Mahmud Darwish en su lengua de tierra o Los olivos de la discordia

Jamila Medina Ríos

Si el olivo coronaba a los guerreros triunfantes y a los vencedores olímpicos, en Grecia, lo cual queda como vestigio en las medallas deportivas; si el olivo engalanaba a los esposos, al igual que a los muertos por cremar, en Roma, tanto como la frente de los emperadores, y ha dejado su huella en monedas y escudos; si la clásica escena bíblica de la paloma con la rama de olivo, como telón al diluvio, es símbolo de paz y de las Naciones Unidas; en cambio, este árbol fue acaso la primera fuente de discordia entre israelíes y palestinos. La desavenencia fue hija de la ambición y la culpa europeas. Data de las décadas iniciales del xx, cuando los estragos del antisemitismo impulsaron a los judíos a emigrar hacia la antigua Canaán, y cuando tras la I Guerra Mundial, bajo el protectorado británico, se dice que aquellos empezaron a adquirir los terrenos del lugar, sin reparar en que los campesinos árabes eran dueños de las arboledas de esa lengua de tierra.

Sea cierta o no la anécdota, la disputa por los añosos olivares (por sus frutos y aceites) sería solo la punta de un ovillo que ha devenido avalancha de guerras escisivas, asociaciones, tratados por cumplir, intervenciones, muros, checkpoints, desesperación y sangre. La poesía de Mahmud Darwish (1942-2008), desde Hojas de Olivo hasta Como la flor del almendro o allende —pasando por Enamorado de Palestina, Al final de la noche, Los pájaros mueren en Galilea, Nupcias, Asedio elegíaco al mar, Veo lo que quiero, Once astros, El lecho de la extranjera, ¿Por qué has dejado al caballo solo? (o El fénix mortal), Estado de sitio y Mural— resulta una relectura de la tradición bíblica y mitológica y, sobre todo, un canto plural acerca del exilio y la nostalgia palestinas, sazonado por ambiciones, barbaries, fundamentalismos e integrismos. Sin embargo, tanto los textos reunidos en la selección La patria de las palabras, editada en 2012 por SurEdiciones, como la actitud dominante de Darwish hacia la poesía y la política (reflejada en tres invaluables entrevistas), nos revelan una literatura comprometida con el terruño, y ante todo con la patria de las palabras, con la vida de sus habitantes, con sus voces y anhelos. Lirismo épico ha dicho Yannis Ritsos, para referirse al mosaico de seres que pueblan los versos de Darwish, quien ha construido, justamente, un mural con esos desvelos, rabias y esperanzas, quien ha dejado que «los ataúdes de la catástrofe» y «las gargantas de los muertos» («sanos y salvos») resuenen y «tomen la palabra», pero también ha retratado a los vivos: ora a la madre, al padre, al hermano, a los mártires, ora la aldea y su pozo, ora a los refugiados, ora al forastero con su casaca de botones brillantes…

A pesar de que la traducción no nos permite acceder a la musicalidad de la lengua árabe, sus metáforas y reiteraciones nos abren un reino plagado de símbolos y alegorías, que nos son y no nos son ajenos. La hambrienta, la airada dignidad de un exiliado («sin patria / sin bandera / sin dirección»), que tiene solo la bolsa de pan que lleva consigo y algunos baúles podridos que arrastra por las calles, pero que les silba a las muchachas, acodado sobre los muros, en el fulgor de sus 20 años, mientras le asegura a sus padres que se siente bien, envuelto en su único traje (ya zurcido) y preguntándose en la noche por la chimenea y el umbral que dejó, preguntándole a la noche si recordará a un refugiado sin sepultura. La sangre como un hilo de aceite que alimenta la lámpara de la libertad. La esperanza de la miel, los viñedos, el mantel y la puerta. El naranjal siempre verde, encerrado tras los muros. El país del retorno como un pájaro perdido y aplastado, del que aún se espera que broten plumas: Palestina de ojos y tatuajes, «tendedera / para los paños de sangre», «pañuelo de pestañas», vitualla para el viaje y roca «inquebrantable», que no se abandona; como un nombre que sabe en la «boca, reseca y polvorienta», a «vino envejecido en jarras». La rosa salida del diccionario: germinada abruptamente en la frente de las rocas. El mechón de pelo de la madre, sujetando al poeta como «un hilo que brilla en la cola de [s]u vestido». Los pañuelos del adiós: como mortajas. Aldeas segadas como la de Kufr Kasim y sus «cincuenta sangrantes melodías», soñando con violetas, espigas y bodas de palomas. La zarza del odio sembrada en el alma y en los ojos, en el Sahara del corazón, después que llamaron en su puerta, en todas sus puertas. Las alas del gorrión, olvidadas de saludarse, detenidas. La «esponjosa carne de la sombra», donde habita el caballo de madera, roto. Y bajo «las botas de la noche»: el llamado del deseoso, soñando con el aroma de los almendros, soñando con el aroma de los almendros, y pidiendo no «una carga ligera», sino «una espalda poderosa». Los «caballos de los bárbaros», ensillados en el valle, sin que sepamos por qué. Las dos lunas: una en lo hondo y otra en lo alto, sobrevolando el pozo. La piel de naranja de la palma de las manos árabes; los gajos de naranja de su sol, y ellos recordando cómo salieron de casa: «como el viento por la puerta». El cuervo de Dios escarbando la tierra resquebrajada, para mostrarle a Caín dónde sepultar a su hermano… «Palabras arrancadas, como plumas» y un brocal en el que inclinarse a beber para aullar con los muertos. El exiliado como un zombi, como un muerto en vida, recostado en el fondo del pozo, donde le arrojan cáscaras de plátano. La tarde, el cielo como montura y el olor del café árabe sobrepasando las fronteras, más allá de «las colinas expuestas al verano / y al forastero», que pende sobre el valle como «una berenjena madura».

Mahmud Darwish se comprendía a sí mismo como hijo de las tradiciones (no solo poéticas) «judía, griega, cristiana y musulmana», y pensaba la tierra de Canaán como un palomar… «Cada vez que mi pecho se encoge» —decía— «como una golondrina extiendo las alas». Ahora que este escritor no podrá volver a aunar en un estadio de fútbol 25 mil personas emocionadas por sus versos, pienso en su preocupación por la pervivencia entre las ramas falsas de los olivos, de los fusiles de los forasteros y de los nidos de búhos y de cuervos… Contra esa yerma, quedan bordados en su alfombra, volando: el ruiseñor (que pica la boca), el gorrión, la golondrina y algodonales de palomas. Mientras Palestina e Israel, sobrevuelan como pájaros sobre la carroña de la tierra, en vez de posarse al fin en los olivos y aprender a vivir sobre su valle como en un palomar, lo más atrevido es que un escritor como Mahmud Darwish diga que todo poeta palestino «tiene el derecho, incluso el deber, de escribir un poema de amor» y siga silbando a las muchachas, de trenzas y cejas pobladas, «porque son agradables las muchachas / oh hermanos / (y) sin ellas / cuánto más amarga nos sería la vida».