EL AZAR DE PERDER CONCURSOS O SOBRE LA INFALIBILIDAD DEL CUENTO CUBANO

 

 

Rogelio Riverón

 

El premio Alejo Carpentier de cuento quedó desierto este año. Fui el primero en sorprenderse, literalmente, pero no se me ocurrió someter a juicio a los jueces, solo simulé una breve confusión, para que me lo repitieran. Desierto, reiteraron. Los participantes usaban seudónimos, una opción para este concurso y, según consta en el Acta, el jurado, legítimamente constituido, como suele aclararse, halló virtudes parciales, cuentos de calidad en algunos cuadernos, no así libros contundentes, para emplear un término de cariz hemingwayano. El jurado se acogió a un derecho que le dispensa la convocatoria a cualquier jurado en cualquier sitio: valorar, opinar y decidir, lo que en este caso ocurrió por unanimidad. También se sabe que esas decisiones son inapelables, no por prepotencia, sino por lógica primaria. Y que participar implica una aceptación de antemano de todas las cláusulas; si no, se incurre en indecencia, como pasó. Pude leer dos mensajes electrónicos enviados al Instituto Cubano del Libro ¡por concursantes! que se quedaron sin el laurel del triunfo, para emplear una frase con tufos clásicos. En esos envíos se recurría al chantaje, la coerción y la amenaza, pues pronosticaban una revuelta de narradores en los colmados días de la Feria del Libro, de no revocarse la decisión.

El núcleo de este problema radica evidentemente en la cualidad de desierto que este año se agenció el premio en el género de cuento. Es pues un problema de horror vacui. De esa manera —puede pensarse con una gran dosis de buena fe—, los concursantes que una vez conocido que no eran ganadores se dirigieron al Instituto Cubano del Libro no lo hacían tanto por un deber para con su obra, como por su interés en preservar el prestigio del cuento patrio y el de los Premios Alejo Carpentier. Es de agradecerles sin dudas que le admitan al concurso —ergo a sus convocantes— un desempeño límpido hasta el momento, aunque perdieran la serenidad. Ese proceder, matizado por el hecho de que no pocos autores concursan una y otra vez, uno y otro año (y con todo derecho, en esto sí), nos coloca frente a una incógnita, uno de cuyos posibles enunciados sería este: ¿Es realmente infalible el cuento cubano actual? Siendo un poco más pedantes: ¿Somos los cuentistas cubanos (yo, como casi todos he ganado y he visto pasar de largo premios de cuento) los mejores de la lengua? Si alguien declara desierto un premio de cuento en Colombia, ¿incurre en prevaricación? Si en México, ¿peca? ¿Y en Argentina? ¿Y en Chile? ¿No es cada libro un hecho único, concreto y por tanto susceptible de análisis, de elección; o sea de lectura? ¿Es todo lo publicado por un autor, por clásico que este sea, parejo e irrebatible? Que levante la mano el cuentista cubano de 1960 hacia acá que se sepa un clásico.

Con algo más de prudencia: es conocido que desde finales de la década de 1980 el cuento cobró un auge que algunos se atreven a tomar por una refundación. Se alega que como género inmejorable para establecer disyuntivas de carácter cultural e individual se ocupó de los conflictos que no reflejaba la prensa, pero esa aserción no es la que me interesa ahora. Creo, como el poeta Jorge Santiago Perednik, que la literatura menos interesante es la que se dedica a dar cuenta de lo más inmediato, algo que parecería ser misión de otros discursos como la historia o las ciencias sociales. Opino, eso sí, que el apogeo generado por los Novísimos benefició, como suele suceder, las perspectivas de generaciones anteriores y también las de cuentistas por venir, si bien el de «generación» no deja de ser un concepto defectuoso. Tampoco fue la literatura por sí sola la que propició la personalidad de lo publicado por este grupo. Estos, con la decantación adecuada (y deseada), son en alguna medida responsables de las particularidades que podamos detectar en el cuento cubano de hoy. Al repasar —a propósito— la historia del Premio Alejo Carpentier, se hace evidente que de los 17 libros que han conquistado el galardón, 12 son de autores nacidos en la década de 1960 y los tempranos 70. Lo han ganado Jorge Luis Arzola en 2000, Ángel Santiesteban (2001), David Mitrani (2003), Lázaro Zamora Jo (2004), Laidi Fernández de Juan (2005), Pedro de Jesús (2006), Jorge Ángel Pérez (2009), Rafael de Águila Borges (2010), Ernesto Pérez Chang (2012), Daniel Díaz Mantilla (2014), Sergio Cevedo (2015) y Emerio Medina (2016). Medina no se contó en su momento entre los Novísimos, pues comenzó a publicar tiempo después. En Los últimos serán los primeros (Letras Cubanas, 1993), al que añade un cintillo en el que consta: Antología de los novísimos cuentistas cubanos, Salvador Redonet incluye a Roberto Urías y a Rolando Sánchez Mejías, nacidos en 1959. Cierra su propuesta con Ena Lucía Portela que nació en 1972, lo que nos da una idea de cómo se organiza ese tipo de operación promocional. Tal vez —repito— el predominio en el premio Carpentier de los llamados por Redonet Novísimos retrate, así sea en una mínima escala, la situación del género en Cuba, y entre ellos hay, ciertamente, libros de calidad. En esa compleja extensión formal conocida como el cuento cubano operan sin embargo autores de muy distintas edades y de disímiles convicciones estéticas, para decirlo de forma pedante. Escriben y publican cuentos Antón Arrufat (1935), María Elena Llana (1936), Julio Travieso (1940), Mirta Yáñez (1947), Francisco López Sacha y Miguel Mejides (nacidos en 1950), Marilyn Bobes y Arturo Arango (1955), Aida Bahr (1958) y un número significativo de autores nacidos en las décadas de 1960, 1970, 1980 y 1990. Obvio a otros narradores radicados en el extranjero, pues no concurren a los premios Carpentier. De manera que quien tenga el propósito de argumentar acerca del estado del género entre nosotros estará obligado a la inspección de infinidad de textos que interpretan de disímiles modos los fundamentos de esa modalidad más bien breve, con tendencia a repetir estándares, sobre todo de estructura. El Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, por ejemplo, tiene entre sus ganadores a Antón Arrufat, nacido como ya anoté en 1935 y a Legna Rodríguez Iglesias, que nació en 1984 y se reconoce como miembro de la llamada Generación Cero.

A estas alturas —nel mezzo del cammin di nostra vita y eso con buena estrella— no pretendo imponer mi idea de lo que aceptamos por cuento; ni siquiera tengo una noción acabada de ese género. No soy devoto de los decálogos, pues los que conozco son conventuales y autoritarios. No me atengo, por ejemplo, al postulado de Mariano Baquero Goyanes, catedrático y antólogo, referente a que el cuento es casi exclusivamente argumento, y argumento esquemático. No obstante, podemos sospechar que aún hoy el cuento es una ecuación que comprende un suceso (un cuento), puesto en palabras. Con ese rudimento y algo de inteligencia para admitir que el esquema permite múltiples combinatorias, es posible detectar algunos defectos en libros de cuento publicados en Cuba en los últimos años, lo que pondría en entredicho el supuesto de la infalibilidad del género entre nosotros, y la consternación de quienes consideraron sacrilegio el «declarado desierto» que estampó el jurado en el premio Alejo Carpentier. Hasta ahora, lo recuerdo, se trata de algunos de los propios concursantes. Menciono 4 de esos errores, tal vez los más evidentes.

1. El defecto del lenguaje previsible. No pocos cuentistas soslayan la indagación en la palabra. «Suben» a un nivel de lenguaje que consideran cuando más factible, en el entendido de que lo que «cuenta» es la historia en sí misma. Trabajan con un lenguaje reducido.

2. La enfermedad infantil del ensayismo en el cuento. Cuando se intenta una suerte de autorreflexión textual que pasa por alto la ironía, lo que hace encallar el cuento en la retórica, la prórroga y la frustración. Suele olvidarse que el ensayo es pertinente en la realidad del cuento, no en la del autor.

3. El síndrome de Godot. Evidente en cuentos que se centran en la exposición de sensaciones más que de movimiento. No es raro que incurran en el uso de un lenguaje más bien automático e intelectualizado.

4. Exceso de realismo. Confía todo el prestigio del relato a las existencias inmediatas, marginales, y verificables en planos de realidad fuertemente arquetípicos, lo que, sobre un lenguaje empobrecido, produce un cúmulo de literatura estándar.

Cuenta Adolfo Bioy Casares que por la época en que Alain Robbe-Grillet trabajaba en la adaptación liberal de su novela La invención de Morel para convertirla en la película El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais, aceptó fungir como jurado de un concurso municipal de cuento. Lo que empezó como una cortesía con los organizadores terminaría en disgusto, cuando estos acusaron al jurado de soberbia por considerar que no había pieza digna de los cien pesos que se ponían en oferta. Años después una mujer a la que identifica como la señora Susana, asegura Bioy, lo recordaría, no por sus libros, sino por ser parte de aquel jurado. Pero los premios desiertos no deberían desestabilizar a una comunidad de creadores. Parece inútil recordar que un premio no ganado no tiene capacidad, ni estética ni filosófica, para desacreditar una obra, como tampoco la tiene un diploma para garantizar la inmortalidad. De hecho es la obra y no los premios la que puede endosar la inmortalidad o lo que entendemos por tal. Tampoco hay premio declarado desierto que cambie el curso de una literatura, ni son los concursos el primer factor de legitimación. No ganarlos es un trámite que se sortea de inmediato, sin necesidad de recurrir a ninguna índole de defensa. Es casi matemático además que un jurado diferente pudo haberse decidido por uno de los libros que concursó este año, pero eso es ahora una variable para la especulación, además de una de las salidas previstas de todo concurso. Cada uno de esos libros hallará su camino: alguno el de la ineditez perpetua, otros serán desmantelados y vueltos a combinar, un beneficio que ofrece la condición de inédito; alguno tal vez tenga por delante el camino del premio Carpentier, pero eso no alcanzará para desmentir al jurado de la edición de 2017. No hay dudas de que en Cuba existen los buenos narradores y entre ellos los cuentistas, pero ninguno, creo, carga con la maldición del rey Midas, el frigio. No dudo tampoco de la consistencia del cuento como fenómeno literario, pero tengo por convicción que en cada libro nace y se realiza la lectura —lo que comprende el análisis, la crítica— como la primera vez. Toda la literatura comienza por la demarcación y el reconocimiento del lugar de los hechos. El cuento que se escribe en Cuba es tan bueno o tan regular como cualquier otro.

Hace solo unas semanas se entregaron los premios Pinos Nuevos de ensayo, poesía, literatura infantil y ciencias sociales. Quedó desierto el premio en teatro. Quedó desierto en narrativa. No sé qué harán los dramaturgos, pero ¿vamos a tolerar dos atentados al cuento cubano en el brevísimo período de tres meses? Sigo esperando el mensaje que vaticine una sublevación de los narradores más jóvenes, esta vez quizás en los predios del Pabellón Cuba.