TRASTORNOS EN EL VIENTO

Nicolás Dorr

 

 

 

 

NICOLÁS DORR (La Habana, 1947). Dramaturgo y narrador. Autor de relevantes piezas teatrales como Las pericas, Confesión en el Barrio Chino y Una casa colonial. Premio de Literatura de la UNEAC, por su obra El agitado pleito entre un autor y un ángel y también por su novela Al otro lado del río. Ha merecido el Premio Nacional de Teatro y la Medalla Alejo Carpentier.

 

El intenso olor provenía del patio. Se filtraba por las rendijas de las ventanas casi siempre cerradas para impedir que se colara dentro de la casa; pero el olor era lo suficientemente terco como para atravesar cualquier rendija y entonces se expandía por todos los rincones de la desencajada vivienda para explayarse hacia el portal, la acera y parte de la calle. Los que transitaban por los espacios públicos llevaban sus narices protegidas por nasobucos, suplicados en policlínicas y hospitales. Era ese el único modo de salvaguardarse de los más estrafalarios microbios. En verdad el olor era un atentado colectivo pues solía alcanzar con notable éxito los hogares contiguos, lo mismo en planta baja que en altos. Casi todos los habitantes de los alrededores habían decidido no comprar nunca más el pan en el improvisado establecimiento frente a la casa del patio, ya que los panes quedaban impregnados del intenso atentado a la higiene. El fuerte olor se pegaba en la osamenta de los que pasaban, dejando la impresión de que no se habían bañado en días. Los dueños e inquilinos de las viviendas colindantes habían colocado letreros de venta o permuta, para salvarse de aquel diario atentado al olfato, los pulmones, la boca, el aliento y hasta los ojos y oídos. El viento, cuando alcanzaba su mayor nivel de movilidad, trastornaba al vecindario, enloqueciéndolo, al hacer más penetrante y persistente el temible patio.

La causante de todo el descalabro era una mujer de rostro agresivo, de ojos saltones y pestañas pegajosas, el pelo abundante, siempre enmarañado y estropajoso, suelto hasta los hombros, aumentaba su pequeñez de enana. Su voz cascada de hombre ronco tragaba palabras inaudibles y mal pronunciadas; se la pasaba escupiendo con fruición, sin soltar su perenne cigarrillo mojado por su saliva espumosa. En verdad era la viva imagen de una auténtica bruja medieval. Para muchos, esa costumbre de fumar sin descanso, había propiciado su ausencia de olfato, aunque otros comentaban que no era pérdida de ese sentido lo que ella padecía, sino una absoluta desconsideración sobre el prójimo.

Se preguntarán qué caracterizaba a tales olores que tenían a vecinos y transeúntes al borde del paroxismo. Es que en el patio, malamente cercado por tablas carcomidas y trozos de latas unidas entre sí por alambres oxidados, estaban hacinados patos, gallos y gallinas, más un puerco que vivían a sus anchas comiendo y defecando sin tregua. Por tal motivo, el patio era un asqueroso chiquero, que expandía, no olores intensos, sino una pestilencia nunca antes olida en su más avasalladora dimensión. En vano los vecinos elevaban quejas a la Comisión de higiene. Doctores y enfermeras visitaron en varias ocasiones la casa, pero en cuanto llegaban al portal, no se atrevían a cuestionar a la demandada. Solían, en breves segundos, con sus bocas y narices engurruñadas, salir en masiva estampida, sin tiempo para poner multas ni expresar advertencias por temor a que la inmundicia expansiva entrase por sus personales orificios, y le saliera en pocos días por la boca, el estómago o el tórax, transformada en un alien terrestre. La pocilga denunciada quedaba de este modo con certificado no acuñado, como legítima y permitida concentradora de la fetidez de toda la ciudad. Ni los insultos de los vecinos de la izquierda que tenían sembradas delante de ventanas, puertas y en los muros de la terraza plantas aromatizantes, con el infructuoso empeño de desviar las ráfagas pestilentes, los que le soltaban a gritos los epítetos de cochina, sucia y desconsiderada, pues la niña de siete años que tenían ya había comenzado a padecer de asma y alergias. Pero estos insultos y amenazas no hacían a la mujer amortiguar el terrible hedor de su patio, por el contrario lo disfrutaba con profundas aspiraciones de aire, movida sobre todo por el belicoso ánimo de provocar y demostrar a los otros que nada la detendría, a no ser la muerte, y esa les llegaría primero a todos los que la acusaban, pues a ella una santera vieja le había pronosticado una existencia de más allá de un siglo. Entonces respondía a gritos: «Si se quejan de mis olores, ¿por qué no huelen los latones de basura de las esquinas que nos los vacían en semanas y al estar repletos la gente tira los desperdicios en las aceras y los céspedes? Esos latones abiertos destilan olores aún más fuertes de los que les atribuyen a mi patio. Se atreven a decir que yo acumulo todo el mal olor del reparto, sinvergüenzas, ¿por qué no caminan por otras cuadras y aspiran bien profundo para ver qué se encuentran? ¿Por qué no se van a otros barrios y huelen sin taparse las narices para que sepan lo que son las cloacas abiertas, los derrames de fosas, la basura en las calles? ¡Váyanse al carajo! ¡Van a venir a atacarme a mí, cuando mis olores son una pequeña décima parte, comparados con los de cualquier calle donde vive la gente jai de Miramar o el Vedado! ¡Y qué decir de Centro Habana…! Los vecinos de esos lugares están asfixiados. Y ustedes, por lo menos, todavía respiran. ¡Hay que tener descaro para hacerme responsable de una peste nacional! ¡Qué coño les pasa! Conmigo no puede ninguno de ustedes. Seguiré con mis animales… ¡Y cuando mate al puerco para fin de año, ya vendrán a quererme comprar los mejores trozos, pero a ustedes no les voy a vender ni puñeta!». Con su voz ronca de hombre rabioso gritaba los más procaces insultos personales. Los vecinos optaron por ignorarla. Cuando no tenían más remedio que pasar por delante de su pocilga, siempre con sus narices protegidas por los nasobucos cada vez de mayor tamaño, viraban los rostros hacia un punto contrario a donde se hallaba la insultante, sentada en su portal. El saludo le había sido negado para siempre.

Como un modo de venganza ante la vecinal desatención, mandó a hacer en el patio una especie de amplio estanque, más profundo que su propio tamaño de mujer pequeña, para llenarlo de sancochos y excrementos que aumentaran aún más aquellos olores que la habían convertido en una proscrita. Otra de sus más perversas maldades fue quitarle la tapa que cubría la fosa para que el olor que de ella se desprendía fuera consumido por sus enemigos en toda su plenitud. Su entretenimiento selvático era lanzar al estanque a los patos, las gallinas, los gallos y al puerco para verlos aletear o patear hasta tragarse la inmunda comida rebosante de sobras de alimentos podridos. Gustaba hacer remolinos con sus largas manos de uñas sucias sobre las aguas fermentadas del estanque para entusiasmar a los animales a disfrutar del solaz esparcimiento. A veces tenía la intención de introducirse en el estanque junto a sus queridos acompañantes y nadar con ellos, pero le asustaba las enormes patas del puerco que pudieran empujarla al fondo. A pesar del miedo, mantenía la tentación de hacerlo como le pasaba a Pasifae en su afán de juntarse con el toro, aún a costa de su muerte. A diario intentaba agarrarse con ambas manos al borde del estanque para después levantar sus cortas y encorvadas piernas y poder encaramarlas para entrar sin dificultad en el sancocho… Recrearse con sus queridos animalitos, como los llamaba, era una aspiración cada vez más perturbadora.

Hasta que una tarde, decidió que ese sería el día de su añorado ajuntamiento. Hizo que volaran hacia dentro del estanque con repetidos manotazos, las gallinas, los patos y los gallos. Después, cargó con entusiasmadas fuerzas al puerco que se resistía a entrar, tal vez intuyendo lo que iba a suceder. En la maniobra de introducción del cuadrúpedo, este, no queriendo seguirla, aferró una de sus patas al cuerpo de la bruja y en el forcejeo por voltearla, la hizo caer en el estanque. En vano la mujer comenzó a apartar el corpulento animal de su cabeza. El puerco, cada vez más incomodado por la postura, intentaba apartarla, pero ella volvía a agarrarse por miedo a terminar ahogada. Cuando cobró conciencia de que su delirio podría conducirla a la muerte, comenzó a dar gritos desesperados para que alguien viniera a salvarla de aquella bestia encaprichada en hundirla hacia lo más profundo del estanque. Los gritos pasaron, al igual que la peste del patio, a las casas vecinas. Los primeros en llegar fueron los padres de la niña alérgica y asmática. Se detuvieron ante el insólito espectáculo, no con sorpresa, sino con malévola satisfacción, pues la dueña, sin perder el ensalivado cigarrillo de su boca, se hundía sin remedio, mientras suplicaba que le quitaran de encima aquel inoportuno mamífero.

—Déjelo hacer que como usted es mujer, él la considera su puerca y no quiere soltarla. Debe estar enamorado —le decía la pareja de vecinos con una suavidad sospechosa. ¡El puerco y la puerca, qué linda pareja!

—¡Degenerados, vienen a reírse a costa mía!

—Nade, nade querida, en sus queridas aguas. Ha llegado su momento. Asúmalo con todo el placer que nos hace sentir su inminente desaparición.

Segundos después el cuerpo de la bruja era arrastrado hacia el fondo del estanque. Los patos, las gallinas y los gallos, indispuestos a seguir a la dueña y su amante, escaparon en un sincronizado salto, chillando, cacareando. Con rapidez el matrimonio buscó unos tablones para tapiar el estanque, sellándolo con monumentales piedras para que los hundidos no regresaran a la superficie. Los patos, las gallinas y los gallos, sabiéndose sin protección, rodearon al matrimonio como si los escogieran para que fuesen sus futuros amos. Los esposos consideraron la propuesta como una verdadera tentación y los invitaron a seguirlos con amorosos llamados y arrobadores chiqueos.

Ya en el lugar de los luctuosos hechos, al ver la fila corralera acompañando a la pareja, los otros vecinos se persignaron temerosos de que sus recién adquiridos propietarios expandieran nuevos olores. ¿Será posible que aquellos trastornos al viento reaparecieran en vertiginosa propagación de casa a casa, y de patio a patio, sin voluntad de término?, se preguntaban, mientras daban por concluido el inusual percance.