Crónicas de la poesía y la soledad
Lincoln Capote Peón
Petit Picpus es un barrio al cual Víctor Hugo trasladó la trama de Los Miserables1; de este pasaje de la fascinante novela surgió un estudio de la topografía de París, de André Bretón, en 1925. Este dato podría señalarse como un antecedente para calibrar el esfuerzo de Norberto Codina por recuperar los fragmentos dispersos de la ciudad, desde la mirada de un niño guiado por la memoria y los sentidos, a través de un paisaje físico y humano recreado desde las lecturas.
Ciudades paralelas 2, crónicas de la poesía y la soledad que remiten a dos términos antitéticos: extrañeza y familiaridad con el medio, donde se visualizan urbes y personajes recuperados por la memoria entre múltiples experiencias vitales del sujeto hablante que además de inventar sus días, los convierte en materia ficcional. Esa ciudad que a “cada hora y cada época nos regala una imagen… La Habana real, La Habana formal, La Habana literaria, la que se soñó o vivió”.3
Un enclave del trópico donde la mucha luz enceguece y contrasta fuertemente, cuyo color de los edificios los mismos arquitectos y constructores olvidan, que se ofrece ostentoso en sus fachadas y columnas apoyado en las imágenes tangibles del patrimonio, de una masa y forma tal que encienden la imaginación y los recuerdos del observador que no puede menos que reflejar asombro y curiosidad por nombrar las cosas.
El autor organiza sus visiones en torno al viaje y la iniciación que lo lleva a descubrir el barrio como escenario de sus peripecias, que va mostrando sus accidentes y personajes (oh, esa fugaz evocación de Fidelio Ponce) que nos llega de un niño asmático –manso transeúnte– de reducida familia, él y su madre, que describe un itinerario físico y emocional de hoteles modestos y casas de huéspedes que comparten su mundo de percepciones inéditas, revividas en virtud del poder de evocación de la escritura que nos lo acerca. El placel de hierba, el jueguito de manigua, la zoofilia, la vida de mataperros, en un cuadro de pintura gnómica como los de Brueghel estimulan la sensación de libertad y un modo de vida pleno, transgresor de costumbres, donde se exploran nuevas apetencias en tránsito hacia el oscuro espacio del deseo y las inhibiciones. Todo esto halla en Vieja Linda, barrio borde, progre, desprejuiciado para el narrador que va a hallar su contrapunto en una moderna metáfora de El Vedado en la lectura dialógica del hombrecito que va espigando a mayores emociones.
La evocación del Conde de Pozos Dulces,4 trae El Vedado como un espacio heterotópico donde según confiesa el autor “casi todo lo importante que me ha acontecido… ocurrió allí”.5 Los chicos de Liverpool, el peinado de moda, gestos que a todos estremecieron y que la cultura dentro del lenguaje internacional del pop art registra asociado a otros fenómenos urbanos que se producen en estos años. Los Kent, Monchy Font (Something in the way she moves me), los grupos “hiposos“, las rivalidades del aula, la irrupción del loving in fall, constituye la escenografía donde se mueven los cuerpos, “los cuerpos son La Habana”,6 de estas narraciones lúdicas donde el modelo textual detalla imágenes de la memoria teñidas de añoranzas y entrelazadas en un espacio urbano asentado en la tradición y las nuevas contingencias sociales, donde el joven crece espiritualmente en su destino relacionado con la poesía.
Como en De Peña Pobre, la poesía y la literatura son los catalizadores de las visiones de una época de formación que discurre rápidamente en escenas que cambian de locaciones, observo en esas páginas los signos enriquecedores del diseño democrático y cosmopolita de la política cultural y su ulterior depresión, oscurecimiento y dogmatización en los setentas.
Mientras la ciudad bullente y abigarrada parece olvidarlo todo coreando a Silvio, Pablo y Noel (Cuba Va, Cuba Vaaaa…), disfruta hasta la locura el sonido de Irakere y se emociona hasta el infarto del miocardio con el hit de oro del Curro Pérez en Quisqueya.
Colores, sabores, texturas y una nota constante, la “bárbara carpintería de ruidos y voces” en avenidas y callejuelas, metidas a saco lleno en esas páginas de una escritura que en su singularidad contrasta, además, las plazas, los rincones, el silencio, como en telas ya fijadas por Portocarrero y Víctor Manuel. Lo arquitectónico, el barroquismo sensual de las Floras, las catedrales; las cabecitas femeninas, la multirracialidad, el barrio, la esquina, afirman la preeminencia de un paisaje que es asumido como monumento de la memoria levantado por esos artistas, y que Norberto ficcionaliza con un estilo impresionista donde visualizamos el tránsito de la luz y el color como impulso autobiográfico para enseñoriarse en la atmósfera que ofrece lo cambiante, lo imprevisible de La Habana. Ciudades Paralelas constituye una cartografía urbana de cualquier adolescente que encara obstáculos e inicia un doloroso aprendizaje –en lo fundamental un desentrañamiento de la realidad–, como Stephen Dedalus en su natal Dublín, hasta concretarse en crecimiento de la sensibilidad y madurez por medio de los mecanismos que intervienen en la construcción del mundo simbólico del artista.
Un homenaje a la ciudad de La Habana, a Centro Habana y El Vedado. Una visión limitada, es verdad, pero desde el impulso de la admiración de los lugares más comunes y visitados, sobre todo las esquinas, que como las columnas y las fachadas informan la fisonomía de una ciudad del Caribe, en la cual el poeta, el hombre de letras recupera en el entorno los signos que acreditan su expresión, la parte de su ser más profundo que lo orienta en un orbe fascinado por la imagen virtual y la actitud hedonista.
En Ciudades… funda su proposición en la experiencia de sentir lo emocional desde la perspectiva de la urbe letrada donde la memoria afectiva interviene como un recurso para una lectura reactiva de lo cubano, afincada en la memoria trascendente como afirmación de lo nuestro en oposición a lo trivial y a la no identidad. Como texto rescata lo perdurable del pasado y aquel sentimiento prístino que se impulsa al porvenir.
1 Víctor Hugo. Los Miserables, La Habana, Arte y Literatura, 2001, t. 1, p. 510.
2 Norberto Codina. Ciudades paralelas. La Habana entre la memoria y los sentidos, Matanzas, Ediciones Matanzas, 2010, 93 pág.
3 Idem., p. 17.
4 Idem., p. 58.
5 Idem., p. 61.
6 Abilio Estévez. “La Habana son los cuerpos”, La Gaceta de Cuba, No. 2, marzo-abril, 1999, p. 25. |