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II
Es apremiante reconocer los espacios de encuentro que nos
quiten de ser una multitud masificada mirando aisladamente
la televisión. Lo paradójico es que a través
de esa pantalla parecemos estar conectados con el mundo entero,
cuando en verdad nos arranca la posibilidad de convivir humanamente,
y lo que es tan grave como esto nos predispone a la abulia.
Irónicamente he dicho en muchas entrevistas que la
televisión es el opio del pueblo, modificando
la famosa frase de Marx. Pero lo creo, uno va quedando aletargado
delante de la pantalla, y aunque no encuentre nada de lo que
busca lo mismo se queda ahí, incapaz de levantarse
y hacer algo bueno. Nos quita las ganas de trabajar en alguna
artesanía, leer un libro, arreglar algo de la casa
mientras se escucha música o se matea. O ir al bar
con algún amigo, o conversar con los suyos. Es un tedio,
un aburrimiento al que nos acostumbramos como a falta
de algo mejor. El estar monótonamente sentado
frente a la televisión anestesia la sensibilidad, hace
lerda la mente, perjudica el alma.
Al ser humano se le están cerrando los sentidos, cada
vez requiere más intensidad, como los sordos. No vemos
lo que no tiene la iluminación de la pantalla, ni oímos
lo que no llega a nosotros cargado de decibeles, ni olemos
perfumes. Ya ni las flores los tienen.
(...)
Esta mañana di por seguro que venía la sudestada,
y me equivoqué. La tormenta se mantuvo en suspenso,
estática. Los grises se fueron atenuando y a la tardecita
ya ningún rasgo plomizo se distinguía en el
cielo. Este simple e inofensivo error me llevó, imperceptiblemente,
a las grandes equivocaciones que uno comete en la vida. Y
de ahí, a través de un vasto territorio de sueños
y recuerdos, mi alma quedó al borde de la imagen de
mi madre aquella tarde, cuando la fui a visitar a La Plata
y la encontré de espaldas, sentada a la gran mesa solitaria
del comedor mirando a la nada, es decir, a sus memorias, en
la oscuridad de las persianas cerradas, en la sola compañía
del tictac del viejo reloj de pared. Rememorando, seguramente,
aquel tiempo feliz en que todos estábamos alrededor
de la enorme mesa Chippendale, y los grandes aparadores y
trinchantes de otro tiempo, con el padre en una cabecera y
ella en la otra; cuando mi hermano Pepe repetía sus
cuentos, las inocentes mentiras de aquel folclore familiar..
A mi madre se le habían empañado los ojos al
verlo y algo le había repetido de aquello de que la
vida es un sueño. Yo la había mirado en silencio.
Qué le podía atenuar, ella estaría viendo
hacia atrás noventa años de fantasmagorías.
Después, como a pequeños sorbos, me fue contando
historias de Rojas y de su familia albanesa hasta que fue
hora de irse. ¿Había que irse? Los ojos de mi
madre volvieron a nublarse. Pero ella era estoica, descendía
de una familia de guerreros, aunque no lo quisiera, aunque
lo negase.
Todavía la recuerdo en la puerta, saludando levemente
con su mano derecha, de manera no demasiado fuerte, no fuera
a creer, esas cosas. En la calle 3 los árboles habían
empezado a imponer su callado enigma del atardecer. Todavía
volvió una vez más la cabeza. Con su mano, tímidamente,
ella repitió la seña. Luego quedó sola.
Tan enardecidas fueron mis búsquedas que entonces no
supe reconocer que era ésa la última vez que
vería a mi madre sana, de pie, y que ese dolor perduraría
para siempre, como hasta esta misma noche que entre lágrimas
la recuerdo. Entre lo que deseamos vivir y el intrascendente
ajetreo en que sucede la mayor parte de la vida, se abre una
cuña en el alma que separa al hombre de la felicidad
como al exiliado de su tierra.
Lo que nos decimos son más cifras que palabras, contienen
más información que vida. En el diálogo
el compromiso que nace entre las personas puede hacer del
miedo un dinamismo que lo venza y sacar un mayor espacio para
la libertad.
Continua...
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