La otra Aleida

Ángel Luis Arambilet

Umbral de milenio, antología del cuento dominicano contemporáneo preparada por Chiqui Vicioso, que presentará la Editorial Arte y Literatura en la Feria Internacional del Libro, Cuba 2012, reúne relatos de diez autores que han ganado un merecido espacio propio dentro de la narrativa que se escribe hoy en la vecina tierra caribeña. La escasa promoción literaria fuera del país, el aislamiento de los intelectuales dentro de una población con un elevado índice de analfabetismo han sido obstáculo para la difusión de las letras dominicanas en los ámbitos internacionales. No obstante, ya algunos nombres forman parte de los catálogos de casas editoriales europeas y norteamericanas y han despertado el interés en los estudios académicos y universitarios de esos territorios.

Ángel Luis Arambilet, uno de los autores más jóvenes en esta antología, nació en Santo Domingo en 1957. Escritor, cineasta, humorista y artista plástico, es considerado un pionero del arte digital en América Latina. Ha publicado Los pétalos de la cayena, cuentos, 1993; Zona secreta, poemas, 1994; Homo Sapiens, viñetas de humor gráfico digital, 1994; Quinteto, relatos, 1996; El libro de las pasiones, poemas, 2002; El secreto de Neguri, novela, 2006 e Historias breves (1988-1998), cuentos, 2009.

Aleida mira sin emoción al hombre dormido en la cama. Borracho y saciado por su propia mano a las siete de la noche; de castigo por sinvergüenza. Se quita la bata estampada con flores desteñidas, entra en la descascarada bañera, destapa el zafacón plástico y se tira agua jabonosa con un jarro de aluminio para imaginar que purifica sus imaginadas heridas debajo de la piel. Siente el rumor de la calle fuera de la habitación alquilada. Los vecinos que vuelven de los trabajos, ladridos realengos, el fragor de sartenes ardientes, niños que discuten, algún alarido y uno que otro coño.

Apoya la frente en la línea de azulejos húmedos en busca de ánimo para secarse con la toalla curtida de varios días. Sale y se mira en el espejo leproso de azogue, y allí descubre sin sorpresa no sabe cuántas nuevas marcas de preocupación en el borde de los expresivos ojos almendrados. Se pone desodorante y un poco de color en la cara. Va hacia la cortina que hace las veces de clóset, la descorre y se viste con rapidez, recoge el bulto de trabajo y cruza en dos trancos el minúsculo espacio del dormitorio. En la sala hay tres mecedoras y una mesita con una televisión en blanco y negro, encendida en uno de los noticiarios; la apaga. En la cocina que también sirve de comedor, tiene una mesa coja con un mantel chino a cuadros, una nevera de ocho pies con espasmos propios de la edad y una estufita de gas con cuatro hornillas.

En el fregadero se apilan los platos y los vasos sucios del mediodía; coge uno y lo enjuaga. Abre la nevera donde hay poca cosa y se sirve agua fría no sin antes dar un pellizco a la media bola de queso Patrón de Oro. Mira las paredes con manchas de humedad y los pies sucios de su marido que sobresalen de la cama. Abre la puerta y mira cauta el callejón a media luz, respira profundo y cierra con fuerza.

Va hasta la esquina, a empujarse con otros peatones encabronados que esperan en desorden las motonetas coreanas de transporte público, hasta que consigue montarse en una atestada y sea lo que Dios quiera. Media hora después se apea a cuatro cuadras de la sala de teatro. Cuando entra al recinto su rostro se transforma; la luz, la gente que conversa animada, los amigos que la besan, su foto y su nombre en letras rojas en el póster de promoción de la obra; los lienzos de un artista novel en la pequeña sala de exposiciones; otro mundo.

Va directo a cambiarse al vestidor, de cuya puerta cuelga su letrero favorito: "Camerino solo para hembras –el de varones está enfrente".

Enciende la luz del apretado habitáculo, saca del bulto la ropa de escena y la coloca en cuatro grupos, de acuerdo con el guión de la obra. Acomoda las brochas y las cajitas de maquillaje, la leche de magnesia, los aceites naturales, las cremas removedoras de maquillaje, los lápices de cejas y las prendas de fantasía para cada vestuario.

Se queda en ropa interior frente al espejo rectangular de cuerpo entero. Se acuclilla y luego extiende las bien torneadas piernas de piedra hacia los lados para flexibilizarlas. Masajea las pantorrillas y la parte trasera de los muslos con movimientos rítmicos y pausados. Siente el corazón latir más aprisa, en un clásico y fugaz preludio de miedo escénico. Toma una funda de papel y respira varias veces dentro hasta que se calma. Se mira el cuerpo complacida y empieza a ponerse pinchos en el pelo al recogerlo.

El grupo de espectadores se acomoda en las sillas de aluminio tal como llegan. Talantes y fachas disparejas con un propósito único, elemental, fundamental. Del techo de láminas de fibrocemento, cuatro bocinas descolgadas llenan el aire con una vieja canción desgarrada del grupo Convite: "Con flores, con flores, con flores a María...".

La sala de teatro, pequeña y modesta, de piso rústico, informal, por alguna razón inexplicable induce respeto y comedimiento. Aleida está lista. A través de los pliegues de la cortina observa al público que la espera, el director da la seña y ella confirma con la mano.

PRIMER ACTO  

Voz del Narrador: La taína.

Escenografía: Claroscuros, un cemí de algodón, vasijas, una hamaca, pencas de palma, hojas de cananga, atados de limoncillos, lechosa madura, casabe, un inhalador de cohoba, una espátula vómica y un pilón de guayacán.

Coro de Voces: AEEE, AAAA, AEEE, AAAA.

Música y efectos de sonido: Tableteo de palos contra palos, guayo; flauta dulce que sibila, areíto.

Voz del Narrador: Nace del abrazo entre una nereida caribe y un manatí juguetón. Hermosa esposa de cacique, reina, anacaona, flor de oro, delicada como piel de mamífero de aguas claras, torso de culebra, cuello altivo.

Coro de Voces: Guacanagarix, marién, guarionex, maguá.

Música y efectos de sonido: Tableteo de palos, guayo raspado.

Coro de Voces: Cayacoa, higüey, caonabo, maguana.

Música y efectos de sonido: Tableteo de palos, guayo raspado.

Coro de Voces: Bohechío, jaragua.

Escena: La taína baila, azota las manos, su cuerpo enfundado en una malla color bija, levanta los pies, agita el pelo emplumado, sube los ojos, mueve la cabeza en círculos, lleva el ritmo en la cadera, hace temblar el cuerpo entero, se monta encima de la cadencia de los palos, forma parte de ellos.

Coro de Voces: AEEE, AAAA, AEEE, AAAA.

Escena: Se detiene bruscamente, hace un gesto como quien escucha, busca con la mirada.

Voz del Narrador: In nomine de nuestro señor Jesu-Cristi, cristianísimos, y muy altos, y muy excelentes, y muy poderosos príncipes, rey y reina de las Españas y de las islas del mar...

Voz de la Taína: ¿Del turei o del caibai?, ¿del cielo o del purgatorio?, ¡oh Louquo!, Dios de los taínos, ¡oh Louquo! ¿Qué sonidos extraños son los que escucho?

Música y efectos de sonido: Tableteo de palos, guayo y flauta.

Coro de Voces: Guatiguaná,  Maniocatex.

Música y efectos de sonido: Tableteo de palos, guayo y flauta.

Voz del Narrador: Llegaron con cascabeles en las manos, el almirante fue distinguido por el cacique con un ancho tahalí de piedras y hueso, una máscara de madera con ojos, nariz y lengua de oro.

Voz de la Taína: Hombres asquerosos, de mirada maldita, parecidos a las utías, al chemís, a los mohuís, al corís y al goschís.

Coro de Voces: Conquistador de cemíes y tabúes, de sangre insomne, devastador. Cazador de caracolas de batalla de la playa, abrumador. Cosechador de riquezas de la entraña de la sierra, abusador. De taparrabos danzantes, de cabelleras al viento, aniquilador. Ente versado en castigos no inventados, apabullador. Varón venéreo de hemorrágico sentir, degenerador. Hidalgo del terror, padre del mestizo, del mentir, del pavor. Condonador de pecados inventados, ambicioso desmedido, arrasador. Delincuente por la aventura perdonado, genocida exterminador. Egresado de todas las épocas, definido perfil, disturbador. Fuiste, eres, serás, servil, lacayo imperial, tú, solo tú, conquistador.

Música y efectos de sonido: Tableteo de palos, guayo y flauta. Órdenes, gritos, alaridos, llanto, choque de metal contra madera. Oraciones, herejías, lamentos, silencio.

PAUSA EN ESCENA

Apagan las luces del escenario. Cambio de paneles de fondo.

Escenografía: Horizonte de montañas, cadalso.

Voz del Narrador: Se ocultan, resisten, claman; no cejan ante el ejército español, el más poderoso del mundo; durante diecinueve años desde las cimas de Bahoruco. Declarado fue el cacique Enriquillo, príncipe heredero exento de tributo. Engañado.

Coro de Voces: Anacaona india, india de raza cautiva. Flor de oro, de alguna región primitiva.

Voz de la Taína: Voy hacia ti Louquo, con los ojos bien abiertos, quiero ver el cielo, los árboles, el odio de ellos y la tristeza de los míos. Al ahorcarme, saldrán de mi espalda alas de cigua y volaré alto, lejos, olvidaré mi pasado y descansaré finalmente en los remansos de tu rey.

Escena: Anacaona atada a la estaca del cadalso, con la soga al cuello. En el rostro marcas de tortura, de los labios baja un hilo de sangre, erguida la cabeza como si tiraran de ella, luego, en estertores lentos, la dejan caer, descolgada, muerta.

Música y efectos de sonido: Tableteo de palos, guayo y flauta. Apagan las luces del escenario. Cambio de paneles de fondo.

FIN DEL PRIMER ACTO

El público comenta entre susurros, excitados. Figuras vestidas de negro cambian la escenografía. Aleida corre a ponerse el nuevo maquillaje, base blanca y lunar en la mejilla, se arregla el pelo y se enfunda los ropajes. Respira profundo, vuelve, y queda sentada en la mitad del entarimado.

SEGUNDO ACTO

Voz del Narrador: La sevillana.

Música y efectos de sonido: Lole, Manuel y el Camarón de la Isla; flamenco a dos guitarras, largos gemidos, un taconeo lento invade la sala de teatro mientras se apagan las luces y se apartan las cortinas. Flamenco y sonido de olas.

Escena: La sevillana se levanta de la tarima, asume pose de gitana misteriosa, de mujer falaz e impostora de caricias; faldón y cretona, blusa de volantas, pañoleta y mantilla; faja apretada que deja entrever el mango perlado de un pequeño puñal envainado. La luz azul se cuela a través del ojo de buey de la carabela e insinúa a lo lejos el muelle. La parte superior del panel se mueve y crea la ilusión de mar picado.

Coro de Voces: Va la sevillana, a encontrar a ese marinero, desventura de su vida, perverso narval del abandono. La mirada la delata, se cuentan historias de indias desnudas que embrujan a los hombres bajo la luna, con el brebaje encantado de sus entrañas.

Música y efectos de sonido: Dos guitarras, taconeo, batir de palmas.

Escena: La sevillana se pone las manos en la cintura y empieza a moverla de lado a lado, lasciva, cimbreada, taconea; se acaricia los senos, el vientre y el mango perlado del puñal.

Música y efectos de sonido: Dos guitarras, taconeo, batir de palmas.

PAUSA EN ESCENA

Apagan las luces del escenario. Cambio de paneles de fondo.

Escenografía: El puerto. Ventanas de bares, sogas y barriles.

Música y efectos de sonido: Dos guitarras, guayo y flauta.

Voz de la Sevillana: ¿Juan Francisco Borromeo?, por piedad señores, ¿Juan Francisco Borromeo, quién lo ha visto?

Coro de Voces: ¿Dónde está el marinero Borromeo, dónde está ese perverso narval del abandono? ¿Borracho o ahogado en las garrafas? ¿Perdido dentro de un tonel o acurrucado entre dos indias? ¿Plagado de niguas, picado de bichos, cegado por el oro, las barbas cubiertas de pluma de loro? ¿Dónde está Juan Francisco Borro-meo?

Voz de la Sevillana: ¡Por dios, que mato a dos! ¡Degüello hasta al arcipreste, tumbo un mástil, rasgo las velas y escupo hostias! ¿Dónde estás, Juan Francisco Borromeo, dónde estás mozo de mis ansias? Traigo llanto y desconsuelo. ¿Dónde estás, Juan Francisco Borromeo? Traigo llanto y desconsuelo.

Escena: La sevillana se arranca del cuello un crucifijo de madera, lo tira al suelo, se arrodilla y le clava el puñal perlado siete veces siete, hasta dejarlo hecho astillas.

Música y efectos de sonido: Dos guitarras, taconeo, batir de palmas, tableteo de palos, guayo, flauta y lamento gitano.

FIN DEL SEGUNDO ACTO

Se oscurece el escenario, cierran las cortinas, encienden las luces de la sala, suenan los aplausos y las sillas de los que se levantan para ir al baño o al bar de la entrada.

Los dos críticos de las columnas sabatinas de arte, a modo de saludo, asienten entre sí con poca efusividad, desde filas diferentes. Dentro del camerino de la artista la espera una soda amarga con hielo y una cascarita de limón, cortesía del dueño de la sala de teatro. Aleida bebe con sed y luego pega el vaso en la frente que parece hervir de fiebre. Se siente completa, segura, llena de energía. Chupa un cubito de hielo, luego lo saca de la boca y se lo pasa por el cuello y el pecho, estira la malla y lo deja caer dentro, hasta que lo siente en el vientre y esboza una sonrisa.

El resto del público se agrupa de nuevo frente al escenario, y poco a poco se acomodan entre las filas del estrecho recinto. Algunos han traído sus bebidas desde el bar. Se apagan las luces.

TERCER ACTO

Voz del Narrador: La mulata.

Música y efectos de sonido: Los Guerreros de Fuego, priprí, gagá, salve y balsié.

Escenografía: Dos tumbadoras, tierra roja en vasijas, humo de hierbas, altar, imágenes de santos, velones encendidos.

Escena: La mulata brinca, cae posicionada cara al altar, se agita al ritmo del priprí, da golpes de gagá, se voltea al público, abre la boca, saca la lengua como una culebra, bate las nalgas. Lleva una malla negra, la cara y las extremidades tiznadas, el pelo recogido en un moño.

Coro de Voces: Ogúm Balenyó, Anaísa, Sedifé, Alufá, Zambí, Lembá.

Música y efectos de sonido: Tumba, priprí, gagá.

Coro de Voces: Padé, Ossidaga, Alabé, Ogá, Exe-e-baba, Salubá, Odó.

Música y efectos de sonido: Tumba, priprí, gagá.

Coro de Voces: Babalao, kekeré, Agué, Obotó, Tobossí.

Música y efectos de sonido: Tumba, príprí, gagá.

Coro de Voces: Changó, Yemanyá, Naná Burukú, Obá, Exú.

Voz de la Mulata: ¡Milecolore! Del altar de lo santo. ¡Milecolore! De lo sere y lo epanto.

Música y efectos de sonido: Antigua melodía de amor del Senegal. Touré Kunda. Tumba, cencerro, tumba.

Voz de la Mulata: Milecolore, milecolore, pero quiero misijo blanco, lo quiero blanco. El negro lo quiero detrá de la oreja y por dentro de la falda... ¡candela!

Música y efectos de sonido: Tumba, cencerro, tumba.

Escena: La mulata suda, trasgrede espacios aéreos, hurta alientos en cada voltereta, germina en una danza de la fertilidad, escupe insultos y prodiga ensalmos. Una explosión, el silencio, la oscuridad en el escenario.

PAUSA EN ESCENA

Aleida sale, se cambia rápidamente tras bastidores, se limpia con un trapo empapado en leche desmaquilladora, la cara, las manos y los pies. Siente nauseas, el estómago lleno de gases, se toma un trago de leche de magnesia y eructa, aliviada. Vuelve y espera la señal.

Voz del Narrador: La simiente.

Música y efectos de sonido: Melodía de Volker Kriegel, sintetizador celestial, percusión amazónica.

Voz de la Simiente: La simiente, fruto íntimo y uteral, india, española y mulata. Simientes. Mientes. No hay duda. No mientas. Dualidad. Virgen y pecadora, una sola. En el nombre del falo, por la gracia del glande, condenada. Madre de lo perverso y lo excelso, de la maldad y la beatitud. Inocente y culpable. Semilla.

Escenografía: El panel de fondo representa seres sin edad ni expresión, acompañan la danza final, futurista, extensa e infinita, exquisita, de movimientos lentos y acompasados.

Escena: La simiente lleva el pelo suelto, flota en el juego de luces, una malla color bija en un costado, blanca en el centro y negra al otro costado. Líneas fusionadas en cada vuelta que traspasa los minutos sin reloj; minué, plié, vueltas sobre vueltas, contorsiones imposibles, una tras otra tras otra tras otra y otra más, se expande, contrae; cervical, irrestricta, hasta que cae al entarimado cara al público, surcada por lágrimas negras de crayón y sudor.

Voz de la Simiente: Soy la simiente, inocente y pecadora, creadora de los hombres. Soy la semilla. Instrumento divino con fines ocultos. Soy la simiente, ombligo del mundo, útero de las civilizaciones. Semilla soy. Ojo de remolino, ribonucleica y cromosomática. La que marca los gestos, rasgos, genio, locuras y piel. Madrépora, alimento y madre pura. ¡Tu madre!

Música y efectos de sonido: Contrabajo gutural, Mingus en Carnegie Hall puntea notas en descenso, cadencia de bajo vientre, ecos de suspiros, ella enrosca el ombligo a los tablones, cae en el abismo metronómico con el clímax de la que golpea una sola vez el entarimado, con toda su fuerza, las palmas de las manos abiertas, el latigazo resuena y disuelve la melodía, se apagan las luces de escena, cierran las cortinas.

FIN DEL TERCER ACTO

Encienden las luces de la sala. Al unísono se ponen de pie y aplauden con verdadera emoción, la llaman repetidas veces entre bravos. Aleida espera un poco, recostada de la pared con los ojos cerrados y el pecho aún vibrante. Cruza a escena y agradece un rato a su público con besos y venias, lleva una toalla en el cuello; se da vuelta y en el camerino la recibe un daiquirí que toma de un sorbo y de inmediato le produce una penita en el estómago, pero no le importa, el eco de los aplausos la adormecen.

Se quita la ropa y en el lavamanos se refresca la cara, los brazos y las piernas, con servilletas de papel. Se pone colonia y desodorante; la misma ropa con la que llegó. En la sala de exposiciones la espera un pequeño grupo de tercios, la abrazan, le hacen bromas. Uno de los críticos, con la mala intención marcada en la cara, abiertamente la invita a tomarse un trago en el malecón. Aleida declina con una excusa fútil y que el dueño de la sala de teatro corrobora por costumbre. Deja abierta la invitación para otra oportunidad, y agrega:

–Espero que la crítica sea buena.

–Por supuesto, querida, estuviste maravillosa –responde el periodista de farándula con claro disgusto en la mirada, seguro de acribillarla por el desaire en la próxima nota de prensa. Si es que la escribe.

El grupo toma dos rondas más. Luego ella se aparta y va a la oficina donde le avanzan trescientos pesos.

Decide esperar recostada en una butaca discreta, donde puede evitar a los borrachos hasta que llega la hora de cerrar la casona del teatro. Se despide de los últimos asistentes que conversan; hasta el próximo viernes.

Camina por la estrecha calle colonial, con ánimo de dilatar su regreso a casa, como lo hace siempre. Al fin siente la clara presencia del hambre. Va hasta la cafetería frente al río Ozama y se come dos empanadas con batida de lechosa. Sorbe del vaso con lentitud, como el transcurrir del agua oscura que lame las casuchas de cartón en sus orillas.

Termina de cenar, toma otro trago de leche de magnesia y paga la cuenta. Baja la calle empedrada, pasa a través del bullicio de los bares frente al Alcázar, saluda algunos conocidos sin detenerse; sigue hasta la Avenida del Puerto y allí se queda de pie mientras discurre la noche plagada de estrellas, observa la cruz del faro y el reflejo de las luces en el agua turbia. Escucha los merengues, los insultos y los piropos entremezclados de los grupos ebrios, reunidos en los parqueos de la avenida. Inmóvil, degusta el recuerdo del último aplauso que desaparece con las ráfagas de viento de la noche.

Se abotona el cuello de la blusa e intuye el lío en la parada de motonetas, el absurdo dentro de su habitación alquilada, la depresión que llega con el terrible anonimato entre funciones y las pocas oportunidades presentes en su vida.

En lo efímero de las situaciones y la acidez insistente en el estómago.

Sube al borde de concreto que la separa de la profunda oscuridad del río, imagina el salto y siente miedo. La tonta claustrofobia transparente que le provoca desde niña la inmersión en cualquier medio líquido.

Algo menos dramático, piensa con ironía. Un tajo rápido en las venas, veneno para ratas con ginebra y jugo de naranja, cruzar la avenida con los ojos cerrados.

Da un paso atrás y se aleja; espanta las ideas mientras surgen con insistencia, una tras otra y otra más; arrastra el caminar y piensa en otra vida, en una última ronda de aplausos sobre un eterno entarimado, o en algo más simple: en otra Aleida.

Santo Domingo-Tarragona, 2009