René Char (‘Isle-sur-Sorgue, 1907, - París,1988)

El muro de ramas

 

 

 

 

Siendo el designio de la poesía volvernos soberanos haciéndonos impersonales, tocamos, gracias al poema, la plenitud de aquello que no estaba sino bosquejado o deformado por las jactancias del individuo.

Los poemas son puntas de existencia incorruptibles que arrojamos a las fauces repugnantes de la muerte, pero con suficiente altura como para que, rebotando sobre ellas, caigan en el mundo nominador de la unidad. Andamos descaminados y sin sueños. Pero hay siempre una bujía que danza en nuestra mano. Así, la sombra donde entramos es nuestro dormir futuro sin cesar abreviado.

Cuando somos aptos para subir con ayuda de la escala natural hacia alguna cumbre iniciadora, dejamos abajo los escalones de la base, pero cuando volvemos a descender, hacemos deslizar con nosotros todos los escalones de la cumbre. Ocultamos ese pináculo en nuestro fondo más raro y mejor protegido, por debajo del último escalón, pero con más adquisiciones y riquezas aún que aquellas que nuestra aventura había traído de la extremidad de la trémula escala.

No busques los límites del mar. Tú los retienes. Te son ofrecidos en el mismo instante que tu vida evaporada. El sentimiento, como sabes, es hijo de la materia; es su mirada matizada admirablemente.

Muchachos, preferid el rocío de las mujeres, su crueldad lunática, a la cual vuestra violencia y vuestro amor podrán replicar, a la tinta inanimada de los homicidas de pluma. Sosteneos más bien, rápidos peces musculosos, en la cascada.

Vivimos pegados al tórax de un reloj que, desamparado, ve terminar y comenzar el curso del sol. Pero él curvará el tiempo, atará la tierra a nosotros; y ese es nuestro éxito.

Si la tempestad en permanencia quema mis costados, mi onda a lo ancho es profunda, compleja, prestigiosa. Yo no espero nada terminado, acepto singlar entre dos dimensiones desiguales. No obstante, mis marcas son de plomo, no de corcho, mi estela es de sal, no de humo.

Escapar al vergonzoso constreñimiento de la elección entre la obediencia y la demencia, esquivar el chaparrón del hacha sin cesar insistente del déspota contra la cual no tenemos medios de protección, aunque trabados en lucha sin tregua, tal es nuestro papel, nuestro destino, y nuestro bamboleo justificados. Necesitamos franquear la cerca de lo peor, seguir el curso peligroso, cazar todavía más allá, cortar en pedazos lo inicuo, desaparecer en fin sin demasiadas pacotillas sobre sí. Un débil agradecimiento dado o entendido, y nada más.

Cuántos se imaginan manejar la tierra y expresar el mundo, que patalean por no poder informarse melosamente de su destino cerca de la Pitia.

Creo en Él: él no existe.
Yo no me relaciono con él: ¿Él existe?
Principio de todo adelanto, de todo desprendimiento.
¡Noche abierta y helada!
¡Ah! fin de la cadena de los desmentidos.

(La búsqueda de un gran Ser, ¿no es sino una presión de dedo del presente trabado sobre el porvenir en libertad? Los mañanas no tocados son vastos y es divino el allá donde no resuena el choque de nuestra cadena.

Seres a quienes la aurora parece lavar de sus tormentos, parece dotar de una salud, de una inocencia nuevas, y que fracasan o se eliminan dos horas después. Seres queridos cuya mano siento.

La chimenea del palacio al igual que el hogar de la choza humean después que la cabeza del rey se encuentra sobre la hornada, después que las suelas del representante del pueblo se calientan ingenuamente en ese leño excesivo que no puede consumirse a pesar de su escaso cerebro y el espanto de aquellos para los cuales fue guillotinado. Entre las ilusiones que nos gobiernan, puede que volvamos a ver aquellas, nombradas en el orden natural, que algún aspecto de lo sagrado atempera y que son, para la mirada advertida, las menos cínicamente disimuladas. Pero esta aparición, que los ejemplos precedentes han descalificado, debe esperar todavía, porque no tiene energía ni bondad en los limbos que el veneno moja. Si la propiedad vuelve a ser el infinito impersonal en el exterior de cada hombre, la avidez no será más que una fiebre de temporada que cada nuevo día absorberá. Todo el basamento tiene, no obstante, que ser reinventado. La vida tapiada tiene que ser recobrada, con todo el oro del ocaso y la promesa del despertar, sucesivamente. Y honor a la melancolía que el verano de un solo día aumentó, al mediodía impetuoso, a la muerte.

Una y otra vez cuchillo lujuriante, roca desolada, ligero abrigo, así es el hombre, el bello hombre desconcertante.

Desaparecidos, la elegancia de la sombra nos sucede.

Nota. —Cesemos de reflejar. Toda la cuestión será, en cierto momento, saber si la muerte pone el punto final a todo. Pero ¿acaso nuestro corazón no está formado sino de la respuesta que no ha sido dada?

Fuera de la poesía y de sus frases apasionadas, te es necesario a veces cuidarte de las palabras que escribes, de las panaceas que pronuncias, a las cuales tu espíritu confiere una infalibilidad de largo aliento y la facultad de fina maniobra. ¿Quién será tu lector? Alguien prácticamente a quien tu especulación arma pero tu pluma absuelve. ¿Ese ocioso, sobre sus codos, en su ventana? ¿Ese acampador imprudente? ¿Ese criminal todavía sin objeto? No lo sabes. Cuídate, cuando puedas, de las palabras que escribes.

Tomado de: Poesía Buenos Aires, edición de la Biblioteca Nacional de Argentina, 2014.