El cine germinado en poesía
Eric Caraballoso Díaz
El cine es poesía, puede ser poesía. No creo que haya contradicción en esta frase: en su capacidad de ser está su esencia, a veces inacabada, a veces luminosa. Entonces: el cine es poesía porque puede serlo. Tal vez en ocasiones no llegue siquiera a ser cine, quede apenas en burla, en vacía peripecia, pero cuando entre las imágenes en movimiento asoma la belleza, cuando una escena, un sutil encuadre, un parlamento, revelan una emoción insospechada, brota pues la poesía, límpida o febril, refulgente o callada. Y basta estar frente a la pantalla para descubrirla.
Es frente a la pantalla que se completa el círculo, que acontece el milagro. Antes, otros hombres y mujeres, actores, directores, camarógrafos, músicos, escenógrafos, guionistas, dieron a la película toda su pasión, su halo poético. Pero si luego el espectador no llega a percibirlos, al filme le aguardan las sombras, el olvido.
No siempre brota la poesía donde se le supone, donde sería lo más común o esperado. Tampoco todos la descubrimos por igual. Pero si está, el ojo, el sentido aguzado, la abrazan, la disfrutan, la inmortalizan en la memoria. Lo que fue no dejará de serlo.
En Poemas del lente (Ediciones Loynaz, 2012) late la memoria. Con sus versos, Reinaldo Cedeño hace que la poesía cristalice en poesía. La poesía del cine convertida en fermento, en carne de la literatura. Sus metáforas evocan fotogramas, sus verbos y sustantivos rememoran —rehacen— lo que primero se manifestó veinticuatro cuadros por segundo. De esta forma, el círculo se completa nuevamente: de la pantalla al papel, de la imagen fugaz a las palabras.
¿Cuáles son los filmes-poemas de Cedeño? ¿Por qué esos justamente y no otros, más célebres quizás, más memorables para académicos o críticos? Difícil mediar en cuestiones de gustos, de emociones. Lo verdaderamente esencial, sin embargo, no son las películas incluidas en sí, las volcadas en versos, sino los propios versos. No es el hecho de que en la página 29 del cuaderno se evoque a la Casablanca de Michael Curtiz, o en la 44 a Suite Habana, o en la 15 a Cuando vuelen las cigüeñas. No, lo bello, lo significativo, es que lo escrito de ellas reviva su espíritu, su drama interior, incluso su tono, sea sensual o terrible, tierno o desgarrado. Y, además, conmueva.
Personajes memorables recorren este libro, muchos de ellos femeninos: Scarlett O’Hara, Blanche Dubois, Lucía-Raquel Revuelta, Lucía-Adela Legrá, Sor Juana, Cuba Váldes… Sus voces, sus siluetas, sus presencias cinematográficas, se enseñorean en las páginas como si se tratase del plató. «¿Cómo vivís sin memoria?», nos enjuicia Norma Desmond desde El crepúsculo de los dioses, y su interrogante, como justicia poética, se multiplica en cada poema, en cada locación. La Plaza de la Revolución José Martí (el día cuatro a las cuatro y cuarenta y cuatro de la tarde), una habitación en Roma, una azotea de Bangkok, el Palacio del Emperador, la brasileña Ciudad de Dios, en todas ha sucedido o sucederá algo hermoso o terrible que merece inmortalizarse en la hoja impresa.
Algún lector o cinéfilo suspicaz podría apuntar la preponderancia de filmes-poemas de determinada temática, no diré cuál o cuáles. Otros, al hablar de lo mismo, podrían ponderar la coherencia estructural del cuaderno. No veo rompimiento alguno entre ambas posturas y sí algo esencial en la poesía de Cedeño: emoción y sinceridad. Estos poemas nacieron de lo más raigal, de lo más íntimo de su autor y, por ello, aunque partan del cine y le rindan homenaje, hablan al final, como toda poesía —como la propia «poesía» que asoma en las películas— de los hombres, sus miedos, sus sueños, sus pasiones.
Hizo bien el jurado del Premio Loynaz en reconocer este cuaderno de Cedeño. Poemas del lente nos convida a volver a la sala oscura, a acomodarnos en silencio en nuestras butacas, y a disfrutar, escena a escena, fotograma a fotograma, del germinar fúlgido o silencioso de la poesía.
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