KETTY BLANCO

KETTY BLANCO (La Habana, 1984). Poeta y narradora. Licenciada en Ciencias de la Religión. Obtuvo el Primer Premio en el Concurso Nacional de Poesía Regino Pedroso, Primer Premio en el Concurso Internacional de Minicuentos El Dinosaurio, Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuento Ernest Hemingway y la Beca Fronesis.

 

 

 

 

 

 

Nunca podré crear


Excepto quizás una vida más larga/ para
encontrar nuevas excusas.
Charles Bukowski


Escribiré solo cuando tenga la habitación
propicia.
O propia. Ahora es imposible. Duermo en la sala.
Dos viejas señoras llegan todos los días
a coserse con mi madre,
y yo debo apurarme para desayunar, pues la
mesa
se ocupará con telas y carretes. Pero me digo que
si no escribo ahora, si no soy capaz de encerrarme
debajo del sofá, gruñendo como un perro
mientras las voces de las señoras golpean
con saña mis oídos,
perderé definitivamente el apetito.

 

Para vencer en la guerra


Antes de afrontar una batalla, voy a la ducha.
Bañarme me forja. Restregar mi cuerpo con la
esponja
empapada de jabón, olor a sándalo y confianza.
Una espuma turbia baja a escurrirse por el
tragante.
Erguida, la observo como si examinara al
enemigo desde una colina.
Mientras, continúo frotando mi piel, puliendo la
armadura.
Cuando me seco, la ira yace tendida a mis pies,
hecha tufo, cadáver.


Un árbol


Debo quedarme quieta mientras nace un árbol.
No debo mover un ápice si el árbol procura estirar
sus ramas dentro de mi cuerpo.
Cuerpo magro, frágil ante la abundancia de
madera y hojas, y flores.
Mi cuerpo que por momentos desea retorcerse,
aullar frente a aquello que comienza a abrir sus
manos.
Pues sabe que el espacio es exiguo, y las ramas
pronto apuntarán sus dedos al cielo.
Harán saltar ojos y rodillas, rasgando los poros
de mi piel como a un vestido.
Y otra vez el instinto me implorará que corra,
pájaro loco, sin dirección precisa.
Pero me han ordenado permanecer en calma,
muda como la tierra antes de convertirse en
bosque.

Los musicantes


Poesía, silencio instaurado en lengua de locos.
Los demás tejemos músicas triviales. Pobres de
nosotros, criaturas que apenas escuchamos palabras.
Pobres de ellos, vagabundos implacables
de la soledad. Yo estoy en feroz contienda contra
los poetas. No saben la nada que los guarda.


Sábanas de la tarde


Esposadas al cordel, luchan contra los azotes
del viento, la burla de la lluvia. Confían
en que su dueña las guardará en la gaveta,
las doblará con ternura al final del día.
No saben que se ha ido,
que las ha dejado a merced del tiempo.


Libaciones


Cuando la geisha camina por el bulevar,
turistas, pordioseros y sacerdotes rozan su piel,
provocan chirridos como larvas en aceite
hirviendo.
El tenue parpadeo eleva de sus ojos gotas de
vapor.
Los hombres le brindan cervezas, parten con ella
el pan.
Le imploran deliciosamente abrirse.
Al andar ella tuerce un pie hacia adentro.


La Milagrosa


Tu hijo, acaso trapecista, camina hasta ti por el
ombligo, traspasando la bruma que eres. Guiado
por un seno de leche que no mana, ¿qué le darás
entonces? ¿El gusano que se enrosca en su garganta
como un mal augurio, y enturbia sus ojos
de semilla? Di, Amelia, ¿qué sientes cuando él
intenta abrir las manos recién nacidas, y como
un dedo atravesado en el bostezo, se frustra el
gesto por la piedra? ¿Tu corazón no se abre de
ganas? ¿De dolor por la leche, el aire que el sollozo
pide? Sí, se abre. Se abre tanto que al final
estalla. Y mueres. No una, ni dos… Setenta veces
siete.


Ser


El helado se derrite en mi mano.
Una gota cae sobre el vestido.
La dejo ser.
Las religiones se disputan el ser.
Los filósofos discuten sobre el ser.
Mientras,
una mancha color fresa
es
en mi ropa.


La lástima


Le acaricio el cuello.
Le acaricio el pecho, la espalda, las piernas.
Le acaricio la voz con mis voces.
No me mira a los ojos.


La nada


La diana suspendida por invisibles manos.
Otra vez mis voces dibujan espejismos
entre la certeza que me araña
y el oculto centro.
Tenso la cuerda. Estoy sola.
Pero tenso la cuerda.