Lengua fecunda o Antes de que compres
el próximo poemario
Jamila Medina Ríos
Para Tregua Rodríguez,
la escritora más encantadora del mundo…
Mirar dentro de la rueca de la lengua. Pensar el lenguaje: pe(n)sar la mano que es imprescindible, y pensar a la que escribiendo con ella es capaz de cualquier cosa. Manosear el trapiche desentendida de su ruina, de su m/viudez. P(r)e(n)sar las palabras que se apagaron, que se amargaron para siempre, entre otros materiales mucho menos inflamables... Sopesar el armisticio, cuando se sabe que el poema es un arma de la República, y la escribiente su soldada a secas... Tregua fecunda (Ediciones Unión, 2012), de Legna Rodríguez Iglesias, habla, desde el título, de una creatividad idiomática que le es y no le es propia, en tanto aquí se trata de la mirada entrenada de la urraca: que ve el brillo cortante de los vocablos, de los retazos musicales, de la saliva de poetas y retores, de asuntos que valen oro como el primer be(r)so de amor… y sale a apropiárselos sin pestañar. Como quien refunde una película en la penumbra del cine, derritiendo el estaño, los desmiembra, los despluma, los desar/lma hasta obtener nuevos platillos del sacrificio de los animales patrios. Enfrentada a las bo(r)las de colores, la jovenzuela que se quiere impúber aunque a ratos cruza más allá del séptimo nivel, en verdad apuesta duro para hacerse de un criterio, por bordarse una sinapsis propia.
En el patio de su casa, que se seca, que se moja, que se expande, con particular hambre de claria, apurando más allá de los símbolos, trasgrediendo, usurpando, malversando, como un ave serena, de rapiña: la autora elige los retazos de historia que recon/rtará, las palabras-re(s)co(l)dos que soplará hasta hacer una fogata. Hay una llama bruja aún en muchas de ellas, porque (ya se le dijo su abuelo) la tierra como el diamante antes que tumba es horno de carbón. Donde ayer se disputaba por un ciervo en el primer cuento cubano, hoy hay un puerco muerto, crudo entre los versos, que habrá que cocer sobre las ascuas, sobre las astas astilladas, y saber bien pronto con qué man/deras se lo aderezará. En cualquier caso, algo es seguro: en lugar de las ortigas y en lugar de los olivos, este banquete llevará dos ramilletes de acelgas, zanahoria para invitar y una remolacha boquiabierta. Y cuando lleguen los postres, se fregará con aloe vera...
Entre el país y la política, en esta casa se colocó la cocina; entre la venta y la compra de la palabra tenca, esta tregua se permite pensar en el amor. ¿Y es que en realidad es tamaña la distancia entre la historia y la Historia? ¿Y es que en verdad son sabias tantas diferencias? Quien hace de la tregua un país de verdura, un caldo de cultivo de esperas; quien sabe que la monotonía es un pozo untado de jabón, una trinchera, una arena movediza; quien siente sobre sí la fuerza de las baterías de ollas, y ve abrirse en sueños la planta carnívora del fregado mortal; quien sabe que la luz que generamos cuando estamos solos es opaca…, rebusca en el follaje de la inmovilidad, en la espesura, en el río revuelto donde ya no ve, la insurrección que avive la lengua de tierra de su amor.
De 1878 a 1895, cuando Legna no pensaba ni empollar ni sus abuelos tampoco, hubo una tregua llamada Tregua fecunda. ¿Pero qué saca en claro Legna de esta recolecta? ¿Qué espera de esta guerrilla? ¿En qué es fecunda, además de en reformas y en ardides, esa que baja indiferente G hasta el mar, nada más que pensando en su cereza… podrida?
En el interregno de las guerras grandes, (h)o(mena)jeando a los abuelos de la cader/na partida, que la miran orgullosos desde la silla de ruedas, (negada a ser una palma, empedernida y sufridora) ella suspende el pecho para convertirse en bicicleta y no dolerse tanto ante el hedor de los ferrocarriles, ante los nichos que se filtran, ante los enfisemas Made in Cuba y las paredes de ladrillo en pandereta. Legna se limpia las uñas de la sangre seca, y ve en la gota de menstruación el ardor de las plumas del tocororo. Tijera en mano Legna corta en cinco franjas las raíces que despuntan hasta el cielo, para acomodarse mejor en un recodo de río, en una catarata: romerillo estrellado al borde de los precipicios. Legna suspende el juicio, apaga el hemisferio izquierdo, para olvidar el bien y el mal, para que brote la imaginación, como linfa crisálida… por la herida. De ahí la transparencia de su ulular. Y de ahí que no se coarte para chapotear en su vino agrio, arrancados los esparadrapos de las axilas, de los ojos, de las cejas y las piernas que sí le pertenecen.
Una ironía espumante, un gatillo alegre como un vino de plátano sonante. Una boca con bigote de yogur. Una hormiga que enloquece por roer más rápido que el ratón más adicto al queso. Una lengua viperina, que de cuando en cuando se atraganta con una flor nacional, hastiada de representar una pena que no le pertenece. Una mujer nueva, como un lápiz nervioso porque le salgan, por desplegar, por cortarse las alas entre las filas de dientes del sacapuntas. Un arrancar de cero, un arrancar de cuajo la soledad de su jaula, y dejar… a su albedrío libre el reptil de la memoria. Za(r)padora de la retórica: la escriba dinamita periodos espe/aciales, matas de pelo, tizas y estrellas, frutas maduras, caídas en combate, años de título pomposo… Con un escalpelo cantarino mata el aburrimiento del ve(r)so unidireccional. Une lo púbico a lo público, lo político a lo poético, lo sagrado y lo sangrado a lo sangrando. Viendo la literatura como un polígono militar, pareciera que no teme a echar rodilla en tierra con sus mejores galas, y avanzar a rastras, con tal de extraer(se) de las entrañas, de las canteras, de los tanques de basura, un giro nuevo, un pasillo de d/panza donde las mandíbulas rechinen y la palabra crujiente se deshaga en la lengua como un manjar inferior… y superior.
Venga a bailar el mambo definitivamente. No se pierda la historia de la ch, no deje de revolcarse con esta jauría loca, hasta que se contagie y se sacuda y se sacuda ciertas taras hereditarias. Rascarse no importa, lo que importa es la alegría de la sarna, lo que importa es hacer de la rabia una bengala nocturna (verde fosforescente, verde lechuga en primavera), lo que importa es arrancarse las postillas hasta que salten las lágrimas, lo que cuenta es la (b)risa, lo que cuenta es sa(r)nar…
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