Semanario
Habanero. Noticia sobre Nuestro Tiempo.
Especial para El Nacional
No todo ha de ser pólvora en Cuba... No todo ha de ser dinamita
y tiroteo. En medio del fragor de nuestro tiempo, he aquí que
una sociedad llamada así mismo, Nuestro Tiempo, asoma las narices
y repite tímidamente la vieja interrogación: ¿Se
puede? ¡Claro que se puede! Tanto es ello verdad que los jóvenes
agrupados en este nuevo círculo de estudios tendrán que
sentirse satisfechos a estas horas no ya de la sonrisa benevolente que
despertaron en los "viejos", sino del aplauso cerrado con
que los acogió la afición en su primera salida al ruedo...
Ayer domingo –nos referimos al domingo 18– Nuestro Tiempo
hizo su presentación en sociedad. Entre un cóctel y una
conferencia la novel sociedad se decidió... por una exposición.
Una exposición seleccionada de Fidelio Ponce, muerto hace dos
años, gran hombre en la pintura de nuestra época y por
supuesto en la pintura cubana de toda edad. Ponce, con su técnica
angustiosa, apretada; con sus telas de sobria factura, en que jamás
hay una sola concesión a la facilidad "tropical" y
en quien las figuras diríase que obtienen del artista no más
que los elementos indispensables para asomarse a la vida –sombras
alargadas, marfileñas; sombras profundas, nacidas de la sombra;
sombras torturadoras, que parecen escaparse como una fina columna de
humo–, es un buen anuncio de lo que estos jóvenes quieren:
rigor.
Pero no el rigor, verbigracia, que caracterizó a los hombres
del movimiento "vanguardista" de 1927. A ellos hay que anotarles
sin duda el mérito de haber tirado la primera piedra en el charco
de la quietud nacional de entonces, una quietud de ateneo y juegos florales.
Pero hicieron de su "academia" un coto cerrado a toda creación
que no coincidiera exactamente con el "nuevo tiempo" de entonces,
ahora ¡ay! ya tan envejecido y empolvado. «Nuestra estética
–dicen en un breve manifiesto los del "nuevo tiempo"
de ahora– es la de un arte americano, libre de prejuicios políticos
o religiosos, enaltecido por encima de concesiones, que sea síntesis
de lo que estimamos vigente y permanente en América. No nos interesan
ni la oscuridad muerta ni la endeblez académica, sino una estética
tan infinita como el hombre mismo.»
Hay también en Nuestro Tiempo –y más que decir "hay
también", sería justo poner que ello es la espina
dorsal del movimiento– una preocupación de noble cercanía
a la masa popular, inquietándola frente al espectáculo
de la creación artística, punzándole la carne con
la espina de la belleza, a la que el hombre de la calle es muchísimo
más sensible de lo que el hombre de la academia se figura. «Para
desarrollar esta labor –dicen los jóvenes de Nuestro Tiempo
en su programa– mantendremos un centro de arte y cultura permanente,
que ofrecerá teatro, cine, ballet, exposiciones de artes plásticas,
conferencias, y editará las manifestaciones literarias, poéticas
y filosóficas que produzca nuestra generación.
Somos la voz de una nueva generación –añade el documento–
que surge en un momento en que la violencia, la desesperación
y la muerte quieren tomarse como únicas soluciones. Nos definimos
por el hombre, que nunca está en crisis, y por su obra, que es
su esencia permanente...»
Ayer, pues, estuvimos en ese centro de arte y cultura, que es todavía
modesto en sus dimensiones materiales, a pesar de que ocupe el local
de una antigua radioemisora, pero que ofrece infinitas posibilidades
de másculo desarrollo. ¿De dónde habían
salido tantos jóvenes? Poetas, pintores, escultores, músicos,
escritores... ¡Qué de caras nuevas! ¡Qué de
nombres nuevos también! Solo que quien más quien menos
ha publicado un libro, tallado una piedra, manchado un lienzo o escrito
una partitura. Palpábase allí la presencia de un ímpetu
que irá muy lejos y que para los que estamos llegando al medio
siglo –esa estación melancólica en el largo camino
de la vida– es como la sombra de un árbol coposo, como
un retorno iluminado a los primeros días de la inocencia, de
la virginidad creadora.
No hubo discursos –¡qué bueno!– pero se habló
mucho y con provecho en pequeñas islas amistosas, las cuales
se renovaron de continuo. Debo confesar que encontré una enorme
ansiedad por lo que pasa fuera de Cuba, para saber qué acontece
en otras partes de nuestra América. Un grupo de aquellos muchachos
–quiero decir, de los directores de la sociedad– se me acercó
para preguntarme de Venezuela. Les hablé de lo viva que es allá
la preocupación, ocupación y hasta "post-ocupación"
cultural; del buen éxito que alcanzan exposiciones y conciertos
y hasta qué punto sería interesante un acercamiento vital
a los que en las tierras de Bolívar sienten los mismos entusiasmos
que estos jóvenes nacidos en las tierras de Martí. Alguien
me dijo –y aquí queda el chisme- que Nuestro Tiempo acaricia
la idea de llevar una exposición de pintura cubana a Venezuela
y traer una exposición de pintura venezolana a Cuba. ¿Será
posible? Ojalá. Por lo pronto, con los ojos cerrados, yo contesté
que sí...
Nicolás
Guillén
La Habana, feb.19, 1951.
Tomado de Sociedad Cultural Nuestro Tiempo. Resistencia y acción.
Compilación e introducción Ricardo Luis Hernández
Otero. Letras Cubanas, La Habana, 2002, pp. 205-208. Fragmentos
del texto aparecieron en Nuestro Tiempo. Memorias, 1953. No tenemos
constancia de que haya sido publicado en El Nacional, de Caracas.
[N. del C.]
Preocupaciones
sobre el destino de Nuestro Tiempo (fragmentos)
He
aquí una sociedad cultural Nuestro Tiempo que pide a gritos –y
no es ella la que grita– un respaldo del pueblo. (El Estado debe
darse por aludido.) Nuestro Tiempo sube, a pasos atléticos, de
la indigencia económica a la popularidad, y es bien que se le
ayude a subir de la popularidad –término vago– a
cualquier nivel donde el pueblo se encuentre, inclusive para que el
pueblo suba. Y no se tema que Nuestro Tiempo se apoltrone, como algunas
otras sociedades beneficiadas por méritos mayores, iguales o
menores que Nuestro Tiempo se anticipa a condicionar cualquier favor
que se pretenda hacerle; por entender, como expresa en el editorial
de uno de los últimos números de su ejemplar revista,
que «los problemas que afectan a intelectuales y artistas van
mucho mas allá de subsidio, una beca o una edición».
Y recalca: «Mucho más allá.»
Su propio nominativo persigue que sea Nuestro Tiempo –el tiempo
nuevo en la ya vieja encrucijada del destino– el que se beneficie
bajo el signo de la función social de la cultura, consignado
a plena claridad en el texto de la Constitución de la República.
Todo se prepara oficialmente para que así sea. Pero la experiencia
enseña que "del dicho al hecho…" Mejor será
solicitar del tiempo nuestro y de Nuestro Tiempo un poco de optimismo.
Nuestro Tiempo demuestra no ser tan pesimista como exhibe en sus críticas;
desde el momento en que, además de decir, hace. Siempre tiene
en activo una exposición de pintura o escultura, un debate sobre
alguna cuestión básica del arte, la representación
simbólica de una obra teatral y cuantos temas culturales necesitan
se les saque del olvido, la indiferencia o el atolladero. (…)
Rafael
Suárez Solís
Aparecido
en Nuestro Tiempo, año 2, núm. 8, diciembre de
1955, p. 9.
Fragmentos tomados de Sociedad Cultural Nuestro Tiempo. Resistencia
y acción. Compilación e introducción Ricardo
Luis Hernández Otero. Letras Cubanas, La Habana, 2002, pp. 213-214.
La
Sociedad Cultural Nuestro Tiempo
En
el antiguo local de la radioemisora Mil Diez, en la calle de Reina,
se ha constituido una sociedad cultural juvenil con el nombre muy adecuado
de Nuestro Tiempo. Nuestro tiempo y nuestros jóvenes en una propia,
en una pertinente vinculación. Preocupación de la hora
que les ha tocado vivir, atención al tiempo polémico que
tienen que afrontar, ha hecho que estos jóvenes, entre los cuales
hay músicos, poetas, dramaturgos, críticos, pintores y
escultores, hayan agrupado sus esfuerzos y sus inquietudes, sus voluntades
de más férrea contextura, para hacer frente a esta atmósfera
pugnaz y a veces terriblemente indiferente que les rodea. Para eso no
han tenido que elevar el estandarte de ninguna creencia o doctrina política,
ningún criterio extra artístico, sino, simplemente, la
común dedicación a las artes en sus varias manifestaciones
y la compartida noción de la unidad y la dignidad del espíritu
humano.
Resulta admirable comprobar cómo estos jóvenes tomaron
a su cargo este local, casi abandonado y lo han acondicionado perfectamente
para sus propósitos. Han pintado, han clavado, han limpiado con
tenacidad, han buscado socios para la institución, han recorrido
redacciones, han levantado, al fin de cuentas, y con sus propias manos,
una verdadera corporación de arte y de cultura. Entre ellos se
cuentan algunos jóvenes que ya se han destacado en distintos
campos del arte. El clima de comunidad espiritual, donde se intercambian
impresiones, se comunican lecturas, se leen o exponen los propios trabajos,
redunda en beneficios positivos para cualquier artista o escritor. Para
los jóvenes, estos beneficios se acrecientan enormemente.
En días pasados asistimos, en el pequeño local que tienen
dedicado al teatro, a una representación de Los habladores,
entremés de Miguel de Cervantes, y de la obra Sobre las mismas
rocas, original de Matías Montes Huidobro, premiada con el
primer lugar en el segundo concurso de obras teatrales patrocinado por
Prometeo. Un público atento, formado en su mayoría por
muchachos y muchachas, siguió con una perspicacia compenetradora
el desenvolvimiento de ambas piezas. En esos mismos días, en
el local destinado a exposiciones alzaban su faz extremadamente telúrica,
angustiada y fantasmal las telas de Wifredo Lam.
No vamos a realizar aquí una crítica de las dos obras
representadas. El entremés cervantino requiere un movimiento,
una agilidad extremada para ajustarse al pensamiento del autor, y los
actores profesionales necesitan en estas piezas, aparentemente sencillas,
el acopio de sus mejores facultades. En la representación de
Nuestro Tiempo, los noveles actores revelaron estar bien identificados
con el espíritu de la pieza del Manco de Lepanto. Pero, con mayor
detenimiento queremos referirnos a la otra obra, a Sobre las mismas
rocas.
Después de la representación conocimos a Matías
Montes Huidobro. Serio, ensimismado, digno ante la glosa fugaz de su
obra, concentrado en sus palabras y sus temas, así nos pareció
el joven dramaturgo. No pasa de los veinte años. Sin embargo,
qué vislumbre de técnica nueva y certera nos revela su
obra. La misma espontaneidad con que están desarrollados los
diálogos, la misma frescura que palpita en las tremendas intervenciones
del protagonista, hacen comprender por qué el jurado calificador
dio el primer premio en este concurso a Sobre las mismas rocas.
Angustiada soledad, tal es el tema principalísimo de la obra
teatral de Montes Huidobro. Su protagonista, inválido, padece
todas las formas del aislamiento, todas las ofensivas de la incomprensión.
Llega esta hasta el extremo de negarle la propia personalidad. Es este
o el otro, o el de más allá. Nunca llega a ser el mismo
para la indiferente mirada de quienes lo rodean. ¿Para qué?
No es más que un inválido. Sin embargo, también
se transparenta en esta pieza, que fue dirigida certeramente por Francisco
Morín, también se observa en ella otra visión radicalmente
pesimista del autor. Los hombres y las mujeres normales, aparentemente
no inválidos, que aparecen, padecen de una total irreflexión,
de una apatía extraordinaria, totalmente desvirtuadora de la
propia individualidad. Ellos, que caminan, juegan, se pasean y aman,
están mutilados en sus espíritus, en ellos está
abolida toda atención sutil al mundo que les encierra, esta clausurada
toda curiosidad intelectual, todo empeño de conocimiento, toda
actitud y aptitud hacia lo humano. Y el otro, el principal, el inválido
solitario, hincado en su silla de ruedas, es la inteligencia, es la
sensibilidad, es la meditación, dolorosamente impedido, inválido.
Tremenda conclusión, terrible secuela de pensamientos pesimistas
nos invaden al concluir la representación de la obra de Matías
Montes Huidobro.
Salimos del local de la sociedad Nuestro Tiempo rumiando estas reflexiones
en torno al pensar y al sentir que se vuelca en esta obra teatral. Y
confrontamos esta atmósfera acongojada, ese escenario de desdicha
y soledad, con el clima ávido de realizaciones artísticas
que se advierte en esta sociedad juvenil. Pensábamos que con
esta labor en común con estos compañeros que se compenetran
en la propia elaboración de sus obras, que se entusiasman y vinculan
con la personal creación, pueden estos jóvenes cubanos
llenos de preocupaciones por nuestro mundo y nuestro tiempo, ansiosos
de recoger en forma artística esta hora tremenda de la humanidad,
superar en buena medida estos ataques con que la incomprensión,
el vacío, la indiferencia de toda una sociedad los zahiere y
los perturba. Plácemes han de recibir los dirigentes de Nuestro
Tiempo por la labor que se han echado sobre sus espaldas, y la forma
viva, digna, con que están resolviendo este quehacer generacional.
Salvador
Bueno
En
Revista Cubana, v. 38, enero-junio de 1951, pp. 264-267 (Sección
"Hechos y comentarios").
Tomado de Sociedad Cultural Nuestro Tiempo. Resistencia y acción,
pp. 209- 212, Compilación e introducción Ricardo Luis
Hernández Otero, Letras Cubanas, La Habana, 2002.