ANTES DE SER UN BUEN ESCRITOR ME INTERESA SER UN HOMBRE BUENO

Entrevista a Rafael de Águila

Madeleine Sautié Rodríguez

Aunque no suelo decir que la persona entrevistada, por conocida que sea, no necesita presentación, lo cierto es que no hacen falta demasiados argumentos para revelar la identidad de un escritor sobre el que mucho se habla por estos días. Recibir en unos cinco meses dos lauros como el Premio Internacional de Cuento Julio Cortázar y el Casa de las Américas —también como cuentista— nos remite a Rafael de Águila como un autor que sabe muy bien qué rumbo seguir en su escritura.

Condecorado también con el Alejo Carpentier 2010, De Águila es ahora mismo un enigma. ¿Qué fibra tendrán los cuentos que firma? ¿Qué habrá en Viento del Neva, ganador del Cortázar? Para saberlo, no solo basta leer las obras. A la develación de los argumentos hallados en la narrativa bien vale la pena sumar sus puntos de vista, un complemento exquisito que nos lo devolverá más completo, también desde sus visiones teórico-sensibles.

Lo oí decir una vez, a propósito de habérsele otorgado el Premio Cortázar, que la feliz noticia de ganar un certamen hace que un oficio solitario como el del escritor, se convierta en algo muy distinto a la soledad. ¿Qué sucede cuando a una obra se le cuelga un premio?

Se escribe en solitario, la Literatura, esa dualidad extrañamente unívoca, va a mixturar página en blanco y autor en una suerte de soliloquio. Se crea en soledad. Se arriba a la ceremonia de entrega y he ahí que la soledad de la creación contrasta con los seres que te circundan, te felicitan y ponderan. La negación de la soledad cobra mayor significado cuando la obra, finalmente, se publica. La lectura, gregaria, del lector, anula la soledad individual del autor. Ello ocurre con premios o sin premios. Ocurre con la publicación de toda obra. Los procesos de creación, publicación y lectura transitan desde la soledad individual hacia su negación misma. El premio solo crea expectativas en el lector. Una vez publicada y leída la obra sesionará el único Jurado que no resulta veleidoso: el lector. Los premios poco o nada significan. Los premios se los inventamos a la realidad. La realidad es la obra. Y sobre ella el lector tiene, siempre, la última palabra.

El decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga, empieza sugiriendo que se crea en un maestro como en Dios mismo, y cita a Poe, Maupassant, Kipling, Chejov. ¿Cuáles son los suyos? ¿Qué esencias le han transmutado esos íconos?

No creo en Decálogos. No se escribe desde ellos. Lo digo con todo respeto. Los mencionados son monstruos sagrados. Cada autor privilegia a unos y relega a otros. Y es que eso es vivir, sucede con cada faceta de la vida. En mi caso, desde luego, también tengo mis devociones. Atañen a la narrativa en general. Saramago, Kafka, Faulkner, Hemingway, Cortázar, Borges, Dostoievski, Hesse, Mann, Camus, Yourcenar. Entre los cubanos Carpentier, Piñera, Cabrera Infante, Arenas, Lezama. Pero… francamente… descreo de dioses. Los dioses son infalibles y no creo en la infalibilidad. Todo debe ponerse a prueba, todo debe someterse a duda. La única creencia posible es intentar escribir lo mejor que se pueda. Sin dioses, sin decálogos. Tomar de la historia de la Literatura las lecciones que a bien se tengan e intentar hacer lo suyo. Tomarse de las tripas, como sostuvo Saramago, y con ellas intentar hacer corazón. Y hacerlo reverenciando a los que antes nos han precedido en semejante empeño, a los que hoy se afanan en ello y aun a aquellos otros, esos que un día lo harán. De los monstruos sagrados he tomado, sobre todo, el afán de cuidar el estilo. Entre el Qué narro y el Cómo narro privilegio al último. De esos monstruos he creído escuchar la máxima acerca de que la estilística tiene preeminencia frente a la temática.

A propósito de Quiroga, otras dos cuestiones: El narrador recomienda resistirse a la imitación, siempre que el influjo no sea demasiado poderoso. ¿Sigue usted esos pasos?

Un autor es siempre la resultante de toda la historia literaria anterior, no se escribe deslastrado de ella, sobre todo autor gravita la sumatoria de todas las lecturas, en rara y, a menudo, indefinible mixtura. Gravita no solo en la esfera de lo consciente, sino en el mismísimo y etéreo inconsciente. En ese contexto son inevitables las influencias. Bajo ellas se forma un autor. Todo autor es el resultado de la suma de esas influencias transmutadas bajo el prisma de su muy personal subjetividad. Se reciben influencias, sin excepción, en cada circunstancia de la vida. Pero influencia en modo alguno puede traducirse como imitación. No son sinónimos. No son homologables. La literatura es oficio individualizante. Cada autor tiene, o al menos, debe luchar por tener, personalidad literaria propia. Un imitador no la tendrá nunca. Si como autor se ha logrado identificar un influjo demasiado poderoso imagino debe lucharse contra ese influjo, al menos, lucharse en aras de desterrar toda imitación. La imitación es la muerte de la individualidad. Y la literatura, por fuerza, es individual. Cada uno debe elevar su propia voz, los grandes su voz grande, los pequeños nuestra voz pequeña. Cada uno la suya. La imitación puede traducirse como la muerte de la Literatura, al menos de la que intenta el perdido y pobre imitador.

«Un cuento es una novela depurada de ripios», dice. ¿Cuál es su apreciación?

Es una excelente definición. Y admiro demasiado a su autor como para intentar la mía. Quedémonos, pues, con esa.

Otro cuentista singular, Juan Carlos Onetti, también hizo recomendaciones: «No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios». ¿Para qué nos sirve acercarnos a los libros menores?

Le asiste toda la razón a mi admirado Juan Carlos Onetti. En la Historia de la Literatura sobran autores a los cuales se les ha negado aceptación para, más tarde, devenir verdaderos paradigmas, autores a los que se ha privado de premios para, años más tarde, arribar la obra rechazada o relegada a la cima misma de lo canónico. La Literatura universal, y la cubana, tristemente, tienen ejemplos de ello. La Moda juega en ello un papel nefasto. El Mercado lo mismo. La banalización de la cultura lo mismo. Multitud de factores extraliterarios, sin dejar de mencionar a la pobre censura. La llamada literatura light encumbra hoy en todo el mundo a autores —y obras— reverenciados por millones. Un autor debe leer obras literarias menores y mayores. Debe de leer a los clásicos. A los que han resistido el juicio feroz del tiempo. Si bien nos resistimos a juicios infalibles, el juicio del tiempo es lo más cercano a esa infalibilidad o a su remedo. Menor o mayor, por demás, son conceptos acordes a quien juzga. Apreciaciones muy personales. Y, en cualquier caso, entre lo menor y lo mayor se establece un diálogo que, desde sus extremos, la existencia de uno asegura per se la existencia y sana identificación del otro. ¿Cómo advertir la existencia de lo mayor si no desde la existencia misma de lo menor?

Usted ha hablado de que los cuadernos de cuentos deben constituir un corpus a pesar de la independencia de cada pieza. ¿La obra —en su totalidad— de un escritor tendrá también una integración? ¿Qué marca la gran diferencia entre ellas?

Son muchos los que han afirmado que la obra de todo autor gira sobre un número reducido de muy personales presupuestos, ideas, filosofías, obsesiones o temas. Creo fue René Char quien dijo que se gira alrededor de múltiples pozos pero los brocales son los mismos. Y ello se detenta desde lo estilístico y desde lo temático. Se tiene un estilo, definido, personal, privado, estilo que, por demás, nos define en todo lo que emprendemos en la vida, lo tenemos al caminar, al hablar, al hacer el amor, al reír, al alimentarnos, y se tiene, igualmente, un grupo de temas que nos seducen, nos persiguen, nos martirizan, temas a los cuales regresamos una vez y otra. Eso, generalmente, es común a todo autor. A todo humano. Y, desde luego, existen marcadas diferencias entre un autor y otro, desde lo estilístico y desde lo temático. Tome Ud. el estilo y los temas de James Joyce y láncelos sobre el estilo y los temas de Hermann Hesse. Las diferencias son abismales. Eso es quizá menos marcado en autores que conforman una misma generación literaria, autores que van a estar signados por las mismas circunstancias. Es también muy común que exista en la vida de un autor periodos en los que se muda de piel, se experimenta mudanza de temas, de estilo. La individualidad autoral marca siempre las diferencias. Ahí están, por ejemplo, esos dos portentos, Virgilio y Lezama, de la misma generación, y bullen las diferencias, dos autores de enorme peso, cada uno desde sus presupuestos, estilísticos y temáticos, desde sus muy personales y peculiares universos.

Muchos colegas y amigos han acogido con beneplácito la noticia de su premio. En las redes sociales fue compartido y comentado con creces. ¿Qué opinión le merece la popularidad?

No creo sea precisamente popularidad. No creo. Popular es un salsero. Un pelotero. Un futbolista. No creo los escritores sean en nuestro medio, o en algún otro, en este mundo nuestro de hoy, precisamente populares. Leonardo Padura, Daniel Chavarría o Pedro Juan Gutiérrez, en nuestro medio, lo han logrado. No creo que eso se aplique a mi caso. Conozco a muchos colegas, los respeto, los admiro, me duelo sinceramente de sus problemas y salto alegremente con sus logros. Cierta vez he intercedido por alguno, sin importar consecuencias. A algunos los quiero, les tengo gran aprecio, son mis amigos, Ahmel Echevarría, Alberto Marrero, Emerio Medina, Nelton Pérez, y otros, que ruego me perdonen el no mencionarlos, a algunos no los veo nunca, y, sin embargo los quiero bien, a otros, muy jóvenes, los admiro y respeto y les profeso cariño. Muchos amigos carecen de puntos de contacto con el arte, son médicos, ingenieros, cibernéticos, bioquímicos, no faltan hasta expresidiarios, amigos sinceros y fieles, por los que siento idéntico respeto y afecto. Creo en eso reside el secreto. Antes de ser un buen escritor me interesa ser un hombre bueno.

Usted prácticamente ha arrasado con premios muy codiciados. En Facebook un amigo le posteó: «Impresionante logro, hermano. Te has convertido en amo y señor de la cuentística cubana. Ya tienes la Triple Corona o la Triple C: Carpentier, Cortázar, Casa». Sentirse reconocido ¿le acrecienta la confianza o el temor a lo que vendrá después?

El autor de ese post es un gran amigo, un hermano, de muchos años, además. Juro sentirme exactamente igual que antes. Exactamente igual. Escribir continúa siendo trabajoso. Juro sentir la misma exacta inseguridad. El mismo pavor ante la página en blanco, ante la página recién concluida. Los logros se publicitan, los conocen todos, no se publicitan las derrotas, los intentos de cada año en el envío a multitud de premios, intentos fallidos, no se publicita la persistencia, el trabajo sostenido, la tentativa errada, no se publicita el fracaso, eso quizá crea la falsa ilusión de que se está en situación de privilegio, de que se es un gran autor. Por estos días alguien me habló de «dopaje literario», alguien puede pensar que se está especialmente dotado, y no, nada de eso, absurdo, solo es ilusión, falsa, desde luego, como todas las ilusiones. Si se publicitaran y documentaran los intentos fallidos pues se establecería que son infinitamente mayores a los logros y a los premios. La vida es un pequeño oasis de logros y un desierto —enorme— de derrotas. Y, por demás, los jurados son entes muy falibles. No creo que un premio, o dos, o tres, creen per se la preeminencia de una obra o de un autor. Los premios aportan un poco de dinero, muy poco, infortunadamente, cierta confianza, que ayuda en el caso de un ser que de ella carezca; que puede dañar en aquel otro que la detente en demasía, que se crea el gran autor, y sin dudas pues constituyen cierta responsabilidad, serás llamado a constituir jurados con mayor asiduidad, se te convocará a pronunciarte sobre este o aquel tema, se esperará que en lo adelante escribas mejor, o produzcas obras más profundas. En mi caso, lo confieso, desconfío absolutamente de que los premios concedan alguna preeminencia. En el mundo moderno se rinde exagerado tributo y adoración al éxito, cualquiera que este sea. El éxito deviene fetiche. Dios. Y uno debe desconfiar de los fetiches. Y de los dioses. Los premios, lo juro, me han producido gran asombro. Desconcierto. Recientemente, una joven escritora me preguntó: «¿Qué se siente cuando recibes un premio?». «Se siente mucho menos que cuando besas a una muchacha bella a la que amas». Eso le dije. Y urge decir que mi gran amigo Emerio Medina tiene también los mismos premios, urge decir que tiene alguno que yo no tengo.

En la entrega del Premio Casa usted aludió a los grandes genios del siglo XX, y se sintió honrado en la sala Che Guevara. ¿Qué «parentescos» se establecen cuando nos es dado, por alguna razón, compartir con ellos el tablado, aunque no sea en el mismo bendito minuto?

Tuve la sensación de que el mero azar me hacía coincidir en ese sitio, el mismo en el que los más grandes monstruos del boom literario de la segunda mitad del siglo XX respiraron, impartieron conferencias o debatieron. Uno se emociona de ser congratulado allí. En el 2010 tuve la enorme sorpresa, la emoción, de coincidir en uno de los stands de la Feria del Libro de Frankfurt, con el Premio Nobel de Literatura, el peruano Mario Vargas Llosa. Con enorme respeto tuve el atrevimiento de presentarme, el peruano me correspondió casi con un abrazo, con gran cariño, «Eres cubano, ¿vives en Cuba?, dame un abrazo». Hablamos un rato, preguntó mucho, tuve el atrevimiento de decirle que era un hombre de izquierda pero que no obstante lo reconocía a él como a mi Maestro. «Todos tenemos diferencias con nuestros maestros, cubano », me dijo. Hablar con Mario Vargas Llosa, coincidir en sitio y bendito minuto, como poéticamente dices, ser tratado por él con deferencia y hasta cariño, fue inolvidable. No se establece parentesco alguno. O quizá sí, quizá se establece el parentesco que suele existir entre los muy admirados y divinos maestros y los respetuosos, agradecidos y humildes discípulos.

Por más que lo procuro no consigo fabular de qué puede tratar un cuento con el título «Todas las patas en el aire». Supongo (no lo sé), que le dé título a uno de los textos del libro. ¿Qué significa en su vida esta escritura? Si tuviera que definir qué ha sido escribir «Todas las patas en el aire», ¿me lo podría decir?

Uno de los cuentos del volumen lleva por título «Patas al aire». Se trata de un cuento premiado en el lamentablemente desaparecido Premio de La Gaceta de la UNEAC. De alguna manera el título del libro, desde la transtextualidad, va a trasladar la esencia o espíritu que emana desde ese cuento a todo el libro. Así como las leyes tienen letra y espíritu un libro también lo tiene. El título, en no poca medida, delata ese espíritu. Pero el arte es esencialmente polisémico. Las opiniones del autor sobre su obra no resultan ni importantes ni procedentes. Dejemos que una vez publicado y leído sea invocada la muy santa polisemia y los lectores, esos que devienen el más justo y sincero de los jurados, decodifiquen, desde ese título, sus propios y muy personales significados. La vida es siempre un odre en el que se mezclan paz y turbulencias. Quizá escribir este libro me haya ayudado a entenderme mejor, sobre todo, a entender mejor al resto. A metabolizar turbulencias. A buscar un sucedáneo —fallido— de la paz. A defenderme del aquí y del ahora. O a defenderlo. A agredirlo pero también a acunarlo. Escribir este libro quizá me haya salvado y reconfigurado. Pero eso, me temo, es un lugar común: quizá precisamente eso lo haga todo libro.