El ars amandi de Codina: otros retratos de la mujer

Pedro Llanes

Norberto Codina acaba de publicar su breviario El leve viaje de la sangre: poemas de amor y desamor dentro de los primeros títulos de ediciones Isla de Libros (Colombia, 2012). Si para Schopenhauer «el amor, por su esenci […] se mueve hacia la salud, la fuerza y la belleza; hacia la juventud que es expresión de ellas…»1 y para Barthes constituye un discurso de soledad, en cambio, Codina tiende a leerlo en el sentido de omnipresencia, de acompañamiento, cercanía salvífica. Nacido en Caracas en 1951 y emigrado a Cuba en 1959, parece poderse inscribir, si esto tiene algún valor, entre las formas de textualidad de finales de los sesenta.

Las poéticas hispanoamericanas post-vanguardistas (antipoesía y conversacionalismo) emergían del segundo lustro de los cincuenta: Poemas y antipoemas (Parra, 1954); Poemas de oficina (Benedetti, 1956); Tarumba (Jaime Sabines, 1956); Hora O (Cardenal, 1960).2

El conversacionalismo cubano, el poema-cartel incultura la reacción contra las poéticas fuertes (Paz, Lezama) visible en los textos piñerianos y salvo casos contados en los exponentes de la generación del cincuenta.

Codina no asedia las formas, las formas enuncian en él una cualidad óntica. El ser que fluye al igual que las aguas heraclitianas se ha constituido en sujeto, hay cierre a los ornamentos, a las imágenes muertas, a lo que no pertenece a la historia interiorizada. Ese ideario de crónica, de relato dibujado con fervor en Lugares comunes (1987), Convexa pesadumbre (2006) reaparece en El leve viaje de la sangre, ahora a través del espacio íntimo de la mujer contigua, poematizada.

¿Han dado respuestas Platón, Leonardo, Goethe, Barthes, Bataille, Kristeva al eros de ayer y de hoy? ¿En qué consisten sus registros, su poder? Quizás ese eros sea la introyección de lo otro, de la maquinalidad del gran ritmo cósmico reducido a escala de pequeño universo que parte de nosotros mismos, cumplidor de un extraño requisito de dominio.

Los poemas de Codina son perentorios, por así decirlo, vivenciales. Los recuerdos arman construcciones de lo femenino que se desasemejan en cuanto a tono. Lo erótico, por ejemplo, es apremiante en «De una primera aventura» donde se establecen diálogos con el heterocuerpo casi imperiosos: «y voy un día a sentir el habla desesperada / en cada peldaño de tu cuerpo» (p.14). Esta operacionalidad se sumerge en diferentes variantes, sigue relatos cada vez más sensorializados: «Aún maravilla el sexo / queda el roce memorable de tus muslos / que se aloja material en la leyenda» («Sé mujer como debe ser», p. 15). La mujer material guarda relación con el nombre con el que se ha establecido la biidentidad, en este caso, la Francisca dariana, lejana versión de Frau Vulpius, la ama de llaves de Goethe. Lo atávico femenino se convierte en fuerza generatriz, protectora, queda abierto lo fenomenológico por medio de su incesante flujo y reflujo que desencripta el significado de la vida y la muerte, resumido machadianamente por Codina: «(Francisca ¡qué gusto mortal)» (ídem).

El espacio público (parque), símbolo de las búsquedas, del encuentro, cumple su cometido: «Un día la llevo al parque / y se deposita en mi brazo / con el gesto tibio de la novia» («Madrigal», p.17); «Hoy me siento en el parque de diciembre. / Aquí las cuatro estaciones comparten / la glorieta, el jardín infantil, / la gris cabeza del novelista» («En el primer día», p. 19). Las escenografías utilizadas van dando un cronotopo bastante eficiente: nos encontramos cerca de 21, en La Habana, es diciembre; en un banco no muy lejos hay enamorados, recién conocidos, tal vez correteen los niños, el icono Hugo se corporiza, se hace transimagen, vemos los árboles, viene al fin la amiga, el mundo fracturado refluye, vuelve sobre sí mismo.

El leve viaje de la sangre reconstruye la genealogía, el paisaje de la infancia: el poeta vivió hasta los siete años en una urbanización de Altamira, en Caracas, como él mismo ha dejado escrito en «La Habana entre la memoria y los sentidos».3 El texto «Era aquel viaje de amor» desentraña los viejos lugares de Caracas, visualizados a tientas entre la niebla del Ávila; la mujer negra —especie de Candace— asoma al cuerpo textual, le da su perfil, topos y persona son después de todo, los mismos: «La dueña de la cocina», «Tarde, luna de Altamira», «A la derecha los cerros», «Venía con sus ojos forzando el paisaje», «Era aquel viaje de amor / que todas las mañanas me conducía al Ávila» (p. 21). «Descubrimientos» enumera al padre y a la madre, al relato familiar, los tíos Amanda y Norberto (sin hijos) «cazador entre los indios kunas».

Codina nos muestra en «Un nuevo amor, según datos demográficos» la rara comunicacionalidad y el sesgo de sus textos de madurez. La mujer amada —mater— provee la savia, el eterno arquetipo de la vida: «Traes, como mi madre / la lluvia y la muerte del universo / porque conmigo también / esperan los otros / los que quieren seguir multiplicándose / los que se reparten el secreto y la ternura / en el nido transparente de tus manos» (p. 28).

«Quimbombó a la habanera» fracciona los dos tópicos narrativos al tratarlos por medio de la partición, de la sugerencia. Las morosas proposiciones introducen el tema de la comida criolla (afro-hispana); el plato de quimbombó —Hibiscus esculentus— cuyos endofilamentos y frutos velludos se mezclan con carne, pimienta, cebolla y aceite. Ello sirve para el salto al asunto verdadero del poema, la evocación erótica desde cierto lugar (Bacardí). Los hilos conducen mentalmente al país yoruba (y por extensión, a su mujer), esta vez bajo el velamiento, bajo la ambigüedad (p. 40).

Este hombre múltiple que reconoce en Venezuela a su patria y en Cuba a su matria,4 antólogo de libros de crónica y de poesía entre los que merece citarse Por los extraños pueblos: otro mapa de la isla y el excelente Los ríos de la mañana (1985) es además crítico, promotor cultural y editor.

El leve viaje de la sangre en la austera edición de Isla de Libros dirigida por el colombiano Álvaro Castillo, además de volver a puntualizar la estética humana y también inmanente de Norberto Codina hay que verla como ars amandi, como un libro memorable y verdadero.

1 El amor, las mujeres y la muerte, Biblioteca Las Grandes Obras, Buenos Aires, s/f, p. 13.

2 Roberto Fernández Retamar, «Antipoesía y poesía conversacional en Hispanoamérica», Para el perfil definitivo del hombre, Letras Cubanas, 1985, p. 191.

3 Caligrafía rápida, Ediciones Loynaz, 2006, p. 113.

4 Ramón Palomares (Prólogo), En el reino del Escuque, Casa de las Américas, 2006, p. 21.