Sal si puedes… y repite el viaje
Rogelio Manuel Díaz Moreno
Para un científico resulta rara la capacidad de hablar sobre sus propias investigaciones como si fueran escenas de aventuras. Esta feliz circunstancia se cumple en el geólogo Manuel Iturralde Vinent (Cienfuegos, 1946), cuyos relatos acerca de sus andanzas por la geografía cubana emulan trepidantes pasajes en la mejor tradición de Julio Verne u otros cronistas de expediciones y travesías hacia lo desconocido. Para añadirles más valor, las peripecias de este académico nos acercan a paisajes y estampas de la vida de nuestro propio país: montes, serranías y cuevas normalmente alejados de la mayor parte de nuestra población, que se ha vuelto en su mayoría urbana en las últimas décadas.
Iturralde Vinent es autor de una obra científica prolija, con artículos y libros sobre la naturaleza geológica cubana. Intercalados entre sus tareas más “serias”, halló tiempo para redactar crónicas amenas sobre sus desvelos como explorador. Los lectores de la revista Somos Jóvenes fueron los primeros privilegiado con estos relatos, luego agrupados en el volumen Sal si puedes, de la editorial Oriente, hace ya algunos años y, más recientemente, en el título Venturas y aventuras de un geólogo, donde se añaden algunos sueltos inéditos.
El corto período de la transformación demográfica de nuestra población, de más rural a más urbana, no le ha despojado del gusto por el contacto con la naturaleza y el campo, de la capacidad y las ansias por disfrutar excursiones por ríos y cavernas con misteriosos y excitantes moradores. De tal suerte, y con las habilidades narrativas del autor, Venturas y desventuras… repite gustosamente el viaje por los parajes tan intrincados que le merecieran el preocupante nombre a la primera edición del compendio. En las páginas de una y otra nos encontramos con curiosos exponentes de nuestra fauna y flora, tanto de la actualidad como de la prehistoria y representados a través de restos fósiles; se recrean graciosas anécdotas, con un sentido del humor y una ironía que no descartan al propio autor como blanco de situaciones divertidas, así fuera en ese tipo de sustos que en el momento de ser afrontados no debían dar ninguna gracia. Resulta que a lo largo de tales exploraciones, el protagonista conoce y nos cuenta sobre una versión criolla del Yeti; descubre un bosque donde las hachas rebotan contra los troncos de árboles petrificados; visita un altar majestuoso en medio de la Sierra, formación natural de belleza impresionante donde pareciera haber existido una figura de adoración misteriosamente desaparecida, y se recogen muchas otras anécdotas propias del trabajo de estos especialistas.
Cada texto de estos libros deviene un canto a los valores de nuestra naturaleza y, en especial, al buen corazón de los moradores del campo, que ofrecen desinteresadamente todo su apoyo a los investigadores. A la vez que se penetra en el mundo del conocimiento expuesto por Iturralde Vinent, se alcanza también el feliz e imperioso objetivo de educar la conciencia ecológica de nuestro pueblo.
De tal suerte, se logra olvidar que el íntimo contacto con la Tierra que implica el trabajo del geólogo puede adquirir significados muy literales, esto es, estar embarrado de pies a cabeza y cargado de piedras; que al momento más luminoso de un día en un hermoso valle lo sigue un torrencial chaparrón contra el cual no se dispone de refugio; que en alguna ocasión, angustiado, el autor quedó colgando de una delgada cuerda en una oscura caverna. Las zozobras del trotamundos se compensan sobradamente con las muchas alegrías, los remansos de paz y la satisfacción que comparte cuando revela lo que hasta entonces era un misterio, y se añade así una razón más a las ya innumerables que nos enseñan a vivir en armonía con la naturaleza y con nosotros mismos.
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