Responsabilidad intelectual/conversaciones
Julio Mitjans
He leído con entusiasmo y he disfrutado esos detalles que hacen de Heptalón para princesas un libro significativo en la producción literaria cubana. Nöel Castillo, que ha merecido más de un premio por su obra, tiene patrias en la poesía y la narrativa. Sorprendentes maneras de contar una historia y estremecedores
versos sostienen lo antes dicho.
La estructura de la novela descansa en la competencia, es la gran protagonista; en ella y por ella se resuelven todos los conflictos, afloran, se hacen visibles; en ella descansa el tiempo narrado, toma significado el espacio y, sobre todo, crecen y se muestran los personajes y sus conflictos.
La novela carece de un tono unificador, pero eso no es un defecto sino el principal acierto. Al asumir varios puntos de vista sobre la historia, queda latente un discurso ético que le da uniformidad,
coherencia y cohesión al relato y resuelve el asunto del narrador, que aparece a destiempo y cede lugar a Estrella Barcelot, Euráquides, el Repentista, Martirio, Sagrario, Librada, Rosario, Purificación, y los anónimos pero no menos esenciales
amigos, compañeros de escuela, testigos y solícitos fans de Loranyerí. La novela está llena de matices, sutilezas… Hay que destacar el silencio o la mudez de la princesa del país sede, un lugar indefinido que solo se alude y se vislumbra desde sus fragmentos,
lo que es otro tipo de silencio. El de Loranyerí es profundo e inexorable en su significado, en su función, durante y en la resolución de la trama, limpio como agua de manantial.
Martirio, Sagrario, Librada, Rosario, Purificación. ¿Quiénes son estas mujeres? Advierto en ellas a las herederas del sometimiento
y la condición de Bernarda Alba. De alguna manera todas las mujeres del mundo son su descendencia, son como ecos de esa represión, ejercida en y desde ellas, suerte de árbol genealógico.
Estas cinco mujeres han roto el cerco del encierro físico, ya la casa no las contiene y destruye, ya no son vidas empozadas; pero aún no se liberan. Arrastran la tradición de despreciar lo diferente,
de menoscabar al otro, invisibilizarlo, omitirlo, proceden como si la omisión de la propia vida tuviese alivio en la omisión del otro. Terrible herencia en la que se reproduce un veneno que envilece y las va dejando sin razón, ceguera de muerte sin remedio.
Mas en estas cinco viejas palpitan otros significados: durante toda la historia beben un vino amargo, parafrasean a Martí: «…nuestro vino, de plátano, y si sale agrio, es nuestro vino».
La presencia martiana es algo conmovedor, esas mujeres despreciativas todo el tiempo, cada vez que celebran, lo hacen con una copa de vino amargo, ellas son las que convocan la memoria
justiciera del lector, el sedimento, la raíz, los enormes cimientos
que Martí forjó por una patria para todos. Estas señoras son depositarias de una eficaz, fina, encubierta e irónica operación intertextual. Si no somos dogmáticos podremos entender que la evocación, al confluir con significados latentes que puedan dialogar con un referente literario, es también intertextualidad porque alcanza nuevas connotaciones en la experiencia lectora. No solo se le muestra al lector este sendero intertextual, sino que este recurso expresivo inhabilita el enfrentamiento frontal, que transcurriría a la manera de una gresca callejera, una querella
infructuosa, un desplante cuasi obsceno, sin dar solución al necesario crecimiento de los personajes y, por ende, traería mengua en la verosimilitud y elegancia de lo narrado.
Nos queda Troya, una parada de verdadero reposo en el montaje dramático, pero aquí la declarante es un ser que se trasmuta, que vive en las revistas del corazón, específicamente
en algo parecido a la crónica social; la vida de Troya está en otra parte, en una ficción, en un suceder a través de los otros. Su límite con el mundo es una zanja, una raya divisoria; su vida transcurre en aislamiento. Ella disfruta su enajenación y está convencida de que es legítima, no sucumbe ante afanes
estetizantes y reconoce que afuera hay un mundo, aunque no le interesa: solo disfruta su ensoñación y el universo de las revistas. Ese es su recurso para incorporarse a la vida; no sabemos
cuál es su carencia, solo que le molestan la maldad y la envidia.
En esta historia lo determinante, el hallazgo, está en el crecimiento
de los personajes, en el acendramiento de un mundo interior en pos de una dignidad que ha estado en peligro. La narración
tiene la cualidad de la tradición oral, que aclara hechos pasados para dar sentido a los presentes. Pudiera decirse: un drama psicológico.
El espacio narrado comienza por acoger a unos tímidos doce espectadores y termina en una cita para sesenta mil. Me pregunto:
¿es la metáfora de una matriz, o un estadio; es una de las oportunidades de la patria, o la hora de las patrias? ¿Qué está diciendo el narrador: que todos nos pertenecemos, que vale la pena acercarnos?, son preguntas y están ahí, imponiéndose, cuando se sigue el hilo de la historia.
Pero hay personajes sin nombres, sin rostro, son esos que se sientan en las gradas. Como en sus obras anteriores, Nöel Castillo los deja en pura esencia, en sus actos y conflictos, como si fuese un primerísimo plano de la persona, una fotografía sin afeites: el bisnieto de Diógenes, tierna aparición. Lo que sucede desde él a nivel de lenguaje es de una gran responsabilidad intelectual como he visto pocas veces. El bisnieto no tiene nombre, sus actos
le dan un rostro, se expresa a través de un léxico propio de su edad y no deja de ser el bisnieto de Diógenes. En él hay mucho de lo que el lector supone que debe ser el repentista, el hombre que carga con la tradición, con la autenticidad más remota. Suerte de trovador, de cronista, de aeda, que se deja guiar por su nieto y a su vez lo guía, porque tanto respeto brota de la compañía rectora que no le impide tener su propio rostro y su lenguaje, su moña. El narrador no lo torna un estereotipo, y nos dice que en los márgenes
también hay dignidad. Salva este escollo en el lenguaje, que es lo que hace del muchacho un ser humano, una aparición verosímil: «¡Llévalo al micrófono, tráelo del micrófono, vela que no tropiece; ordena los papeles… normal! ¡Claro que no me pesa: yo lo quiero cantidad!».
Visto el libro como objeto, celebro los aciertos del diseño. Me recuerda aquellas libretas en las que uno alguna vez hizo un intento
de diario durante la adolescencia.
Pudiera escribir más pero quiero que el lector haga su propia lectura. Yo hice la mía, so pretexto de anunciar y convencer a los demás de que Heptalón para princesas, Premio La Edad de Oro 2010, merece más que nuestra simple atención.
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