el papel de los Estados Unidos en el área y la
necesidad de que los pueblos se unieran.
(continúa)
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