TRISTAN TZARA (RUMANÍA, 1896 - PARÍS, 1963)

EL SURREALISMO Y LA POSTGUERRA?*

(fragmentos)

 

 

 

Aparte de la tradición ideológica revolucionaria, existe en los poetas contemporáneos una tradición revolucionaria específicamente poética. Yo deseo hablar de la que tiene su origen en los innovadores, en los poetas «malditos», en su espíritu casi heroico frente a los conformismos de la burguesía y que, a través de Nerval, Baudelaire, Latréamont, Rimbaud, Mallarmé, Jarry, Saint-Pol-Roux y Apollinaire, reunió las diferentes tendencias que van de lo maravilloso al humor, en una visión del mundo a la que, hoy todavía, la poesía no sabría renunciar.

Toda adquisición legítima en el dominio del espíritu debe ser negada y asimilada a la vez. El retorno puro y simple a las formas prescriptas es un desmentido a la ley de progresión y debe ser considerado como reaccionario.

La poesía no es únicamente un producto escrito, una sucesión de imágenes y de sonidos, sino una manera de vivir. Nerval, Baudelaire y Rimbaud hacen presentir el sentido trágico de esta manera de vivir poéticamente, que dadá y el superrealismo han tratado de llevar hasta sus últimas consecuencias.

La rebelión de Rimbaud es la de toda adolescencia: es reconocida como un valor permanente al que no se trata ya de refrenar sino de liberar. En su renunciamiento a la poesía y en su partida para Harare, se ha querido ver la significación de un mensaje por el cual ha quedado aclarado que, si la acción es equivalente al ensueño, la poesía no es una actividad de «magia», sino una actividad humana, una actividad particular de la necesidad de expresión que se asienta en el orden de todas las demás preocupaciones. La objetivación de la poesía debe buscarse sobre el terreno de la vida.

Lo absurdo se convierte en un valor poético, como el dolor y el amor. Solo profundizando en lo absurdo del mundo aparece una claridad nueva, y esa claridad es infinitamente más deslumbradora que aquella otra que, lograda de primer intento, no resiste a la crítica rigurosa. Lautréamont, Mallarmé y Saint-Pol-Roux nos enseñan que es necesario padecer largamente para llegar a esta claridad, a la conciencia: esta no se enseña. Está dado a cada uno el descubrirla en las profundidades de su ser, con todos los riesgos que la aventura supone, en esferas donde el peligro es grande. Tal fue, para Gérard de Nerval, en los límites de la locura, la lección que recibió en su búsqueda de un absoluto. Tal es el precio que paga la razón al salir del túnel donde encuentra su recompensa en la sabiduría y en la luz.

Es esta, en un resumen quizás demasiado esquemático, la sucesión de poetas que previeron a la poesía como una lección de vida, como un estado del espíritu. El humor y la sorpresa, con Jarry y Apollinaire, tienen entrada real en el dominio de la poesía, en tanto que la poesía-objeto, como la poesía del objeto usual de los cubistas, esa reacción contra el simbolismo luego tornada metódica y anémica, nos llevan a enfrentar el mundo moderno, el mundo exterior, a la luz de una verdad que Baudelaire había ya localizado, despojándola de los oropeles convencionales de los mitos románticos.

En todos estos poetas se descubre un desprecio violento por las ideas aceptadas, un presentimiento de la idea de que el mundo es hostil al hombre porque está mal construido. Todos ellos llevan a prever el advenimiento de un mundo nuevo, donde el desorden desaparezca, donde la belleza pueda ser contemplada y la vida vivida por todos los hombres.

Tomado de Poesía Buenos Aires, Buenos Aires, edición facsimilar, 2014.

* De Le surréalisme et l’aprés-guerre. Nagel, París, 1947.