Lo formal no solo me importa, me puede obsesionar

Entrevista con Soleida Ríos

Leyla Leyva

 

Tengo un recuerdo recurrente de Soleida Ríos (Santiago de Cuba, 1950) de hace más de veinticinco años, en Casa de las Américas, en una lectura de jóvenes que en su mayoría vivían en la residencia universitaria de F y Tercera. La poesía de algunos de los convocados aparecería luego en tempranas antologías.

Muy cerca de aquellos jóvenes, a la escucha, había un cuerpo de poetas y críticos con quizás diez, quince años más, que hacía celosa guardia. Imagino que es lo que sucede casi siempre en los procesos de la vida literaria: se instruyen, se organizan con afán las jerarquías, aunque luego el tiempo monte y desmonte los órdenes, o mueva, desplace y hasta desaparezca protagonistas.

Soleida era una de aquellas voces oyentes, una oyente amable, receptiva, aunque no creo que su silencio observador o su rostro iluminado de aquel entonces, significara algo más que el estar abierta al decir del otro.

La memoria de ese evento, que según ella no fijó, podría quizás enlazarse con la proyección de su personalidad exploradora, curiosa, que a lo largo del tiempo ha asimilado todo lo que aporte al movimiento de la escritura; una escritura que en su caso pareciera estarnos alertando de que no debe atenerse a la edad de quien la hace sino a lo que ella ofrece como comunicación dinámica, eficaz.

Pudiera ser esa una de las causas por la que los escritores jóvenes establecen una relación tan cordial con la persona escritora Soleida Ríos. Un intercambio de necesidades afines que se mantiene como su obra, en busca de constantes vibraciones.

Sigfredo Ariel al comentar su poesía, en una mirada que pretendía definir generalidades, ha destacado en sus textos el rol del juego, el ensayo, el diálogo y los sueños, así como de las asociaciones, las rupturas y el entendimiento con lo fragmentario.

Ganadora del Premio Nicolás Guillén 2013 por su poemario Estrías (título que asocia a «trofeos que deja la vida», marcas de experiencia), Soleida lleva en su poesía su propia vanguardia, aunque para ello no se ampare forzosamente en recursos de la experimentación, porque no la pretende. Todo su empeño se centra en hallar la voz idónea para dar cauce a una necesidad expresiva, que en ella, recuerda, siempre debe tener un sentido.

¿Cómo encara una poeta como tú la idea del canon, la tradición, lo formal? ¿Algún prejuicio, confesable?

Tentada a responder: Lejos del Canon, lejos de la Academia…, transcurro en los márgenes en las laderas en las afueras, como reza un poema de Estrías. Pero creo que la tradición forma parte de mi cuerpo, literal y textual. Un personaje del Libro cero afirma (¿como Bodrillard?) que es original solo el que imita la tradición.

Confieso no haber podido escribir nunca un soneto. Será porque he leído (y hasta memorizado) los perfectos sonetos de Sor Juana Inés. Y lo formal no solo me importa, me puede obsesionar. Uno crea, si es que eso pudiera verdaderamente afirmarse, una forma. Mejor decir, uno puede acceder al hallazgo de una forma. Ese es el trabajo de un poeta, de un creador. Aunque quisiera ponerlo entre comillas. Da miedo esa palabra tan cerca de mi nombre.

¿Qué idea tienes de las vanguardias poéticas hoy?

Tres (tristes) ideas /celebraciones de las vanguardias poéticas:

1- Virgilio Piñera, muerto en 1979, hoy más vivo que nunca (ya no puede sentir miedo), sigue en la vanguardia poética. Y para mí, fundamentalmente, desde su escritura teatral. / José Kozer, en la diáspora, memorizer, una «eminencia de la realidad lingüística», desde sus impresionantes gigantografías, encarna hoy un tipo de héroe (que podría llamar) de la pobreza irradiante. / Damaris Calderón, como buen pájaro, fue a hacer nido en Isla Negra; anduvo, en apariencia, unos metros caminando hacia atrás para abrazarse a un neobarroco que además de ancharle la respiración, le sostiene una pierna amarrada al Jagüey Grande (Cuba) y otra medio disuelta (y vuelta a armar) en el desierto de Atacama. Ella misma el arco y la flecha envenenada… con azul de metileno.

2- Hay aquellos que, fuera de los cenáculos, las torres, las repúblicas letradas, desbrozan terrenos para acercarse no ladina sino muy lúcidamente, a escuchar a los pájaros, a las cigarras… y acogerse a las medidas de sus cantos como estructuras métricas perfectas.

3- En Viena, puede escucharse en boca de una anciana unos versos como estos, que yo podría suscribir: …en el viento ascendente batiendo las alas / está parado / igual a un ave rapaz mi corazón buscando presa con la vista. Se nombra Friederike Mayrocker. Nacida en 1924, la singularidad de sus montajes y asociaciones le hacen ocupar hoy un lugar privilegiado entre los poetas de lengua alemana.

Pero, al hojear páginas, que mucho se agradecen a Martínez Furé, de la poesía anónima africana, de la poesía yoruba…, ahí encuentro también mi poderosa Vanguardia.

No pretendo arrimarte a la brasa ardiente, pero con frecuencia los poetas «con obra» eluden comentar sobre la poesía más nueva. Tú sueles moverte con soltura entre los jóvenes que crean. Afirmaría que a falta de una crítica atenta, que con la mayor imparcialidad ilumine sobre la poesía que hacen ellos hoy, ha ganado terreno la intolerancia o la negación de ciertos discursos, irreverentes, beligerantes, de una generación que hace visible su resistencia u oposición a un concepto esperado de lo lírico, a las colocaciones de poder…, algo que tampoco resulta novedad dentro de la literatura. ¿Qué opinas tú?

Bueno, agarro la brasa con la punta de dos dedos. No soy de la crítica. Para mí es magnífico que no seamos una inmensa coral de bajos o de sopranos o de castrati… Este ajiaco tiene de todo, hasta malas yerbas en sustitución de hierba buena.

Pero yo no siento que haya ganado terreno la intolerancia respecto a la obra de los más jóvenes. Máxime, con una máquina Riso imprimiendo libros, sostenidamente hasta donde sé, en cada cabecera de provincia. Lo que sí siento es que tenemos una crítica discapacitada por falta de ejercicio. Ejercicio a fondo para colocar cada cosa en su sitio.

Celebro la audacia discursiva, el desenfado, la insumisión, las disensiones, la provocación… Nada de esto tiene que reñir, según mi parecer, con la responsabilidad como hombres, como mujeres. Somos, cada uno, un grano de arena en un tiempo de tormenta. Nuestro pequeño acto creativo tiene un valor y puede ser un aporte a la restauración (planetaria) del sitio donde tengo los pies.

¿Cómo ves Estrías dentro del contexto de tu obra, un libro que según has declarado «concomita con la prosa», algo que en tu poesía ya viene siendo regularidad?

En Estrías hay versos, a veces líneas a punto de romperse, de desaparecer. Y hay prosa. Sin abuso de la llamada «prosa poética». Conviven (sería un mejor término) prosa y verso, incluso en un mismo texto. He dejado que esa escritura, como el agua, busque su camino. Incluso que se describa, que se piense a sí misma. Entonces obra con lo narrativo, con lo cinematográfico, lo instalativo, con lo que puede sugerir un dibujo, una fotografía. O «hace» (se añade) algo como un spot. En lo específico literario incorpora, por ejemplo, un borrador (texto-desecho), lo convierte en «borradura»; incorpora una línea de un poema ajeno, la desgarra, le añade información real acerca de ese texto, ese autor, le suma digamos unos «ingredientes caseros». Y esa página (una sección final la he nombrado Ejercicios cordiales) no será un acto de malabar, tendrá un sentido: dar noticia de la existencia de un poeta o de un texto que me interesa y tiene poca o ninguna visibilidad.

El libro-escuela para mí, iniciando los noventa, fue El texto sucio. Creo que Estrías ocupa un giro ascendente de la espiral que no sé si ha rendido lo suficiente, pero me confirma que importa mucho la libertad con que se entra en el texto. Obedeciendo a la propia intuición, a lo que bulle dentro, alzándose para elevar el punto de mira, se puede «oír» algo, «ver». A fin de cuentas somos como un canal, ¿no?

Quiero detenerme en una frase tuya dada en entrevista, una frase que tiene una lograda autonomía expresiva… «Yo no he aprendido a registrar la alegría en estado puro». ¿Lo ha intentado Soleida alguna vez, registrar la alegría en estado puro, poéticamente hablando, o es algo con lo que le resulta imposible tratar?

Desearlo, sí. Pero no me forcé a hacerlo. La escritura forzada se desvaloriza. Carece de energía propia. Yo, cada vez que como un mango bizcochuelo o abro un anón de manteca (que en La Habana se conoce con la bellísima palabra chirimoya), me pregunto cómo es posible que eso, eso que siento, no lo haya podido poner por escrito. Claro, antes no sabía que tenía el deber de ser feliz. Ahora que lo sé… solo me hace falta creer. Dicen los especialistas que reír sin ganas enferma. Aunque, pensándolo bien, puedo recomendar el Libro cero, que es homenaje, un guiño a Virgilio Piñera. Libro experimental, ejercicio para la risa del que he hecho uso yo misma… durante su escritura y también después.

¿Y podrías ser hoy una poeta de lo emocional? ¿Lo fuiste alguna vez?

Cada cierto tiempo tengo que sepultar algún poema, cuido no ser demasiado permisiva… para evadir cierto patetismo congénito. He escrito recientemente dos elegías por la muerte de un perro. La segunda, por inconformidad, para dar solución a la primera. Ya veré qué hacer con eso.

¿Alguna condición especial te ha ayudado a comenzar a escribir tus libros?

Más de una vez. Con Poesía infiel, sucedió en un campismo de verano. Y la escritura de El texto sucio fue iniciada en Villa Coral, Guanabo. Escribí dos o tres horas cada día antes de meterme al agua. Imagínate, un acto de placer: autonomía (aunque fuese transitoria), libertad interior, contemplación. Suma perfecta para una limpieza. Recuerdo que en las páginas finales de La Bruja, ese magistral libro acerca de la inquisición en la Europa medieval, escribe Michelet: la naturaleza nos ayuda, trabaja con nosotros. Así que agradezco mucho la ventana frente a la cual escribo, que incorpora a mi territorio doméstico los muros de La Cabaña, un minarete, la torre del Castillo de La Fuerza con la imagen de La Giraldilla, la iluminación que acompaña en las noches el paso de los barcos por ese tramo de la bahía, lo alto de las palmas y las palomas de la Plaza de Armas, el solazo, o la brumosa oscuridad de ciertas horas, la contemplación de un furioso aguacero…, aunque reniegue de la polución, añorando cada vez más (y tratando de crearme dentro) un poco de silencio.

Hablemos de El retrato ovalado, un proyecto al que diste cuerpo e identidad. Gina Picart la ha considerado una de las mejores antologías de narra­tiva femenina escrita por cubanas, aunque la diversidad del formato pase por la poesía, el guión cinematográfico, el monólogo, la fábula… ¿Qué es lo que más te estimula de un proyecto como ese (ya libro), o como el de recoger, testimoniar sueños, de tu libro anterior, bastante trabajoso, además?

Romper barreras!!! Y jugar. Creo que me gustan las obras colectivas... donde la subjetividad de cada uno no sufra menoscabo, donde no se diluya, más bien se refuerce la identidad personal. Y me gustan los laboratorios (observar, ¡me priva!), y me seducen los talleres si no son demasiado autoritarios. Esos libros han sido una aventura fabulosa. El trabajo con los sueños, una experiencia que a veces se torna desgarradora, me ha permitido traspasar un marcado límite de la privacidad de las personas y a la vez, exige de mí la mayor destreza y lucidez en el manejo de la lengua. Para El retrato… lancé un encargo literario de cierta complejidad; hay varias generaciones de mujeres involucradas, algunas de ellas sin experiencias anteriores en la escritura de ficción… Cuando hay que poner a funcionar ante un determinado propósito lo que nos es común y eso se consigue, haya o no el resultado esperado, en mi concepto ahí ha ocurrido algo valioso. Podría decir que El retrato ovalado o el libro de los sueños (Antes del mediodía se titula el segundo volumen, presente aún en algunas librerías) son una expresión de mi ser utópico.

No he pretendido ni los considero antologías. La nota crítica de Gina Picart es muy entusiasta. Gracias, querida Gina!!

Como promotora cultural, además de dar vida a los espacios Café Emiliana y Café dulce, tienes otro sueño vivo que no acaba de concretarse: la creación de El bosque de la poesía cubana, en el que a cada poeta ausente o no le corresponda un árbol que de alguna forma esté presente en su obra. ¿Dónde has proyectado que esté ese bosque? ¿Qué le impide a una mujer como tú, tan tenaz, no avanzar en una idea así de altruista?

Inicialmente me fascinó la idea de restaurar la loma de Casablanca que lleva al Cristo, sanear en alguna medida ese paisaje y que a partir de ahí el bosque creciera a trechos hacia el oriente, cubriendo los tan necesitados barrios de esa zona. Habana del Este, Regla, Alamar (!!!). Y llegara hasta donde la voluntad de los interesados de cada lugar diera espacio. Te imaginas esos bosquecitos de sueño cerca de las ciudades…

¿El impedimento? Quizás ese bosque me sobrepasa. Tiene que ser una obra colectiva, involucrar a las instituciones, además de los escritores, los amantes de la naturaleza. Pero, no voy a perder las esperanzas. Por lo pronto ya he logrado mi primera orquídea en casa, un minúsculo ejemplar poderosamente florecido durante más de un mes. Orquídea endémica del tipo conocido como «equitantes». Puedo esperar.