TRAVESÍAS (Un guiño para Álvaro Mutis)

Manuel García Verdecia

 

MANUEL GARCÍA VERDECIA (Holguín, 1953). Escritor, traductor y editor. Ha sido profesor en universidades de Cuba, Canadá, República Checa y México. Ha publicado, entre otros libros, los poemarios: Incertidumbre de la lluvia, Hebras, Meditación de Odiseo a su regreso, Saga de Odiseo y Hombre de la honda y de la piedra, el libro de cuentos Música en el viento y la novela El día de La Cruz. Su obra ha merecido los premios José Soler Puig, UNEAC y La Gaceta de Cuba, entre otros reconocimientos

 

 

 

 

 

Un atardecer de búsquedas, de esos en que los pies duelen y el corazón aprieta, pues ningún hombre parece querer llevársela a la cama, taconeaba Bita las podridas tablas del muelle a cuyo costado se abrían, como una hendedura de lujuria, los cafés y bares del puerto, cuando lo descubrió. La tarde, acongojada, no prometía mucho -si es que las tardes pueden prometer algo. Lloraba una llovizna- garúa la llamaría él -lenta y pegajosa que mantenía a las gaviotas apelmazadas y quietas, y a las gentes, gaviotas sin alas, metidas en las barras bebiéndose la inutilidad del tiempo. El resto de luz de la tarde se disolvía en una concha gris y babosa. Lo avistó en la distancia y encaminó su esperanza hacia él. Estaba parado, como abandonado de sí mismo, bajo el amplio alero del Palacio de los Portugueses, una enorme mansión, vivienda y almacén, de madera pintada de azul y blanco, con pronunciados declives en el techo de rojizas tejas, perteneciente a una familia lusitana, de los principales de la ciudad. Fumaba. Tenía un pie puesto sobre uno de los pilotes donde amarran los botes y perdía sus ojos en el hondo gris, en la bisagra que hacían mar y cielo. Casi al llegar a donde él estaba, a ella se le atoró ruidosamente un tacón entre las podridas maderas. Esto le desajustó el aprendido caminar sensual y la dejó en una ridícula posición encorvada, con el pie entrampado y el rostro descompuesto de contrariedad. Intentó sacar el zapato pero no lo logró. Un oscuro duende se aferraba al tacón por debajo de las tablas para humillarla. Tuvo que sacar el pie, afirmar la puntera desnuda en el resbaladizo y frío piso y, haciendo equilibrio, tratar de extraer el zapato del hueco. Se afanaba en arduo equilibrio con el zapato, el pelo que le caía en los ojos y la cartera que se le resbalaba, su cuerpo que perdía el balance. Mierda, se dijo entre dientes, comprobando cómo se le enredaba la última posibilidad de la tarde, cuando vio una mano sujetarla, un cuerpo agacharse y otra mano desclavar el zapato. Entonces él flexionó la pierna, palmeó sobre el muslo, como diciendo Ven aquí, y le dijo Te ayudo con el zapato. Fue así que ojos con ojos se encontraron. Los de él eran como una continuación de la tarde. Sobrecogida, ella estiró lentamente el pie descalzo hasta él, que lo tomó suavemente, lo secó sobre el pantalón, en una grata caricia, y lo calzó con la delicada agilidad de un peletero profesional. La sangre le bailó por todo el cuerpo. Nunca había sentido que un acto tan simple la dejara a la merced de alguien. Sintió un urgido deseo de seguir con aquel hombre. Era macizo sin exceso, la piel soleada, el bigote entrecano y parejo, las manos grandes y fuertes. Por eso, cuando dio Muchos gracias, en su español mordido y él le preguntó en su inglés marinero Where are you from?, indicándole que lo acompañara, supo que no tenía más remedio que ir tras él. Había quedado trabada en sus maneras como antes estuvo el zapato en los maderos del muelle. Ven, dijo echando el humo por entre los dientes, sin sacarse el cigarrillo de la boca, como había visto hacer al actor americano en las películas del cine de barrio. Sujetándola firme pero suavemente por el brazo, echó a andar en dirección a uno de los cafetines. Era marinero, De aquel barco, le dijo apuntando con el dedo a un carguero destartalado pero enhiesto, como una vieja gloria que se resiste a la roña del tiempo. En su costado un nombre despintado: Tramp Steamer. Estaría solo tres días en el puerto, ¿Qué tal si juntamos soledades?, le preguntó hurgándole en los ojos con los suyos. Ella no llegó a comprender la sutileza. Hasta ahí no alcanzaba su incipiente español. Hizo un tenue enfurruñamiento con la nariz, ladeando la cabeza, que le transmitió al otro su no entiendo. Yo estoy solo, le explicó, tú estás sola, nos juntamos —le hablaba ahora con ojos y manos— y entonces somos dos solos acompañados. Ella no comprendió del todo, pero aceptó encogiéndose de hombros. Se sentaron en una mesita junto a la ventana que miraba al mar. Pidió dos cafés, un ron para ella y ginebra para él. Bebieron en silencio. Solo al tercer trago él comenzó a hablar de la mar o, mejor, de las distintas mares que habitan el océano. Hablaba del mar como de un ser viviente, siempre en femenino. Era una hembra complicada y misteriosa para él. La mar de Finlandia, pálida y lacia, una virgen desganada en cuyo espejo se reflejaban las cúpulas de los dorados palacios de leyenda. La mar del Pacífico, de singular hermosura pero histérica y traicionera, una amante hawaiana que sonríe y hierve de oscuras emociones a la vez. La mar del Caribe, vigorosa, alegre y tornasolada, como una rumbera de las islas. En ese mar se perdería un día, dijo mirando al difuso gris del horizonte. Ven, la tomó de la mano y la condujo por estrechas callejuelas, malolientes a restos de peces y mariscos podridos, hasta un hotelucho que se afanaba en no dejarse vencer por la gravedad. Subieron la crujiente escalera de fatigados maderos y, a cada paso, ella sentía que estaba entrando en un agua de arenas movedizas de donde no saldría jamás. Él se tumbó en la cama a fumar. No le dijo nada. No prendió ninguna luz. El piloto rojizo del cigarro, avivado en la chupada, iluminaba su rostro, máscara de piedra de algún dios tutelar. Ella caminó por la habitación, luego se sentó a su lado. La mano de él empezó a acariciarle el muslo por sobre la tela. Hasta que buscó el zíper en la espalda y lo bajó, retirándola. Era una orden. Se quitó el vestido en silencio y se acostó a su lado. Él siguió y siguió acariciando sus formas, como si las memorizara. Entonces la haló hacia él, se la echó encima y ella sintió que todo él vibraba, como un velero en medio de la tormenta. Comenzó a desvestirlo y besarlo. Él la dejaba hacer. Se trabaron con ardor y gusto. La primera vez que lo hicieron no tuvieron tiempo de percatarse de cuándo habían llegado al paroxismo pues sin transición siguieron embonados, enraizándose, como si un nervio en el cuerpo próximo hiciera mover el propio. Se apretaban y se deslizaban uno en el otro sin palabras, solo con los sonidos propios del cuerpo que tañe al cuerpo y los chirridos del viejo colchón, como una rondalla de grillos que se quejaran. Tras la segunda agarrada quedaron jadeantes, con un tibio cansancio que los mantuvo laxos, contiguos, la cabeza de uno a los pies del otro, las manos asidas suavemente. Mientras fumaba un cigarrillo, él comenzó a jugar con los vellos hirsutos del pubis de ella, como si cogiera un puñado de arroz y lo dejara escapar por el embudo de los dedos. Lo hacía una y otra vez, hasta que un tenue latido despertó en el vientre de ella. Me llamo Bita, le dijo, ¿y tú? Maqroll, Maqroll, el Gaviero, respondió tirándola hacia sí. Se besaron en la boca por primera vez. Besos como frutos mordidos, saboreados en el hambre. Entonces Bita se incorporó un tanto, elevó el torso y sosteniendo un pecho con la mano, como hacen las madres, lo puso en la boca de él, Chupa, le pidió. Él lo hizo y cuando creyó suficiente apartó los labios pero la muchacha le rogó Más, gimiente. Él decidió hacerlo hasta que lo detuviera. Cambiaba uno y otro seno de su boca. Él succionó con fruición y largura. Ella cerró los ojos y en el rostro tuvo un ligero aletear de pájaro en vuelo. Era como si anduviese por ignotos círculos celestiales. Maqroll nunca había visto a alguien que se hiciera mamar los pechos en aquella forma. El duro dátil de su pezón contra el paladar y la hoja de su lengua despertó una imagen mohosa en su memoria. Recordó que hacía muchos años por los cerros de Colombia le encomendaron llevar una carreta hasta los socavones de las minas. En los costados una mano experta había pintado una suerte de historieta donde aparecía una misma mujer en varios actos eróticos. En el primero esta daba gozosa el pecho a un guerrero herido. El guerrero cumplía resignado el inescrutable designio y la matrona languidecía de gozo. El alma mater sonreía maliciosamente mientras el herido se desangraba. Jamás había entendido la magnífica e increíble historieta. Ahora tampoco creía entenderlo del todo, pero una luz opalescente le decía que en sus sentidos había una parte de la explicación. En medio del horror de la soledad, del temor a la pérdida, al encuentro con un final impredecible e inevitable, la mujer le ofrecía al soldado lo único que podía, su cuerpo, como un alivio, como una vuelta a los orígenes cuando la vida entra por un hilo dulzón que mana de un pecho. Le transmitía un sentido: lo único deseable, lo único verdadero era aferrarse a ese seno. Chupar, sentir la tibia suavidad de la vida que late en él. Porque la sangre que se le iba del cuerpo era por luchar batallas que nada valían. Que lo esencial era la vida que brotaba de aquel pecho, el placer que surtía de aquel acto. El guerrero lo descubría en su último momento. La mujer parecía saberlo de toda la vida. Estaba allí para dar y recibir vida. Esta muchacha que encontraba hoy en el trayecto de un viaje inacabable parecía intuir lo mismo. Quizás era un saber que traían las mujeres en sus glándulas. Una herencia de sabiduría que les regalaba la Naturaleza, también hembra. Al realizar aquel acto, que estaba diseñado primigeniamente para el ejercicio materno, con el hombre amado, devolvía a este al gobierno y cuidado de la mujer, al refugio seguro donde no había hambre ni frío ni soledad ni peligro. Ella le estaba mostrando el camino a la vida. Le estaba devolviendo un viejo sentido extraviado con la separación del pecho materno. Se aferró al seno moreno y chupó como si por él recobrara el tiempo, el ánimo, la esperanza. Durmieron enredados como una planta trepadora a un roble. Permanecieron en la habitación por tres días y tres noches, saliendo solo al ocaso, a contemplar la fuga de la luz en el mar. Comían frugalmente, mirándose a los ojos en un diálogo de destellos y sombras. Se pertrechaban de bocaditos, un termo de café y volvían a la habitación. Dedicaban los minutos a explorar y sentir las islas deshabitadas de sus cuerpos. A darse mutuamente vida, sabiendo que, a medida que se acercaba el día de la partida, la vieja herida comenzaba a sangrar, tal cual sangraba la del guerrero en el dibujo.

A la tercera noche, él le dijo que tenía que partir. Me hubiera gustado estar un tiempo más contigo pero, le explicó, ya no sé qué hacer con una mujer de fijo. Era un hombre en perpetuo devenir, nada en él era fijeza como no fuera el no estar, el irse. ¿A dónde iría con ella? ¿La mantendría presa en un barco, entre hombres encallecidos de cuerpo y alma sin derrotero ni proyecto definitivos? Él ya no podía vivir más que en el constante ir y venir de ola, en el estar aquí pero a la vez yendo hacia otro confín. Es lindo haberte conocido, le dijo, haber compartido soledades, con placer y sin compromiso. El compromiso lo fastidiaba todo pues es una cadena. Lo que ata no es bueno, no nos deja acontecer. Hemos sido felices, dijo, y haberlo sido era mejor que la posibilidad de serlo. Era algo a lo que podían agarrarse en el recuerdo. Una bahía donde podían capear nuevos temporales. ¿Qué sabían de cómo sería una vida en conjunto? ¿Se entenderían siempre? ¿Sería todos los días así, con gusto y contento? ¿No los alcanzaría la calma del cansancio? Lo mejor de ciertos asuntos es que son finitos, le explicó como pudo, se realizan y terminan, dejando así el ansia por volverlos a experimentar. El fastidio viene de exceder el límite, de anclarnos a un agua clara pero constante. Ya sabía cada cual de la existencia del otro. Ella estaría aquí. Él, en la mar. Si se volvían a ver el tiempo diría si valía la pena intentarlo de nuevo. La felicidad que se tiene nunca se pierde, le dijo, queda en la memoria. Solo la que se puede tener es la que se puede perder, concluyó en una frase oscura, pero que le dejó a ella un sabor a sobresalto. La besó y le puso un fajo de billetes en su mano que hizo por rechazar. No te estoy pagando, le aclaró, lo que me diste no hay con qué pagarlo. Es una ayuda, a ver si mejora tu suerte. Se acostaron. En la madrugada, él se levantó. Se vistió, la miró un rato abandonada al sueño. Con el fuego del cigarrillo adivinó el saco donde llevaba sus pertenencias y en silencio se marchó. Ella no dormía. Fingía. Con los párpados entreabiertos lo vio partir, irse como en una nube. Un vapor que era como un llanto.