La intromisión
(fragmento)

Muriel Spark

Muriel Spark nació en Edimburgo en 1918. Vivió parte de su juventud en Rodesia (actual Zimbabwe), donde tuvo un hijo. Tras su regreso a Gran Bretaña, trabajó para el Foreign Office durante la Segunda Guerra Mundial. Se inició en la literatura como poeta y biógrafa de Mary Shelley. En 1950 ganó un prestigioso concurso de relatos en The Observer, pero fue una década después, con su novela La plenitud de la señorita Brodie (1961), llevada al cine y al teatro, que alcanzó el éxito. Entre sus títulos más destacados, se cuentan Memento mori, La balada de Peckham Rye, La abadesa de Crewe, Muy lejos de Kensington y Los encubridores. En sus últimos años decidió retirarse a un pequeño pueblo de la Toscana, donde vivió y escribió hasta su muerte, en 2006, a los ochenta y ocho años. Su última novela, The Finishing School, había aparecido en el 2004.

El fragmento que publicamos pertenece a La intromisión, una de sus obras más autobiográficas y donde relata sus inicios en el mundo de las letras.

El día que siguió al de mi encuentro con el policía en el cementerio de Kensington fue un sábado, el 1 de julio. Ese día comenzó mi nueva vida. Recibí una carta de la importante y gloriosa Editorial Triad, antigua firma especializada en la publicación de buenos libros. Era una carta muy simple:

Estimada señorita Talbot:
Le agradeceremos que concierte una cita para visitarnos, aquí, a la brevedad posible.

Atentamente,
Cynthia Somerville,
Editorial Triad

Ahora bien, Edwina había hablado mucho de los Somerville de Triad, a cuyo tío abuelo había conocido. Creía que yo podría obtener un empleo ahí. Recordé que Solly también me había dicho: «Podrías conseguir trabajo en Triad». Pensé que Edwina, o bien Solly, me habían recomendado para un empleo. La tarde siguiente se lo pregunté. Ese domingo no llevamos a pasear a Edwina. Creo que llovía. Tomamos el té en Hallam Street. Edwina había incorporado a su personal doméstico un sirviente apuesto y vigoroso, un viudo llamado Rudder, ex mayordomo en una gran casa antes de la guerra y sargento principal en el ejército. Manejaba tan bien los cupones de racionamiento que Edwina podía ofrecer tés del máximo esplendor.

—No, yo no dije nada en Triad —negó Solly, estudiando la carta de ambos lados como si encerrase algún código secreto. Tampoco Edwina parecía saber nada del asunto.

—Quizá se refiera a ese libro suyo, señorita Fleur —dijo Rudder, que ya era casi como de la familia.

En verdad, según comentaba Dottie, se había vuelto «íntimo» de la señorita Fisher y entre ambos exprimían bien a Edwina. Esto era según Dottie, pero por mi parte no vi que eso tuviese importancia, pues servían a Edwina con gran competencia. Rudder tenía mi carta en la mano.

—Para mí, quieren su libro. Por lo que dicen, están «agradecidos». Cuando uno va a buscar un empleo, no es el empleador quien está agradecido, sino usted. Vea usted, aquí escribieron: «Le agradeceremos que...».

—Dios mío —dijo Solly—. Les mandé Warrender Chase hace cuatro o cinco semanas. Lo había olvidado.

—Espero que sepan demostrar su gratitud —dijo Edwina con voz ronca.

Durante el resto del té, Solly habló del trío de la Triad. Dos hermanos y una hermana. Hacían todo al unísono.

—Pero será mejor que no tengas demasiadas esperanzas —me aconsejó Solly—. Tal vez solo se trate de un empleo. Quizá se hayan enterado de que necesitas trabajo y podrían tener una vacante.

—Bueno, algo es algo —dije.

No se trataba de un empleo. Se trataba de Warrender Chase.

Los tres famosos hermanos estaban sentados uno junto al otro, detrás de un escritorio. Eran Leopold, Cynthia y Claude Somerville en persona, árbitros del gusto y de las belles-lettres. Creo que compartían una misma alma. Los ojos melancólicos de un gris verdoso eran idénticos, las caras largas y ovaladas, muy parecidas. Leopold, el menor, de algo más de treinta años, daba un saltito en su silla cuando tenía algo muy interesante para decir. Cynthia permanecía perfectamente inmóvil, con las manos entrelazadas. Llevaba un vestido de color gris verdoso, que reflejaba el color de los seis ojos Somerville. Las mangas eran muy anchas y de aspecto medieval.

Claude era el mayor, de pelo gris. A él le tocó abordar el aspecto comercial, cosa que hizo con tal aire de disculparse, de lamentarse y avergonzarse, que resultaba en verdad cruel tener que discutir o cuestionar las cláusulas del contrato que, según advertí llena de júbilo, tenía listo en su escritorio y delante de los ojos.

El largo escritorio era liviano y brillante, sin hojas de papel secante, portalápices ni bandejas para correspondencia. Solo estaba mi Warrender Chase delante de Cynthia, una carpeta con informes de los lectores delante de Leopold y el contrato delante de Claude. Los tres estaban listos para que los retratara un pintor. No les faltaba nada, excepto un Concierto Brandenburgués de fondo. Sin embargo, estoy segura de que no se ponían de acuerdo en forma tan consciente como parecía. Es verdad, había algo de producción teatral en Triad, pero a través de los años aprendí que esta imagen conjunta y pública era algo instintivo y, aun diría, genial.

Se levantaron para recibirme y luego volvieron a sentarse, Leopold con un saltito extra.

—Nos gustaría muchísimo publicar su novela —dijo Cynthia. Los hermanos sonrieron al unísono con sonrisas no muy amplias, pero amables.

En aquel momento me habría costado mucho esfuerzo darme cuenta de que Cynthia mantenía una relación amorosa con un cargador de frutos del mercado de Covent Garden, que Leopold andaba corriendo detrás de un director de jazz y que Claude estaba casado con una rica viuda norteamericana con tres hijos propios y dos de él. Mi impresión era que la Triad había surgido de la nada y que tan pronto como yo me retirase, a la nada todo regresaría.

Mientras acariciaba la carpeta con informes de lectores, Leopold me aseguró que eran tan contradictorios que resultaban estimulantes desde el punto de vista del editor. Saltando de su silla, dijo:

—Algunos quedaron encantados y otros la detestaron.

—Así tendremos un público de culto —observó Cynthia.

—No será un negocio, desde luego —acotó Claude.

—El consenso general —dijo Leopold— es que si bien la maldad de Warrender resulta subrayada en exceso, usted tiene aquí un tema universal —(Saltito).

Afirmé que creía posible la existencia de gente como Warrender Chase en este mundo.

Los tres asintieron al unísono. Estaba segura de que entre quienes habían detestado el libro estaban Theo y Audrey Clairmont, que a veces leían obras para Triad. Años más tarde descubriría que el celo exagerado de sus esfuerzos por impedir la publicación de Warrender Chase había inclinado la balanza de Triad en favor del libro.

Hubiera querido llevarme el contrato y estudiarlo, deseo bien razonable. Pero estaba más allá de mí, más allá de cualquiera que conozco, infligir a ese Claude tan bondadoso y cortés una puñalada tan honda. Lo firmé de inmediato, no sin antes comprobar que contenía una cláusula de opción. Claude percibió lo que estaba mirando.

—La opción tendrá lugar según términos a convenir —murmuró, como con la desalentada esperanza de que no me echara atrás. Luego añadió—: Consideramos esta redacción la más oportuna. —Enfatizó la palabra «oportuna» de modo tal que la desterró por un momento del ámbito de la firma de contratos.

El hecho es que era un buen contrato. El anticipo por derechos era la inusitada suma de cien libras, que yo necesitaba.

Me dirigí a Cynthia y anuncié mi próximo Día de difuntos y la novela que planeaba como tercera obra, La Rosa Inglesa. Cynthia me miró con sus ojos de un gris verdoso, Claude suspiró maravillado, y Leopold dio dos saltitos. Así comenzó mi larga carrera como novelista en la Editorial Triad.

Estiré mis fondos hasta noviembre, cuando debía publicarse Warrender Chase. Mal mes para publicar, pero las primeras novelas con un futuro incierto deben cederle el lugar a los éxitos seguros. Había corregido las pruebas y a esa altura estab­a completamente aburrida del libro. Día de difuntos ya estaba casi terminado y durante esos meses yo lo amaba con toda el alma.

Creo que fue en septiembre cuando Wally me llevó a visitar Cambridge. Fuimos a Grantchester, la casa de Rupert Brooke. «¿Se detiene el reloj de la iglesia a las tres menos diez?», recordé. El reloj de la iglesia estaba detenido a las tres menos diez. Por orden de la administración. Sentí una súbita repugnancia contra el reloj, Grantchester, Rupert Brooke y ese espíritu que siempre pregunta en el mismo poema si hay miel para el té. Se lo aclaré extensamente a Wally. No carecía de cierta sensibilidad.

—Espero que no me incluyas dentro de todo ese grupo —dijo.

Finalmente Wally terminó casándose con una Rosa Inglesa que sabía todo lo referente a protocolo y precedencia y era admirada por todos, incluso la niñera de los chicos. Con el tiempo Wally se convirtió en un embajador con una pileta de natación que estaba siempre rodeada de hombres destacados y sus consortes, a quienes Wally atendía de tanto en tanto: «Acabo de escaparme».

La Editorial Triad había hecho imprimir mil ejemplares de Warrender Chase, previendo vender quinientos.

—Pero podemos contar con algunas críticas favorables —dijo Cynthia por teléfono. Mandaron a un fotógrafo a que me tomase una fotografía para la contratapa.

A fines de octubre apareció la novela de Leslie, Dos caminos. Incluía el retrato de una mujer desalmada que competía con un pobre muchacho de los arrabales de Londres por el afecto del protagonista. Mi principal objeción al libro era la dicción. Leslie se esforzaba tanto por expresar los modismos, que había caído en la ortografía fonética, siempre, en mi opinión, un defecto literario. Cuando el joven cockney de Leslie, haciendo uso de esa jerga, le reprocha el tratamiento del que fue objeto, todo lo que habría necesitado decir —dado que el lector ya sabe que es un cockney— era: «No puedes hacer eso». Algo mucho más auténtico para el oído que la serie de sonidos casi ininteligibles elegida por Leslie.

De cualquier manera, Leslie obtuvo dos críticas que Dottie se apresuró a exhibir. No eran muy buenas, pero eran mejor que nada.

Durante las dos primeras semanas siguientes a la publicación, no ocurrió nada importante con Warrender Chase. Me entristeció ese silencio, pero no muy profundamente, porque casi había olvidado la obra, tanto apreciaba la nueva.

Un jueves por la tarde fui a la casa de Solly. Había prometido prestarme un poco de dinero para pagar el alquiler, mientras yo esperaba el pago de algunas reseñas y artículos. Además, le debía dinero a un dentista cuya secretaria comenzaba a perder la paciencia. Durante todo el día me abstuve de contestar el teléfono, convencida de que los llamados insistentes eran de ella. El conserje de la casa se ofendió cuando le pedí que, al responder el conmutador, le dijese a todo el mundo que había salido. Señaló que no le agradaba mentir. Aclaré que decir que no estaba en mi casa no era mentir. Lo aceptó formalmente, pero su voz sonó hosca.

Solly estaba, como siempre, en medio de un desorden de diarios y periódicos.

—No me gusta pedir prestado pero te pagaré muy pronto —le dije.

—Deberías preocuparte... —dijo Solly, sonriente en medio de los diarios abiertos sobre su escritorio y sobre una silla. Había varios semanarios. También vi el Evening Standard, y entonces reconocí mi fotografía. Habían aparecido críticas de Warrender Chase, todas favorables y a varias columnas. Solly me dijo que tenía datos anticipados de los diarios dominicales y que en ellos también ocurriría lo mismo. La fotografía del Evening Standard tenía este epígrafe: «Fleur Talbot, en la biblioteca tapizada de libros de su residencia urbana». Todo esto sucedió hace mucho tiempo.

Recuerdo que Theo Clairmont, uno de los comentaristas dominicales, decía que sin duda se trataba de un libro importante, pero que era probable que la autora nunca pudiese escribir otro. La profecía no se cumplió, ya que Día de difuntos obtuvo tanta aprobación como Warrender Chase y lo mismo sucedió con La Rosa Inglesa y los que le siguieron, con algunos más, y con otros, menos.

Hay algo más que recuerdo de aquel día en que fui a pedirle dinero prestado a Solly para pagar mi alquiler. Cuando volví a casa, ahí estaba el señor Alexander en la puerta para darme una gran bienvenida con un ejemplar del Evening Standard en la mano. Me invitó a beber algo con su mujer. Le dije que otro día. El conserje también estaba muy agitado, pues no sabía qué hacer con los mensajes telefónicos, y a la vez estaba fascinado por mi fotografía en el diario. No estaba del todo convencido de que no estuviese involucrada en algún asunto turbio.

Recuerdo que Leslie me hizo una visita esa noche. Me felicitó por mi buena suerte.

—Claro, el éxito popular... —Y no terminó la oración. Luego añadió—: De todos modos, siempre seré tu amigo. —Como si me hubiesen excarcelado con libertad condicional.

Los mensajes telefónicos aumentaban. Tenía ya un buen número tomado por el conserje y hacia las nueve de la noche se había acumulado una cantidad similar. Me los llevé a la cama con una sensación de desconcierto. Los leí uno por uno. Algunas de las personas a las que debía llamar eran la señorita Maisie Young, la señora Beryl Tims, la señorita Cynthia Somerville de la Editorial Triad, el señor Gray Mauser, el editor especial de Good Housekeeping, revista femenina, el editor literario del Evening News, el señor Tim Sutcliffe del Tercer Programa de la BBC y el señor Revisson Doe. Había muchos otros, incluso el de Dottie.

La llamé. Me acusó de haber urdido y tramado todo.

—Sabías bien lo que hacías —me dijo.

Reconocí haber actuado con segundas intenciones en Hallam Street y le anuncié que pensaba partir hacia París la mañana siguiente.

En realidad, me refugié en casa de Edwina en Hallam Street durante unas semanas hasta que disminuyó un poco la alharaca en relación con mi libro. Tenía que trabajar. El éxito es un tema como cualquier otro y en aquellos momentos lo conocía demasiado poco como para poder considerarlo y responder a preguntas sobre él. En aquellas semanas la Editorial Triad vendió los derechos para los Estados Unidos, para la publicación en libro de bolsillo, los de filmación y la mayoría de los derechos extranjeros de Warrender Chase. Adiós, adiós, pobreza mía. Adiós, juventud.