1984
George Orwell
Richard Walmsley, funcionario inglés en la colonia británica de la India, se había casado con Ida Mabel, una mujer de ascendencia francesa y birmana. Richard trabajaba para el Ministerio del Opio en la comunidad de Motihari, y allí nació, el 25 de junio de 1903, su hijo Eric Arthur Blair. Poco después la familia se trasladó a Inglaterra y Eric comenzó a asistir a un colegio parroquial. Eran demasiado pobres para pagarle los estudios, pero el niño se destacaba y obtuvo becas para asistir a las mejores escuelas inglesas. Sin embargo, no logró conseguir una beca para la universidad y, siendo ya un adolescente, decidió regresar a la India y unirse a la policía de Birmania.
A los veinticinco años, Eric Arthur Blair volvió a Inglaterra, pero la falta de recursos lo obligó a refugiarse en casa una tía, en París, donde trabajó como lavaplatos para un hotel de lujo. Vivió prácticamente en la indigencia hasta enfermar, y apenas un año después tuvo que retornar a la casa de sus padres en Suffolk. Con un odio profundo al imperialismo, escribió sus primeros libros, Sin blanca en París y Londres (1933), Los días de Birmania (1934), La hija del clérigo (1935). Para entonces, había adoptado el seudónimo de George Orwell y trabajaba como librero. Era un hombre de izquierdas, de manera que al estallar la Guerra Civil Española se alistó como miliciano y partió a Barcelona para combatir junto al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). De su experiencia en la guerra, donde fue herido y enfermó de tuberculosis, escribió en Homenaje a Cataluña (1938).
Sin reconocimiento como autor, Orwell sobrevivió escribiendo reseñas hasta que en 1940 estalló la Segunda Guerra Mundial. Al finalizar la guerra, publicó Rebelión en la granja (1945), su primer libro exitoso, donde describía con mordacidad la corrupción del socialismo soviético bajo el gobierno de Stalin. Desde entonces hasta 1947, siendo ya un escritor reconocido, pero débil por su enfermedad, se estableció en un rincón tranquilo de la Isla de Jura para escribir su última y más célebre obra, 1984. La novela se publicó en junio de 1949 y pocos meses después, en enero de 1950, Orwell murió en Londres.
De 1984 publicamos ahora un fragmento.
Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla hundida en el pecho en su esfuerzo por escapar del molestísimo viento, se deslizó por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.
El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande para un interior, estaba pegado a la pared. Representaba solo un enorme rostro de más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones hermosas y endurecidas. Winston se dirigió a las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante el día. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba la Semana del Odio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y unas várices ulceradas por encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando varias veces. En cada piso, frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos hechos de modo que los ojos apunten a uno dondequiera que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie.
Dentro del apartamento, una voz llena leía una lista de números que tenían algo que ver con la producción de lingotes de hierro. La voz salía de una placa oblonga de metal, una especie de espejo empañado, que formaba parte de la superficie de la pared situada a la derecha. Winston hizo funcionar su regulador y el volumen de la voz disminuyó, aunque las palabras seguían escuchándose. El instrumento (llamado telepantalla) podía ser amortiguado, pero no había manera de apagarlo. Winston se acercó a la ventana: una figura pequeña y frágil cuya delgadez resultaba realzada por el overol azul, uniforme del Partido. Tenía el pelo muy rubio, una cara sanguínea y la piel embastecida por un jabón malo, las romas hojas de afeitar y el frío de un invierno que acababa de terminar.
Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo se formaban breves torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espiral y, aunque el sol brillaba y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los carteles pegados por todas partes. La cara de bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente había uno de estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente a Winston. Abajo, a nivel de la calle, había otro cartel, roto en una punta, que ondeaba en espasmos azotado por el viento, mostrando y ocultando alternativamente una sola palabra: INGSOC. Lejos, entre los techos, un helicóptero pasaba y se detenía un instante, colgado en el aire, para luego lanzarse otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada de vigilar a la gente a través de los balcones y ventanas. Pero las patrullas eran lo de menos: lo que importaba en realidad era la Policía del Pensamiento.
Detrás de Winston, la telepantalla seguía susurrando datos sobre el hierro y el cumplimiento del noveno Plan Trienal. El aparato recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier sonido más alto que un murmullo era captado. Además, mientras permaneciera dentro del radio de visión de la placa de metal, podía ser visto a la vez que oído. Por supuesto, no había manera de saber si le vigilaban a uno en un momento dado. Lo único posible era adivinar la frecuencia y el plan que empleaba la Policía del Pensamiento para controlar una conexión privada. Incluso se concebía que vigilaran a todos a la vez. Pero, desde luego, podían intervenir una línea cuando se les antojara. Había que vivir —y en esto el hábito se convertía en un instinto— con la seguridad de que cualquier sonido sería registrado y escuchado por alguien y que, excepto en la oscuridad, todos los movimientos serían observados.
Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. Así era más seguro; aunque, como él sabía muy bien, incluso una espalda podía ser reveladora. A un kilómetro de distancia, el Ministerio de la Verdad, donde trabajaba Winston, se alzaba inmenso y blanco sobre el gris paisaje. «Esto es Londres», pensó con una sensación vaga de disgusto; Londres, principal ciudad de la Franja Aérea #1, era a su vez la tercera de las provincias más pobladas de Oceanía. Trató de extraer de su memoria algún recuerdo infantil que le dijera si Londres había sido siempre así. ¿Hubo siempre estas vistas de decrépitas casas decimonónicas, con los costados revestidos de madera, las ventanas tapadas con cartón, los techos remendados con planchas de cinc acanalado y trozos sueltos de tapias de antiguos jardines? ¿Y los lugares bombardeados, cuyos restos de yeso y cemento revoloteaban pulverizados en el aire, y el césped amontonado, y los lugares en que las bombas abrieron claros más extensos y donde habían nacido sórdidas colonias de chozas que parecían gallineros? Era inútil, no podía recordar: nada le quedaba de su infancia excepto una serie de cuadros brillantemente iluminados y sin fondo que, en su mayoría, le resultaban ininteligibles.
El Ministerio de la Verdad —que en neolengua1 se llamaba Miniverdad— era diferente, hasta un extremo asombroso, de cualquier otro objeto que se presentara a la vista. Era una gran estructura piramidal de blanco y reluciente concreto que se elevaba, terraza tras terraza, a unos trescientos metros de altura. Desde donde Winston se hallaba, podían leerse, adheridas a su blanca fachada en una elegante tipografía, las tres consignas del Partido:
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Se decía que el Ministerio de la Verdad tenía tres mil habitaciones sobre el nivel del suelo y otras tantas ramificaciones en el subsuelo. En Londres solo había tres edificios del mismo aspecto y tamaño. Aplastaban de tal manera la arquitectura en torno que desde los techos de las Casas de la Victoria era posible distinguir, a la vez, los cuatro edificios. En ellos estaban instalados los cuatro Ministerios en que se dividía el sistema gubernamental. El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, el entretenimiento, la educación y las bellas artes. El Ministerio de la Paz, para asuntos de guerra. El Ministerio del Amor, encargado de mantener la ley y el orden. Y el Ministerio de Abundancia, al que correspondían los asuntos económicos. Sus nombres, en neolengua: Miniverdad, Minipax, Miniamor y Minindancia.
El Ministerio del Amor era terrorífico. No tenía ventanas en absoluto. Winston nunca había estado dentro del Miniamor, ni siquiera se había acercado a medio kilómetro de él. Era imposible entrar allí a no ser por un asunto oficial y, en tal caso, había que cruzar un laberinto de caminos rodeados de alambradas, puertas de acero y ocultos nidos de ametralladoras. Incluso las calles que conducían a sus barreras exteriores estaban muy vigiladas por guardias con caras de gorila y uniformes negros, armados con porras.
Winston se volvió de pronto, forzó en su rostro la expresión de tranquilo optimismo que era prudente llevar al enfrentarse con la telepantalla y cruzó la habitación hacia la diminuta cocina. Al salir a esta hora del Ministerio, había renunciado a almorzar en la cantina y enseguida comprobó que no le quedaban víveres en casa, solo un mendrugo de pan muy oscuro que debía guardar para el desayuno del día siguiente. Tomó de un estante una botella de un líquido incoloro con una sencilla etiqueta que decía: Ginebra de la Victoria. Aquello olía a medicina, como el licor de arroz chino. Winston se sirvió una tacita, preparó los nervios para el golpe, y se lo tragó como si se lo hubieran recetado.
Al momento, la cara se le puso roja y los ojos empezaron a llorarle. Este líquido era como ácido nítrico; además, al tragarlo, uno tenía la sensación de que le golpeaban en la nuca con una porra de goma. Sin embargo, segundos después, desaparecía el ardor del vientre y el mundo empezaba a resultar más alegre. Winston sacó un cigarrillo de un paquete sobre el que se leía: Cigarrillos de la Victoria, y como lo tenía cogido verticalmente por distracción, se le vació en el suelo. Con el próximo tuvo cuidado y el tabaco no se escurrió. Volvió a la sala y se sentó ante una mesita situada a la izquierda de la telepantalla. De la gaveta sacó una pluma estilográfica, un tintero y un grueso libro de cuartillas en blanco, con el lomo rojo y cuyas tapas de cartón imitaban el mármol.
Por alguna razón la telepantalla había sido colocada en una posición inusual. En vez de hallarse, como era normal, en la pared del fondo, desde donde podría dominar toda la habitación, estaba en la pared más larga, frente a la ventana. A un lado de ella había una estancia poco profunda, en la que se había instalado ahora Winston. Era un hueco que, al construirse el edificio, se pensó seguramente para alacena o biblioteca. Metido en aquel hueco, lo más dentro posible, Winston podía evadir el campo visual de la telepantalla, aunque no podía evitar que oyera sus ruidos. En parte, la distribución insólita del cuarto lo había inducido a lo que ahora se disponía a hacer.
Pero también se lo sugirió el libro que acababa de sacar de la gaveta. Era un libro excepcionalmente bello. Su papel, suave y cremoso, amarillento por el paso del tiempo, hacía al menos cuarenta años que no se fabricaba. Sin embargo, Winston suponía que el libro tenía muchos años más. Lo había visto en el estante de una tienda, en un barrio miserable de la ciudad (no recordaba bien qué barrio), y en cuanto lo vio sintió un irreprimible deseo de poseerlo. Los miembros del Partido no debían entrar a las tiendas corrientes (a esto se le llamaba, en tono de severa censura, «traficar en el mercado libre»), pero esa prohibición no se acataba rigurosamente porque había varios objetos —como los cordones para zapatos y las hojas de afeitar— que era imposible adquirir por otra vía. Antes de entrar a la tienda, Winston miró a ambos lados de la calle para asegurarse de que no venía nadie y, en pocos minutos, adquirió el libro por dos dólares cincuenta. En aquel momento no sabía para qué quería el libro. Sintiéndose culpable, lo guardó en su cartera y se lo llevó a casa. Aunque estaba en blanco, era comprometedor tenerlo.
Lo que ahora se disponía a hacer era empezar un diario. Esto no se consideraba ilegal (en realidad, nada era ilegal, pues no existían leyes), pero si lo detenían era seguro que lo condenarían a muerte, o al menos a veinticinco años de trabajo forzado. Puso un plumín en la estilográfica y lo chupó para quitarle la grasa. La pluma era ya un instrumento arcaico. Se usaba rarísimas veces, ni siquiera para firmar, pero Winston había obtenido una, furtivamente y con mucha dificultad, porque tenía la sensación de que el bello papel cremoso merecía una pluma auténtica en vez de ser rascado con un lápiz tinta. Lo malo era que no tenía costumbre de escribir a mano. Excepto notas muy breves, lo común era dictárselo todo al hablescribe, algo completamente inadecuado para las circunstancias actuales. Mojó la pluma en tinta y dudó un instante. Un temblor nervioso sacudió sus intestinos. Dejar sus trazos sobre el papel era un acto decisivo. En una letra pequeña e inhábil escribió:
4 de abril de 1984
Se echó hacia atrás en la silla, abatido por un sentimiento de indefensión total. Lo primero que no sabía con certeza era si estaban, de verdad, en el año 1984. Claro que la fecha tenía que ser aproximadamente esa, porque él había nacido supuestamente en 1944 o 1945; pero era imposible en estos tiempos definir cualquier fecha con un margen de error menor a un par de años.
Y se le ocurrió de pronto preguntarse para quién estaba escribiendo ese diario. Para el futuro, para los que aún no habían nacido. Su mente giró durante un momento en torno a la fecha que había escrito y luego, con un sobresalto, se posó en la palabra neolingüística doblepensar. Por primera vez comprendió la magnitud de lo que se proponía hacer. ¿Cómo iba a comunicar con el futuro? Esto era imposible por su misma naturaleza. Una de dos: o el futuro se parecía al presente y entonces no le prestaría atención, o sería distinto y, en tal caso, lo que él dijera carecería de sentido para ese futuro.
Permaneció un rato mirando estúpidamente el papel. La telepantalla transmitía ahora una estridente música militar. Era curioso: Winston no solo parecía haber perdido la facultad de expresarse, sino que incluso olvidaba lo qué inicialmente había querido decir. Durante varias semanas se había estado preparando para este momento, y nunca se le ocurrió pensar que esa tarea requería algo más que valor. Creyó que escribir sería fácil: solo tenía que trasladar al papel el interminable e inquieto monólogo que desde hacia años se sucedía en su cabeza. En este momento, sin embargo, hasta el monólogo se le había secado. Además, su úlcera había empezado a picar insoportablemente. No se atrevía a rascarse porque siempre que lo hacía se le inflamaba. Los segundos transcurrían y él solo tenía conciencia de la blancura del papel ante sus ojos, el escozor de la piel sobre el tobillo, el estruendo de la música militar, y esa leve sensación de embriaguez producida por la ginebra.
De repente, empezó a escribir con rapidez, impulsado por el pánico, sin apenas conciencia de lo que escribía. Con su caligrafía infantil iba trazando líneas torcidas y, si primero empezó a «comerse» las mayúsculas, luego suprimió también los puntos:
4 de abril de 1984. Anoche fui a ver películas. Todas eran de guerra. Hubo una muy buena acerca de un barco de refugiados que era bombardeado en algún lugar del Mediterráneo. El público se divirtió mucho con las escenas de un hombre muy muy gordo que nadaba intentando escapar del helicóptero que lo perseguía, primero se le veía chapoteando en el agua como una tortuga, luego lo veías en la mira de la ametralladora del helicóptero, luego acribillado a balazos y el mar enrojeciéndose a su alrededor mientras el gordo se hundía como si el agua le entrara por las heridas, la gente muerta de risa mientras el gordo se hundía. entonces se veía una lancha salvavidas llena de niños con un helicóptero que le daba vueltas y más vueltas. había una mujer de mediana edad que bien podía ser judía, sentada en la proa con un niño en brazos. el niño tendría unos tres años, chillaba de miedo y metía la cabeza entre los pechos de la mujer como si así pudiera esconderse, y la mujer lo abrazaba y lo consolaba aunque también estaba aterrada, cubriéndolo como si sus brazos fueran a evitar que lo mataran. entonces el helicóptero tiró una bomba de veinte kilos sobre el barco, hubo un fulgor terrible y el bote quedó hecho astillas. luego un maravilloso primer plano del brazo del niño volando por el aire, la cámara del helicóptero debe haberlo captado al saltar y los del partido aplaudieron muchísimo pero una mujer que estaba en los asientos de la prole armó un escándalo terrible gritando que no debían pasar esas películas, no frente a los niños, no debían, no era correcto, hasta que la policía la sacó a rastras, no creo que le pasara nada, a nadie le importa lo que dicen ellos, es la reacción típica de los prole y nunca...
Dejó de escribir, en parte porque tenía calambre. No sabía por qué había soltado esa sarta de disparates. Pero lo curioso era que, mientras lo hacía, otro recuerdo totalmente distinto se había aclarado en su mente, al tal punto que se creyó en condiciones de escribirlo. Era precisamente por este otro incidente, ahora lo comprendía, que había decidido venir a casa y empezar su diario.
Había ocurrido aquella misma mañana en el Ministerio, si es que la palabra ocurrir podía emplearse para hablar de algo tan vago.
Cerca de las once, en el Departamento de Registro donde trabajaba, sacaban las sillas de los cubículos y las agrupaban en el centro del vestíbulo, frente a la gran telepantalla, preparándose para los Dos Minutos de Odio. Winston acababa de sentarse en su sitio, en una de las filas centrales, cuando entraron dos personas a quienes él conocía de vista, pero con las cuales nunca había hablado. Una de ellas era una muchacha con la que se cruzaba en los pasillos. No sabía su nombre, pero sí que trabajaba en el Departamento de Ficción. Probablemente —pues la había visto alguna vez con una llave inglesa y las manos sucias de grasa— tendría una labor mecánica en las máquinas de escribir novelas. Era una joven de aspecto audaz, de unos veintisiete años, con un cabello negro muy grueso, cara pecosa y movimientos ligeros y atléticos. Una estrecha faja escarlata, emblema de la Liga Juvenil Anti-Sex, le ceñía el overol a la cintura y realzaba la atractiva forma de sus caderas. A Winston le desagradó desde la primera vez, y sabía la razón de ese mal efecto: era ese aire de campos de hockey y duchas frías, de excursiones colectivas y mente en blanco que trascendía de ella. En realidad, le molestaban casi todas las mujeres, especialmente las jóvenes y bonitas. Siempre eran ellas, y sobre todo las jóvenes, las más entusiastas seguidoras del Partido, las que se tragaban todas las consignas, aficionadas a espiar y sabuesas cazadoras de cualquier heterodoxia. Pero esta muchacha en particular le había dado la impresión de ser más peligrosa. Cierta vez que se encontraron en el pasillo, la joven le dirigió una rápida mirada oblicua que por unos momentos lo dejó aterrado. Incluso se pensó que podía ser una agente de la Policía del Pensamiento. No era, desde luego, muy probable. Sin embargo, Winston siguió sintiendo una inquietud muy especial cada vez que ella estaba cerca, una mezcla de miedo y hostilidad.
La otra persona era O’Brien, un miembro del Partido Interior, titular de un cargo tan remoto e importante que Winston apenas sabía de qué se trataba. El grupo, ya instalado en las sillas, se agitó en un breve murmullo al verlo llegar en su overol negro de funcionario. O’Brien era un hombre corpulento, con un ancho cuello y un rostro basto, brutal, y sin embargo rebosante de buen humor. A pesar de su grueso aspecto, sus modales eran agradables. Solía ajustarse las gafas con un gesto que tranquilizaba a sus interlocutores, un gesto que tenía algo de civilizado, y esto era sorprendente tratándose de algo tan leve. Ese gesto —si alguien hubiera sido capaz de pensar así todavía— podía haber recordado a un aristócrata del siglo XVI ofreciendo rapé en su cajita. Winston había visto a O’Brien quizás solo una docena de veces en otros tantos años. Se sentía fuertemente atraído por él y no solo porque le intrigaba el contraste entre los delicados modales de O’Brien y su aspecto de campeón de lucha. Era sobre todo una convicción secreta —o quizás ni siquiera una convicción, sino apenas una esperanza— de que la ortodoxia política de O’Brien no era cabal. Algo en su rostro hacía sospecharlo de manera irresistible. Y quizás no fuera ni siquiera heterodoxia lo que expresaba su cara, sino, sencillamente, inteligencia. Pero, en cualquier caso, su aspecto era el de una persona con quien se podría hablar si, de algún modo, se lograba eludir la telepantalla y llevarlo aparte. Winston no había intentado nunca comprobar su sospecha: no había forma de hacerlo. En este momento, O’Brien miró su reloj de pulsera y, al ver que eran las once en punto, decidió quedarse en el Departamento de Registro hasta que pasaran los Dos Minutos de Odio. Se sentó en la misma fila que Winston, separado de él por dos sillas. Una mujer bajita y de cabello color arena, que trabajaba en el cubículo vecino al de Winston, se instaló entre ellos. La joven del cabello negro se sentó detrás de Winston.
Poco después se oyó un chirrido aterrador, como de una gigantesca máquina sin engrasar, que procedía de la telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había empezado el Odio.
[…]
Entonces, todo el grupo prorrumpió en un canto rítmico, lento y profundo: «¡Ge-Hache… Ge-Hache... Ge-Hache!», haciendo una larga pausa entre la G y la H. Era un canto monótono y salvaje en cuyo fondo parecían oírse pisadas de pies descalzos y el batir de tambores. El canturreo duró unos treinta segundos. Ese estribillo surgía en ocasiones de gran emoción colectiva. En parte, era una especie de himno a la sabiduría y majestad del Gran Hermano; pero, más aún, constituía un procedimiento de autohipnosis, un modo deliberado de ahogar la conciencia mediante un ruido rítmico. Winston sentía que se le enfriaban las entrañas. En los Dos Minutos de Odio, no podía evitar que la oleada emotiva le arrastrase, pero este infrahumano canturreo «¡GH... GH... GH!» le llenaba de horror. Claro que se unía al coro, era obligatorio. Controlar sus sentimientos y repetir lo que hacían los demás era una reacción natural. Pero durante un par de segundos sus ojos podían haberlo delatado. Y fue precisamente en esos instantes cuando ocurrió aquello que a él le pareció significativo... si es que había ocurrido.
Por un instante sus ojos se encontraron con los de O’Brien, que se había levantado, se había quitado las gafas y se las había vuelto a colocar con su delicado y característico gesto. Pero en esa fracción de segundo, Winston supo —sí, lo supo— que O’Brien pensaba igual que él. Un inconfundible mensaje se había cruzado entre ellos. Era como si sus mentes se hubieran abierto y los pensamientos hubiesen volado de una a la otra a través de los ojos. «Estoy contigo», parecía haberle dicho O’Brien. «Sé en qué estás pensando. Conozco tu asco, tu odio, tu disgusto. Pero no te preocupes, ¡estoy contigo!» Y luego la fugaz comunicación se interrumpió y la expresión de O’Brien volvió a ser tan inescrutable como la de los demás.
Eso fue todo y ya no estaba seguro de si había sucedido realmente. Tales hechos nunca tenían consecuencias. Lo único que hacían era mantener viva en Winston la creencia o la esperanza de que otros, además de él, eran enemigos del Partido. Quizás, después de todo, resultaran ciertos los rumores de grandes conspiraciones subterráneas; quizás sí existía la Hermandad. Era imposible, a pesar de los continuos arrestos, confesiones y ejecuciones, estar seguro de que la Hermandad era más que un simple mito. Ciertos días lo creía, otros no. No había pruebas, solo destellos que podían o no significar algo: retazos de conversaciones oídas al pasar, palabras garabateadas en los muros de los baños, y, alguna vez, al encontrarse dos desconocidos, ciertos gestos que podían ser señales de reconocimiento. Pero eran suposiciones y podían resultar totalmente falsas. Winston había vuelto a su cubículo sin mirar más a O’Brien. Apenas cruzó por su mente la idea de continuar ese breve contacto. Hubiera sido muy peligroso, incluso si supiera cómo entablar esa relación. Durante uno o dos segundos, habían cruzado una mirada equívoca, eso era todo. Pero aún así, se trataba de un hecho memorable en el aislamiento casi hermético en que tenía que vivir.
Winston apartó de sí esos pensamientos y tomó una posición más erguida en su silla. Se le escapó un eructo. La ginebra estaba haciendo efecto.
Volvió a fijar sus ojos en la página. Descubrió entonces que durante todo el tiempo en que estuvo recordando, no dejó de escribir automáticamente. Y no era ya la inhábil escritura retorcida de antes. Su pluma se había deslizado voluptuosamente sobre el suave papel, imprimiendo en claras y grandes mayúsculas lo siguiente:
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
Una vez y otra, hasta llenar media página.
1 Neolengua [Newspeak] era el idioma oficial de Oceanía. |