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Yo miré
para el lomo de la araña con cabeza de mujer y pude ver un
grupo formado por arañitas de muchos tamaños que se
movían sin parar y clavaban, furiosas, sus patas en la espalda
de la madre, que lloraba y lloraba sin poder hacer nada. "Ven
para que comas", me dijeron las arañitas, y siguieron
escarbando con las patas. Y como de verdad yo sentía deseos
de subirme sobre la araña y empezar a comer: lo único
que pude hacer, para salvarme, fue echar a correr hasta la casa
y acostarme, sin haber ido al excusado, aunque ya no me hacía
falta, pues se me habían ido los deseos. Pero el problema
es que solamente yo vi la araña grande con cabeza de mujer.
Y ahora nadie me lo quiere creer, y cuando se lo dije a mamá
ella me dijo que yo estaba más loco que abuela. Y abuela
se persignó cuando se lo conté, y, tirándose
de rodillas frente al fogón, me dijo: "Estás
embrujado". Y abuelo se me rió en la cara, y me respondió,
diciendo: "¡Comemierda, faino, ya estás igual
que tu abuela, que donde quiera ve a un fantasma! ¡Camina
a buscar los terneros, que ya es tardísimo y todavía
no hemos hecho ni la primera ordeñada!". El único
que me hizo un poco de caso fue Celestino, a quien se lo dije en
cuanto me metí en la cama. Él me contestó,
medio dormido y medio despierto: "Otra vez la araña.
Déjala tranquila, que ella hizo lo mismo cuando era chiquita".
Y se terminó de dormir. Yo no supe ni qué pensar:
él había dicho "otra vez" y yo era la primera
vez que la había visto y que se lo había dicho. ¿Sería
que él la había visto antes? Pero, ¿por qué
no me lo dijo, si él y yo siempre nos decimos las cosas que
hacemos solos, que ya son muy pocas, porque siempre andamos juntos?...
Ahora sí que no tengo escapatorias: la lanza de mi madre
ya corre y resbala en un no sé qué tipo de cosquilla
tan puyante y caliente. Mi abuelo levanta el hacha lo más
alto que puede, con las dos manos, y afina la puntería, "en
mitad de la cabeza", parece que piensa, y sus ojos brillan
como los de los gatos cuando ya todo está oscuro. Mi abuela,
muy tiesa, permanece tranquila, con otra hacha jugueteándole
entre las manos, mientras puntea con los dedos el filo. Ella es
insoportable y a la vez cobarde, y por eso espera a que la lanza
de mi madre me haya traspasado las tripas, y a que el hacha de mi
abuelo haya hecho dos jícaras de mi cabeza, para entonces
dar el golpe final, y luego decir que no fue ella la culpable. ¡Vieja
gallina!, le digo yo, con la boca bien cerrada, a que no te atreves
a ser tú la primera en darme el hachazo. Al fin comienzan
los cantos más abajo de los dientes de perros, los cubos
de agua en el patio, las hormigas con alas. El hacha de abuelo brilla,
y yo empiezo entonces a llorar por lo bajo, para que nadie pueda
asustarse (ni yo mismo). Pero de todos modos yo sé que estoy
llorando, y no importa que sea alto o bajito: en fin de cuentas,
soy también una gallina. Tan gallina como mi abuela, y pienso:
total, ya que voy a llorar, y los demás lo saben, mejor será
que llore a gusto. Y doy unos berridos tan altos que el cielo hace
"Pasf", y se raja en cuatro partes... Fue entonces, por
primera vez, cuando vimos a Celestino, allá, bajo las grandísimas
almendras de la arboleda, escribiendo y escribiendo en los troncos
y en los gajos más bajitos de las matas, la más larga
de todas las poesías. Yo lo vi, y dejé de gritar,
aunque no sé ni por qué, pues yo no sabía siquiera
que el garabateo que él estaba haciendo con su cuchillo fueran
poesías ni cosa que se le parezca. Y no me explico cómo
es que mamá, abuelo y abuela se pudieron enterar en ese momento,
pues ellos son tan brutos como yo, o quizás más, y
ninguno sabe ni la o. Pero el caso es que me dejaron, sin darme
un rasguño, y corriendo como centellas se abalanzaron sobre
Celestino, diciéndole palabras tan grandes, que ni el mismo
abuelo, cuando le cae atrás a la yegua, sin poderla coger,
las había dicho antes. Celestino, al ver que se le acercaban
con las hachas y la lanza, no hizo ni el más mínimo
intento de salir corriendo. ¡El muy sanaco, se quedó
tranquilo! Y lavado en lágrimas dijo, explicando: "¡Déjenme
terminar, que ya me falta muy poco! ... ". Luego, yo no supe
qué fue lo que pasó, porque un grupo de hormigas rabúas
me estaban comiendo los pies, y a mí me dio tanta rabia que
salí corriendo para el río, y allí me tiré
de cabeza para que las desgraciadas de las hormigas se ahogaran.
Pero el caso es que ese día no le hicieron nada a Celestino,
y todavía él no ha terminado de escribir esa poesía.
Y anda, el pobre, como un alma en pena: robándose cuchillos
y secando matas y más matas, que el abuelo en seguida tumba
de un hachazo. A mí me da mucha pena con los árboles;
sobre todo con los úpitos, que se ponen tan bonitos cuando
llega el mes de enero. Me decía antes mi madre que los úpitos
se paren así de flores para esperar a los Reyes Magos, con
el suelo tapado y que ellos no se dieran cuenta que en esos lugares
no había nieve, sino fango. Pues, según ella, si los
Reyes llegan a descubrir algún día que en estos lugares
no hay nieve, no volverán más nunca. Y es posible
que esto sea verdad, pues desde que empezaron a secarse las matas
de úpitos los Reyes se han olvidado de mí, y el año
antepasado no me trajeron siquiera ni la linterna sin pilas que
pedí a voz en cuello, y que tanta yerba ¡de bobo!,
arranqué por gusto. Sí, es verdad que me da pena ver
a las matas secándose, y mucha más lástima
me da ver cómo abuelo las tumba a hachazo limpio, aunque
sea una mata de mangos o de guao. Me da mucha pena, y yo digo que
ya que las matas están tumbadas, podríamos vender
la madera y comprarle, así, un pedazo de bacalao a mi abuela,
y de esa manera no tendríamos que estarla oyendo llorar todas
las noches, porque está antojada de comer bacalao y nunca
lo puede comer, y ella dice que se va a morir sin haber podido matar
esos deseos... Hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas
hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas
hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas
hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas.
¿Cómo
hacen las hachas?
Hacen pazzzzzz, como si fueran espíritus que andan
maullando por los aires.
¿Cómo
hacen las hachas?
Hacen pazzzzz... Pazzzzzz.
Hachas y ruidos
de hachas es lo único que se ve y oye en esta casa de hachas,
forrada de hachas y repleta de hachas que ya cuelgan del techo, de
los cujes, de la cumbrera. Que forman el piso, el corredor, las canales.
Y hasta las estacas con las que abuelo ha hecho una mesa para poner
las hachas están repletas de hachas.
Hachas. Hachas.
Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas.
Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas.
Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas.
Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas. Hachas... Y Celestino, como
un loco, escribiendo hasta en los gajitos más finos de las
matas de tribulillos.
Hachas... Y los
árboles hacen "craannn" y caen los pobres, de un
solo tajo, pues este viejo maldito ha cogido una fuerza y una puntería
terrible, y los otros días vi que desde el potrero cogió
el hacha, la meció dos o tres veces en el aire y, lanzándola
con todas sus fuerzas, la mandó hasta la mata de guanábanas,
y la hizo añicos. Y abuela, que cree hasta en los relinchos
de los caballos, salió, echando maldiciones, desde la cocina,
pues, según ella, esa mata era santa, y ahora se nos puede
revirar. Y caernos un rayo y todo.
Hachas... Y los
rayos ya campean por dentro de la casa, y nos mientan hasta la madre.
Y nos dicen hasta del mal que vamos a morir.
Hachas. Hachas.
Hachas... Y yo tengo un miedo enorme a que algún día
a Celestino le dé la idea de escribir esos garabatos en su
propio cuerpo.
Hachas hachas
hachas hachas
hachas
hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas hachas
Hachas ... Hachas ...
Si no suenan las
hachas yo no puedo dormir.
Hachas...
(fragmento
de Celestino antes del alba)
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