La era a sus pies rendida
Michael h. miranda

 


(A propósito de Papeles de un naufragio, de Lourdes González)


Una piedra, otra piedra. Guardaría la primera línea de este libro con especial solicitud. Figura entre las más memorables de cuantas he leído. Al lado de aquella que Camus pone en boca de Mersault, o la de Borges, que también se multiplica como en un juego de espejos, sobre el descubrimiento mitológico de Uqbar. Es así que una línea sola puede contener siglos y también ser todo un libro, toda una sabiduría, toda una era. Desde las primeras lecturas públicas de este breve pasaje inicial sabía que había algo en eso de “nos pareció sencillo comenzar a prescindir de cosas y comer”, algo que después supe era el inmenso testimonio de una época. Una piedra (textual) sobre otra piedra (contextual) para erigir el muro del tiempo que vivimos como en un infinito vuelo nocturno, como si fuera el pasajero letargo, la ficción nombrada y asida, de un escriba herético, hierático.
Escenario donde, poco a poco, me convierto, me finjo, me simulo. Narrar como si fuera verdad es un modo de la verdad y también una manera de llegar a ella. Por qué escogemos siempre los hombres un jardín cómodo, por qué no el propio yo (la singularidad en sí misma, diría Breton) como pretexto. El ejercicio del ser comienza y termina en el cuerpo. Y termina también con la pérdida, la renuncia, el cansancio clásico. Estos papeles desolados son una actitud frente al mundo, obsesión de quien conoce la noche y los sesgos del placer del cuerpo, maniobras a voluntad para la sobrevida, para no morir. Son las de este libro frases impúdicas, dardos de muerte al quietismo que respira y contra destinatarios no impuestos por azar alguno (los conoce, los conoce bien), sino redefinidos por lo inquietante del haber vivido, del haber gozado y padecido. Maldita historia, contra ti van también estos dardos.

La posesión es una de mis renuncias. Jamás fuimos tan libres para hablar desde adentro. Si amar es poseer, también significa amar la libertad para amar. Esa convicción habita en todo el libro. Podemos desterrar la total esperanza de la posesión eterna, aislarnos del objeto amado, cerrar para siempre esa puerta de humo que es la pertenencia al cuerpo del otro, al rito del deseo. Clarice Lispector lo resume, o más bien lo asume, como la tentación del placer, comer directamente en el origen, directamente en la ley. El fin podría ser entonces buscar la condenación como alegría y exorcismo. Lourdes González llega a oponer la transgresión de un modo fácil de admitirnos meros habitantes, seres sujetos al polen ajeno. Toca para nosotros un blues que no aburre, que no deprime, aunque agreda a dentelladas y con alevosía a quien no intenta agenciarse un cambio. He aquí la época y su testimonio voraz, otra vez, como quien aplica a la realidad un esquema poético.
Carta con esquema de la casa. Hay un sí aristotélico en las fronteras ilusorias que derriban estos textos. El griego decía que lo risible era una variante de lo feo y que no había forma de establecer distancias entre lo trágico y lo cómico, ambos se conciernen, se enlazan, lo uno puede contener lo otro. Encuentro en las páginas de este libro, entre sus líneas releídas ya, esa curiosa, interesante confluencia: humor visible (o sea, mordacidad, ironía, sarcasmo y sus variantes conocidas, tal como se asume la autora y protagonista), señal de vida, de plenitud, por demás; y destino cerrado, final previsto y muerte lógica. Es un resultado que nos deja el punto final de una historia a trazos, magistralmente llevada, que desconoce cualquier límite y que es además una provocación inmensa, el cuádruple lanzamiento de un dardo al rostro todavía virgen de cierta zona de la literatura cubana..


Continua...