
«El estilo de Víctor Muñoz cuando escribe, revela la facilidad y la gracia picaresca de cuando habla, y en todo caso es claro, fácil, sobre todo preciso, que es lo que más maravilla», escribió Manuel Sanguily, en tanto que para Enrique José Varona, fue Muñoz un «sembrador de ideas…». Precisaba don Enrique José: «Su fisonomía era tan plácida como excelente su corazón, como flexible su talento, como sutil su ingenio. Fue solo un hombre de buen humor, que no puso hiel ninguna en sus cuadros policromados de la vida coetánea».
De cualquier manera, el autor de «Junto al Capitolio» fue una figura inmensa del periodismo cubano, y, entre nosotros, el diarista más popular de su tiempo.
Repórter de fuegos
Si se pregunta, cualquier persona podría responder, tal vez en un alarde de memoria, que el introductor del Día de las Madres en Cuba fue Víctor Muñoz. Desde los años 20 del siglo pasado, libros escolares, sellos de correo y desde luego el turbión de la memoria colectiva, ratifican a Víctor Muñoz su condición de «creador». Terminarían de consagrarlo como tal los dibujos de Conrado W. Massaguer y el libro de Historia de Cuba, de Vidal Morales, obra obligatoria, durante años, en la enseñanza pública cubana. Pero hay que apuntar enseguida que el gran diarista nunca se atribuyó dicho mérito.
Más de un Víctor Muñoz registra el buscador de Google. Hay un Víctor Muñoz futbolista del Real Madrid; un escritor guatemalteco del mismo nombre, y con igual nombre aparece un cantante venezolano. Hay incluso un pelotero cubano, del equipo Industriales, que responde por el mismo apelativo.
El Víctor Muñoz Riera que nos interesa ahora nació en La Habana, el 1 de enero de 1873. Su padre, acaudalado comerciante, quiso para el hijo una educación esmerada, pero la quiebra de la fortuna paterna lo obligó a abandonar los estudios sin concluir el bachillerato. En Tampa y Cayo Hueso fue lector de tabaquería y, ganado por las ideas de José Martí, combatió en la Guerra de Independencia.
De regreso a La Habana y finalizada la contienda bélica comenzó su vida como periodista. Como sabía inglés, Manuel María Coronado, al reanudar la publicación de La Discusión, interrumpida por el asalto de los Voluntarios en 1899, lo designó reportero de Palacio. Pasó a La República Cubana, que fundó Juan Gualberto Gómez, y al nacer El Mundo, en abril de 1901, José Manuel Govín lo llevó de traductor de cables y repórter de fuegos, suceso que por cotidiano constituía una de las más grandes fuentes de información de La Habana de entonces, por la importancia y lo reiterado de los siniestros. Sus amigos y compañeros de trabajo le llamaban cariñosamente «Vitoque».
Sucedió allí una cosa increíble. Figuraba en la redacción de El Mundo Santiago Fraga, un farmacéutico aficionado a las letras y al periodismo que por su amistad con Govín fue uno de los cuatro reporteros fundadores del diario. Ejercería por poco tiempo. Eran los días de la intervención militar norteamericana y Fraga tenía a su cargo la información del Palacio de Gobierno.
Llegó así el 20 de mayo de 1902, fecha de la instauración de la República, y cuando Fraga se disponía a trasladarse a Palacio, a fin de «cubrir» la toma de posesión de don Tomás Estrada Palma, nuestro primer Presidente, se enteró de que por orden de Govín, ya Víctor Muñoz había recibido la encomienda de hacerlo. Planteó Fraga una cuestión de confianza, no aceptó las explicaciones de la dirección y salió del periódico. Siguió trabajando como farmacéutico y al establecerse el Hospital de Emergencias, en la Calzada de Carlos III, que sustituyó al viejo hospitalito de la esquina de Salud y Puerta Cerrada, asumió como técnico de su farmacia.
En El Mundo, caso único, Muñoz, bajo su directa y absoluta responsabilidad, escribía para el diario cinco columnas que firmaba con seudónimos y en las que ponía de manifiesto una vena humorística extraordinaria.
Fue fundador de la Asociación de Reporters de La Habana.
La jerga de la pelota
Hoy olvidado, «Vitoque» fue un periodista polifacético: el mejor narrador, aseguran estudiosos, de acontecimientos deportivos de todos los tiempos. Con el seudónimo de Frangipane creó la crónica deportiva entre nosotros y creó asimismo lo que Manuel Sanguily llamó «la jerga de la pelota», que muchos años después de su muerte seguía siendo usada por cronistas, comentaristas y fanáticos del béisbol y del jai alai. Reseñaba los juegos de pelota entre Cuba y Estados Unidos como una competición en la que la naciente República justificaba su derecho a la vida y alentaba el triunfo cubano como una cuestión de soberanía nacional.
Escritor fácil, de asombrosa fecundidad y de espíritu sutil y amable, Víctor Muñoz fue un verdadero ídolo del público. Ningún periodista logró en Cuba la extraordinaria popularidad de su Frangipane. Arrastraba a los fanáticos, al conjuro de su prosa, hacia el frontón de Concordia y Lucena, hacia el Almendares Park, hacia el Oriental Park o hacia las urnas electorales. Porque se dio en Víctor Muñoz el caso estupendo y ejemplar en la historia de nuestra política de quien, sin ser político, fue electo por el voto espontaneo de sus conciudadanos para un acta de concejal con el número de sufragios que no logró alcanzar jamás ningún candidato ni aun comprando los votos o utilizando la fuerza se muñidores profesionales.
«La Semana», su columna en El Mundo Ilustrado, suplemento dominical de ese periódico, fue leidísima, tanto como «Junto al Capitolio», la columna que firmó con el seudónimo de Attaché. El Capitolio junto al cual escribía Víctor Muñoz era supuestamente el de Washington. Eso creían los lectores ante aquella página tan lúcida que parecía escrita en las orillas del Potomac. En realidad, el cronista, con la ayuda del cable y de las publicaciones norteamericanas que allegaba, escribía su sección en la propia redacción de El Mundo, en Virtudes esquina a Águila. Allí, en atención a su gordura desmedida, que lo hacía sudar a mares, Govín había dispuesto para él una habitación privada, ubicada en la azotea, en la que Víctor Muñoz hacia su trabajo en calzoncillos.
Qué importa si fue el creador o no del Día de las Madres en Cuba. Fue su impulsor. Una sala del hospital materno América Arias –la llamada Maternidad de Línea– lleva su nombre, al igual que una escuela secundaria en Guanabacoa, y en su tumba, en la necrópolis de Colón, una bella escultura de Fernando Boada, que representa a una mujer con las manos en regazo, vela para siempre su sueño. Enfermo, viajó a Nueva York a fin de someterse a una intervención quirúrgica, y allí falleció el 25 de julio de 1922. Tenía 49 años de edad.
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