Es difícil hacer el amor (humor)
pero se aprende
Fernando Iwasaki
FERNANDO IWASAKI (Lima, 1961) es un escritor, investigador, docente, filólogo e historiador peruano. Residente en Sevilla, España. Entre su obra de ficción destacan las novelas Libro de mal amor (2001) y Neguijón (2005), y varios libros de relatos: Tres noches de corbata (1987), Inquisiciones peruanas (1994), Un milagro informal (2003), Ajuar funerario (2004), Helarte de amar (2006), España, aparta de mí estos premios (2009), entre otros. La Editorial Oriente publicará próximamente una selección de sus cuentos, prologada por Ena Lucía Portela, de la cual ofrecemos un adelanto.
Los autores satíricos no somos, contra lo que algunos despistados suponen, una cuadrilla de payasos a full time. Nanay. El humor, para que sea realmente eficaz, debe tener un trasfondo nada risible. El chiste, en otras palabras, es una cosa muy seria, ya sea blanco, verde, negro o de pinticas. Entre los miembros más conspicuos de la tribu guasona tenemos a unos cuantos de temperamento colérico, v.g. los feroces e indignados Jonathan Swift, Mark Twain o Karl Kraus. También los hay calculadamente fríos y desdeñosos, como Oscar Wilde. Y no faltan los tristes, los que tienden a la nostalgia y a la melancolía, onda Emil Ajar o Mijail Bulgakov. A este departamento, el de los chamas nobles con buen corazón que se ríen para no llorar ante el espectáculo del mundo, pertenece Fernando Iwasaki.
Las brevísimas narraciones tomadas de Ajuar funerario, con su horror de baño de gasolinera, de ascensores malévolos y libros demoníacos, remiten a una vertiente de su sátira: la oscura, la del trasfondo macabro y espeluznante. La que cultivaron asustadores de la talla de Max Beerbohm, Gilbert K. Chesterton o el Edgar Allan Poe de «Never Bet the Devil your Head», tan injustamente subvalorado por la crítica. Algunas personas, por desgracia, consideran que divertir y escalofriar son actividades antagónicas. Veneran a Franz Kafka y a Juan José Arreola sin encontrarles el chiste. Allá ellos. Nosotros, los cubanos que vacilamos en grande la humorada tétrica de nuestro Virgilio Piñera, igual podemos saborear estos siniestros cuenticos de un Fernando Iwasaki para consumir de noche, uuuh…
Iwasaki se luce tanto como humorista que no puedo resistirme a la irrespetuosa tentación de apodarlo «El Guasaki». No lo dejo simplemente en «Saki» porque ya existe un célebre autor de sátiras con ese mismitico nombre de pluma (Héctor H. Munro, ya saben, el del hurón que se merienda a la tía fastidiosa). Aunque tal vez el Guasaki, no muy complacido por tan confianzuda efusividad caribeña, riposte a imagen y semejanza de su personaje: «Si no te importa, Fernando», y luego desaparezca, ¡zas!, en las tinieblas de la noche.
Ena Lucía Portela
Peter Pan
Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.
Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él solo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.
A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.
Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.
Monsieur Le Revenant
Todo comenzó viendo televisión hasta la medianoche, en uno de esos canales por cable que solo pasan películas de terror de bajo presupuesto. Luego vinieron el desasosiego y los bares de mala muerte, las borracheras vertiginosas y las cofradías siniestras de la madrugada. Por eso perdí mi trabajo, porque dormía de día hasta resucitar en la noche, insomne y hambriento.
No es fácil convertirse en un trasnochador cuando toda la vida has disfrutado del sol y de los horarios comerciales, pero la noche tiene sus propias leyes y también sus negocios. Así caí en aquella mafia de hombres decadentes y mujeres fatales. Malditos sean.
Siempre regreso temeroso de las primeras luces del alba para desmoronarme en la cama, donde despierto anochecido y avergonzado sobre vómitos coagulados. Tengo mala cara. Me veo en el espejo y me provoca llorar. Lo del espejo es mentira. Lo de los crucifijos también.
El libro prohibido
En una librería electrónica encontré una sección esotérica que llamó mi atención, pues no solo tenían la primera edición del Diccionario infernal del padre Collin de Plancy o el Malleus Maleficarum con prólogo de Lord Byron, sino el apócrifo y terrible Necronomicón del árabe loco Abdul Al-Hazred. Pensando que sería una antología de historias góticas lo encargué más por romanticismo que por interés. A los tres días me lo llevó a casa un hombre alto y borroso que parecía vendedor de biblias. Se trataba de un volumen en octavo y encuadernado en una tela que recordaba a las arañas. Lo encontré algo ajado, descolorido en las cubiertas y torturado por los nervios, pero era la edición valenciana de 1610. Un sello de agua indicaba que el ejemplar había pertenecido a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. «La crisis», pensé, y me dispuse a disfrutar de mi tesoro.
El libro era una maldición y una blasfemia, pues contenía todas las aberraciones posibles de nuestro tiempo y el anterior. Leí las revelaciones de la Clavícula de Salomón, los hechizos del Kitab-al-Uhud y las profecías del papiro de Leyden. Conocí la genealogía atroz de los primigenios: Azathot, Cthulhu, Nyarlathotep y Yog-Sothoth. Descubrí razas malditas que habitan en las profundidades marinas, que supuran en las esquinas sucias de nuestras casas y que aguardan una señal de guerra en el abismo de los espejos. Pero lo peor era el libro en sí: no tenía fin, no tenía comienzo, la numeración era delirante y las páginas que pasaba no volvían a aparecer.
Después de varios días de insomnio encontré unos folios garrapateados con letra menuda y temblorosa. Era un índice alfabético de las miles de ilustraciones de aquel libro infinito, acaso abandonado por algún lector enloquecido y aterrorizado. Hice una hoguera en el jardín y arrojé esa monstruosidad a las llamas. Lleva meses ardiendo. Quizás sea la señal que espera Yog-Sothoth.
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