TEXTOS LEÍDOS DURANTE EL TALLER CRÍTICO SOBRE LA OBRA DE BASILIA PAPASTAMATÍU *

BASILIA PAPASTAMATÍU, O EL PROFUSO ASCETISMO

 

 

Alberto Garrandés

 

 

La persona que me puso en contacto con Basilia Papastamatíu, hará 30 años, fue Ezequiel Vieta, y me dijo que eran amigos y que ella escribía unos textos muy raros. Vieta, a quien yo entonces le preguntaba muchísimas cosas, como hice durante los 12 o 13 años que duró nuestra amistad, recuerdo que me miró medio incómodo cuando le pedí que me explicara cómo eran esos textos. Son muy extraños, repitió, y añadió que parecía prosa sin ser prosa, pero que había versos. Algo así. No puedo precisar si entonces Basilia le había prestado copias de algunos poemas suyos, y él puso esas copias en mis manos, durante alguna estancia en el mezzanine de Miramar, o si el hecho ocurrió cuando visité a Basilia por primera vez, que fue el día en que ella y yo nos sentimos como si estuviésemos dentro de una suerte de conjura literaria porque descubrió que yo leía entonces a algunos ensayistas franceses que ella admiraba (el Foucault de Las palabras y las cosas, por ejemplo) porque hacían de la reflexión un acto creativo muy singular.

El día de la visita yo llevé un cuento que ella leyó allí mismo. Me acuerdo, con bastante precisión, de que el cuento, sobre un vampiro, estaba escrito en presente y en primera persona y que finalizaba así: «La noche acaece». A ella le pareció como mínimo un tanto manierista y estilizado el hecho de que yo hubiera escrito una frase como esa, y empezamos a dialogar sobre ella, y sobre otras posibilidades de indicar que simplemente anochecía, o que la noche llegaba, o que se hacía de noche, y comprendí que estaba frente a una persona a quien las palabras le importaban y le importan muchísimo.

De entonces a acá, hemos cultivado una amistad sin efusiones, a veces complicada, pero firme, y hemos continuado conversando, y yo he escrito algunos trabajos sobre sus textos, y ella se ha aproximado al ensombrecimiento de mi espíritu, a mis libros, y siempre desde esa perspectiva del rigor y la lucidez. La verdad es que no sé cómo logra ella situarse en la aparente neutralidad de su sistema (el sistema de sus versos), o de qué modo alcanza a reverenciar, como si tal cosa, una especie de voz apolínea que guarda dentro de sí a una voz dionisíaca y tenaz que a su vez guarda a otra voz, en este caso medular y que es la más auténtica. Acaso ese pequeño misterio se explica en la analogía que ella misma, como ser humano, logra establecer contradictoriamente con su poesía, en la cual quizás estén sus ideas sobre la literatura. No han sido pocas las veces que me he preguntado cuáles son los fundamentos de la articulación que se produce entre su personalidad y la escritura asentada, cimentada con severidad y con una singular prudencia estilística, que vemos en sus libros, obras a mi modo de ver absolutamente inusuales, precisas, casi confinadoras, reclusivas, y de un grado notable de exigencia.

Alguna vez definí su poesía como una corriente exploratoria que se acerca, sin ademanes excesivos, a lo exhausto, y no a causa de un debilitamiento sino debido a una radicalidad extremada en la búsqueda de lo esencial. Ella, más que escribirlos, dibuja sus versos, o los susurra después de oírlos dentro de sí una y otra vez hasta saciarse de aquello que no puede ser dicho de otra manera.

Durante muchos años ya, Basilia Papastamatíu ha ejercido la poesía sin reconocer, en el lirismo definido por la historia literaria, la autoridad clásica de ciertas convenciones. Sin contaminarse de la experiencia narrativa de la poematicidad, tal y como hoy se nos aparece, ella busca y halla en la materia del poema el fluir y el rumor (nunca su visibilidad) de ciertas historias. Por otra parte cabría decir que esa especie de intransigencia no significa una aproximación a esos aires tenues y livianos donde el sujeto, atomizado por la cotidianidad, o satelizado por abstracciones hijas de la irresolución metafórica, explota sin que sepamos hacia dónde va.

Ella es una suerte de descarnadura sigilosa. Sus creaciones no buscan sorprendernos desde el escenario de la metáfora como construcción pública, sino desde el salón donde la metáfora, artefacto inevitable por demás, es algo soterrado y que no muestra su ingeniería en tanto gesto. Un poeta, un escritor total, se ensimisma, descree del peso de los accidentes de la vida, de las mentiras que dijo, de las humillaciones que soportó, de la frivolidad a que sucumbió, y entonces vuelve el rostro hacia el papel —al inicio y al final siempre hay un papel y unos trazos— y concentra allí la lengua de su experiencia.

Me refiero a una escritora que oye cosas, ve cosas, sueña cosas y, con un desasimiento que anula los días y deja tan solo sus palabras, regresa a un tipo original de decir. La descarnadura de que hablo, notación devota del silencio, casi borra en ella la marca del estilo, pero se trata de una operatoria llena de paradojas, pues no se lee un texto de Basilia Papastamatíu sin dejar de identificarla.

Asuman la forma que asuman, sus poemas son muy congruentes entre sí. Adoptan algunas formas elementales que van repitiéndose como si ellas mismas, las formas, las construcciones, fueran el resultado de un proceso de esencialización, o como si traducir la experiencia personal y del mundo, o pensar en la condición de la poesía, se transformaran en actos intercambiables, en sucesos del yo acaecidos en el territorio común del lenguaje. Ella no es reiterativa sino obsesiva. Su compulsión no acaba de saciarla.

Para mí, lector de algunos poetas, lector decoroso quizás, el trazo sucinto y desprovisto es una renuncia que esconde pasiones extremadas a consecuencia de un regusto al que se vuelve de continuo narcisistamente. He examinado sus artefactos y podría decir, sin riesgo de academizar, y sin orgullo de superlector, que sus textos constituyen un sistema restrictivo donde el paso por el mundo es, al cabo, el paso por el lenguaje, la voz y el parloteo. De súbito ella escribe sus poemas con una materia periférica y desgastada en la que la vivencia real cae en el descrédito en tanto totum factotum y se reacredita en un discurso a punto de hacer silencio. La descarnadura promete el vacío, pero se entrega al rumor.

Sus textos retornan, sin embargo, al prestigioso territorio de la no unanimidad, que es el de las voces complementarias, la murmuración en el estilo de los altibajos, el hablar inspirado y en fragmentos, un hablar que es una suerte de codicia del intelecto. En el principio, cuando el teatro clásico no era clásico y se encontraba lejos de ser canónico, uno podía imaginar representaciones fuertemente dialógicas, representaciones dramatúrgicas sostenidas por un dilema central de índole próxima al rito. Pero también podía uno creer en la fuerza de los coros, de los decires altos y bajos, ríspidos y suaves, disueltos y consistentes. Esa zona desdramatizada, absorta, llena de flexiones que revoloteaban alrededor de los personajes incitándolos a moverse en una dirección o distrayéndolos de sus propósitos más íntimos, cobra en los textos de Basilia Papastamatíu un espesor de cosa independiente. Se hace artificio e historia. Va al oído y se trueca en interrogación. Nos obliga a retrotraernos a tiempos muy oscuros, cuando la poesía era cuestión de sacerdocios pasionales y ritos de sangre.

La aparente desconexión visible en el interior de sus laboriosos poemas ofrece un panorama irresoluto y, sin embargo, dominado por una paranoia donde la escritura se autorrefleja. No deja de aludir al mundo, no se abandona al sitio en que el mundo apenas existe, y aun así entra en un recinto donde los arquetipos se encuentran muy cerca de rozarnos. Al mismo tiempo, y sin pizca de contradicción, tendría que decir, además, que sus poemas alaban la existencia, pero saboreándola con una intensidad pareja, que no aparta lo horrible de lo bello, por ejemplo, ya que en los textos existe una ética precisa, la de apropiarse de las sensaciones —vengan de donde vengan— y emulsionarlas dentro de un lenguaje que nos propone ir del ascetismo más inmediato al borboteo, de lo abstinente a la profusión, entendidos borboteo y profusión como proceso de voces que no figuran en el escenario de los textos, sino más bien tras ellos o debajo de ellos.

Siempre me ha parecido que su programa de escritura posee una solidez muy rara. Y no es para menos. Se trata de todo un sistema implosivo. Porque si es cierto que ella va al susurro arcaico, pleno y tenaz, o a la expresión ritual de la metáfora del presente como compendio de tiempos, eso no podría menos que dar origen a los libros que ha escrito, donde ha venido fundando un oratorio sobre la incandescencia y la caducidad de las palabras.

 

PARÉNTESIS SOBRE B. P.

Sigfredo Ariel

1.

Cuando ya el paisaje es otro dista más de cuarenta años de El pensamiento común, el primero de los libros de poesía de Basilia Papastamatíu. A principios de 1966, cuando lo publicó, era una muchacha menuda e inquieta en un Buenos Aires enorme y convulso (eso me han contado). Los diálogos que concibió entonces, fragmentarios, cortados a ras, oídos como al pasar entre conversaciones diarias (propias, ajenas, monólogo, silencios, ¿qué diferencia hay?), marcarían la poesía suya que vendría después, aparecida toda, primero en La Habana, ciudad que eligió para vivir; para «sentar cabeza », hacer familia, para escribir sus textos y sentarse a escribir acerca de otros textos y autores, generosamente.

2.

Al llegar a Cuba, y atender (mejor decir sumergirse en) la literatura de aquí, encontró afinidades y amistades en escritores más jóvenes; en lo que estos hacían o procuraban hacer con la poesía cubana llamada, una vez más, «nueva». Los presentaba semana tras semana, cada jueves, en una página de periódico (en aquel tiempo Juventud Rebelde publicaba versos sin demasiado sonrojo), los alimentó con revistas, libros —el primer Artaud que vimos, el Barthes de Fragmentos de un discurso amoroso— y literalmente (muy a menudo, durante años) con rosáceos spaghettis en tertulias que duraban hasta la alta noche.

3.

Mientras propiciaba el sucesivo debut de poetas noveles, Basilia Papastamatíu escribía textos en líneas quebradas que evitaba (evita) leer en público, porque «mi poesía es más gráfica que oral». Sus trabajos que eran, para nosotros, invisibles, no gozaron del favor de las personas que dirigíancontrolaban las publicaciones de los setenta e inicios de los ochenta. Vino a publicarlos solo a partir de 1984, precedidos por una perturbadora interrogación (¿Qué ensueños los envuelven?), quince años después de su llegada a la isla. (Sobre ¿Qué ensueños... Fina García Marruz apuntó con agudeza: «Cada poema de este libro es como un pequeño Guernica, los vacíos de la página no son ciertamente los mallarmeanos, sino recuerdan el blanco de las explosiones en que algunas palabras quedan flotando a salvo, pero como náufragos. El espacio del poema tiene otro sentido».

4.

En el año ochenta y seis apareció Paisaje habitual (que yo reseñé ese mismo año en La Gaceta de Cuba) y una década más tarde Allí donde (aparece el subrayado de la fragmentación, de la frase suspensa, ahora, desde el título mismo), libro concentrado, dispuesto desde la vigilia gráfica en un área vertical, contraída, con la ética como centro visible y primordial, el juicio ético en torno de los vacíos, el estupor ya avizorado ante una brumosa realidad. No por casualidad cita a García Lorca: No es el infierno, es la calle.

5.

De manera curiosa Dónde estábamos entonces (1998) fue recibido por ciertos lectores como una especie de revelación de B. P., porque hay libros que tienen esa función misteriosa. ¿Ya lo leíste?, me decía este o aquel amigo, como si fuera su primer libro publicado. Yo les recomendaba entonces, por ejemplo, sus reescrituras de La Diana de Montemayor, que escribió en París, faena de desmontaje-deconstrucción que llevó a cabo a partir del año 65 (recogida en ¿Qué ensueños los envuelven?), cuando muy poca gente hablaba de intertextualidad y cosas por el estilo que se pusieron de moda tanto tiempo después, y que sirvieron para disimular tanta labor superficial y talento inconsistente (no solo de escritor, también de lector); en particular quiero destacar el poema dedicado a su amigo Julio Cortázar que apareció en la revista Casa de las Américas («Se dibuja una estrellita»), y en general, su admirable relación de intermitencia con la palabra coloquial —frase hecha o sacada de la conversación— y su limpieza (me gustaría decir probidad) en la elección de una imagen determinada para graduar la densidad del texto; su sabiduría en la disposición de las palabras en el espacio de la página, y por último, la ironía disuelta, la agudeza limada en su filo hiriente (que es recurso que maneja con frecuencia hábil) como en este, supongo, autorretrato:

 

En medio del camino de mi vida, mujer sin freno
ni espiritualidad, ángel caído en poderosos brazos,
siempre que pierdo mi nombre en el tempestuoso
torbellino, sin empero sufrir los males
del destierro ni exhibir la tristeza de un desaforado
coraje, renazco y accedo a la infinita piedad
de los hombres

(oh hombres, qué puedo hacer yo con
tanta generosidad, dónde volcar este
mar de bondades, a quién amar primero.
¿Existe razón para volver nuevamente
a luchar? oh hombres
 

6.

Los espacios en blanco en la escritura poética de B. P. no indican pausas sino, por lo general, descoyuntamiento de cualquier contexto, liberación de todo referente, porque sus blancos polisémicos nunca son ornamentales o elementos (almohadillas) para la comodidad lectora (si la frase no chirriara, los llamaría yo silencios palpitantes). Su sintaxis nunca es excéntrica, cada signo, efectivamente, significa.

7.

En tiempos de taxonomías fáciles y de divisiones triviales en nuestra literatura —racial, sexista, discurso de este u otro tipo, neobarroco, coloquial…— la poesía de Basilia Papastamatíu constituye un corpus extraño. Con total claridad Severo Sarduy había echado esta luz sobre el método o sistema poético-constructivo de B. P.: «No se trata de una simple superposición de materias, de texturas lingüísticas, sino de una organización, de una estructuración de las mismas, para formar un texto nuevo y libre...». Y ya se sabe, cuántos peligros acechan a los textos nuevos y libres.

8.

¿Es B. P. una escritora cubana? ¿Forma parte de la poesía argentina, ya que nació en Buenos Aires? ¿Se inscribe tal vez en la literatura griega, gracias a sus antepasados que le dejaron en heredad sus sonoros apellidos y un idioma que le permite disfrutar —para nuestra envidieta— de Ritsos y Seferis?

Aunque importa poco dar respuesta a estas interrogantes, parece que son vitales para los despistados autores de «panoramas» o muestras antológicas. ¿Dónde y cómo situar la solidez de esta poesía? Que cierta crítica antologadora, periodicista, se ha sentido desorientada, incómoda, lo demuestra el pasado por alto de B. P. en florilegios que pretenden ser abarcadores, y (lo que es peor) las amables boberías que se han escrito por ahí sobre su trabajo. Ella se ha sentado a esperar tranquilamente (o tal vez no espera algo en absoluto) a ser descifrada o «descubierta» por la chata escolaridad. Quizás sea esta una de las razones de que uno de sus libros lleve por título Espectáculo privado.

9.

«Otra descarnadura sigilosa», ha llamado Alberto Garrandés al conjunto que antecede a Cuando ya el paisaje es otro, y que a mi modo de ver (de leer) lo avisa, lo adelanta, a la vez que está coherentemente articulado con el paisaje anterior de su poesía. Pero de las voces que hemos encontrado en la poesía de Basilia Papastamatíu esta es más sucinta, más afilada: «Las palabras nombran, se inscriben, se resisten a desaparecer, se reimprimen, y sobreimprimen y renuevan sus significados al infinito buscando o enmascarando la verdad para no perecer; y en un inútil afán de atrapar y fijar una realidad que siempre se les escabulle, y cuyo deslizamiento y zozobra no pueden evitar. Hay una nostalgia de la esperanza, de la sensación de ser y de permanecer. Y la vida que tanto anhelamos se convierte en espejo o espejismo que se hace añicos cada vez que ilusamente intentamos penetrar en ella». Eso ha escrito (creo yo, lúcida y también, dolorosamente).

10.

Una relectura/re-escritura de líneas de Roque Dalton aparece intermitente en un territorio minado desde el hondón de su sentido (en crisis, entre otras cosas, la finalidad épica del acto: qué será ahora de nuestro mundo/ de nuestra libertad/ de nuestra vida y nuestra fe?). Las antiguas interrogaciones existenciales se tornan desnudas, sin piel; las claves morales que subyacían en las paráfrasis del hecho históricoliterario tiemblan ante el embate tremendo de la ironía: Que vuele la imaginación / interpretemos con fervor la historia/ y seremos dueños de la verdad.

Los espacios en blanco se han acortado en las páginas de B. P., la dispersión gráfica ha cedido frente al rostro duro, inasible, de un vertiginoso acaecer como si el ciclo humano además de repetirse amenazara en espiral hundirse en ese abismo que es el silencio y la desmemoria.

Testimonio de certidumbre ética, de reinterpretación de aspiraciones colectivas; mezcla de lo individual con el ámbito social de sus días (compromiso se decía antes) es la marca de este libro maduro en su vivencia y hechura escritural. La irresolución de una época, la nuestra, pocas veces ha alcanzado reflejo más directo, más honrado: nostalgia de la esperanza cuando ya el paisaje es otro.

P.S.: De su breve cuaderno publicado recientemente, Eso que se extiende se llama desierto, que acabo de leer, quisiera compartir apenas una página que me ha estremecido. Es este «Descenso del amor».

 

Sumergidos en lo irreal
del modo en que nos piensan
la virtud que nos atribuyen
el amor que nos regalan
volvemos a nuestros sueños
mordiendo las aguas
suspendiendo el aliento
la fiebre queco Ccomo un tenebroso imán
nos arranca minuciosamente
fragmentos de vida

 

PALABRAS EN EL DESIERTO

Marilyn Bobes

 

La aridez de la existencia que algunas veces se extiende hacia el lenguaje y la inconformidad con lo que la vida nos ofrece, son tal vez las temáticas fundamentales de Basilia Papastamatíu, quien desde su primer libro El pensamiento común subvirtió la racionalidad para convertirla en un resultado del subconsciente.

Textos caracterizados por lo entrecortado y la precisión integran una obra pletórica de originalidad en un conjunto en el que asoma el estilo característico de esta autora, donde las interrogantes y las sugerencias se conjugan con el silencio expresivo dando pruebas de nuevo del oficio que nace de la intuición antes que de la intelectualización, aun cuando sus textos ofrecen dificultades a la recepción común por su alto nivel filosófico y conceptual.

A veces excesiva en la adjetivación, Papastamatíu logra sin embargo una pulcritud que la coloca entre las voces más sutiles de la poesía latinoamericana, aun cuando la desilusión y la desesperanza se han adueñado en sus últimos libros, tanto de la autora como de los sujetos de su escritura a los que se refiere siempre en la tercera persona del plural.

Si hasta Espectáculo privado hay un tono más político que existencial, en sus libros más recientes ocurre todo lo contrario.

A mi entender no se trata del momentáneo fracaso que pueden haber sufrido los que soñaron cambiar el mundo por vías violentas sino de todos los seres: indefensos ante la realidad y tercos en sus ilusiones y deseos.

La poeta les muestra que no hay asidero posible: la cruda realidad es el mayor obstáculo a esa plenitud a la que todos aspiramos y que ni siquiera la poesía es capaz de darnos, puesto que el lenguaje también está cargado de contaminaciones y límites aun cuando los espejismos de este desierto nos hagan suponer lo contrario.

Muchos son los poemarios de esta autora que el lector no debe pasar por alto. Pero, en mi opinión hay muchos textos, entre todos, que merecerían figurar en cualquier antología bien sea de nuestro continente como universal.

Pongamos por ejemplo «Rozamientos», donde «el pensamiento gira interminablemente y la asfixia del lenguaje en su torpe andar, en su obstinada rebeldía» nos espera al final del camino.

Porque como bien dice la autora (o más bien se pregunta) somos perpetuos insomnes que no nos resignamos al silencio.

En sus cuadernos no hay siquiera la esperanza de otra vida a la que nos alientan las religiones. Nos queda solo esta, que es vana, que no ha cumplido con nuestras expectativas y que, por indeseada, produce un efecto de rechazo-aproximación a la muerte aun cuando no sea esta última una presencia recurrente en todos sus libros.

La muerte es algo que está ahí, que nos espera. Pero lo más importante para la autora es la comprensión del vacío que se extiende ante nosotros. Esa es la cuestión esencial: la travesía del desierto.

Es evidente que nos encontramos ante una poesía compleja y que recurre todavía a la experimentación vanguardista, creo que de manera inconsciente, pues los poemas parecen sostenidos por un flujo de conciencia hábilmente controlado por Papastamatíu.

Según Rogelio Riverón en un prólogo que escribiera para uno de sus libros, pero que pueda aplicarse a toda la obra de Basilia, «explicarse el desierto es conjurar la aridez y la fatiga. Porque el desierto encubre la vitalidad pero al mismo tiempo obliga al movimiento, hay que atravesarlo de manera perenne: está detrás y delante, es pasado y al mismo tiempo cuanto queda por andar».

En una era signada por las guerras, la destrucción del planeta, las hambrunas y el pésimo pronóstico de un futuro que tal vez provoque la extinción de la especie humana, a estos textos no podría calificárseles de pesimistas aunque tal vez lo son.

Su universalidad es indudable porque el único escenario al que parece referirse la autora es nuestro planeta. El carácter ontológico de esta indagación en la conciencia no admite otro contexto y en este sentido sus poemas no pertenecen a ninguna literatura en específico: ni la cubana, ni la argentina y ni siquiera la latinoamericana.

La originalidad de esta voz no tiene parentesco con ninguna otra que me haya sido dado a leer. Y esto otorga al libro un valor agregado que es el de su absoluta autenticidad, su compromiso con una individualidad que es paradójicamente solidaria puesto que no se complace en exaltar o desnudar al autor sino en ofrecernos una visión del mundo que apela a la intervención de los otros, todos los otros para quienes el enunciante se convierte en un analista o un demiurgo gracias a la efectividad de sus recursos.

En definitiva la obra de Basilia no hace otra cosa que confirmar el lugar de su autora en el contexto de la lírica internacional. Una poeta que escribe mejor y mejor a medida que nos entrega su hacer cotidiano en el campo de la escritura.

Una poesía que complacerá sobre todo a los que todavía buscamos en ella una suerte de mapa para desafiar a los espejismos que nos tocan.

 


 

* Realizado en el Centro Dulce María Loynaz, el 17 de abril de 2018.