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ELEGÍA POR LA CIUDAD

Querido Víctor:
                      Porque seguramente sigues
el rastro de los días; porque caminas cada noche
poseído por aquella nostalgia; porque recuerdas,
te acuerdas de vivir y vas poniendo
a un lado las sombras,
al otro la violencia
y te cubres tú mismo con los años que vienen,
tengo que hablarte
(en verdad, escribirte)
llenarte de palabras,
rasgar tus brazos hasta que suene todo
lo que debo decirte.

Me cuentas que está al uso quejarse,
convocar la ciudad que sabes que se desmorona;
me cuentas de poetas que lloran, repasan las paredes,
las luces apagadas, los muros que van a deshacerse
y lloran.

¡Ah, los malos poetas! Tipos jodidos, Víctor.
Gente que estuvo siempre tras sus puertas
mirando con el rabo, con el culo del ojo,
el festín que era la noche para nosotros.
Gente que acorralaba las palabras en historias marchitas;
que no pudo sentir el aire blando que subía por 23
hasta llegar a L; que no dejó su tiempo
entre las mujeres que pasaban desoladas
o diciendo que estaban desoladas, por O
hasta el parque del Hotel Nacional, el Gato Tuerto
y el Malecón fragante, que siempre sabía muy bien
cómo despedazar el mar.
Gente que no sabe de esquinas,
ni de bares alumbrados por nada,
ni de conversaciones que duraban
más que todas las calles,
ni del cuarto que se entreabría, mustio,
para dejar pasar una mujer y el tiempo.

Si abres un hueco en medio de la noche,
si te sientas,
si juntas toda tu inocencia,
verás una vez más: como una sola sombra larga
llegan los viejos moradores.
Vienen Nogueras, Alomá, Silvio, Rivero,
Fuentes, Félix, Solá, Germán, Eduardo, Aurelio,
Jesús, Marcos, Machado
y yo, que no me olvido,
que no puedo dejar de estar allí;
que he llegado contigo
para nombrar lo que le falta al mundo.

Ahora, Víctor,
¿quién nos hará llorar por una piedra rota
o una luz apagada?
¿quién viene a maldecir por la pared que no se pinta desde 1960?
¿quién nos entregará las mesas arruinadas,
el mar de gente que nos impide hablar,
los cuartos llenos, y los vasos vacíos?

Ah, los malos poetas! Gente húmeda, Víctor,
siempre con una lágrima en la mano.
Yo tengo que decirte que no,
que no hay por qué llorar;
aquí, donde no estoy,
y más allá, treinta kilómetros al este
donde trabajan desde ayer doscientos hombres;
incluso entre las paredes de ese cuarto
donde dudo que estás,
se inventan hoy las piedras de la nueva ciudad.


Volveré,
volveremos,
anhelando otras cosas y las mismas.
Desde lejos, ausente, melancólico,
te convoco para mañana.
Hay que decir nuevas verdades,
cantar otra canción sobre las ruinas,
amar, sobre la luz que viene.
Avisa a todo el mundo por teléfono:
no vamos a morir todavía.

(de Cambio de impresiones)

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©Redacción Editorial: Walfrido Dorta / Diseño Web: Ileana Sánchez // Actualización: 19/07/02