La incomodidad de Leonardo Padura

Maryam Camejo

El viejo oficio del periodismo parece convertirse en uno de los nadadores victoriosos en “el río revuelto de las controversias”, como diría el colombiano Gabriel García Márquez. La “incomodidad social” siempre ha exigido voceros para sus calles angostas, pero atreverse a tomar la pluma de las manos —hoy diríamos el teclado de una computadora— y escribir a expensas de las incomprensiones, es un riesgo que algunos toman por cotidianidad prosística. Este es el caso de Leonardo Padura, Premio Nacional de Literatura 2012, quien hoy funge como periodista de la agencia de noticias Inter Press Service (IPS). Su personaje Mario Conde lo ha convertido en uno de los autores más leídos de Latinoamérica, y su reciente novela El hombre que amaba los perros, rompió para muchos el cerco de la intolerancia.

¿Pero qué es La memoria y el olvido en el conjunto de su obra publicada? Como es habitual en escritores de este calibre, no es un libro que pueda pasarse por alto. Columnas y crónicas de su quehacer periodístico apuntan momentos de la historia cubana más cercana, para reconstruirlos en un análisis personal con la opinión del escriba.

El tan polémico Carlos Marín, afirma en su Manual de periodismo que la columna es el texto que aparece en un lugar y con periodicidad fijos, con título general y permanente, y que informa de manera breve acerca de varios hechos de interés público. En términos formales, Padura hibrida dicha fórmula con técnicas provenientes de la literatura, y dota a sus textos de un carácter personal propio del género, algo que se hace evidente desde la apertura de “La memoria del futuro”: “En el baño de mi casa, en una botella de barro vidriado de las que alguna vez se utilizaron para envasar cerveza, mi esposa colocó un ramillete de espigas de trigo secas”. Publicado por Editorial Caminos, en colaboración con IPS y COSUDE, el libro nos recuerda que un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro, y los textos aspiran a ser el testimonio escrito de una época de sentimientos, sobre los que Padura escribe, verbigracia, “Vergüenza ajena”, “Nostalgia por los viejos placeres”, “La esperanza puede ser negra” y “El miedo global”.

El caso de esta última es destacable dentro del conjunto de las columnas —que sea la tercera de ellas no obedece a la arbitrariedad—, porque son líneas que alertan sobre la violencia en las calles o de los gobiernos, generadores a la postre de un fenómeno mayor: “No quedan sitios seguros, no hay margen para actitudes inocentes; casi nadie está a salvo del miedo…”

“Perra vida”: crónica deambulante

Hasta mediados del siglo XX, cuando el periodismo recibió un importante impulso de modernidad, los periodistas se definían a sí mismos como “cronistas”, y daban el nombre de crónicas a sus informaciones. La crónica —advierte Monsiváis— tiene que ser una visión literaria, una conversación en prosa de los estados de ánimo de quien percibe algo que le parece notable. La virtud por excelencia de la crónica es la apertura estética, la oportunidad de hacer que permite transgredir hasta cierto punto el paradigma de estilo del periodismo tradicional de información, a través de figuras retóricas como la metáfora, el símil, etc., es decir, recursos provenientes de la literatura. Entre los cultivadores del género, pudieran destacarse nombres como Hemingway, Mark Twain, Talese, y más cercanos, García Márquez, Jorge Mañach y José Martí.

La evidente hibridación de posibilidades en términos formales, brinda al periodista o al escritor, el terreno donde mostrar sus habilidades y salir airoso, o hundirse en la incapacidad de trascender el gremio de autores olvidados en la historia periodística del mundo. En este sentido, Padura corre con suerte: en “La escritura como competencia” hace un recuento de sus años de juventud, tiempos de intentar convertirse en el escritor que es hoy, desde los inicios en la Universidad de La Habana y sus aspiraciones de ingresar a la carrera de Historia del Arte. Cuenta que, gracias a la atmósfera vivida entre los estudiantes, y algunos profesores como Guillermo Rodríguez Rivera, Daniel Chavarría, Maggie Mateo y Salvador Redonet, fue impulsado al camino de la literatura, “en el cual, por participar de una competencia, todavía ando hoy, con el bate en un hombro” (p. 134).

Literatura: un arsenal de historias

Sin embargo, las historias de Padura abundan más en la nostalgia y la afición por los libros; incluso, predominan las alusiones a referentes literarios utilizados por el autor para contrastar o introducir temáticas. Así sucede con “Un caso para Mario Conde”, o “Un hombre que, además, amaba los perros”. Virgilio Piñera, Paul Auster, Salinger, Alejo Carpentier, y Cabrera Infante son algunos de los grandes escritores que aparecen en estas páginas, junto a polémicos casos de libros como Harry Potter o El Código da Vinci; todo lo cual trata Padura a partir de opiniones sobre lo que considera la buena literatura, y desde el hábito de volver a los textos de los maestros de este arte, una y otra vez.

“Si la lectura de un libro recién editado tiene el sabor aventurero del encuentro con lo desconocido, el regreso a los ya leídos aporta la seguridad de recorrer un terreno transitado en el cual, si bien quedan certezas por descubrir […] nos mueve la seguridad un poco cobarde de un arribo a puertos que sabemos seguros” (pp. 23-24).

El autor de La memoria y el olvido es uno de los escritores cubanos más leídos en la actualidad, un defensor de la palabra, como diría Martí acerca de Manuel de la Cruz, “huele su prosa donde ha de haber olor; y donde debe suena”.

A pesar de la incomodidad que ha generado en ciertos lectores, su número de seguidores aumenta por día. Narrativa y periodismo son dos formas de dominio de la escritura a las que Padura saca partido con grandes méritos. Hablar a contracorriente y sin tapujos es su manera de asumir la profesión periodística. Es un autor para no leer de prisa, sino para estudiar de cerca.