LA FRUSTRACIÓN CREADORA: PROYECTOS EDITORIALES CUBANOS (1900-1958)

Ambrosio Fornet

 

 

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La historia de los proyectos editoriales cubanos forma parte de una tradición que se remonta al Papel Periódico y la Revista Bimestre Cubana. Estudiarlos como fenómenos estrictamente empresariales o bibliográficos equivaldría a desconocer su importancia en el proceso de desarrollo de nuestra cultura. El modelo al que responde, por ejemplo, un texto como Las ideas en Cuba (1938) de Medardo Vitier —primer intento sistemático de estudiar la evolución del pensamiento cubano durante el siglo XIX — incorpora la dimensión histórica y social: se inicia con una reflexión sobre los vínculos entre la sociedad y sus vanguardias intelectuales y concluye con la propuesta de una «nueva sociedad» que hace el socialista utópico Diego Vicente Tejera en 1897. «Todo adelantamiento en lo intelectual y en lo moral —comienza diciendo Vitier— es siempre obra de minorías». El inconfundible aliento orteguiano del aserto se atenúa de inmediato al precisarse, uno, que la actitud transformadora de la vanguardia intelectual es inseparable de las masas en función de las cuales se generan los cambios, y dos, que la «raíz revolucionaria» de esos cambios se halla «en los soportes sociales, económicos, espirituales de la sociedad». Vitier concluye su obra, casi quinientas páginas después, con las preguntas que se hace Tejera sobre la posibilidad de establecer el socialismo en Cuba. La respuesta será positiva, a juicio de Tejera, siempre que se formule desde una perspectiva histórica clasista. En nuestra sociedad, por ejemplo, no se habían producido esas alianzas, necesariamente reaccionarias, que se dieron en Europa entre el clero y la aristocracia, y además las clases sociales no estaban tan bien delimitadas. «¿Dónde, en Cuba —se pregunta Tejera— concluye el pueblo y empieza la clase media? ¿Dónde termina esta y comienza la superior? (...) ¿Quiénes componen nuestra grande y nuestra pequeña burguesía?». Para recorrer la parábola que se extiende entre los dos extremos de nuestra historia intelectual decimonónica —representados por el eclecticismo, de un lado, y el socialismo utópico, del otro— Vitier considera necesario referirse a lo que pudiéramos llamar las bases materiales de la reproducción ideológica en esa etapa. Y en consecuencia dedica los dos primeros capítulos —las cien primeras páginas de su estudio—, a describir las vías institucionales, editoriales y tecnológicas que favorecieron en cada momento la difusión de las ideas: imprentas, instituciones culturales y docentes, publicaciones periódicas...

En nuestro caso se impone seguir el proceso inverso añadiendo a las preguntas sobre la dinámica social —el vínculo élite/masa, burguesía/clase media—, la pregunta sobre el factor ideológico capaz de mantener en equilibrio la contradicción entre actividad empresarial y actividad no lucrativa. No se trata aquí de inventariar y valorar proyectos editoriales imaginados sino realmente ejecutados entre 1900 y 1958 (unos treinta, cuya importancia cuantitativa varía: desde modestas ediciones de homenaje, constituidas por uno o dos volúmenes, hasta colecciones de más de setenta, como la que dedicó la Editorial Trópico a las Obras completas de Martí). Por sus fuentes de financiamiento esos proyectos pueden agruparse en tres grandes categorías: gubernamentales, institucionales e individuales. Un elemento sobresale y se convierte en catalizador de los demás: el papel que en su diseño y ejecución desempeñan dos o tres editores profesionales y la vanguardia de una minoría letrada, movida sobre todo por razones patrióticas y apoyada de manera esporádica o permanente por instituciones oficiales. Basta enunciar la cuestión en esos términos para darnos cuenta de que estamos hablando de un fenómeno sui géneris, propio de sociedades que carecen de un verdadero mercado editorial. En el lapso que nos proponemos abarcar —el correspondiente a la república burguesa— hubo numerosos proyectos pero muy pocas empresas editoriales dignas del nombre, si exceptuamos las que producían libros de texto o de consulta para ese mercado cautivo constituido por los distintos niveles de enseñanza (como es el caso de la imprenta y librería La Moderna Poesía, que al fundirse en 1926 con la Librería Cervantes dio origen al emporio Cultural, S.A.). Huelga añadir que no existían vínculos orgánicos entre la producción editorial y la producción literaria del país; apenas se conocen casos de novelas, poemarios o colecciones de ensayos o de cuentos, de autores cubanos vivos —para no hablar de los extranjeros— que hayan sido impresos y distribuidos por cuenta de editores o libreros nacionales. Eso realza, por contraste, el mérito de los editores espontáneos y de las instituciones oficiales o autónomas que, sin ánimo de lucro, destinaban parte de sus ingresos o presupuestos a la edición de libros, cuadernos y publicaciones seriadas. El propósito era siempre educativo —estimular, en sectores más o menos amplios de la población, el desarrollo de una identidad cultural que sirviera, a la vez, para consolidar una conciencia nacional— pero adquiría en la práctica connotaciones políticas, puesto que a menudo los campos intelectuales y políticos se entrelazaban. No podía haber nada más político, de hecho, que el empeño de forjar una identidad capaz de resistir el asalto de las fuerzas disociadoras a que estuvo sometida desde siempre la República. Para los distintos sectores intelectuales de la época, con independencia de sus respectivas posiciones ideológicas —salvo las anexionistas—, el dilema consistía en lograr o no que se mantuviera, en la paz, la unidad de propósitos y la perspectiva de futuro que habían prevalecido en épocas de guerra. Decía Cicerón que la Historia es testimonio del tiempo y maestra de la vida, o sea una fuerza orientada simultáneamente al pasado y al futuro. En el caso de Cuba el modelo estaba ahí, al alcance de la mano; se trataba ahora de reavivarlo exaltando, por un lado, el pensamiento y las virtudes de los héroes, y por el otro, los valores de una cultura literaria cuyo linaje se remontaba a los inicios del siglo diecisiete, con Silvestre de Balboa, y del diecinueve, con Varela y Heredia. En ambos casos, el mensaje implícito era el mismo: una entidad asentada en bases tan sólidas —la nación cubana, constituida ya como Estado-nación en su forma jurídica definitiva— no podía naufragar, pese a estar sometida a contradicciones tan profundas.

De ahí que el naufragio de 1906 —auspiciado por el propio presidente de la República— estremeciera la conciencia nacional y, con ella, la pedagogía del patriotismo, que resultó desacreditada o revalorizada según se creyera o no que había una salida a la crisis. Aquí la historia no se repetía como farsa, sino como tragedia colectiva. Apenas cinco años antes, ya con el trofeo de la Enmienda Platt en sus manos, Theodore Roosevelt pudo declarar satisfecho ante el Congreso de su país: «Cuba has become a part of our international system», es decir, Cuba ha pasado a ser un protectorado de los Estados Unidos. Ahora, en 1907 —en el silencioso despacho de su casa, en Manzanillo— Eladio Aguilera Rojas da fin a una tarea de años escribiendo el prólogo del que sería uno de los hechos editoriales más ambiciosos de la década entre los originados (aunque no ejecutados) en provincias: Francisco V. Aguilera y la Revolución de Cuba de 1868, algo más de mil páginas —dos tomos en cuarto mayor—, dedicadas a mostrar la trayectoria pública de su padre, ilustre desconocido pese a ser —para decirlo con sus propias palabras— «una de las figuras más prominentes que ha tenido la patria cubana ». Durante años, mientras transcribía y comentaba documentos, el biógrafo estuvo poseído por la importancia de su misión, pero ahora, en vista de los «lamentables e increíbles» sucesos ocurridos en el país (los que condujeron a la Segunda Intervención) se pregunta si será conveniente publicar una obra tan crítica. En sus reflexiones asoman algunos de los principales componentes de la filosofía editorial de la época, todos insertos en lo que podríamos llamar la dialéctica de la memoria y el olvido. Sí —concluye el autor—, la obra será útil justamente porque «la patria pasa por (una) crisis tan terrible que ha puesto en peligro su propia existencia (...) y dormitan los nobles sentimientos que alentaron a nuestros padres». Por lo pronto, el lector hallará en ella modelos de abnegado patriotismo, «el recuerdo de los sacrificios que ha costado la independencia de Cuba», lo que resulta más importante ahora que el país ha sido puesto «a las plantas del extranjero ». Por insignificante que pueda parecer, la labor de historiadores y cronistas se justifica como la de esos pólipos minúsculos que, sin embargo, acaban formando masas compactas, en este caso islotes de cultura cívica. ¿Para qué añadir justificaciones? El propósito del autor había sido expuesto con toda claridad desde el principio: dar «a conocer el pasado, enseñarnos el presente y guiarnos en el porvenir». Con las variantes del caso la fórmula se repetirá, como una letanía, hasta hacerse obsoleta, aunque la dramática inquietud que reflejaba siempre se mantuvo vigente.

No debe olvidarse que nos referimos a una conciencia histórica en formación, ajustada al nivel de desarrollo de la naciente República. De las 105 personalidades que participaron en la famosa encuesta de El Fígaro, realizada a principios de 1899 para determinar a quién debería dedicarse la estatua que antes ocupaba la de Isabel II en el Parque Central, Céspedes y Martí —los que mayor votación alcanzaron— solo recibieron 13 y 16 votos, respectivamente. Treinta y dos años después los miembros de la Academia de la Historia se propusieron reeditar una biografía de Céspedes porque, a su juicio, «el más grande y glorioso de todos los cubanos» era casi un desconocido entre los jóvenes.

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Para un país que salía de la colonia con un 60 % de analfabetos, el desconocimiento de su propia historia, aun entre las clases medias urbanas, era una desgracia previsible. La población, además, no superaba el millón y medio de habitantes y solo había trece ciudades con más de diez mil en toda la Isla (236 mil de los cuales se concentraban en La Habana). En semejante situación —agravada por la falta de una Imprenta Nacional— era imposible imaginar la existencia de un mercado editorial, salvo para los libros de texto. «En la hora actual —observaba Varona en 1899— dos son los problemas vitales para el cubano: la reconstrucción material del país y la reforma de la educación popular. Sin riqueza pública estable, no tendremos independencia; sin verdadera educación popular, no tendremos democracia». La primera necesidad, por lo pronto, favoreció el desarrollo de un pragmatismo servil que puso el país a disposición de los inversionistas yanquis. En 1915 Carlos de Velasco —director de la revista Cuba Contemporánea— comentaba escandalizado las declaraciones de un general mambí —Presidente del Centro de Veteranos de La Habana, nada menos—, en las que afirmaba que patriotas no eran solo los que habían luchado por la independencia sino también los inversionistas extranjeros que ahora desarrollaban industrias en Cuba. Lo cierto es que esos neopatriotas contribuyeron, a su manera, a la «reconstrucción material del país», pero en cuanto al segundo punto de Varona —la educación pública— fue el déficit permanente de la república burguesa. Se hizo un enorme esfuerzo inicial —orientado hacia la formación de maestros y la creación de una verdadera escuela cubana—, pero el hecho es que medio siglo después de establecida, la República tenía, sobre una población de casi seis millones de habitantes, un 24 % de analfabetos (con lo que se reanudaba el ciclo fatal de la colonia: mientras el porcentaje de analfabetismo bajaba, el número de analfabetos crecía). Puesto que no se educa con preceptos, como decía Varona, sino con ejemplos, puede añadirse que la acción educativa del sector gobernante, en ese lapso, fue contraproducente. Bastó la experiencia de una generación para que la ideología del patriotismo hiciera crisis. Ya en 1920 parecía natural que el contraste entre los ideales de antaño y las realidades de hogaño determinara, por ejemplo, la estructura de Generales y doctores, de Loveira, cuyas dos últimas partes se titulan «En días de fe y heroísmos» y «En días de incertidumbre y desconcierto», respectivamente. La teoría de la República era admirable —se había tomado de Martí, como emblema, el «con todos y para el bien de todos»— pero la práctica gubernamental distaba mucho de serlo, cargada como estaba de demagogia, racismo, corrupción administrativa y duplicidad ante las demandas del capital y el trabajo: siempre dócil ante aquel —los inversionistas extranjeros—, siempre hostil hacia este —los trabajadores cubanos. Es lógico que en semejante caldo de cultivo prosperara como un virus el sentimiento de frustración inoculado al feto mismo de la República por la Enmienda Platt.

La generación que llegó a su madurez en los años veinte no tardó en percatarse de que el único modo de rescatar para el país una perspectiva de futuro era impugnando la visión estática y demagógica del pasado que ofrecían las camarillas gobernantes, es decir, los generales y doctores que habían convertido el patriotismo en un lucrativo negocio electoral. El hecho de que Martí estuviera en el centro mismo de esa manipulación explica el famoso exabrupto de Mella, en sus Glosas de 1927: «Es necesario dar un alto y, si no quieren obedecer, un bofetón a tanto canalla, tanto mercachifle, tanto patriota, tanto adulón, tanto hipócrita... que escribe o habla sobre José Martí». La retórica de la indignación marcaba así el inicio de una nueva época.

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En el rápido y distorsionado proceso de modernización de la sociedad cubana, los intelectuales que no pudieron o no quisieron insertarse en las instancias administrativas o diplomáticas del Estado se consideraron a sí mismos marginales, víctimas de una conspiración —una «conjura»— encabezada por oportunistas e ignorantes. Era la época en la que todo joven intelectual latinoamericano que se preciara de serlo colocaba sobre su mesa de trabajo una estatuilla en bronce de Ariel, similar a la que tenía el maestro Próspero en su mítico gabinete de Montevideo. No es casual que la primera charla de la Sociedad de Conferencias —dictada por su propio director, Jesús Castellanos— estuviera dedicada a Rodó. La idea de que en las culturas latinas existía una aristocracia del espíritu que debía enfrentarse al grosero materialismo de la época —es decir, al pragmatismo anglosajón, representado, después del 98, por los Estados Unidos— exaltó el ego y estimuló los más generosos impulsos de muchos intelectuales, pero contribuyó a mantenerlos desvinculados de la realidad inmediata. Había, sin embargo, una corriente paralela que procedía de la Ilustración y que estimulaba el compromiso social —la «vocación de servicio público», como se decía en la época— a través de la educación y la cultura. Entre nosotros, fue Fernando Ortiz su máximo representante. «Los problemas de Cuba, y acaso los del mundo entero —comentaba Ortiz en 1926— son básicamente problemas de cultura ». Y cuatro años después, al presentar la revista Surco: «Solo la cultura activa y no palabrera puede realizar totalmente en nuestra tierra el programa de Martí y del noble patriciado que a lo largo del siglo XIX dieron alma, vida y dignidad a esta nación». Se manifestaba así lo que —a falta de un término mejor— pudiéramos llamar patriotismo ilustrado, una visión reformista de la historia nacional que, situándose por encima de los sistemas sociales y los partidos políticos, confiaba todas las posibilidades de progreso a la evolución y la educación. En medio de la irremediable frustración republicana, fue esa disciplinada forma de patriotismo la que generó el impulso creativo de los editores espontáneos e institucionales. De ahí que me atreva a emplear el oxímoron «frustración creadora» para referirme al catalizador de los mayores proyectos editoriales de la primera mitad del siglo.

Esa actitud se insertaba, como muy bien señala Ortiz, en la tradición de aquellos «nobles patricios» reformistas que al no poder construir el cuerpo de la nación se dedicaron a remodelar su espíritu. Quede claro que se trataba de remodelar un espíritu blanco —si se me permite decirlo así—, que excluía de antemano la cultura popular de origen africano. Fue Ortiz, precisamente, uno de los primeros en advertir esa laguna del modelo ilustrado, que en lo esencial respondía a un proyecto de nación no solo injusto sino además inviable. Eso no le resta méritos a la empresa, pero explica los reparos que se le han hecho después y ciertos exabruptos como el que yo mismo puse a circular al decir que el más ignorante de los mambises —el último soldado analfabeto de la tropa de Maceo— sabía más que Montoro, el más culto de los autonomistas.

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En la primera década del siglo solo hubo dos líneas de publicación que respondían al criterio de lo que hoy podría considerarse un proyecto editorial: los textos para las escuelas —que publicaba José López Rodríguez en La Moderna Poesía, con la asesoría técnica de Carlos de la Torre— y las obras de Martí al cuidado de Gonzalo de Quesada y Aróstegui, su discípulo y albacea literario. Eso no significa que no hubiera, digámoslo así, corrientes editoriales que —antes y después de proclamarse la República—, en pequeñas imprentas o en grandes talleres tipográficos ponían de manifiesto las posiciones ideológicas y los intereses políticos en pugna durante esa crítica etapa.

José Ignacio Rodríguez —biógrafo de Varela y de Luz, viejo funcionario del Departamento de Estado en Washington— se apresuró a publicar una impresionante monografía de título largo y corto aliento anexionista: Estudio histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la anexión de la isla de Cuba a los Estados Unidos de América (1900); en las antípodas, Fernando Figueredo publicó La revolución de Yara (1902), ciclo de conferencias cuyo primer auditorio habían sido los tabaqueros de Tampa; Vidal Morales pudo al fin desempolvar sus archivos y dar a conocer en el lapso de tres años, de 1901 a 1903, Iniciadores y primeros mártires de la revolución cubana y Hombres del 68; Enrique Collazo lanzó entre 1905 y 1906 —ya abocado el país a la Segunda Intervención— su desafiante estudio Los americanos en Cuba; Francisco Figueras hizo imprimir en 1907 Cuba y su evolución colonial, texto irónico y provocador que contenía, entre otras muchas boutades, la más desconcertante afirmación que haya hecho nunca un sociólogo cubano: que Cuba solo había producido tres grandes hombres en toda su historia: Céspedes, Martí y... José María Gálvez (el eterno campeón sin corona del Partido Autonomista). Tal vez lo único que pueda compararse a ese aserto, en cuanto a nivel de arbitrariedad, sea la exclusión de Martí del primer libro de lectura destinado a los escolares en esta etapa: Trozos selectos en prosa y verso de autores cubanos (1903). Compilado por Nicolás Heredia, en él se incluían cincuenta autores (algunos ineludibles, otros atendibles y unos cuantos prescindibles). Que Martí no estuviera entre ellos es —si no un acto de mala fe— uno de los grandes enigmas en la historia de la pedagogía y la crítica cubanas.

La década concluye con dos importantes hechos editoriales: la aparición, en tres volúmenes, de Crónicas de la guerra (1909), de José Miró Argenter —verdadero monumento al espíritu patriótico en momentos en que terminaba la Segunda Intervención y el patriotismo olía, según el propio autor, «a pobre de solemnidad»—; y la salida del octavo volumen de las obras de Martí (que llegarían a quince en 1919, a raíz de la muerte de Gonzalo de Quesada). Como puede verse, toda la actividad editorial descrita —escasa por lo demás— se concentraba en La Habana. En provincias, apenas pueden señalarse casos como el de las bibliografías de Trelles publicadas en Matanzas y el de la Biblioteca del Cubano Libre, en Santiago de Cuba, que en 1910 tenía ocho títulos publicados.

El decenio siguiente se inicia en América Latina con la Revolución Mexicana y en Cuba con un hecho menos espectacular, pero decisivo para el desarrollo de proyectos editoriales estables: la fundación casi simultánea, en 1910, de la Academia de la Historia de Cuba y la Academia de las Artes y las Letras. A título de anécdota cabría añadir que ese año Jesús Montero —al que volveremos después— comienza a trabajar en la librería Cervantes, de Ricardo Veloso. Entre los principales objetivos de las academias estaba la evaluación y divulgación del patrimonio histórico, artístico y literario del país. El hecho de que parte de las respectivas membresías careciera de suficientes méritos intelectuales hizo que sus detractores, «antiacadémicos» por convicción o esnobismo, impugnaran el esquema de promoción institucional de la cultura para defender, en cambio, el esquema de gestión individual. Como ejemplo positivo se ponía precisamente la Sociedad de Conferencias y la gestión que al frente de ella habían desarrollado Castellanos y Max Henríquez Ureña. En este debate —la experiencia iba a demostrarlo— ninguna de las dos partes tenía toda la razón. Al parecer, fue la combinación adecuada de ambos factores —protección institucional (o gubernamental) e iniciativa personal— la que produjo los mejores resultados.

Es muy probable que Cultural, S.A. —por acuerdo de sus principales accionistas, López Serrano y Veloso— haya financiado total o parcialmente uno de más importantes proyectos editoriales de la primera mitad del siglo: la Colección de Libros Cubanos —dirigida por Ortiz—, que en sus doce años de existencia (1927-1939) publicó unos treinta títulos con más de cuarenta volúmenes. Ya antes Ortiz había editado una docena de títulos en su Colección Cubana de Libros y Documentos Inéditos o Raros (1922-1932). Patrocinado por Emeterio Santovenia, la Editorial Trópico —una de las mayores empresas de la época en su género— publicó entre 1936 y 1947 los primeros 70 volúmenes de las Obras completas de Martí —al cuidado de Gonzalo de Quesada y Miranda—, y hasta 1943 un total de 25 títulos distribuidos en siete colecciones de temas cubanos (historia, biografías, ensayos, antologías...) Fueran cuales fuesen sus fuentes de financiamiento, es obvio que empresas de esa magnitud no operaban al amparo de mecenazgos individuales.

Por lo demás, bastaría enumerar los conjuntos bibliográficos formados por los dieciocho volúmenes de Evolución de la cultura cubana, publicados en 1928; las colecciones de la Academia de la Historia y del Archivo Nacional; las ediciones oficiales de Homenaje (a Heredia, a la Avellaneda, a Varona, a Ortiz, a Juan M. Dihigo, a Morúa Delgado); la colección Papeles de Martí (1933-1935); las colecciones de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación (Cuadernos de Cultura, fundados en 1934, y Grandes Periodistas Cubanos, en 1935); los Cuadernos de Historia Habanera, de ese mismo año, editados por la Oficina del Historiador de la Ciudad; el Anuario Bibliográfico Cubano (1938-1959), del gobierno municipal de La Habana; la Biblioteca de Autores Cubanos, de la Universidad de La Habana (1944-1963); los diez volúmenes de la Historia de la nación cubana, edición conmemorativa del cincuentenario de la República, aparecida en 1952; y los volúmenes de la Universidad Central de Las Villas, cuyos primeros títulos aparecieron en 1958..., para darse cuenta de que —salvo en contadísimos casos— solo el apoyo estatal o institucional, unido a la capacidad intelectual y el entusiasmo de determinadas personas —las ya citadas y otras, como Néstor y José Manuel Carbonell, Joaquín Llaverías, José María Chacón y Calvo y Raúl Roa, Emilio Roig de Leuchsenring, Fermín Peraza, Roberto Agramonte y Elías Entralgo, Samuel Feijóo... —podían lograr que en un país donde solo los libros de texto o de consulta contaban con un mercado estable, pudieran materializarse los más serios y ambiciosos proyectos editoriales.

Tampoco se piense que el apoyo administrativo de las instituciones garantizaba una estabilidad. Puesto que las mismas, a su vez, dependían financieramente del presupuesto estatal (a través de la Secretaría de Instrucción Pública, primero, y del Ministerio de Educación, después), podía darse el caso de que valiosos proyectos en marcha tuvieran que ser congelados por falta de fondos. Sirva de ejemplo el Centón epistolario de Domingo del Monte, editado por la Academia de la Historia, cuyos siete tomos demoraron en publicarse treinta y cuatro años (1923-1957), y eso, gracias a que la impresión del último recibió financiamiento privado. Exactamente el mismo tiempo, y por las mismas razones, tardaron en publicarse los documentos del Partido Revolucionario Cubano en Nueva York recopilados por el Archivo Nacional; el primer volumen apareció en 1921 y el segundo no pudo salir hasta 1955.

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Como símbolo de la nación posible y deseada —y también, más tarde, como escritor excepcional— Martí sería el «tema» por excelencia, la espina dorsal de los proyectos editoriales del siglo. En octubre de 1895, cinco meses después de su muerte, Manuel de la Cruz escribía: «Su nombre estaba confundido con el de la patria». Fue quizás la primera vez que eso se dijo llanamente, que Martí y la patria eran una y la misma cosa. Empezó así el culto al Apóstol, un ritual que se institucionalizó en 1922, cuando se dispuso oficialmente que en todas las escuelas hubiera un busto suyo y que todos los escolares se aprendieran de memoria algunos de sus versos. No era solo un modo burocrático de programar la admiración sino también una forma de hacer justicia y contribuir al desarrollo de la conciencia nacional (recuérdense dos hechos, no tan lejanos en el tiempo: el resultado de la encuesta de El Fígaro y el inexplicable lapsus de Nicolás Heredia al antologar a los escritores cubanos). En el terreno editorial, el culto se manifestó a través de un centenar de títulos, de o sobre Martí —el más conocido de los cuales, entre estos últimos, fue la biografía escrita por Mañach— y en cinco ediciones de (supuestas) Obras Completas posteriores a la de Gonzalo de Quesada y Aróstegui: la de Néstor Carbonell (8 volúmenes, aparecidos entre 1918 y 1920); la de la Editorial Trópico (74 volúmenes, aparecidos entre 1936 y 1953), y dos de la Editorial Lex: una de lujo, en dos volúmenes, impresa en papel biblia, de 1946, y otra popular, en cuatro volúmenes, aparecida en 1948 (fue la que manejamos quienes, por esa fecha, teníamos entre quince y dieciocho años). Ambas fueron preparadas por el asturiano aplatanado Manuel Isidro Méndez y patrocinadas por Mariano Sánchez Roca, fundador-propietario de la editorial. Añádase a ello la ya citada colección Papeles de Martí, del Archivo de Gonzalo de Quesada y Miranda —dos volúmenes publicados por la Academia de la Historia entre 1933 y 1935—, y los innumerables títulos aparecidos en 1953, la mayoría patrocinados por la Comisión del Centenario, y se tendrá una idea de lo que la obra y la figura de Martí representaron en términos de proyectos y de actividad editorial. La demagógica manipulación que se hizo de ambas por los politiqueros de siempre explica la indignación de Mella y el hecho de que la misma resurgiera dramáticamente veintiséis años después en La historia me absolverá: «Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario...»

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Los españoles Jesús Montero y Manuel Altolaguirre, en La Habana, y los cubanos Juan Francisco Sariol, en Manzanillo, y Samuel Feijóo, en Santa Clara, pertenecen al reducido gremio de los editores profesionales y espontáneos cuyas respectivas gestiones —junto con las del zamorano Veloso y las del madrileño Sánchez Roca— merecen un reconocimiento especial. El vallisoletano Montero se forma con Veloso en la Librería Cervantes.1 Asesorado por un grupo de jóvenes intelectuales —Justo de Lara y Fernando Ortiz, entre otros— inicia su dinámica actividad en 1914, bajo el sello «Jesús Montero, Editor», publicando en su recién creada Biblioteca de Autores Cubanos Lujuria. Cuentos nefandos, de Miguel de Marcos. En el bienio siguiente añadió a la colección dos compilaciones de ensayos y artículos de Justo de Lara y Carlos Velasco, respectivamente, así como el poemario Ala, de Agustín Acosta, y el Manual del perfecto fulanista, de José Antonio Ramos. Fue en esta casa editorial donde Ortiz inició su Colección Cubana de Libros y Documentos Inéditos o Raros (con La Habana antigua y moderna —reedición del famoso repertorio de José María de la Torre—, y con otros títulos como Un catauro de cubanismos (1923), de su propia autoría. A mediados de la década del 30 Montero comienza a publicar obras de consulta —monografías y breviarios jurídicos— así como la más importante de sus colecciones, la Biblioteca de Historia, Filosofía y Sociología, en la que no tardarían en aparecer obras como la Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España, de Herminio Portell Vilá, cuatro gruesos volúmenes publicados entre 1938 y 1941; la Pequeña antología de Heredia (1939), preparada por José María Chacón y Calvo para conmemorar el centenario de la muerte del poeta; y en 1940 el Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, de Ortiz —quinto título de la colección—, a los que se añadirían textos de Leonardo Griñán Peralta, José Antonio Fernández de Castro, Loló de la Torriente y Elías Entralgo.

Sariol es un caso admirable por insólito: el único editor, primero, de provincias, y segundo, sin respaldo institucional, que logró sostener una labor ininterrumpida durante casi cincuenta años, desde 1912 —en que comenzó a publicar en Manzanillo la revista Orto— hasta 1961, en que entregó su imprenta al gobierno revolucionario. En su editorial, El Arte, se publicaron títulos como los Versos precursores (1917), de Poveda, Con el eslabón (1927), de Varona, Uno (1932), de Augier, y Reacción versus Revolución (1933), de Roa. Por su parte, el poeta malagueño Manuel Altolaguirre, que llegó a Cuba como exiliado en 1938, adquirió muy pronto una imprenta, que llamó La Verónica, y bajo su sello editorial publicó numerosos títulos de poesía y de prosa, de autores tanto nacionales como extranjeros. Aparecieron allí, por ejemplo, la primera traducción al español del Cuaderno de retorno al país natal, de Cesaire y, en edición bilingüe, el Adonais, de Shelley, en 1941; poemas de Navarro Luna y Mariano Brull, y reediciones de Sóngoro Cosongo, de Indagación del choteo y del poemario La lenta libertad, del propio impresor, en 1942.

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Entre los numerosos aspectos que valdría la pena explorar y desarrollar hay varios de muy distinta naturaleza que están ausentes o quedan como cabos sueltos en este esquemático panorama.

1. ¿Cómo fue que López Rodríguez —el famoso Pote, propietario de La Moderna Poesía—se agenció virtualmente el monopolio editorial de los libros de texto de la naciente república? Por lo pronto, consta que se tomó muy en serio su doble papel de editor-impresor. Por ejemplo, se empeñó en que Varona y De la Torre cotejaran minuciosamente los originales y revisaran las pruebas de Trozos selectos…, puesto que el autor había fallecido antes de que el manuscrito entrara en prensa. Años después le exigió a Sanguily —con muy buenas razones, por cierto— que suprimiera o modificara algunos párrafos del prólogo que había escrito para el manualito de Vidal Morales Nociones de historia de Cuba, y al negarse Sanguily, prescindió tranquilamente de su colaboración. Durante años, tanto en sus gestiones como en sus notas y advertencias anónimas, Pote mostró una clara voluntad de hacer visible la figura del Editor, como se autodenominaba a menudo.

2. Las más importantes publicaciones culturales del período —Cuba Contemporánea, Revista de Avance, Orígenes...— desarrollaron, o tal vez sería más apropiado decir favorecieron el desarrollo de proyectos editoriales. Estos incluyeron —para citar solo tres casos ejemplares— obras como De la colonia a la república (1919), de Varona; El renuevo y otros cuentos (1929), de Carlos Montenegro y En la calzada de Jesús del Monte (1949), de Eliseo Diego.

3. Después de la caída de Machado, con una nueva generación ejerciendo la hegemonía en el campo de la cultura, se democratizó el concepto de promoción cultural, lo que se expresa, por ejemplo, en la creación de colecciones de «cuadernos» —Cuadernos de Historia Habanera, Cuadernos de la Dirección de Cultura...— y en el uso de los nuevos medios masivos de comunicación —la radio, en este caso— para la divulgación cultural (es lo que hacían Juan J. Remos en su programa «Micrófono», dedicado al comentario de libros, Jorge Mañach en la Universidad del Aire y Alejo Carpentier con sus adaptaciones radiofónicas para la CMQ y la CMZ). Otro ejemplo: el acto de «socialización» de la cultura promovido por Roig de Leuchsenring al crear en la Oficina del Historiador una biblioteca circulante con los fondos, cedidos en préstamo, de numerosas bibliotecas privadas.

4. ¿Qué grado de influencia pudo haber ejercido, sobre la generación del 30, la gestión cultural que entre 1921 y 1924 desarrolló José Vasconcelos al frente de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes de México? Convencido de que había que combatir la ignorancia —a su juicio, el «peor enemigo » del país, junto con la pobreza— Vasconcelos propició una campaña de alfabetización, hizo construir escuelas y bibliotecas y publicó a los clásicos en ediciones masivas, así como la revista El Maestro, cuyos sesenta mil ejemplares se distribuían gratuitamente en el gremio. En una escala incomparablemente menor, algunas iniciativas culturales del post-machadato parecen responder a la influencia de ese modelo.

5. ¿Cómo entender la queja de Ortiz sobre la «incuria librera» en un medio donde actuaban Cultural, S.A. y Montero, por ejemplo? «La librería cubana no existe —afirmaba Ortiz, pensando seguramente en la venerable tradición de los libreros-editores—. Los libreros (en Cuba) son importadores...»

6. Hacia 1937 surgieron alternativas ideológicas en los proyectos editoriales, como las que representaron los planes de publicación de las editoriales Páginas y Arrow Press, dirigidas por los comunistas cubanos. Páginas publicó en 1942, El marxismo y la historia de Cuba, de Carlos Rafael Rodríguez, al año siguiente Los fundamentos del socialismo en Cuba, de Blas Roca y en 1951 la Elegía a Jesús Menéndez, de Guillén.

7. Ya a principios de los años cincuenta, tanto Cultural, S.A. como Lex empezaron a exportar textos de sus propios catálogos o servicios editoriales a distintos países de la Cuenca del Caribe (Centroamérica y Venezuela). Es posible que en ese proceso de expansión tuvieran que competir con las editoriales Minerva y Selecta, especializadas en textos destinados a los Institutos de Segunda Enseñanza. Prestigiosos equipos de profesores y pedagogos elaboraron series completas de textos ajustados a las exigencias de los programas (Baldor, Rosell, Fiterre y Mario O. González en Matemática, Marrero y Massip en Geografía, Gran en Física, Almendros en Lectura, Lazo en Literatura y Preceptiva, Fernández de la Vega y Carvajal en Español, Jorrín en Inglés, Ramiro Guerra, Pichardo Moya y Fernando Portuondo en Historia de Cuba, Bueno en Literatura cubana...). ¿Qué tiradas, es decir, qué volumen de ventas representaban esas ediciones y las correspondientes al nivel universitario?

8. Durante los diez años en que Batista ocupó la Presidencia (1940-1944 y 1952- 1958), ¿qué papel desempeñó la intelectualidad batistiana —cuyo máximo representante fue el historiador Emeterio Santovenia— en la promoción de proyectos culturales/editoriales?

2003

1 Tanto Veloso como Montero aparecen en el exhaustivo diccionario bio-bibliográfico Los españoles en las letras cubanas (2003), de Jorge Domingo Cuadriello, editado en Sevilla. José Antonio Pascual, en el segundo volumen de su Peñas y tertulias, publicado en 1965, llama a Montero «el librero Mecenas (...), feliz editor de más de cuatrocientos libros cubanos» (sic) y cita una opinión según la cual fue «el pionero de las ediciones liberales retribuidas de autores cubanos ». Lo cierto es que con sus colecciones de temas jurídicos monopolizó hasta 1941 —en que tuvo que empezar a competir con Lex— un mercado restringido, pero de alto poder adquisitivo, el formado por jueces, abogados y notarios.