El futuro de la historia literaria: tres desafíos en el siglo XXI*

Galin Tihanov

Galin Tihanov (Bulgaria, 1964), doctorado en literatura búlgara (Sofia, 1996) y en Literatura Comparada (Oxford, 1998), fue profesor de Literatura Comparada e Historia Intelectual y co-director fundador del Instituto de Investigaciones de las Culturas Cosmopolitas de la Universidad de Manchester. Actualmente está a cargo de la Cátedra George Steiner de Literatura Comparada en Queen Mary, Universidad de Londres. Ha publicado El Amo y el esclavo: Lukács, Bajtín y las ideas de su tiempo (2000) y dos libros sobre literatura búlgara, ha coeditado ocho libros —dos de ellos sobre Bajtín y su círculo—, así como más de cien artícu­los sobre la historia intelectual y cultural alemana, rusa y euroriental y sobre literatura comparada. Trabajos suyos han sido traducidos a once lenguas europeas. Fue coeditor de New Comparison y presidió el Comité de Teoría Literaria de la Asociación Internacional de Literatura Comparada, del que es actualmente su Presidente Honorario. Es miembro de la Academia Europea. En 2007 fue profesor visitante de Literatura Comparada en la Universidad de Yale. Ganó, junto con Evgeny Dobrenko, el Premio Efim Etkind para el Mejor Libro sobre la Cultura Rusa (2012), por su coedición de A History of Russian Literary Theory and Criticism: The Soviet Age and Beyond (2011).

El futuro de la historia literaria parece precario, pero quizás no tan lóbrego como puede que algunos quieran creer. Aunque los llamados a abandonar la historia literaria tienen, irónicamente, un siglo de historia,1 la sensación de crisis y de estar en apuros metodológicos no comenzó a sentirse con intensidad hasta la década de 1980 cuando los intentos de reformar el oficio de la historiografía literaria culminaron —provisionalmente— en la ahora bien conocida Una nueva historia de la literatura francesa (Hollier). Muchos vieron ese proyecto como un asalto a la historia literaria tradicional, aunque tenían que admitir que su editor, Denis Hollier, había reconocido las dificultades que acosan a la disciplina luego de la llegada del postmodernismo y el postestructuralismo y había respondido de una manera innovadora, aunque no concluyente.2 En la siguiente década la cuestión de la posibilidad misma de la historia literaria fue planteada con alguna urgencia (cf., por ejemplo, Perkins), pero las respuestas a ella de principios del siglo xxi parecen haber estado marcadas por la moderación y el escepticismo constructivo y no por la negación radical. Una reciente conferencia internacional organizada por Marko Juvan y Darko Dolinar en el Instituto de Literatura y Estudios Literarios Eslovenos en Liubliana, en la que se presentaron varias ponencias muy interesantes (véase Dolinar y Juvan), ofrece un buen ejemplo de esta actitud.

El modo en que se desarrollará la historia literaria dependerá en gran medida de las modificaciones del marco más amplio en el que tiene lugar su evolución. Entender esas modificaciones me parece un primer paso esencial. A continuación me concentraré en tres factores, y trataré de dilucidar y sopesar su importancia para la historia literaria.

El estado-nación

Los orígenes de la historia literaria como discurso institucionalizado están estrechamente entrelazados con la suerte del nacionalismo y del estado-nación después de la Revolución Francesa. Aunque las primeras cátedras de literatura fueron concebidas para enseñar y ejercer las letras sin particulares restricciones nacionales, el período postnapoleónico marcado por el ascenso del nacionalismo en Europa fue testigo de una transición gradual hacia una investigación y agenda docente enfocada nacionalmente. La literatura misma era entendida como un instrumento para preservar y glorificar «aquellas grandes memorias nacionales que están en el oscuro pasado de una historia nacional» (Schlegel VI, 15) —y eso era la historia literaria. Como han sostenido recientemente Cornis-Pope y Neubauer (12), el estudio de la literatura y su historia fue institucionalizado por vez primera en sociedades que estaban interesadas en cultivar una clara identidad nacional y obtener la soberanía estatal (Alemania, Italia, Europa Central y Oriental), aunque estaríamos en lo cierto si dijéramos que en Inglaterra, donde la condición de estado y la identidad nacional habían sido establecidas muy tempranamente, la historiografía literaria arrancó por delante de cualquier tentativa semejante en los países arriba mencionados (Thomas Warton publicó entre 1774 y 1781 tres volúmenes de su historia literaria inconclusa, que sólo pudo llevar hasta la época de la Reforma). En Alemania, la primera historia literaria apareció mucho antes de la unificación del país bajo Bismarck en 1871: entre 1835 y 1842, Georg Gervinus (1805–1871) publicó una Geschichte der poetischen Nationalliteratur der Deutschen [Historia de la literatura nacional poética de los alemanes] (más tarde se cambió el título por el de Geschichte der deutschen Dichtung [Historia de la creación artística verbal alemana]) en cinco volúmenes; eso fue medio siglo antes de la primera gran historia de la literatura francesa publicada por Gustave Lanson en 1895. En Italia, De Sanctis publicó una historia en dos volúmenes de la literatura italiana en 1870–1871, después de la unificación del país, pero todavía veinte años antes que Lanson. A pesar de que Gervinus no estaba de acuerdo con la política mediante la cual Bismarck procuraba lograr la unificación de Alemania, su historia fue un poderoso instrumento en la construcción de una conciencia de la homogeneidad cultural alemana.

El futuro de este patrón que ha disfrutado de una dominación incuestionada por más de un siglo, actualmente es muy incierto. Existen varias razones para ello. Para empezar, el eurocentrismo mismo ha estado perdiendo terreno desde la Primera Guerra Mundial, y, con él, también el modelo europeo de historia literaria centrada en la nación. Este proceso fue exacerbado por la llegada de la globalización en la cresta de descubrimientos revolucionarios en materia de tecnología de la información en los años 50, la cual coincidió con el rápido desmantelamiento del sistema colonial. El resultante crecimiento de las culturas diaspóricas, por una parte, y el proceso de integración europea en el contexto de una economía globalizada, por otra, dieron origen a acontecimientos que han sido descritos de la mejor manera como el gradual «ahuecamiento» del estado-nación en Occidente. Se volvió cada vez más insostenible la existencia de un solo canon unificado sobre el que basar la historia literaria. Dentro del estado-nación surgió una serie de cánones paralelos llamados a rectificar las injusticias sociales del pasado. Para los que quieran verla, hay una señal muy fuerte que anuncia el alejamiento respecto de las historias literarias nacionales: actualmente, sobre todo en Alemania, donde Goethe había soñado con una «literatura mundial», de lo que se habla es de cómo construir un canon europeo representativo, que estimularía la escritura de historias regionales o, en el caso ideal, de una historia de la literatura europea como un todo. Y no es ese un pasatiempo exclusivamente de los ricos. Preocupados con la seguridad y decididos a ver un mercado en continua expansión, la Unión Europea y diversas ONG compiten en los Balcanes patrocinando libros de texto que están destinados a enseñarles a las generaciones más jóvenes que todos ellos comparten una historia política y cultural. Así pues, estamos frente a dos procesos de desarrollo, ninguno de los cuales es acogedor para la historia literaria tradicional encargada por el estado-nación: o historias regionales, e incluso «pan-europeas», que sirven a un conjunto de objetivos políticos diferente de aquellos tan familiares del pasado reciente, o narrativas trans-nacionales que prestan atención no a los proyectos monolíticos del estado-nación, sino, en vez de eso, como demandaba Stephen Greenblatt, a los procesos postcoloniales de «exilio, emigración, vida errante, contaminación, y consecuencias inesperadas, junto con las feroces compulsiones de la codicia, la añoranza y el desasosiego, porque […] son esas fuerzas desintegradoras las que principalmente conforman la historia y difusión de las lenguas, y no una arraigada sensación de legitimidad cultural» (Greenblatt 61). Si la historia literaria nacional tradicional ha de sobrevivir, tiene que hacer acopio de toda su flexibilidad para tomar en consideración esos nuevos procesos de desarrollo. De ello suministra un ejemplo reciente la nueva Historia Literaria Inglesa Oxford en 13 volúmenes, que dedicará dos volúmenes al período posterior a la Segunda Guerra Mundial, ambos destinados a competir uno con el otro, y a certificarse mutuamente, en el modo en que interpretan la anglitud [Englishness]: el volumen 1960–2000: Lo último de Inglaterra, escrito por Randall Stevenson, descrito como un «escocés que cree que la idea de “literatura inglesa” ya no es posible» (véase Bate 17), y otro volumen, 1948–2000: La internacionalización de la literatura inglesa, escrita por el canadiense Bruce King, quien celebra el multiculturalismo no como el fin sino como un reavivamiento de esa idea. (Nótese también que esos dos volúmenes interpretan de manera diferente la frontera cronológica inferior del período que exploran.) La nueva historia de Oxford está procurando así transportar —sin anularlo— el relato nacional en gran medida agotado a la (cuestionable) tonalidad del globalismo multicultural.

Los medios

La afirmación de Marshall McLuhan según la cual el medio es el mensaje (23–36) vuelve a cobrar resonancia hoy día cuando tratamos de hacer la crónica de los avatares de la historia literaria. La misión de la historia literaria ha cambiado dramáticamente durante los últimos sesenta años en gran medida debido al cambiante entorno mediático.

Este cambio tiene varios aspectos. Ante todo, el patrón de consumo de literatura sufrió una modificación importante. Abundan las adaptaciones cinematográficas de los cánones nacionales, facilitando que uno se engañe creyendo que ver Sentido y sensibilidad lo exime a uno de leer a Jane Austen. La accesibilidad de los clásicos a través de versiones televisivas de bajo presupuesto vino a tender gradualmente un puente sobre la brecha entre la alta literatura y la popular de la que la disciplina de la historia literaria ha dependido todo el tiempo. Se ha de reconocer que fue la historia literaria en primer lugar la que instituyó la división entre «alto» y «bajo», e hizo que obras inicialmente publicadas en serie en periódicos para el entretenimiento (también para la edificación, huelga decirlo) del público lector más amplio se convirtieran en obras maestras de la alta cultura. Muchas de las novelas del siglo xix, incluyendo las de Dostoievski y Balzac, fueron sometidas a esa remodelación metamórfica en las manos de historiadores literarios académicos en las décadas que siguieron a su primera publicación. Ahora se le viró la situación al historiador literario: la plétora de filmes, adaptaciones radiales, historietas, etc. ha sumergido la profesión en un mundo en el que casi ha desaparecido la seguridad previa que el canon suministraba. El acto supuestamente único de la lectura silenciosa ha sido desalojado brutalmente por el consumo masivo de sucedáneos visuales considerados mejores en enfatizar la trama y el vestuario en vez del mensaje filosófico supuestamente grande de la obra de arte literario. Así pues, los historiadores literarios han quedado vagando sin una brújula en la espesura de una cultura que no es ni alta ni baja, sino que, en vez de eso, subsiste de la reproducibilidad de lo sagrado en una miríada de ejemplos cotidianos de epifanía y performance que se traslapan.

El segundo aspecto es inducido por la presencia demasiado poderosa de los nuevos medios electrónicos. Desde Baudrillard,3 hemos aprendido a cuestionar la frontera entre hecho y ficción en las operaciones de la prensa electrónica. Además, los medios modernos, en particular las tecnologías interactivas, han hecho que se produzca una apertura sin precedentes del texto a una modificación simultánea por el receptor. Así, el estatus del texto ha cambiado más allá de la confortable docilidad en que descansa la historia literaria tradicional. El texto desobediente que emerge del proceso de interacción electrónica está abierto a cambios, es móvil como nunca antes, y verdaderamente ilimitado; ni siquiera el armamento conceptual de la intertextualidad ya es capaz de domesticarlo. Un hipertexto siempre fluido torna obsoleta y no confiable la articulación habitual de las entidades semánticas. El resultado es un archivo de depósitos semánticamente dinámicos que pueden ser añadidos o sustraídos libremente en cualquier momento. Se borra por entero la frontera autor/lector, y también los fundamentos de la teoría de la recepción y la historia literaria tradicional.

Por último, la red global crea una vasta biblioteca electrónica en la que las tradiciones y lealtades nacionales son desestabilizadas con rápidez. Fragmentaria en sus fundamentos, la experiencia del lector motivado por Internet contribuye a un nuevo paradigma de interpretación en el que referencia y comparación ya no se originan con una lógica imperiosa en un fondo históricamente verificable de escritura nacional. Para darle sentido a un cuento o un poema, tanto los maestros como los estudiantes de literatura ahora dependen a menudo de apoyo procedente del banco global de tramas e imágenes que nutre la mente, sin preguntar por sobre el carácter histórica o nacionalmente apropiado del material suministrado. Los medios electrónicos e Internet enfrentan así a la historia literaria con los desafíos de la simultaneidad y el desarraigo.

Demografía

Habermas, entre otros, ha hecho recientemente la pregunta incómoda (para decirlo suavemente) de «el futuro de la naturaleza humana». Colocó esa pregunta sobre la sólida base de la genética moderna y los inevitables —y hasta ahora imprevisibles— cambios que se derivarán de la inminente llegada de la clonación y la modificación genética de material humano. Desde mi punto de vista, aquí están en juego dos problemas interconectados: la longevidad y la memoria. Ambos sumergen al comentarista en profundidades antes inexploradas. Con una expectativa de vida en continuo aumento y las correspondientes tentativas de manejarla mediante diversas técnicas económicas y administrativas, ¿cómo se ha de distribuir socialmente la memoria? Como consecuencia de las modificaciones latentes en el manejo de la longevidad, ¿cómo cambiará la percepción de lo que constituye las experiencias y segmentos formativos de la vida humana, la niñez y la adolescencia? Tres de las piedras angulares esenciales de la historia literaria —en verdad, de cualquier historia— se estarán encaminando hacia una transformación dramática. Una es el concepto de generación; la otra es la noción de período; y la última, la noción de lo novedoso (lo que constituye una novedad en la vida literaria e ideológica de la sociedad). La historia literaria tradicional ha estado dependiendo de esos tres conceptos para proporcionar un centro de interpretación que tenga sentido. No bastará darse cuenta de que los períodos en la historia literaria e intelectual son constructos ideológicos discursivos; eso ya es sabido incluso ahora. El verdadero problema en juego es la cambiante duración de vida de las generaciones, y, con esta, los cambiantes ritmos de la producción de significado. Es probable que el acuerdo público sobre acontecimientos clave que se halla en la base del relato del historiador se alcance de una manera cada vez más complicada y mediada, porque las voces constitutivas del conjunto generacional tienen, cada una, una temporalidad, duración y, por ende, fuerza diferentes de las que animan la práctica de la historiografía (literaria) en la actualidad. Dista de saberse con certeza si la microhistoria o cualquier otra herramienta favorecida por la historiografía moderna será capaz de responder a esos retos. No deseo sonar como un autor de ciencia ficción mediocre: son las realidades del progreso en la genética y el inminente aumento de la longevidad en una escala sin precedentes las que nos impulsan a repensar los fundamentos de la historia (literaria) en el futuro. Aquí es oportuno subrayar que la historia literaria siempre ha sido apoyada ampliamente por el seguro mercado de la universidad y la educación escolar; sin ese mercado, es difícil suponer que fuera una empresa viable en cualquier sociedad moderna. Pero lo que vemos hoy, precisamente como parte de las técnicas económicas y sociales de control demográfico, es la introducción de un concepto totalmente nuevo de educación. La así llamada «educación continua», o «educación vitalicia», que ahora es parte del paisaje educacional por toda Europa y Norteamérica, redefine de manera lenta pero segura la filosofía de la educación, dejando atrás el dogma de la disciplinariedad bien delineada. El enfoque de escoge-y-mezcla del supermercado educacional de estilo occidental llegó para quedarse y ser empleado en secuencias regulares a lo largo de la vida del individuo. El tener que servir a ese mercado siempre creciente, así como al sistema modular de la educación de diplomatura [undergraduate], ya está teniendo un impacto en el radio de investigación asumido en la universidad moderna. Así, somos testigos de un nuevo ciclo de educación y empleo, que ya no separa a los dos, y de una nueva tarea social para que la educación actúe conforme a ella. Todo eso contribuye a un nuevo clima de instrucción y conocimientos avanzados, en el que el saber autorizado y la preservación de cualquier asignatura particular —sin excluir la historia literaria— parecen cada vez más inadecuados.

Pero no hay que terminar con un tono pesimista. En Ser y tiempo, Heidegger advirtió que «como determinación la historicidad precede a lo que llamamos historia» (17). Con eso quería decir, como afirma en la misma sección (No. 6), que la historicidad elemental del Dasein puede permanecer oculta del Dasein mismo, es decir, oculta de nuestra existencia aquí y ahora. Pero con esa afirmación también nos alerta del hecho de que la conciencia de la historia y la escritura de la historia, cada vez que tengan lugar, vienen como una respuesta (como un regalo del Ser) a una historicidad (temporalidad) siempre presente que condiciona nuestras vidas como humanos. En otras palabras, no hay escapatoria de la historicidad, ni siquiera en los recesos —largos o cortos— cuando la práctica de la historia literaria parece estancada para siempre. Hay solamente un regreso que ha de ser realizado por una historia literaria transformada en un mundo transformado. Si eso requiere la disolución de la historia literaria en una historia cultural que necesariamente diferirá tanto de la acumulación positivista decimonónica de hechos como de los elevados paralelos ideológicos de la Geistesgeschichte del siglo xx, que así sea.

Traducción: Desiderio Navarro

* «The Future of Literary History: Three Cha­llen­ges in the 21st Century», Primerjalna knji­ževnost, Liubliana, año 31, no. 1, junio 2008, ­pp. 65-72.

Notas

1 El artículo de Wellek realiza un útil resumen de las diversas objeciones a la historia literaria des­de finales del siglo xix hasta los años 60 del siglo xx.

2 El grado en que el proyecto de Hollier estaba abandonando las prácticas tradicionales de la historiografía literaria se podía inferir del hecho de que en la —posterior— versión francesa del libro se omitió del título la palabra «historia» (cf. Hollier, De la litt.).

3 Véase sobre todo el conocido panfleto La Guerra del Golfo no ocurrió de Baudrillard.

Referencias

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Baudrillard, Jean, The Gulf War Did Not Take Place, trad. Paul Patton, Bloomington, Indiana University Press, 1995.

Cornis-Pope, Marcel y John Neubauer, Towards a History of the Literary Cultures in East-Central Europe: Theoretical Reflections (ACLS Occasional Paper, 52), Nueva York, American Council of Learned Societies, 2002.

Dolinar, Darko y Marko Juvan (eds.), Writing Literary History. Selected Perspectives from Central Europe, Frankfurt, Peter Lang, 2006.

Greenblatt, Stephen, «Racial Memory and Literary History», Rethinking Literary History. A Dialogue on Theory, ed. Linda Hutcheon y Mario J. Valdés, Oxford y Nueva York, Oxford University Press, 2002.

Habermas, Jürgen, Die Zukunft der menschlichen Natur. Auf dem Weg zu einer liberalen Eugenik?, Frankfurt, Suhrkamp, 2001.

Heidegger, Martin, Being and Time: A Translation of «Sein und Zeit», trad. Joan Stambaugh, Albany, State University of New York Press, 1996.

Hollier, Denis (ed), A New History of French Literature, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1989.

(ed.), De la littérature française, París, Bordas, 1993.

McLuhan, Marshall, Understanding Media: The Extensions of Man, Nueva York, New American Library, 1964.

Perkins, David, Is Literary History Possible?, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1992.

Schlegel, Friedrich, «Geschichte der alten und neuen Literatur» [1815], Kritische Friedrich-Schlegel-Ausgabe, ed. Ernst Behler et al., Paderborn, Schöningh, 1961, vol. 6.

Wellek, René, «The Fall of Literary History», en: René Wellek, The Attack on Literature and Other Essays. Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1982.