Apuntes sobre la literatura en el cine cubano

Luciano Castillo

 

 

¿Cómo ha sido abordada la literatura por el cine cubano independientemente de la fidelidad a la letra o al espíritu de los originales literarios que se advierten en su traslado al lenguaje del cine? La recurrente interrogante suscita estas notas como una suerte de apostillas sobre el tema.

En el período anterior a 1960 nuestra cinematografía —a diferencia de otras del continente, sobre todo las de Argentina y México—, no se caracterizó por la adaptación de obras literarias. Mientras los cineastas de esos países realizaban un auténtico saqueo en busca de argumentos, los realizadores cubanos prefirieron apelar al infalible recurso de las versiones de novelas radiales, sobre todo las de autores tan prolíficos como Félix B. Caignet o Caridad Bravo Adams. En los años cuarenta la cinematografía cubana produjo escasas películas con una base literaria, entre ellas La que se murió de amor o La niña de Guatemala, recreación de pasajes de la vida de José Martí por Jean Angelo, que aunque rodada en 1942 solo pudo ser estrenada en 1947 debido a las polémicas provocadas por su irreverencia. Sin escarmentar por los contratiempos, Angelo filmaría en 1953 una versión dramatizada del famoso poema «Los zapaticos de rosa».

Embrujo antillano (1945), coproducción mexicano-cubana dirigida por Geza P. Polaty se inspiró en el cuento «La veguerita», de Ángel Lázaro. Era todo un pretexto para el enfrentamiento en pantalla de dos auténticos símbolos sexuales de esos años: la ariguanabense Blanquita Amaro y, sobre todo, la rumbera María Antonieta Pons, musa de turno del productor Juan Orol, a quien durante mucho tiempo llegó a atribuirse la dirección de esta película. Es Cecilia Valdés (1949), realizada por Jaime Sant-Andrews, primera adaptación fílmica de la novela homónima de Cirilo Villaverde, quizás, la más ambiciosa producción que por estos años toma la literatura como punto de partida.

Una década después, con el surgimiento del ICAIC, se da la espalda a este legado melodramático y con la aparición de temas tan nuevos como los propios cineastas, se llevan a la pantalla obras literarias de autores cubanos y extranjeros. La primera de ellas fue Realengo 18, realizada en 1961 por el dominicano Oscar Torres, basada en el reportaje «¡Tierra o sangre!», escrito por Pablo de la Torriente Brau en 1934 para relatar un hecho real ocurrido en las montañas de la Sierra Maestra.

Tomás Gutiérrez Alea, el director cubano que más adaptó literatura al cine, realizó la comedia Las doce sillas (1962), basada en la novela homónima escrita por los autores soviéticos Iliá Ilf y Eugene Petrov. Con la colaboración del uruguayo Ugo Ulive, el guion de Titón traslada a nuestra realidad en esos primeros años tras el triunfo revolucionario, las divertidas peripecias de un aristócrata venido a menos y su exchofer en búsqueda de una silla en la que están escondidos los brillantes de la familia.

El cortometraje de ficción El retrato (1963), codirigido por un muy joven Humberto Solás junto a Oscar Valdés, se basaba en el cuento homónimo de Arístides Fernández, en el que un pintor en busca de inspiración persigue a una mujer imaginaria cuyo retrato encuentra en una casa abandonada. Un año antes, Solás, junto a Héctor Veitía, había intentado plasmar en imágenes cinematográficas el poema «Minerva traduce el mar», escrito por José Lezama Lima expresamente con ese fin.

Con el título de En días como estos (1964), Jorge Fraga dirige su versión de la novela testimonial Maestra voluntaria, de Daura Olema, acerca de las experiencias de la autora en un intricado lugar de la Sierra Maestra.

A Gutiérrez Alea le interesa una adaptación de la novela Gobernadores del rocío, de Jacques Roumain, escrita por su amigo, el narrador Onelio Jorge Cardoso. Fascinado desde siempre por el mundo de los haitianos, esa especie de Romeo y Julieta ubicados en un medio árido con una serie de complicaciones sociales le permitía un contacto directo con esa realidad. Nunca estuvo apasionado por la película Cumbite (1964), por lamentar que el peso literario es demasiado fuerte y no haber logrado desprenderse del influjo de la novela. Titón admitió que nunca la sintió como una expresión personal.

Aventuras de Juan Quin Quin (1968) versión de la novela picaresca Juan Quinquín en Pueblo Mocho, del escritor Samuel Feijoó, es un largometraje en el que su director, Julio García Espinosa relata las situaciones en que se involucra un campesino buscavidas que jamás se resiste a su suerte. Junto a su amigo Jachero y su amada Teresa, se enfrentará a un medio adverso que los conducirá a peripecias de todo tipo, en una mezcla de géneros a tono con la intención desmitificadora del realizador.

Memorias del subdesarrollo (1968), también de Gutiérrez Alea, representa un caso particular, pues para escribir el guion llamó a Edmundo Desnoes, el propio autor de la inquietante novela original, plena de sugerencias. Fue una interrelación tan fructífera que el propio texto se nutrió de los aportes cinematográficos, al extremo de superar la novela. En una edición posterior, Desnoes incorporó el capítulo «Llegas Noemí demasiado tarde a mi vida». La estructura abierta del guion, con escenas que podían manejar, quitar o agregar, les permitió continuar trabajando en el guion durante el rodaje y la edición.

Santiago Álvarez, documentalista cubano por antonomasia, incursiona por primera vez en la ficción con el cortometraje El sueño del pongo, que realiza en 1970 sobre un relato quechua recogido por el autor peruano José María Arguedas. La narración apela al uso de tres fotografías trabajadas con la técnica de animación y una notable labor de trucaje, tal y como acostumbraba en sus documentales.

En Páginas del diario de José Martí, estrenada en 1971, el cineasta José Massip recrea por medio de la ficción algunos párrafos del Diario de campaña de nuestro Héroe Nacional, a los que inserta elementos experimentales. No pocos estudiosos de la obra martiana coinciden en subrayar el poder de sugestión ejercido por las páginas de este diario, poseedoras de una estructura cinematográfica —antes del surgimiento del cine como invento— por la concisión de las frases.

Titón vuelve sobre la literatura al inspirarse en la obra homónima del antropólogo Fernando Ortiz para Una pelea cubana contra los demonios (1971). El guion, coescrito junto al dramaturgo José Triana, el teatrista Vicente Revuelta y el etnólogo Miguel Barnet, ubica el argumento en la región de Remedios en pleno siglo XVII. Los demonios se desatan cuando un cura, para responder a sus intereses, pretende que la comunidad se traslade de lugar. La cruzada oscurantista provoca la muerte y la destrucción.

Gutiérrez Alea colabora en el guion de El otro Francisco (1974), primer largometraje de ficción de Sergio Giral, que intenta ofrecer una controvertida versión ajustada a las condiciones de la época, sin edulcoramientos, del argumento de la novela Francisco (1839), del escritor Anselmo Suárez y Romero. El cineasta se propuso una deconstrucción del fenómeno de la esclavitud, despojar a la historia de su esencia romántica y aportar interpretaciones marxistas. Antes de rodar el título que cierra su trilogía sobre la esclavitud: Maluala (1979), Giral adaptó al cine el Diario de un rancheador, de Cirilo Villaverde. La cinta Rancheador (1976) se centra en la figura de un mercenario al servicio de los esclavistas para capturar a los negros en fuga y devolverlos a sus amos. Para conseguirlo, no se detendrá ante nada, pero su meta es apresar a la incapturable líder de los cimarrones.

La tierra y el cielo (1976), realizada por Manuel Octavio Gómez, parte del relato homónimo escrito por Antonio Benítez Rojo. A su regreso al pueblo natal, Pedro, nacido en el seno de una familia de haitianos emigrados a Cuba, advierte los cambios que los nuevos tiempos han traído. Su amigo Aristón, con quien combatiera en la Sierra Maestra, por sus creencias, pone en peligro a sus compañeros y es condenado a muerte. Pedro deberá decidir entre dos mundos: el mágico y el real.

A Tomás Gutiérrez Alea el cine cubano le debe otro de sus clásicos: La última cena (1976), la obra maestra en el tratamiento del tema de la esclavitud, tan recurrente en los años setenta. La historia del conde, dueño de ingenios azucareros que un Jueves Santo invita a doce de sus esclavos a una cena de consecuencias imprevisibles, fue extraída de la lectura de un escueto párrafo del ensayo económico El ingenio, escrito por Manuel Moreno Fraginals. La imaginación desatada en Titón y sus colaboradores en el guion, María Eugenia Haya y el dramaturgo Tomás González, logró una de las mejores versiones de la literatura en el cine cubano. Su director, conceptúa La última cena como una película metafórica basada en acontecimientos reales, narrados a modo de parábola.

La lectura del cuento «Estatuas sepultadas », escrito por Antonio Benítez Rojo, a juicio de Titón, fijó un tono, una atmósfera, lo suficientemente inquietante para desencadenar una serie de ideal que finalmente se concretaron en el argumento del filme Los sobrevivientes (1978). Como se puede apreciar, apenas tiene nada que ver con el relato original, un mero punto de apoyo y de referencia para narrar todo lo que ocurre cuando una acaudalada familia de la aristocracia habanera, decide encerrarse en su mansión para aislarse del proceso revolucionario que tiene lugar en el país. Esto los conduce a su desintegración material y moral en un proceso de involución histórica a través de los distintos sistemas sociales por los que ha pasado la humanidad.

El cineasta chileno Miguel Littín se convierte en el primero en lograr traducir en imágenes cinematográficas una novela de Alejo Carpentier, escritor que se lamentara con tanta insistencia de su mala suerte con el cine. El recurso del método (1978) deviene una fidedigna reconstrucción de las aventuras, venturas y desventuras de ese Tirano Ilustrado descrito por el novelista y admirablemente personificado por el actor chileno Nelson Villagra, con locaciones escogidas en los tres países coproductores —Cuba, México y Francia— para conformar el entorno imaginario del país donde se ubica la trama. El propio escritor, que no solo siguió de cerca el rodaje, sino que llegó hasta a escribir algunos parlamentos para el personaje protagónico, manifestó su satisfacción por esa rara conjunción de literatura y cine conseguida por Littin con su versión.

Humberto Solás desencadenó con Cecilia (1981) no pocas polémicas por la extrema libertad que se tomó como creador en su personalísima revisión de esa obra cumbre de nuestra literatura costumbrista que es la novela Cecilia Valdés o La loma del Ángel, de Cirilo Villaverde. La preciosista puesta en pantalla del cineasta adquiere valores independientes al del original literario. Solás incorporó a la trama nuevos elementos para realizar una profunda reflexión sobre la formación de la nacionalidad cubana y un período vital de nuestra historia.

La decisiva colaboración del editor, devenido guionista, Nelson Rodríguez, fue determinante para que Solás filmara junto a él, con el título de Amada (1983), una adaptación de la novela La esfinge, escrita por Miguel de Carrión. En La Habana de 1914 surge un apasionado amor entre Amada, joven burguesa, casada y conservadora, y su primo Marcial, un joven inconforme que tratará de arrancarla de un mundo decadente que para él carece de significado. La fotografía de Livio Delgado y la partitura de Leo Brouwer contribuyeron a la atmósfera melodramática.

Santiago Álvarez realizó su único largometraje de ficción, Los refugiados de la Cueva del Muerto (1983), basado en el libro testimonial La Cueva del Muerto, de Marta Rojas. Relata el destino de un grupo de revolucionarios participantes en los asaltos a los cuarteles Moncada y de Bayamo, el 26 de julio de 1953, y la ayuda que reciben durante su repliegue y persecución.

Manuel Octavio Gómez dirigió en coproducción con Francia y Nicaragua, El señor Presidente (1983), versión de la novela homónima del escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias. La muerte fortuita, a manos de un idiota, del coronel Parrales, amigo cercano del dictador de un país centroamericano, es convertida en un suceso político por el señor Presidente y sus más cercanos colaboradores, para imputarles el crimen a sus adversarios.

Tiempo de amar (1983), dirigida por Enrique Pineda Barnet, es una adaptación del cineasta, en colaboración con el escritor Miguel Cossío Woodward de su novela Brumario. Una joven pareja de enamorados se ve obligada a separarse durante la crisis de los misiles de octubre de 1962. Paralelamente, un grupo de milicianos movilizados vive la semana más crítica de esos días que mantuvieron al mundo al borde de un conflicto nuclear. Ambas historias convergen en el día más escabroso. Protagonizado por Roberto Bertrand y Ana Lillian Rentería, el filme contó con fotografía de Raúl Rodríguez.

Dos años después, sorprendió la opera prima de Orlando Rojas en el cine de ficción: Una novia para David (1985), que descubriera para el cine cubano al escritor Senel Paz en su faceta de guionista, al inspirarse en varios de sus cuentos para estructurar la trama de esta película. En La Habana de 1967, David —alter ego del autor—, un joven provinciano, prepara su ingreso en la universidad. Sus compañeros de la beca practican las conquistas femeninas como un deporte competitivo. Él conquista a la más bella del curso y provoca los celos y las intrigas de los demás, pero también se gana la amistad de Ofelia, conocida por su seriedad y algunas libras de más. Entre los prejuicios de unos y la sinceridad de otros, David deberá adoptar una decisión de acuerdo con sus principios.

Cartas del parque (1988), realizada por Tomás Gutiérrez Alea, integra la serie Amores difíciles, coproducida por TV Española con el auspicio de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano. El punto de partida son textos de García Márquez, que fueron objeto de versiones por Ruy Guerra con Fábula de la bella palomera, rodada en Brasil; el colombiano Lisandro Duque con Milagro en Roma; el venelozano Olegario Barrera con Un domingo feliz; el español Jaime Chávarri, que dirigió Yo soy el que tú buscas; y el mexicano Jaime Humberto Hermosillo, que filmó en Cuba El verano de la señora Forbes.

Correspondió a Titón la participación cubana en el proyecto con Cartas del parque. En relación con él declaró: «Siempre tuve la ambición de hacer un filme con una simple historia de amor, una historia en la que se debatieran sentimientos encontrados, en la que la razón se viera obligada a ocupar su lugar frente al misterio, frente a la vida». Se inspira en un pasaje de la novela El amor en los tiempos del cólera. El guion, coescrito por Eliseo Alberto Diego y García Márquez con el aporte de Titón, traslada para Matanzas, en 1913, una historia de amor originalmente situada en el llamado Portal de los dulces de la ciudad colombiana de Cartagena. Cuenta la romántica historia de dos jóvenes que se hacen escribir historias de amor utilizando, sin saberlo, los servicios del mismo amanuense.

Ivonne López y Miguel Paneque personificaron a la pareja de jóvenes, mientras que el maduro escribano que termina por enamorarse de la destinataria, fue asignado al notorio actor argentino Víctor Laplace. En pequeños papeles aparecen muchos importantes intérpretes cubanos, como Mirtha Ibarra, Raúl Eguren, Elio Mesa y Paula Alí, y muy especialmente Adolfo Llauradó como el hombre que decide emprender un viaje en globo. La fotografía de Cartas del parque fue de Mario García Joya, colaborador habitual del cineasta, mientras que Gonzalo Rubalcaba compuso la música. La idea de que al amor no se le puede hacer trampas le permitió al director satisfacer un viejo deseo: explorar ese universo folletinesco hecho de flores, postales iluminadas, corazones bordados y cupidos temblorosos que no siempre aciertan al disparar sus flechas.

El universo garciamarquiano sería objeto de otra traslación al cine cubano cuando el argentino Fernando Birri recreó, en locaciones de la Isla, el pueblo costero a donde va a parar uno de esos personajes emblemáticos en su controvertida versión de Un señor muy viejo con unas alas enormes (1988), rodada en coproducción con Italia.

Gallego (1987), rodada por Manuel Octavio Gómez, sería la versión de la novela homónima de Miguel Barnet. Relata la historia de Manuel, un adolescente gallego, que emigra a Cuba compulsado por la miseria de su tierra y los relatos sobre una isla maravillosa al otro lado del charco. Después de trabajar duramente establecerá aquí una familia y llegará a la vejez con la nostalgia por la tierra que lo vio nacer. Gallego fue el último largometraje en la trayectoria del notorio hacedor de La primera carga al machete y Los días del agua.

Al año siguiente, el documentalista Enrique Colina incursiona en la ficción con el corto satírico El unicornio, versión libre del cuento «Una mañana» del autor búlgaro Stanislav Stratiev, que denuncia la ausencia de una coherencia ética entre la conducta pública y el criterio propio. En el guion intervino el dramaturgo Amado del Pino en uno de sus, lamentablemente escasos, aportes al cine.

Otra novela testimonial de Miguel Barnet, Canción de Rachel, fue objeto de una exitosa versión cinematográfica en 1989 por Enrique Pineda Barnet, con el título La bella del Alhambra (1989). Desde La Habana de 1920 sigue los derroteros de una corista que ambiciona convertirse en vedette del famoso Alhambra, un teatro para hombres solos. Con el apoyo de su propietario y de sus dotes artísticas, ella lo consigue, al precio de la pérdida del amor de su vida y sucumbir a una pasión a punto de destruir su vida. Beatriz Valdés logró una asombrosa caracterización del personaje titular.

La documentalista Rebeca Chávez incursionó en el corto de ficción con La fidelidad (1992). Senel Paz recreó en el guion algunas situaciones y personajes de su novela Un rey en el jardín para narrar la historia de una abuela que revive un gran amor en el seno de una familia incapaz de cultivar las emociones de sus miembros mientras malgasta su vida.

Rodar una versión de la obra cumbre en la narrativa carpenteriana El Siglo de las Luces, fue un viejo proyecto de Humberto Solás, finalmente materializado en 1992. Ningún otro cineasta era poseedor de las especiales dotes requeridas para trocar los postulados carpenterianos del barroco americano a su propio barroquismo visual como Humberto Solás. Para alguien obsesionado con el eclecticismo estilístico de La Habana Vieja, donde nació y transcurrió su infancia, era un proceso natural encuadrar con ambas manos cualquier ángulo «del barrio» e insertar con los rostros de cualquier intérprete a Sofía, Esteban y Carlos enfebrecidos por la prédica de Victor Hughes.

La octogenaria escritora cubana Alba de Céspedes y el francés Jean Cassies dialogaron la novela, que carece prácticamente de parlamentos, y modificaron algunos implícitos en las descripciones carpenterianas. En una entrevista confesó el cineasta: «Como era una novela tan grandiosa, pues realmente me sonaba como a soberbia o a vanidad querer transformar o hacer una versión muy particular, muy personal, y por eso es muy ortodoxa, a despecho de que hay algunos cambios, sobre todo en el epílogo, pero creo que fue bastante fiel». La coyuntura propicia para la ambiciosa coproducción se produjo finalmente al unirse al ICAIC, compañías de Francia, España y la desaparecida Unión Soviética para una serie televisiva de tres capítulos de aproximadamente 80 minutos y una versión sintetizada de poco más dos horas con destino a los cines, incomprensible para aquel espectador que desconozca la novela original.

Mascaró, el cazador americano (1991), realizada por Constante Diego a partir de la novela homónima escrita por el argentino Haroldo Conti, Premio Casa de las Américas en 1975, fue una coproducción del ICAIC, junto a compañías de España y Venezuela. El guion fue escrito por el argentino Jorge Cedrón, uno de los innumerables desaparecidos por la dictadura argentina en 1980, el propio realizador y su hermano, el escritor y guionista Eliseo Alberto Diego. El argumento narra las peripecias de Oreste, quien parte sin rumbo cierto a bordo del vapor El Mañana. Junto a él viaja el extraño príncipe Patagón, quien le entusiasma con su idea de unirse a una compañía circense. En la travesía se encuentra un hombre vestido todo de negro llamado Mascaró, a quien persigue el capitán Alvarenga. Una vez en tierra, el príncipe decide formar su propia compañía: El Gran Circo del Arca, con una variopinta tropa con la cual da funciones por pueblecitos perdidos que, a partir de entonces, ya no serán los mismos. En algún lugar de América y en un tiempo indeterminado, pero que podría ser a principios de siglo podría ocurrir esta poética historia. Los caminos de los personajes se cruzarán cuando el príncipe tiene que vérselas con el eterno perseguidor de Mascaró, esa suerte de héroe popular en constante huida.

El premio Coral al mejor guion inédito en el 11no Festival de La Habana, contribuyó a tornar realidad el proyecto de filmar Mascaró, el cazador americano del documentalista Rapi Diego, quien declaró: «Mascaró mezcla mis dos vocaciones artísticas: el cine y la pintura. Porque en lo formal plantea una recreación plástica de la realidad y creo que en ese filme puedo volcarme y lograr un resultado eficaz tanto desde el punto de vista estético como político y personal». Para Mascaró, el cazador americano, además de realizar una investigación en cuanto a las distintas formas de hablar de cada región por el carácter universal de reflexión en función del arte que tiene la novela, se reunió un reparto multinacional que incluyó, entre otros, a los cubanos Reynaldo Miravalles y Omar Moynello, a la venezolana Mimí Laso y al argentino Víctor Laplace en el personaje de Mascaró.

Algo esencial es el formidable trabajo en la música de José María Vitier, toda original aunque compuesta pensando deliberadamente en dar la impresión de que uno ya la ha oído, de que es música de archivo. Tras una búsqueda entre varios géneros musicales latinoamericanos, el resultado fue un memorable conjunto de temas para acompañar las imágenes del fotógrafo Luis García Mesa y proporcionó al compositor el premio Coral en su categoría en el Festival de La Habana.

Si bien insistimos en que no se trata de la obra mayor en la filmografía de un creador de la talla de Tomás Gutiérrez Alea, como erróneamente quienes desconocen toda la trayectoria de este cineasta le atribuyen este rango, Fresa y chocolate (1993) es un título estimable que, como definiera certeramente el escritor Reynaldo González, «hizo degustar a todos el sabor de la tolerancia». No fue a partir de la resonancia internacional que recibió el cuento «El lobo, el bosque y el hombre nuevo», escrito por Senel Paz, lo que decidió a Titón a su versión cinematográfica; él había leído el manuscrito antes de ser galardonado con el premio Juan Rulfo y, de inmediato, se dijo: «Aquí hay una película redondita».

La mayor satisfacción para el realizador en el proceso de gestación de Fresa y chocolate fue, a causa de la enfermedad que ya le afectaba, compartir la dirección con Juan Carlos Tabío y también la posibilidad de sondear un tema que le interesaba. Al respecto explicó: «Me parece que es lo más justo: abordar con franqueza el problema de la homosexualidad y mostrar que en nuestro país luchamos por resolverlo. Más allá de eso, y como dijo el propio Senel Paz en una entrevista, el tema de la película no es tanto el homosexualismo como la intolerancia».

Quienes han leído el relato original, «El lobo, el bosque, el hombre nuevo», convertido en eje vertebral del guion, se habrán percatado de que la película contiene elementos de otros cuentos de Senel («No le digas que la quieres» y «Alicia Alonso baila en mi cabeza »), de donde procede el prescindible personaje de la novia de David. El personaje de Nancy, la vecina de tendencias suicidas de Diego, prolonga el carácter concebido por el propio guionista para Adorables mentiras (1991), opera prima de Gerardo Chijona. La Nancy alcanzó tal brillantez en la interpretación de Mirtha Ibarra que reclamaba otra película para desarrollarlo y esto fue aprovechado para Fresa y chocolate, al extremo que cuando uno relee el cuento después de la visión de la película siente que le falta este personaje, a diferencia del de la novia.

Un largometraje experimental producido por el ICAIC que apenas disfrutó de circulación en nuestras salas fue Te quiero y te llevo al cine (1993), que reunió tres cortometrajes dirigidos por Ricardo Vega. Los dos primeros toman como punto de partida la literatura. Insomnio, por ejemplo, se basa en un relato del escritor cubano Virgilio Piñera, acerca de la angustia cotidiana de un joven insomne, personificado por el actor Rolando Tarajano, cuyas noches transcurren entre el televisor, su cama y su máquina de escribir. La coraza, segundo segmento del filme, recrea los minicuentos del escritor Leonardo Eiriz, en torno a un individuo que en un recorrido por las calles de La Habana, lee en un periódico el relato de su muerte estúpida.

Tras un prolongado período durante el cual se consagró con diversos resultados a su especialidad, el documental, Octavio Cortázar retornó a la ficción con su versión del relato El derecho de asilo, publicado por Carpentier en 1972. Cuando lo leyó le pareció una pieza muy cinematográfica, con una estructura dramática muy bien definida y atrayente. A juicio del realizador, esa historia de un secretario de la presidencia de un indefinido país latinoamericano tiene mucho de la picaresca. En su traslado al cine, Derecho de asilo (1994) en el guion escrito por el colombiano Walter Rojas, egresado de la Escuela Internacional de Cine y TV, conserva la sucesión de incidentes que cobran un nuevo giro a partir de la irrupción del joven que perseguido al producirse uno de esos cíclicos golpes de estado, no le queda otra alternativa que solicitar la protección diplomática. La negativa inicial del embajador, pronto vencida por su insaciable esposa, es el inicio de una trayectoria de ascenso del asilado hacia posiciones insospechadas. Allí deberá desplegar toda su estrategia para corresponder no solo con astucia, sino con su cuerpo, a la hospitalidad recibida.

El primer acercamiento a la literatura en la obra de Fernando Pérez lo constituye el significativo mediometraje Madagascar (1994). El cineasta en colaboración con el guionista Manuel Rodríguez, otro graduado de San Antonio de los Baños, reelaboró su argumento sobre el relato «Beatles vs Duran-Durán», de la escritora cubana Mirta Yáñez. En la Cuba de los años noventa, al perder la capacidad de soñar, la vida de una profesora universitaria se torna una pesadilla. Su hija adolescente se mueve en un mundo fantástico. Las relaciones entre madre e hija, llenas de extrañeza, incomprensiones y acercamientos, se proyectan como una necesidad de preservar cada una su utopía.

Para su largometraje Lista de espera (2000), Juan Carlos Tabío adaptó, conjuntamente con Senel Paz y el escritor Arturo Arango, el cuento homónimo escrito por este último. La trama se sitúa en una terminal de ómnibus de un pueblo del centro de Cuba, la cola de pasajeros que aguarda una guagua que los lleve a sus destinos. La única esperanza es aguardar la reparación de una guagua y mientras lo hacen, los pasajeros que esperan tratan de buscar soluciones a los problemas que surgen y establecen relaciones entre ellos. Por supuesto que en su tránsito a la pantalla, el cuento original experimentó múltiples cambios, a los que se refiere el cineasta cuando explica: «Pensé y pienso que ahí se encierra una historia repleta de sugerencias, y que desde un marco inconfundiblemente cubano se habla de eternas aspiraciones humanas. Una suerte de costumbrismo reflexivo, trascendente. Con todos los cambios, ajustes, adiciones y supresiones que en relación con el cuento presenta la película, esta no se hubiera podido realizar si aquel no se hubiera escrito».

Arturo Arango confiesa que de todos sus cuentos, «Lista de espera» es en el que más gozó la escritura y que esa misma diversión se instaló también, por fortuna, en el trabajo de guion. Con la entrada de Senel, a quien está dedicado el relato original, se cerró esa circularidad tal vez necesaria. Más tarde, Arango y Gerardo Chijona escribieron varias versiones del guion titulado Tocar el cielo, reelaborado literariamente como El libro de la realidad.

El guion de Madrigal (2006), de Fernando Pérez, parte del relato de Eduardo del Llano «La flecha en el carcaj». La primera parte de la historia transcurre en La Habana de hoy, donde Javier, un joven actor muy fantasioso es aficionado a escribir. Cuando inicia una relación con una joven encerrada en su mundo de complejos y secretos, no se sabe dónde comienza la verdad o la mentira, la apariencia o la realidad. Veinte años después, él ha convertido sus vivencias en literatura. El cuento que ahora relata en este segundo segmento de la película, repite su trágica historia de amor de una manera creativa, fantasiosa o simbólica, pero de nuevo las fronteras se pierden.

Convergen tres planos narrativos en El viajero inmóvil, de Tomás Piard: una entrevista a José Lezama Lima, una reunión de amigos y estudiosos de la obra de este célebre escritor cubano, y la recreación de momentos de la novela Paradiso vinculados, de alguna manera, a la vida de su autor. Todo es reinterpretado a partir del valor poético de la imagen cinematográfica, en un intento por plasmar la inmensa personalidad poética, ética y humana del más universal de nuestros escritores.

Otra incursión del cine cubano en el mundo de la literatura criolla es Ciudad en rojo (2009), opera prima de Rebeca Chávez en el largometraje de ficción, que se inspira en la novela Bertillón 166 del escritor santiaguero José Soler Puig (Premio Casa de las Américas, 1960). Los cineastas Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa fueron los primeros en ser tentados por las posibilidades cinematográficas de esta crónica acerca de la tenaz lucha clandestina desplegada en Santiago de Cuba contra la tiranía batistiana.

Lisanka (2009), penúltimo título en la filmografía de Daniel Díaz Torres, fue una coproducción cubano-rusa cuyo punto de partida argumental fue el cuento «En el kilómetro 32», del autor habanero Francisco García, quien colaboró con el realizador y Eduardo del Llano en el guión. En esta comedia ubicada en un pueblo cercano a una base militar en medio de la crisis de octubre de 1962, dos jóvenes se disputan el amor de una muchacha cuando un soldado soviético se convierte en un poderoso rival para ellos.

Para Afinidades (2010), su primer largometraje de ficción como directores, los conocidos intérpretes Vladimir Cruz y Jorge Perugorría adaptaron la novela Música de cámara, original de Reinaldo Montero. Sus protagonistas hallan en el sexo un modo de descarga eléctrica para mantenerse vivos, la manipulación de los demás como vía de conjurar la impotencia y reafirmar sus personalidades laceradas por la soledad. Pero el resultado es efímero y el intento tiene consecuencias imprevisibles.

También en ese año el narrador Francisco García volvió a colaborar con el cine al escribir junto al realizador Gerardo Chijona el argumento de Boleto al paraíso, inspirado en testimonios del libro Confesiones a un médico, de Jorge Pérez Ávila. El guion en el que intervino también García junto a Maykel Rodríguez sigue en la Cuba de 1993 a una adolescente que huye del acoso sexual de su padre y conoce a un joven rockero que tras robar una farmacia parte con un par de amigos hacia La Habana. Sus destinos se cruzan en la carretera y, juntos, deciden partir en busca de un Paraíso que marcará el resto de sus vidas.

Gerardo Chijona emprendió otra versión fílmica cubana sobre una obra literaria: Esther en alguna parte (2012), para cuyo guion Eduardo Eimil, adaptó hábilmente la novela homónima del desaparecido Eliseo Alberto Diego. El protagonista es un anciano serio y formal, que en el cementerio es abordado por un personaje estrafalario con múltiples personalidades, quien le revela que su mujer llevaba una doble vida: de día era ama de casa común y corriente, y de noche una cantante de boleros. A partir de este momento, los dos se unen en una minuciosa búsqueda en el pasado de ella, al tiempo que intentan encontrar el paradero de la enigmática Esther.

Fátima o el Parque de la Fraternidad (2014), realizado por Jorge Perugorría, es la traslación del relato homónimo de Miguel Barnet, laureado con el Premio Juan Rulfo en el 2006. Narra la historia de Fátima, también llamado Manuel García o Manolito en sus años juveniles, un travesti, cuya devoción por la Virgen de Fátima y la Virgen de la Caridad del Cobre es una constante que lo singulariza. El reparto está encabezado por Carlos Enrique Almirante, sorprendente en su actuación, y reúne a Tomás Cao, Mirtha Ibarra, Broselianda Hernández, Néstor Jiménez, Mario Guerra y Patricio Wood. Este es el segundo largometraje de ficción dirigido en solitario por Perugorría, quien declaró: «Me encantó Fátima porque la vida le pone muchos obstáculos, pero su espíritu de lucha y de perseverancia lo impulsan a luchar por lo que quiere. La gente que no se rinde es admirable, y me parece memorable la perseverancia, el hecho de levantarse con más fuerza después de caerse, de superar los obstáculos. Porque en un mundo como el de hoy es importante transmitir ese sentido y construir un personaje con esa fuerza, vitalidad y que se imponga a los problemas».

Basta la lectura de estas notas en torno a las versiones cinematográficas de nuestro cine sobre obras literarias, para corroborar que no obstante el número de títulos existentes, aún muchos realizadores prefieren escribir guiones originales —no siempre con la mejor fortuna—, que inspirarse en textos de nuestra literatura de reconocida eficacia dramática. ¿Cuántos no hemos imaginado, al leerlas, ver en pantalla las adaptaciones de novelas como La última mujer y el próximo combate, de Manuel Cofiño, Las impuras, de Miguel de Carrión o Y si muero mañana de Luis Rogelio Nogueras... por apenas citar tres ejemplos...?