Notas para conmemorar al último profeta.

Jesús David Curbelo

 

Acaba de morir Evgueni Evtushenko. Fue, tal vez, el último de los poetas profetas, esa raza ilustre que nació con Virgilio, y tuvo en Dante, John Milton y Víctor Hugo sus mayores exponentes. Hablo de ese tipo de bardo que pontificaba a las multitudes acerca del pasado, el presente y el futuro solo con la dignidad de su ejemplo, pues no rehuía su tarea de animal político por adversos que fueran los aires ni duro que se tornase el castigo por ir contra la corriente. A diferencia de los anteriores, quienes simularon en sus libros atalayas desde donde lanzar sus apotegmas, Evtushenko consiguió ser, en verdad, un poeta de multitudes. Desde su juventud declamaba en estadios repletos y era glorificado por el público. Le gustaba decir: «Yo soy un escritor para esos que no lo son»; es decir, para las masas que veían en su canto una voz preocupada por el destino del mundo, del país y de ellos mismos como ciudadanos, como minúsculas partículas que, por lo general, resultaban olvidadas en las grandiosas construcciones ficcionales con que los políticos acostumbran a esconder sus mezquinas esperanzas de perpetuarse en el poder a como dé lugar.

De modo curioso, Evtushenko fue un autor crítico con las autoridades (Stalin, los líderes del posestalinismo, los cerebros de la perestroika, los hombres de negocios de la nueva Rusia) y, a la vez, no tuvo graves problemas por ello. Quizá sufrió algunas zancadillas de los escritores estalinistas, aunque creo que ahí la envidia superó a la conciencia ideo-política: el arte de llenar instalaciones deportivas y teatros enormes no debe ser muy tolerado por quienes apenas alcanzan a publicar en revistas y periódicos subvencionados para hacer política, y a la postre muy poco leídos fuera de los circuitos implicados.

Recordemos la célebre cerrazón de la Unión Soviética en la época de Stalin. En su poema «Prólogo», del año 1955, Evtushenko se queja de esto y dice: «Es una vergüenza/para mí no conocer Buenos Aires ni Nueva York,/Quiero caminar hacia Londres,/y conversar con todos…». Y lo logró enseguida de forma exitosa: durante su vida visitó casi cien países y su obra fue traducida a más de setenta lenguas; este hombre nacido en Zima, Siberia, en 1932, vivió a caballo entre Rusia y Estados Unidos (donde murió, nada más y nada menos que en la temporada de Donald Trump) desde que en 1991 el país en el que había crecido —y que en 1989 lo había elegido diputado al Soviet Supremo— se desmanteló.

No obstante sentirse soviético, Evgueni Evtushenko tenía un hondo orgullo de ser ruso, como proclama en los versos finales de uno de sus más conocidos poemas «Babi Yar», escrito en protesta contra el antisemitismo en cualquier variante: «…soy y seré un verdadero ruso». Me parece que la mejor prueba de este aserto la ofrece la poesía. Él se declaraba heredero del vigor de Vladimir Maiakovski y de la ternura de Borís Pasternak, pero hay mucho más. Puedo apreciar con claridad en sus textos resonancias de la satírica picardía de Nikolai Nekrasov, los tonos elegíacos de Alexander Blok, Osip Mandelsstam o Anna Ajmátova, y hasta, a ratos, aquellas concesiones que hiciera Demián Biedni en el lenguaje con tal de ser comprendido por las masas .

Este me parece, en su caso, un pecado menor, la mayoría de las veces resuelto con elegancia por el poeta. Hay que entender un detalle: la poesía rusa, incluso aquella más de vanguardia (ciertas zonas de Pasternak, de Serguei Esenin o de Velemir Jlébnikov), mantiene de manera rigurosa la rima y la métrica. Esto ayuda a su fácil asimilación por parte de oyentes y lectores, muchos de los cuales todavía hoy acarician la peregrina idea de que poesía que no suene bien no es poesía sino otra cosa. Y es, entonces, la verdadera causa de que un autor tan alejado de los caminos intelectuales de las poéticas mayores del siglo XX (T. S. Eliot, Paul Celan, Seamus Heaney), goce de tan alta estima no solo entre «los ignaros» sino entre poetas, editores, críticos, traductores y que en varias oportunidades, por desgracia sin conseguirlo, estuviese nominado al premio Nobel.

Otra razón de peso para comprender su popularidad reside en la continua confesionalidad de su poesía, cuyo sesgo romántico (los sesenta, década en la que Evtushenko madura como autor, fue sin lugar a dudas una década romántica a nivel mundial con sus estallidos sociales, revueltas estudiantiles, llegada de los beatniks, crecimiento del rock, etc.) lo hace mantener una voz en la cual aparenta no haber ruptura entre los sujetos líricos que hablan en los poemas y la propia voz del poeta profeta. Hay, también, en sus textos, una verificable influencia del cantautor Vladimir Visotsky, ya sea por la búsqueda artística multidireccional (Evtushenko fue actor, guionista y director de cine, mientras Visotsky fue músico, compositor para cine y actor teatral y cinematográfico de renombre), o por la irrefrenable pasión por la libertad, la fe en la justicia, el impulso antibelicista y el desprecio por la burocracia, el oportunismo y la hipocresía. Visotsky terminó por ser un ícono de la canción inteligente. Evtushenko, a su manera, también se convirtió en un ídolo para sus admiradores dentro y fuera de su país.

Estimo obvio resaltar que la simpatía del poeta con el proceso social cubano proviene, en principio, de esa impronta romántica compartida. Evtushenko escribió el guion de Soy Cuba y dejó claras sus respectivas admiraciones por Fidel Castro y el Che Guevara en la década del sesenta (a la muerte de este último publicó el poema «La llave del comandante», que termina con unos aleccionadores versos: «A la izquierda, muchachos/ siempre a la izquierda,/pero no más a la izquierda/ de vuestro corazón»). Estas relaciones se enfriaron cuando el ruso protestó por la encarcelación, a su modo de ver injusta, de Heberto Padilla. Muchos años después volvió a Cuba, participó en el Festival de Poesía de La Habana y en la Feria Internacional del Libro, y hasta accedió a entregar a Colección Sur Editores una breve antología titulada El viento de la mañana.

De su copiosa producción literaria me gustaría destacar una de sus novelas: No mueras antes de morir, en la cual relata, ficcionalizándolos, por supuesto, los sucesos alrededor del golpe de estado que sufriera el gobierno de Mijaíl Gorbachov en agosto de 1991; en esta pieza el narrador retoma una afirmación dostoievskiana que pudiera ser la piedra angular de su mirada hacia la realidad: «Todos somos culpables de todo». De entre sus disímiles cuadernos de poemas, la crítica ha preparado varias antologías. La más conocida en español, hasta donde sé, es Manzanas robadas, compilada por el poeta y traductor chileno Javier Campos para el Festival Internacional de Poesía de Medellín. Otras incluyen poemas traducidos por Rafael Alberti y María Teresa León, por José Emilio Pacheco, José Herrera Petere, Jesús López Pacheco, José María Guell y Juan Luis Hernández Milián, entre otros.

Hay un texto en particular con el que quisiera concluir este sencillo homenaje al gran poeta ruso. Es, para mí, uno de sus mayores poemas, porque en él se aúnan la historia y la sociología con la profundidad de pensamiento y la música de las palabras en una de las más auténticas elegías de la lírica contemporánea: «Adiós, Bandera Roja nuestra»:

Adiós, Bandera Roja nuestra.
Descendiste del Kremlin
no tan orgullosa
ni tan diestramente
como hace años te izaste
sobre el destrozado Reichstag,
humeante como la última bocanada de Hitler.
Adiós, Bandera Roja nuestra.
Fuiste nuestro hermano y nuestro enemigo.

Fuiste el camarada del soldado
en las trincheras,
fuiste la esperanza de la
Europa cautiva.
Pero, como una cortina roja,
tras de ti ocultabas al gulag
repleto de cadáveres helados.
¿Por qué lo hiciste,
Bandera Roja nuestra?
Adiós, Bandera Roja nuestra.
Acuéstate.
Reposa.
Recordaremos a todas las víctimas
engañadas por tu dulce susurro rojo
que sedujo a millones a seguirte como corderos
camino al matadero.
Pero te recordaremos
porque no fuiste tú menos engañada.
Adiós, Bandera Roja nuestra.
¿Acaso fuiste solo un trapo romántico?
Estás ensangrentada
y con nuestra sangre te arrancamos
de nuestras almas.
Por eso no podemos arrancarnos
las lágrimas de los enrojecidos ojos,
porque tú ferozmente
golpeaste nuestras pupilas
con tus pesadas borlas doradas.
Adiós, Bandera Roja nuestra.
Obtusamente dimos
nuestro primer paso a la libertad
sobre tu seda herida
y sobre nosotros mismos
divididos por el odio y la envidia.
¡Eh, muchedumbre,
no pisoteen de nuevo en el fango
los ya quebrados lentes del doctor Zhivago!
Adiós, Bandera Roja nuestra.
Abre con fuerzas el puño
que te aprisionó.
Trata de ondear algo rojo sobre la guerra civil
cuando los canallas intenten arrebatar
de nuevo tu pabellón,
o solo los desahuciados
formen fila en busca de esperanza.
Adiós, Bandera Roja nuestra.
Te despliegas hacia nuestros sueños.
Ya no eres más
que una escuálida franja roja
en nuestra bandera rusa tricolor.
En las inocentes manos de la blancura,
en las inocentes manos del azul,
quizás aún tu color rojo
pueda ser lavado de la sangre que has vertido.
Adiós, Bandera Roja nuestra.
Cuidado nuestra nueva tricolor.
Cuidado con los tahúres de banderas
que quieren estrujarte entre sus dedos grasientos.
¿Pudiera ser que a ti también
te deparen igual sentencia
que a tu hermana roja:
ser asesinada por nuestras propias balas
que devoran tu seda como palomillas de plomo?
Adiós, Bandera Roja nuestra.
En nuestra ingenua infancia
jugaremos al Ejército Rojo y al Ejército Blanco.
Nacimos en un país que ya no existe.
Pero en aquella Atlántida estuvimos vivos y fuimos amados.
Tú, Bandera Roja nuestra, yaces en el charco de un mercado.
Prostituidos mercaderes te venden por divisas.
Dólares, francos, yenes.
Yo no tomé el Palacio de Invierno del zar,
ni asalté la Reichstag de Hitler.
Ni soy lo que llamarías un comunista.
Pero te acaricio, Bandera Roja, y lloro.