II



Que le comiesen todo, que las plagas le acabasen con el tomatal y las ratas o los ladrones le robasen las dos pollonas y el único gallo que le quedaban, pero ¿quién podría quitarle el placer de fumarse pacientemente su tabaquito diario, después del buche de café?
Y aquella mañana, por cierto, no había tenido ni tiempo para eso, sino simplemente de echarse entre los dientes uno de sus cabos de reserva, al pasar junto al marco de la ventana del rancho, donde tenía provisiones de ellos.
Desde que se levantara, al amanecer, y notara la falta de la vaca, había salido a los potreros con la esperanza de encontrarla, de que simplemente hubiese reventado la soga y anduviese por ahí, deambulando, como si esta no fuese ya la décima vez que los matarifes le daban la misma machacona lección, viejo imbécil.
Mientras miraba a la vieja trajinar la cafetera, y torcía sentado a la mesa un enorme, hermoso tabaco que sólo él se merecía y que menguó visiblemente el único mazo de que disponía, se puso a recordar cómo había levantado minuciosamente la finquita aquella.

Le habían costado cuarenta años de su vida, pero con aquellas pobres vacas él había criado dos hijos, que lo habían abandonado hacía ya unos cuantos años para darle un buen cuarteto de nietos que de vez en cuando venían a quitarle la poca paz que los ladrones y los matarifes le dejaban disfrutar. (Y no era que le desagradasen los nietos por sí mismos, sino que a él le gustaban o no sus descendientes en la medida en que se sintiesen orgullosos de él, de sus vacas y de su pedacito de tierra, y estuviesen dispuestos a sucederle. Pero este no era ni mucho menos su caso, y el viejo no tenía ya esperanzas de que la finca quedase para siempre en manos de la familia. Sería vendida cuando él muriese, de eso no le cabían dudas.)
Y aquella mañana el viejo había tenido una de las habituales y breves visitas de sus descendientes. Los nietos habían estado correteando por el patio y los hijos, vestidos impecablemente, habían intentado sacarle conversación… Andaban en un yipis y se iban de paso para algún lugar, o venían de algún lugar. El viejo casi ni los había notado con el asunto de la vaca perdida…
Y ahora la vieja le estaba diciendo algo acerca de algún nieto, ¿estaba muy delgadito?, ¿tenía catarro?
El café se demoraba, y el viejo tuvo que soportar toda una larga disertación acerca del hambre nacional, salpicada de detalles clínicos. La vieja podía distinguir la gente de las ciudades por el color, y los perros por la sarna…, si era que quedaban perros en las ciudades.

En las ciudades la gente no echaba a la calle migajas, la gente misma vivía de migajas, y los perros y los gatos estaban infestados de sarna… La sarna los devoraba poco a poco, malnutridos, o se devoraban entre sí… Se habían dado casos de personas que comían perros sarnosos, o de vendedores ambulantes de pan con perro, todo era posible ahora en este país, dijo la vieja.
Por último, la vieja habló de las nueras y los hijos, que estaban flacos, y de los nietos que no crecían, etc. La vieja les había dado cincuenta libras de arroz, ¿le parecía poco?
El viejo alisaba el tabaco con las yemas de los dedos.
También les había dado quince o veinte libras de frijoles.
El viejo miraba fija y distraídamente a través de la ventana. Desde el cuartón llegaba el bramar de la ternera, que ahora estaba echada debajo de la mata de naranjas agrias, y lloraba con gruesos y sentimentales lagrimones vacunos que ya no conmovían a nadie, pobres animales llorones.
A lo lejos, por sobre el marabuzal, planeaba una bandada de buitres.
La cafetera terminó de colar y la vieja apagó el fogón.
Los hijos se habían llevado también tres botellas de puré de tomate y una ristra de diez cabezas de ajo, dijo la vieja.
Dame el café, dijo el viejo.
No tenían manteca, dijo la vieja mientras le alcanzaba el jarrito de café. Les di un par de botellas de las chiquitas, dijo.
El viejo se tomó su jarrito de café de una manera muy extraña, muy despacio y saboreándolo minuciosamente, como si quisiese conservar por largo tiempo el recuerdo de aquel sabor entrañable. Sentado a la mesa y mirando abstraídamente a través de la ventana hacia el cuartón del patio, o tal vez hacia el marabuzal donde le habían matado su última vaca, se pasó casi todo el resto de la mañana sorbiendo equitativamente su jarrito de café, en medio de una densa nube de humo de tabaco.
Apenas se levantó un par de veces para ver llorar a la ternera (¿pensaba acaso la ternera que con tanto llorar le iba a dar vida a los huesos repelados de la Pinta?), o para echarle un cubo de agua en la canoa y unos puñados de yerba fresca… Pero enseguida regresaba a su puesto de la mesa, y a su tabaco y su jarro de café.
La vieja no lo había visto así en toda su vida y mientras ajetreaba el almuerzo lo iba observando con preocupación, casi consternada. También para ella había sido un duro golpe la pérdida de esa última vaca, pero no por eso había que tirarse a morir, viejo, le dijo.


Continua...