Una revista memorable. SARDIO

 

Se ha publicado recientemente un volumen que reúne textos significativos de Sardio, una revista literaria venezolana que, en su época, sorprendió por su gran calidad y sus ideas muy avanzadas, en todo el ámbito cultural latinoamericano. Reproducimos el texto introductorio que, a modo de nota de contraportada, escribió el reconocido escritor venezolano Edmundo Aray; también el elocuente «Testimonio» del número inicial con el que se anunciaron:

En el bimestre de mayo-junio se cumplirán 57 años de la publicación del primer número de la revista Sardio (piedra roja del Apocalipsis). Había comenzado a prepararse su edición el año 1957, en medio de los ajetreos de la programación de la Librería-Galería en un local situado al fondo del pasillo del edificio Fonseca, aledaño a la Fuente de Soda Iruña (Iruña, nombre vasco de la capital de Pamplona, Navarra, España), de Reducto a Municipal, regentado por Manolo, solo Manolo, pues no conocimos su apellido, y, si algún compañero llegó a preguntárselo, seguramente ya se fue. (A esta fecha quedamos pocos: Guillermo Sucre, Luis García Morales, Ramón Palomares, Elisa Lerner, Rodolfo Izaguirre. Algunos pintores están vivitos y coleando, digo, pintando: Manuel Quintana Castillo, Marcos Miliani, Perán Erminy —crítico de arte, sobre todo). Sardio (Revista Bimestral de Cultura), anunciaba como Distribuidora a la Librería Suma, en la calle Real de Sabana Grande. Gonzalo Castellanos se incorpora al Comité de Redacción en el número 2, julio-agosto 1958, que ya no Comité sino Consejo de Dirección. En el número 3-4, set-dic.1958, se establecía: las colaboraciones que figuran en nuestra revista son estrictamente solicitadas: no se devuelven originales. Y se agregaba: al reproducir algunos de nuestros textos debe indicarse su procedencia. Miembros del COMITÉ DE DIRECCIÓN del primer número —en mayúscula—: GUILLERMO SUCRE, LUIS GARCÍA MORALES, RÓMULO ARANGUIBEL, RODOLFO IZAGUIRRE, ADRIANO GONZÁLES LEÓN. En el 3-4 se imponía la columna establecida en el 2, con los nombres —en minúscula— de adriano gonzález león, luis garcía morales, guillermo sucre, gonzalo castellanos, elisa lerner, salvador garmendía, rómulo aranguibel, rodolfo izaguirre, ramón palomares. Todos los volúmenes, a excepción del número 8 de la revista, fueron impresos en la «Editorial Arte», Calero a Desamparados, 98. En aquel entonces la «Editorial Arte» era una imprenta que apenas comenzaba como tal. En ella mucho aprendimos, pero también los impresores de Gonzalo Castellanos.

 

TESTIMONIO

Nadie que no sea militante permanente de la libertad puede sentir la portentosa aventura creadora del espíritu. Ante el peso de una historia singularmente preñada de inminencias angustiosas, como la de nuestros días, ningún hombre de pensamiento puede eludir esa militancia sin traicionar su propia, radical condición. Las hasta hace poco imperantes categorías del esteticismo resultan hoy demasiado estrechas y asépticas. Ser artista implica tanto una voluntad de estilo y un ejercicio del alma como una reciedumbre moral y un compromiso ante la vida. No se vive, ni se deja vivir, impunemente. Es menester quemarse un tanto en el fuego devorante de la historia. Cuando revele la huella del hombre ha de ser responsable de un camino. Y quienes asuman posición en el mundo de la cultura han de ser sensibles también a las urgentes esperanzas de su época.

Sería vana toda postura idealista para resolver los convulsionados problemas que nos impone la política. Ya esta ha dejado de ser tabú o amenazante minotauro, para convertirse en vasto dominio de la inteligencia y del alma de los pueblos. Todos los órdenes de la vida humana reciben su influjo, para bien o para mal, pero en todo caso para determinar su destino. Ser político equivale a tanto como ser hombre. Toda indolencia es propicia a la indolencia y a la humillación de espíritu. Quienes soslayan esta verdad olvidan que ciertas fuerzas oscuras, desencadenadas un momento dado sobre la historia, quebrantan siempre la dignidad de toda creación. Por ello es que cultura y tiranía son radicalmente incompatibles. Las dictaduras son algo más que la ciega imposición del instinto o de la codicia. Ellas surgen como la fundamental negación de la esencialidad humana y de la inteligencia.

Ante la imperiosa reconstrucción que reclama nuestro país después de la abismante década de la pasada dictadura, SARDIO se declara solitario irreductible de tales principios. Creemos haber asimilado en profundidad la invalorable experiencia de los últimos años. Pero si ayer fuimos militantes y activistas en la excepcional aventura de la Residencia nacional, hoy solo aspiramos sin abandonar personales compromisos civiles, a asumir actitud crítica y orientadora en medio de la vertiginosa dinámica de recuperación que es actualmente la patria. No pretendemos ser políticos dirigentes, pero sí aceptar nuestra obligante condición de escritores y artistas. Impugnamos la tradicional demagogia de ciertos intelectuales que aún recurren al convencionalismo y a la sensiblería para impresionar a desprevenidos y abordar posiciones influyentes. Todo arribismo es traición a la cultura. La inteligencia es compromiso más grave y dramático. El intelectual es un ser admonitorio y polémico, capaz, en ocasiones, de ir contra la corriente a fin de señalar abismos e injusticias. La política, por otra parte, ha dejado de ser simple juego proselitista o táctica acomodaticia, y adquiere las dimensiones de una ciencia lúcida apta para informar de conciencia al pueblo. Toda retórica está hoy en descrédito. Los mismos partidos políticos se han visto obligados a abandonar viejos fetichismos y gregarismo por la simple emotividad, y ya se perfilan como ideologías actuantes y definidas. Estamos ante una realidad que requiere estudio y disciplina y no vagas imprecaciones sin sentido.

Pero si reconocemos el advenimiento de un nuevo estilo político en nuestro país, no queremos dejar de puntualizar ciertos hechos. Declaramos que la libertad no es puro goce indiscriminado de derechos civiles, sin orientación ni objetivos. Si ella es la suprema aspiración universal de nuestro tiempo, debe fundarse en una sólida independencia económica de las naciones. Somos ortodoxos en la creencia de que un país alcanza el pleno ejercicio de la libertad cuando diversifica y potencializa su economía y cuando se sustrae de todo servilismo ante naciones extranjeras. Reclamamos, con plena conciencia, una política económica más audaz y nacionalista que salve para la patria los grandes recursos de nuestro patrimonio material. De ello habrá de derivarse la definitiva conquista de nuestra soberanía en el plano mundial tantas veces amenazada por el imperialismo del norte.

La libertad no puede ser tampoco engañosa entelequia a la cual vayan a sacrificarse imperativos más urgentes y concretos. Si ella debe ser concepto dinámico que habitúe al hombre al reino de su potencia interior y de su dignidad de ser sobre la tierra, no puede eludir la felicidad material y social de los pueblos. Conjugar en un armonioso sistema de coordenadas todos estos planos es el objetivo determinante de la Democracia. La libertad no se justifica sino en la medida en que se hace realidad esa conjugación.

Nos declaramos afiliados también de un humanismo político de izquierda que lleve a los vastos sectores desasistidos del país una educación racional y democrática y que incorpore a nuestro pueblo al goce profundo de los grandes valores del espíritu. La cultura no puede seguir siendo privilegio de elites ni de clases. Para asumir la gravedad de nuestro destino histórico requerimos la presencia de un pueblo luminoso y creador, sensible al imperio de las ideas y de la verdad.

Paralelamente a estas posiciones, SARDIO no puede olvidar el compromiso que se ha trazado frente a la cultura nacional. No seremos demasiado enfáticos, pues todo énfasis revela vacilación e intolerancia. No confundimos universalidad con cosmopolitismo, pero se nos hace evidente que el exceso de color local, con todas sus derivantes, ha viciado de raíz gran parte de nuestras manifestaciones artísticas. Así como condenamos cualquier esteticismo, condenamos también cualquier nacionalismo exacerbado y arrogante. Respetamos en el folklore y en nuestras mejores tradiciones el alma esclarecida del pueblo, pero nos parece que ciertos artistas han insurgido en una suerte de depredadores irreverentes de ese patrimonio. Asimismo toda esa literatura de esquemas y de soluciones preconcebidas nos resulta insustancial. Si la profecía se resiente ya de anacronismo, más anacrónica se hace esa postura de estetas redentores que algunos, por comodidad suelen adoptar. Exaltamos en la literatura y en el arte su propia plenitud inalienable. La función social y humana la cumplen en tanto que cauces de creación y nunca como simples escafandras de una conducta parcializada. El hombre de hoy esta volcado hacia una experiencia más vasta y compleja, que sería inútil simplificar con limitaciones regionales o partidistas, y está urgido por anhelos profundos de universalidad.

Orientados hacia esa gran experiencia es como debemos tratar los problemas nacionales. Es imperioso elevar a perspectivas más universales los alucinantes temas de nuestra tierra. La anécdota, el paisajismo, la visión pintoresca de la realidad, no son más que fraudes a los requerimientos de la época. Debemos alimentar una firme voluntad de estilo, una vigilante dedicación al estudio y una ideología más original y moderna. Nuestra cultura aparece ayuna de ideas y problemas, como si aún viviéramos en una Arcadia de imperturbables regocijos. Hay que poner de relieve una conciencia más dramática de la realidad y del hombre. Pero una conciencia rigurosa, estremecida de lucidez y de exigencias. La ingenuidad y la improvisación deben estar distantes de nuestros propósitos. Sin hacer alardes de modernidad mal entendida y sin olvidar a nuestros grandes maestros, nos sentimos asistidos por una nueva visión y una distinta sensibilidad. No aspiramos a crear escuela de iluminados; sentimos desprecio por tales pretensiones. Pero sí queremos reiterar el espíritu polémico que nos anima. Si algo es alarmante entre nosotros es la ausencia de análisis objetivos al juzgar la obra del artista. Vivimos en medio de prejuicios y cofradías. Nos falta meditación, trascendencia. Nuestra escala de valores está regida por la timidez y la complacencia. Pero la cultura es algo más que el juego deleitoso de gentes que se rinden mutua pleitesía. Ella es la expresión de la historia, espejo de los júbilos y de las tribulaciones del hombre. El reino inquebrantable de la verdad.

Publicado en Sardio, Nro. 1, mayo-junio, 1958.