BRINDIS IMPERIAL

María Elena Llana

 

 

 

 

Comenzar la reseña de un libro elogiando su prólogo es la forma más sugerente de calificar a Vino de Falerno, valiosa colección de cuentos de Mariela Varona —Ediciones La Luz, Holguín, 2018— como un todo integral, desde la cubierta hasta la contraportada.

El prologuista, el escritor Ghabriel Pérez, realiza un concienzudo análisis de la obra, felizmente ajeno al afán protagónico que algunas veces lastra este propósito. Nos habla de Mariela, de su ingenio perspicaz capaz de ubicar a humanos y demonios en un mismo plano conflictual y de brindarnos algo tan necesario en nuestra cotidianidad como el divertimento literario.

Ya con esa guía, asomarse a la obra de esta escritora (Banes, 1964), es topar con cuentos destacados tanto por el ingenio como por la calidad del idioma y la estructura formal. Sus personajes resultan seres verosímiles, dado el sapiente soplo sicológico que los anima.

El libro transcurre entre las actuales vertientes del realismo. Mágico, por la carga de fantasía conferida por el autor a lo cotidiano. Sucio, cuando enfoca el inframundo de la conciencia, con una mirada objetiva, sin regodeos ni acusaciones.

Ejemplo de ambas modalidades, resultan «El mantel», pieza del ajuar familiar simbiotizada con la cueva de Alí Babá, por las delicias gastronómicas que ofrece. Y «Sálvame, Sade», en el cual una lesbiana decide enriquecerse con un negocio basado en el performance masoquista.

Pero ninguna de las dos vertientes se queda en la superficie de la propia anécdota. Por sus más profundos albañales circulan funcionarios que medran con los bienes estatales. Y gentecitas marginadas, con ansias de lograr lo inalcanzable, así sea a latigazos.

Otro cuento vinculado a la venalidad es «El caramelo», en el cual tres gotas placenteras descargan en el lector un mazazo aún no vislumbrado por los personajes. Al respecto, el ya elogiado prologuista señala la capacidad de la autora para demostrar «que toda la mordacidad del mundo cabe en una cuartilla».

Mariela es capaz de darnos un feminismo fuerte, siempre apto para devolver el golpe. Y un erotismo cuya minuciosa descripción («Miel») no incurre en el morbo porque, en sabio juego de contrastes, le sirve de fondo una melosa melodía de Caetano Veloso.

Todas las anécdotas se deslizan en un tono general no por ligero menos profundo, convertido en ya lograda voz propia, aunque uno de los relatos citados, «El mantel», joya de la corona, date de los «especializados» años noventa, cuando la autora, ingeniera en «Controles automáticos» sintió la incontrolable llamada de una vocación literaria iniciada en la infancia.

Está dedicado a quienes leyeron el cuento entonces y lo recuerdan, como si el tema no se adaptara a otra referencia literaria, poética, por añadidura: quien lo leyó y lo vivió no lo pudo ya jamás olvidar.

Dentro de un posible canon de lo cotidiano «nuestro» —ambientes, personajes, fórmula coloquial del idioma y del humor, lugares—, transcurren estas historias, regidas por el rigor del cuento de conjugar riqueza y brevedad.

La cosa pudiera cambiar en «Vino de Falerno», que da título al libro, como homenaje de Mariela a su autor máximo, Bulgakov, si no fuera porque ella maniobra con la intertextualidad trasladando a La Habana a los personajes de El maestro y Margarita, entre ellos a Pilatos, cuya jerarquía solo le permite degustar el vino más caro del Imperio.

Para completar el aplatanamiento, Voland —el diablo de la historia—, apostado en El Floridita, trata de establecer su tradicional pacto con un bello mulato, escritor insolvente —para variar—, que suele andar por la calle Obispo.

Tras esa feliz conjunción de tiempos, mitos y ciudades, el broche de oro, es «La paciente de la cama seis», una mujer hospitalizada tras un fingido suicidio en quien se establece un deslizamiento de identidades, un toma y daca con la muerte y la imaginación, cuyo lógico ensamblaje es uno de los retos del género.

El libro se suma a una estela autoral, centrada en el cuento como género: «El verano del diablo», «Cable a tierra» y «La casa de la discreta despedida», que sitúa a Mariela Varona —según señala Ghabriel Pérez— «en la literatura de culto de Holguín».

Y sin duda, entre las más lúcidas y seguras narradoras de la Isla.