MEMORIAS DE UN CONTRABANDISTA DE TOALLAS

Jorge Fornet

 

 

 

 

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Una conocida escena contada por Sergio Pitol1 al inicio de El arte de la fuga lo muestra a su llegada a Venecia por primera vez. Es octubre de 1961 y acaba de bajarse del tren en que viaja de Trieste. Al consignar la maleta descubre que ha perdido los espejuelos en el hotel en que había dormido la noche anterior o en el vagón recién abandonado. Así debe recorrer la ciudad: «Se me escapaban los detalles», escribe, «se desvanecían los contornos». Los edificios, las plazas, los cuadros, todo lo que siempre soñó ver aparece difuminado, diluido por una miopía que distorsiona las imágenes. Al final del día regresa al tren que lo lleva de vuelta y, al abrir la maleta, descubre algo en un bolsillo de la chaqueta. Son, desde luego, los espejuelos.

Es posible percibir en esa pequeña historia los rasgos de una poética. Esa visión difusa, esa inseguridad en el poder de los sentidos, ayudan a explicar ciertas tendencias en la obra de Pitol: un modo de escribir en que los géneros se contaminan y en que la realidad y la ficción se cruzan, una propensión a elaborar historias que el propio narrador no llega a entender con claridad. Escritor de difícil clasificación, Pitol pertenece a una genealogía rara entre nosotros, a una tradición excéntrica que su misma obra ha ayudado a consolidar. Viajero impenitente, lector voraz y políglota insaciable, no es raro que nuestra lengua le deba no solo esa obra, sino también la incorporación de traducciones de Henry James y Conrad, de Jane Austen y Ford Madox Ford, de Andrzejewski y Gombrowicz, de Tibor Déry y Lu Hsun.

Dueño de una escritura singular y deslumbrante en la que encontramos títulos como los que integran el denominado Tríptico del Carnaval (El desfile del amor, Domar a la divina garza, La vida conyugal) y el Tríptico de la Memoria (El arte de la fuga, El viaje, El mago de Viena), Pitol padeció el asedio de premios y homenajes, de los que el Cervantes y el Rulfo son apenas los más resonantes. Curiosa fascinación la que despierta, si se tiene en cuenta que Pitol se empeñó siempre en escribir a contracorriente y que más de una vez citó una regla básica aprendida de Gide: «no aprovecharse nunca del impulso adquirido».

 

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Hace algunos años escribí —con motivo de la Semana de Autor que la Casa de las Américas de La Habana dedicó a Sergio Pitol en noviembre de 2008— un texto en el que me permitía leerlo como si fuera un escritor cubano. Hacía referencia entonces, para comenzar, a su infancia en un ingenio de Veracruz, entre el bagazo de caña y los árboles de mango, un paisaje que los lectores de la Isla podemos sentir como propio.

Me llamaba la atención, por otro lado, que no existiera ningún escritor cubano que hubiera habitado con la intensidad y devoción que él, el universo literario eslavo ni que cumpliera como Pitol la función que —conjeturaba yo entonces— debió corresponder a algún escritor nacido en Cuba, debido a la cercanía política y cultural de la Isla, durante casi treinta años, a la Europa del Este. Pitol ha contado, por cierto, que entre 1963 y 1966 frecuentaba la cafetería del hotel Bristol, de Varsovia, donde se daban cita intelectuales como Wajda y Andrzejewski. Estaba traduciendo la novela Las puertas del paraíso, y en esos años el joven mexicano y el escritor polaco mantuvieron una comunicación regular. En una de aquellas conversaciones Andrzejewski le confesó que, de los narradores hispanoamericanos traducidos al polaco, el único que le había interesado era Carpentier. No el de Los pasos perdidos, advertía, cuya opulencia lingüística y magistral arquitectura se desperdiciaban en un tema insignificante, sino el de El siglo de las luces: «Cualquiera que haya vivido la ocupación alemana y la fase más dura del estado totalitario podría leer ese libro como si esa historia sobre ideales traicionados formara parte de su propia experiencia. Cuando llegué al último párrafo», remataba Andrzejewski, «volví a iniciar la lectura de ese libro excepcional».

En 1965, tras dos años en Varsovia, Pitol recibe una invitación de Gombrowicz para traducir su Diario argentino. Sabemos que durante la primera estancia de Virgilio Piñera en Buenos Aires, este conoció a Gombrowicz. La amistad entre ambos (fortalecida por el resentimiento del polaco hacia un medio literario que jamás lo tuvo en cuenta), alcanzó su punto culminante al convertirse Piñera en presidente del comité de traducción de Ferdydurke. De modo que, involuntaria y simbólicamente, Pitol heredaba el papel que le había pertenecido a Piñera varios años antes.

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Ningún viaje de Pitol a La Habana tuvo el efecto vital y literario del primero, aunque para detenernos en él debamos comenzar por el final. Esta historia contada al revés comienza en mayo de 2004, cuando se interna durante dieciséis días en el Centro Internacional de Salud La Pradera. Conocemos los detalles porque allí escribió una parte de ese diario que lo ha acompañado por décadas, colocada como epílogo de El mago de Viena. El dato es importante porque ese final nos remite al principio, es el fruto de una larga Bildungsroman iniciada medio siglo antes en las calles de esa ciudad. El círculo de una vida se cierra sobre el mapa de la urbe caribeña: «Durante cincuenta años mantuve clausurados los días de La Habana; sabía, desde luego, que había estado de paso en esa ciudad fascinante pero no recordaba qué había hecho o visto en ella, ni siquiera dónde dormía». La historia —según esta versión— se remonta a fines de febrero o principios de marzo de 1953, cuando en su primera salida de México con destino a Venezuela Pitol llega a Veracruz para embarcarse en el Francesco Morossini; evitando el mal tiempo, el barco había adelantado su salida para Nueva Orleáns y el joven aborda un carguero brasileño que haría escala en La Habana y le permitiría alcanzar al Morossini en ese puerto.

La noche de su llegada a la ciudad el joven sale con un marinero italiano y dos jóvenes cubanos que lo conducen al barrio chino y al teatro Shangai, en una experiencia de la que apenas quedan jirones de recuerdos. Solo al día siguiente, al descubrirse dentro de unos zapatos ajenos, se da cuenta de la magnitud de hechos que no logra hilvanar. Gracias a una extraña anagnórisis, verse en los zapatos de otro le hace cobrar conciencia de sí mismo y de lo ocurrido. No logra precisar dónde había dormido, pero en ese silencio se asoma la posibilidad de una noche de Walpurgis. Hay un vacío en la memoria y en el texto mismo que, sin embargo, colma de sentido a la narración y logra insinuarse en algunos pasajes en los que habla en tercera persona del joven que fue: «de día y noche recorría la ciudad, tanto las partes más reposadas como las más estrepitosas, y […] en esas andanzas comparaba la Ciudad de México con la que estaba descubriendo, y la suya le parecía un inmenso monasterio habitado por una multitud de monjes trapenses, un desierto, un silencio infinito, una morigerada grisura; en cambio en la otra intuía una borrasca, un edén, la apoteosis del cuerpo, un vértigo, la gloria total». Y luego añade: «El joven estaba feliz, jamás había sentido tan intensa comunicación con sus sentidos, con su piel, en todo su cuerpo. Extasiado, vivía como en un sueño del que jamás quería desprenderse». Ha descubierto en La Habana una sensualidad que desconocía; pero ello no le impide descubrir otros espacios.

Al día siguiente se entera por el periódico de que Catalina Bárcena, de gira por Cuba, presenta Pygmalión. Esa puesta dejó en él una marca indeleble. Tras un primer acto desafortunado, la actriz y el personaje fueron creciendo «al grado que todas las Lizas de los varios Pygmaliones que vio después en producciones mejores y direcciones soberbias en Inglaterra, Italia y Polonia le parecieron sosas en comparación con la actriz española». Es decir, que a la revelación de una sensualidad no percibida antes, vendría a sumarse la experiencia de un placer estético que no volvería a encontrar ni en las más exigentes plazas.

Pero falta aún un elemento clave, el tercer vértice de este triángulo habanero indispensable en el proceso de crecimiento y aprendizaje que significaron aquellos días. Se trata de la iniciación política. Al siguiente día de ese momento de refinamiento intelectual, desemboca por azar en una manifestación que protestaba por el asesinato de un estudiante universitario. «Fue», asegura, «el primer acto público al que el joven se acercó. Después participó en muchos más y en diferentes lugares». Por si todos los detalles de este intenso viaje no fueran suficientes para proclamar el paso por un proceso de iniciación en los más importantes órdenes, falta un detalle más extraordinario:

Mi mayor asombro fue recordar que durantes esos días de La Habana y los siguientes de la travesía hacia Venezuela comencé a escribir. Varias veces he insistido por escrito y oralmente que el inicio de mi obra tuvo lugar en Tepoztlán unos cuatro años después de ese primer viaje al Caribe. Y descubro que no es verdad. La primera vez fue en la cubierta del Francesco Morossini cuando, tratando de escribir una carta probablemente a uno de los amigos que desistieron del viaje, empecé un poema.

Es entonces allí, en la cubierta del barco en que acaba de salir de La Habana, donde el joven que había crecido entre cañaverales y matas de mango vela las armas que le permiten echarse a los caminos de la literatura.

4

En esa misma Habana que hasta 2008 había tenido escaso contacto público con el escritor Pitol, desde entonces han proliferado homenajes, tanto como circulado sus libros y engrosado el número de sus lectores. La revista Casa de las Américas le dedicó un amplio dossier en el número 255 (enero-marzo de 2009), y han aparecido en editoriales de la Isla Nocturno de Bujara, El viaje y El arte de la fuga (el primero en el Fondo Editorial de la propia Casa, y los dos últimos en las editoriales Torre de Letras y Arte y Literatura).

Sin embargo, el más insólito de los homenajes habaneros al escritor que hoy nos convoca no es obra de un autor cubano: aparece en la novela de Mario Bellatin El libro uruguayo de los muertos (2012). En ella, el narrador, cuyo nombre coincide con el del autor real del libro, viaja precisamente a La Habana como acompañante de Sergio Pitol, para preparar la Semana de Autor que le dedicarán allí. Según la delirante propuesta de Bellatin, ambos personajes deben ir en busca de unos muñecos que aparecen en la ciudad (precisamente, el texto presentado por el verdadero Bellatin en la auténtica Semana de Autor se tituló «Muñecos colocados frente al mar»), donde Pitol no puede sustraerse a la tentación de participar en el contrabando de toallas. Esa alucinante ficción nos devuelve a Pitol, sin embargo, como lo que en el fondo nunca dejó de ser y que ahora, tras su partida definitiva, debemos recordar: un personaje al mismo tiempo cercano y enigmático, un guía que —paradójicamente— no deja de perderse, y que logra arrastrarnos a perdernos con él.

1 Sergio Pitol Domeneghi, escritor mexicano (1933-2018).