June

Mónica Ravelo

Mónica Ravelo (La Habana, 1979) es Licenciada en Historia del Arte y graduada del Taller de Técnicas Narrativas Onelio Jorge Cardoso. En 2010 obtuvo el Premio Razón de Ser por el proyecto de novela Living Glamour. El cuento que publicamos pertenece a su libro Chica de portada, que ganó el Premio Pinos Nuevos en 2011 y será presentado en la XXI Feria Internacional del Libro, Cuba 2012.

Una a una siento salir las gotas de sangre de mi cuerpo. Lentas, como si dudaran en salir o les fuera difícil renunciar a mi temperatura. Las siento tibias y enconadas; bolas para las cuales mi orificio es pequeño. Logran escapar, subvirtiendo sus formas u obligando a ceder a mi piel. Una vez fuera, se enfrían, se encharcan, y la tibieza de mi intimidad se pierde. Me siento a orinar, y a pensar, el baño es el lugar más íntimo y respetado de la casa. Recuerdo las palabras de Ella, su mirada queriendo desnudarme, poseerme y vejarme con celos. En el fondo siente celos de mi amor por él.

Él necesita le digan que será un Dostoievski y ella lo engatusa con ese mórbido plan de seducción. Las gotas de sangre se diluyen en el agua mezclada con orina, y me siento más a gusto al no sentir el cambio de temperatura que aborrezco. Abro los muslos y cuento los segundos en que se enrojece el agua, se disuelven los líquidos de la naturaleza. En la mélange rosada veo los ojos de ella. Cierro las piernas y desemboco con ternura en mis rodillas. Amanso con las palmas el frío de las curvas. Hago oídos sordos a las crepitaciones dolorosas de mi vientre que hacen que mi piel se encrespe y mis huesos se retuerzan.

Doy a esa parte de mí el amor que guarda el resto. Las adoro porque son bellas. Cuando las miro comprendo que son mi fortaleza. Él las besa con devoción, absorbe con amor su jugo como si fueran frutas. Muerde la dureza de la osamenta como mismo devora la masa de las manzanas. Luego se detiene en la redondez de los salientes al igual que hace con las uvas. Ella nos pilla por la hendija de la puerta que quedó abierta, nos espía siempre. Su fantasma nos cerca a cada paso. Calcula la cercanía entre mi cuerpo y el de él, el calor que guardamos juntos. Cuando me tiendo en el diván junto a mi hombre ella desea acostarse entre nosotros. Lo ama, y a mí me desea con la misma fuerza que me aborrece. A él lo atrae con la ilusión de la escritura, tiende puentes que no podré cruzar. Piensa que mi inteligencia es menor, soy sólo bella, el cuerpo de mujer que él admira y ella envidia. Entonces se envanece en la complicidad intelectual.

Más tarde, cuando él queda absorto en la lectura, ella observa mi cuello, ambiciona tocarlo. Tiembla cuando me aproximo y trata de menoscabar mi presencia. Yo entro con placer al juego de engaños, me tiendo cerca de ella, la abrazo de espaldas, respiro sobre su cuello, le doy mimos, imploro su protección y luego me escabullo como una gata. Queda tendida en el recamier, húmeda de deseos, con la imagen fatídica de quien amortece.

Otra vez pongo el polvo en el cuenco de la mano, lo inhalo y me tiendo sobre algo que no puedo describir. Son las nubes, rosadas con visos violetas. El mundo da vueltas como en un carrusel y recuerdo la infancia: "Mamá, tengo miedo de que se caiga mi caballo, está loco, siempre vuelve al mismo lugar". Saltan los ojos amarillos de ella, se cuadruplican. Aprovecha para tocar, me acaricia los senos, la cintura, escurre los dedos por mi pelvis y yo caigo al suelo del baño. Ella no puede sostenerme con su cuerpito débil e infortunado. Y cae conmigo, sus manos sobre mis nalgas, por pura coincidencia. Fue el afán del azar quien hizo que sus manitas inútiles se depositaran en mi grupa y que él la viera caer sobre mí. Luego él me cargó hasta la cama y, aunque no me lo digan, estoy segura que ella durmió muy cerca de nosotros.

Me harta su cara blanca pálida, el pelo abierto al medio, los ojos inmensos como el de un fantasma. Toda ella me exaspera. Miente a todos, a sí misma, incluso en su diario. Aprendió temprano, como las niñas locas. Tal vez sea la secuela del parto malogrado… y de la culpa que pudo tener en ello. Por todo eso, la miro a los ojos y le grito: "Sientes culpa". Mis palabras desbordan sus ojos que no alcanzan a rasgar mis vestidos, penetrar mis curvas con los dedos, arrastrar con las uñas una capa de mi piel. Ella corre tras de mí por las habitaciones como un amante hambriento. Llego al baño con tiempo de cerrar la puerta y reír mil veces de su cuerpo diminuto y ordinario. "¡Eres una alondra escritora, una artista salida del zoológico! ¡¡Un bicho raro y enfermo que la ciencia no ha podido estudiar por falta de ejemplares!!"

Pero el silencio que me da por respuesta es sospechoso y luego de diez minutos abro la puerta. Ella se abalanza sobre mí como el toro en la corrida pero no me alcanza. Doy la vuelta y veo mi frente rota por el golpe contra el inodoro. Una a una brotan las gotas de sangre. El rojo cae al agua, que se hace cada vez más oscura. Recuerdo que la sangre puede salir hecha bolas a pesar del tamaño del orificio. Noto que la herida es grande y la sangre fluye. Le pido a él que me cargue hasta la cama. A pesar de lo pequeño del espacio, ella duerme una vez más muy cerca de nosotros.