Hay que ser sincero a la hora de escribir

Entrevista con Eudris Planche Savón1

Enrique Pérez Díaz

Camila Decastilla Sesto es una pequeña atípica, inadaptada a su medio hogareño y escolar. Desarraigada de su infancia, busca en su ilusión de la adultez el posible escape de cuanto no entiende a diario, adoptando la imagen de alguien conflictivo, cuestionador y a veces desagradable. Pero Camila solo es fruto de una inadecuada educación y de esa inarmonía familiar por desgracia frecuente hoy en tantos hogares y que puede incluso destruir a cualquier menor y hacerlo agresivo, infeliz. Con la breve novela Hermanas de intercambio, Eudris Planche Savón (Guantánamo, 1985) presenta el fuerte carácter de una niña que solo pide ser entendida y aceptada. El libro que fuera ganador del Premio Pinos Nuevos 2015 es de aquellos que podrían «arañar el corazón» de las almas convencionales y mojigatas, de hecho, en su momento me correspondió intervenir en su edición para que finalmente viera la luz y es que el desenfado de su joven autor pone a prueba hasta al más competente editor, pues Eudris Planche viene con esa inquietud innata de los jóvenes que les permite saltar todas las barreras posibles (e imposibles) con tal de revelarnos la mágica esencia de sus contradictorias criaturas. Si en un primer momento su heroína nos inquieta y por momentos asusta, con su catarsis final acabamos amándola y agradeciendo al autor esta historia que, tras sus visos de simpatía y humor, contiene una dura reflexión sobre la existencia humana de los más pequeños de casa. Sobre eso y más… hoy conversarnos con este joven doctor que da sus primeros pasos en la escritura para niños, quizás tratando de que sus obras «curen el alma» de mucha gente….

 

 

 

¿Existe para ti una literatura infantil? ¿La LITERATURA? ¿Literatura para personas?

—Decir que solo existe una literatura, en un mundo donde como concepto existe algo a lo que se le conoce —queramos o no— como Literatura Infantil y Juvenil, sería negar la gran tradición de este género y los alcances que ha logrado. Quizás deberíamos llamarle solo literatura. Sin apellidos. Porque, ¿acaso no lo es? Una literatura que puede ser buena o mala según percepciones. Yo le llamo LITERATURA. Y la verdad es que detesto esas divisiones (me cuesta emplearlas) que surgen a veces con el objetivo de entender mejor de qué se habla. Si es así. Más que comprensión, lo que veo es gran confusión. De aquí la génesis de muchos de los problemas, que aún hoy, atraviesa esa literatura que clasificamos como Infantil y Juvenil.

En tu concepto ¿los niñ@s leen hoy día más o menos que antes?

—Si por leer te refieres a literatura de ficción. Si tomo de muestra lo que veo a diario y no estadísticas que desconozco, pues creo que sí. Pero si, por el contrario, te refieres al acto de leer de una manera general, pues no. Para nada leen menos que antes. No olvidemos que son los niños y jóvenes los principales protagonistas de este mundo de la Internet. Ellos la comprenden aún mejor que los más adultos. Para moverse en ese mundo es necesario leer, de que otra forma darías clic en un hipervínculo cuando estás buscando algo. Ellos leen SMS, mensajes en Facebook, Twitter. Comentan en foros acerca de sus juegos preferidos. Leen en Wikipedia acerca de la historia de los protagonistas de las series que ven en la computadora. O de los video juegos. O se leen la saga completa de la serie recién trasmitida. Para ver qué pasa antes de que salga la próxima temporada, o imaginarse cómo lograrán filmar determinado suceso. Ellos (¿acaso nosotros también?) están leyendo de una manera diferente a la de generaciones anteriores. Pero al fin y al cabo es lectura. Es otra forma de leer. Una forma mediante la cual puedes tener varias ventanas abiertas en tu ordenador, con temas disimiles, y lees de a sorbo mientras descargas una película, juegas el último juego descargado, o ves Game of Thrones y haces una pausa, para buscar en internet qué le pasa al personaje en el otro capítulo, antes de que salga. Estamos en una era, donde las vías de llegar a un libro no son las mismas que antes. Ya no vas a un libro solo por la recomendación de una bibliotecaria, un amigo, o porque ese es el libro que tus padres o maestros quieren que leas. Tomemos ejemplos de estos tiempos: Harry Potter, Crónicas de Narnia, El señor de los anillos, 50 sombras de Grey. Las preguntas serían: ¿Primero la lectura? ¿Primero la película-serie-video-juego, antes del libro en que está basada? ¿A qué se accede primero?

¿Qué piensas del tono que deben tener las historias para niñ@s?

—Si por tono utilizo el sinónimo voz, pues una voz sincera. Eso es esencial. Hay que ser sincero a la hora de escribir, más aún, libros dedicados fundamentalmente a la infancia. Son muy astutos y cada vez más independientes. Si no quieren, no leen. Aunque algunos mediadores crean que poniéndoles un libro en las manos y diciéndoles ¡lee!!! Lo harán. Para eso existe algo que se conoce como «pasarle la vista a un texto». Eso lo inventó el primer niño al que obligaron a leer. Y nosotros los adultos, en nuestro afán de buscarle nombre a todo, le llamamos: «pasar la vista», «leer por arriba o por arribita»... Hay disímiles versiones. Pero eso no es leer. Yo hacía eso cuando era pequeño, pero con los libros de matemática. Los detestaba. Me ponían en un rincón a aprenderme la tabla de multiplicación. Cualquiera creería que la estaba mirando. Pero yo andaba en mi imaginación multiplicando otras cosas muy censurables. Consecuencia: cuando me pagan derecho de autor me pongo contento. Mis colegas miran la cantidad, y me preguntan porqué lo estoy. Volvamos al tema. Los niños, si no eres auténtico (también si lo eres), pueden terminar por no leerte, arrancar las páginas, y hacer bolitas de papel para tirárselas a un compañero en el aula. Yo hacía eso, cuando en la escuela la seño nos gritaba: —¡Saquen los libros y pónganse a leer!! —para luego acotar—: ¡en silencio! Así ella podía seguir hablando, sobre frijoles duros que no se ablandan, con la seño de la otra aula. Era muy divertido tirar bolitas de papel. También a mí me tiraron bolitas de papel los niños que se sentaban tras de mí. ¡Eran niños malos! Resumen. Tono es igual a sinceridad, autenticidad. Y otras «dad».

Se dice que en cada libro va un gran porcentaje de la personalidad de su autor. ¿Eres tú parecido a alguno de los personajes de tu obra?

—Sí. Y mucho. Aun cuando ninguno de ellos sea yo, tienen mi sello. Aun cuando no comparta algunas de sus opiniones, ya que tienen que tomar voz propia para que sean verosímiles. Aun cuando sean físicamente descritos diferentes a mí. Aun cuando visiten o vivan en lugares donde yo nunca viviría o tendría cómo llegar. Aun cuando sean tan atrevidos de hacer cosas que yo todavía no me atrevo a experimentar. Sean torpes o malos. Inteligentes o brutos. Crueles o virtuosos. Aun cuando los deteste o los ame. Hay un gran porcentaje de mí en ellos. Y en el fondo el negrito bonito de Guantánamo llamado Eudris Planche Savón, el hijo más chiquito de María, está en cada uno de ellos.

¿Reconoces en tu estilo alguna influencia de autores clásicos o contemporáneos?

—¿Cómo se hace eso? ¿Dónde lo enseñan? ¡Reconocer en mi estilo influencias de autores que admiro!!! Mejor responder como otros autores: eso le toca a otra persona. No a mí. Aunque sería bueno ser una combinación entre unos cuantos de esos autores que admiro. Podría decirte cuáles son, pero sería una lista bien larga y no hay papel para transcribir tantos nombres. Si la pregunta fuera: influencia en mi carrera literaria, no así tanto en mi estilo, ya decía que eso no tengo la capacidad para determinarlo. Pues mencionaría además de muchos autores, a dos ilustradores que admiro muchísimo: Quentin Blake, casualmente también escribe textos cortos, donde pueblan más sus ilustraciones. Y el otro es cubano: ARES. Me recuerdo, de niño, abriendo el Juventud Rebelde para ver las caricaturas de ARES. Otro género que cultiva, pues es muy versátil. Me preguntaba también, qué quería decir ARES. ¿Alguien puede llamarse así? Yo les inventaba diálogos a esas caricaturas. Ahora de grande. Escritor para suerte mía. ARES. Arístides me ilustra mi primera novela. ¿Puedo pedir más? Bueno, quizás sí. Que ARES haga una especie de binomio conmigo como lo hiciera Quentin Blake con Roald Dahl.

¿Cuáles fueron tus lecturas de niño?

—Decía Juan Villoro, en una excelente conferencia para bibliotecarios que no habré de olvidar, que «El primer contagio con la lectura viene antes de que se sepa leer, con la voz que narra un cuento». Quizás los libros que estaban a mi alrededor cuando niño, eran muy aburridos. Quizás no había libros que me interesaran. Quizás abrí libros y los volví a cerrar porque no me interesó lo que leí. Lo cierto es que trato de recordar mis primeras lecturas en la infancia, fuera de los libros de texto, y tan solo tengo ilustraciones, por ahí hay alguna en mi mente de un cochero en su coche que hoy relaciono con el cochero azul de Dora Alonso, otra de un libro de tapas y páginas duras, que tenía que ver con sapos y ranas. Recuerdo vagamente haberme leído Pelusìn del monte, en una edición «compartida» pues la tía de una amiga de la infancia me lo regaló y mi amiga se mostró celosa e interesada también en el libro. Entonces la tía para librarse del problema, dijo: ¡Se los regalo a los dos! Yo terminé quedándome con el libro, le cambié su parte a mi amiga, por dos almendras y un guineo maduro (así le decimos en Oriente a los platanitos que los orientales en La Habana les dejan de llamar guineo). Yo hubiera sido un lector muy feliz si me hubiera encontrado en mi camino Cartas a Carmina, de Ivette Vian; pues la serie de la TV me encantaba. También Papá de Noche, de María Gripe. Y otros tantos que solo leí de adulto. Lo que sí recuerdo es que tenía una gran imaginación e inventaba historias de fantasía para contarlas a mi mejor amigo de la infancia, y otras absurdas para contarlas a mi primo Daniel, que se reía cantidad con ellas. Y mi bisabuela me regañaba (era muy buena, pero esa fue la primera vez que censuraron mi literatura), pues tenía el tono de los libros de Bianca Pitzorno en la trilogía de Lavinia. Y en mis historias, a diferencia de las de Pitzorno, la caca era protagonista y hablaba. Estas historias nunca las llegué a escribir. Todas de fantasía, ninguna realista. Lo real era muy manido en ese entonces (años 90). Entonces mis lecturas, que recuerde, estaban relacionadas con el mundo de la fantasía, algunos textos de planetas y astros, los libros cristianos (no la Biblia como tal). Pero, sobre todo, lo esencial, era la oralidad de aquellos que se ponían a contar cuentos durante los apagones de los 90. Es que vivir una infancia en los 90 en Cuba, en el barrio donde conviví en Guantánamo, era un cuento. El mejor de ellos. ¿Para qué libros? Mi barrio siempre fue un cuento esperando quien lo contara. A veces he dicho que, si fuera a recopilar en algún libro, muchas de esas historias que escuché en mi infancia, y que curiosamente recuerdo. Pues el prólogo de la selección sería esta frase. Al principio dijo Dios: hágase la luz, y en Cuba se inventó el apagón.

¿Quién es tu héroe de ficción?

—Matilda, del libro homónimo de Roald Dahl, ¡me encanta! La Trunchbull (profesora mala de Matilda), Huckleberry Finn, Atreyu y Bastián, Marcolina, su sombrilla, y toda esa gente no tan cuerda que se la pasan metidos en su casa, Tato y Carmina… Son muchos, Enrique. Es como si me preguntaras quiénes son tus autores preferidos. Con la diferencia de que eso no te lo respondería, porque si se me quedan nombres, hay gente que se molesta. Por suerte los personajes de los libros, dígase héroes o héroes con «anti» delante, son tan auténticos que no mencionarlos no les haría daño.

¿Qué es lo que te desanima?

La mentira. La falta de sinceridad. La injusticia. Las alas cortadas. La maldita circunstancia del «absurdo» por todas partes. El desencanto en sí mismo. Pero es curioso, esas cosas también me ENCIENDEN. Hacen que arda y cree. Que tumbe muros y salga. Que renazca.

¿Qué atributos morales piensas que debe portar consigo un buen libro infantil?

¿Atributo? Esa palabra la detesto. Me traslada a un aula de la escuela primaria. Había que aprenderse los atributos nacionales. Como mencionaban esa palabra, no logro pensar en otros atributos que no sean esos. Y esos no me sirven a la hora de escribir. Trataré de responder algo, que no sé si será la respuesta a tu pregunta, pero no menciones otra vez la palabra atributo. Tengo tal imaginación que hay palabras que me trasladan a otros lugares y no logro dar una respuesta objetiva. No es mía la culpa de que me pase esto. Si la moral aún sigue siendo en este siglo el criterio de la verdad, pues un libro debe ser verdadero o al menos intentar serlo. Verosímil. Sincero. Debe ser fuego. No convencional. Luego que otros, si quieren, busquen en ellos moralejas o recursos didácticos.

 

 

 

1 (Guantánamo, 1985). Doctor en Medicina. Se especializa en Oncología. Su primera novela Hermanas de intercambio (Editorial Gente Nueva, 2016), resultó Premio Pinos Nuevos 2015. Además, ha sido Mención Premio Abril 2015.