¿Generación 0? La generación des(re)generada
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Yanelys Encinosa Cabrera
En la primera década del milenio tres jóvenes escritores: Ahmel Echevarría, Orlando Luis Pardo y Lizabel Mónica comenzaron a formular la idea de «Generación 0» para caracterizar principalmente desde la narrativa, la propuesta estética de su producción y la de algunos de sus contemporáneos. A partir de ahí afloraron los comentarios y generalizaciones sobre dicho título, para referirse a la literatura escrita en los años 2000 por autores cuya obra empezaban a visibilizar las editoriales nacionales, a través del sistema de premios y la labor promocional de la Asociación Hermanos Saíz. El término comenzó a circular en el terreno literario impulsado por algunas opiniones de la crítica y se extendió a la poesía de esa hornada nacida con la centuria.
Hace unos años, con la efervescencia inicial de esta idea de «generación 0» pretendía sumarme a ella por el saludable sentido de pertenencia que la afiliación suele dar a un grupo o movimiento colectivo. Pero en el transcurso de más de media década, he tropezado con elementos de la actividad poética cubana que me llevan a reevaluar la denominación inicial de «generación». A saber: al trazar un corte transversal etario —como el utilísimo rasero de la AHS (menores de 35)1— algunos autores nacidos en los sesenta y a inicios de los setenta quedaban suspendidos en tierra de nadie, a pesar de que el momento en que comenzaron a publicar su obra, y en muchos casos, el momento de su formación intelectual y escritura, coincidían en tiempo y espacio de producción y edición con la nuestra, por lo que podrían asumirse como parte de ¿esta generación?, ya que la realidad que reflejaban era la misma.
Por otro lado tropiezo con la historia del término «generación» que ha servido para explicar procesos grupales, susceptibles —desde la mirada académica y crítica— a caracterizaciones en masa, como movimiento colectivo en el que pueden distinguirse patrones de uso, motivos, temas y tonos comunes, sin descuidar particularidades de estilo individual. Por solo ilustrar con algunos ejemplos de la poesía cubana del siglo XX: generación de Orígenes, El Puente, El Caimán, los ochenta de Usted es la culpable, Retrato de grupo, etc., Diáspora en los noventa. Había en ellos una voluntad afiliativa, cohesiva, que los congregaba en torno a ideologías, temas y hasta modos comunes, con asentamientos y postulados críticos como avales de grupo, que los compactaba y fortalecía frente a los demás, y que en algunos casos, lograron un liderazgo que ensombreció en su momento, a otras poéticas con las que coexistían en tiempo y espacio.
Comienzo a observar ya en la segunda mitad de la década del noventa, cierta indiferencia por las coaliciones. Los jóvenes poetas que inauguran el milenio heredaron quizás un sentido de confraternidad que fue disolviéndose paulatinamente en la dinámica veloz de la vida literaria del nuevo siglo. La amplitud de posibilidades editoriales a la salida de la crisis, fertilizó el terreno para un auge editorial difícil de cuantificar y cualificar en su magnitud. Aparecieron nuevos nombres con el siglo, esparcidos por toda Cuba y fuera de nuestras costas, desperdigados y solos, como quedó la Isla que los vio crecer tras la muerte soviética: sola, inamovible y sincrónicamente a la deriva,2 con una orfandad y una sensación de pertenecerse solo a sí mismos, consustancial a esta realidad. Compilaciones como la Estrella de Cuba (Inventario de una expedición) que preparó Edel Morales y la que realizara junto a Aymara Aymerich: Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo, así como otras especializadas en la producción femenina, ayudaron a dar una visión de conjunto de esa nueva hornada que se abría en el umbral de los 2000, y de la que la propia Aymerich expresó:
Nada, salvo algún licor nos nuclea como grupo. No ambicionamos roles protagónicos, escenarios exclusivos, lunetas estratégicas. Jamás nos deslumbró matricular en los gimnasios literarios precedentes. No nos influyen estilos o tendencias homogéneamente. Nunca hemos insinuado una plataforma ideoestética, de manera colectiva, que nos valga de soporte. Ni tendremos, supongo, nuestro manifiesto literario […]. Tampoco nos afecta o interesa demasiado, pues solo rastreamos la voz propia y por asirla seríamos capaces de ignorar cualquier conglomerado.3
Aparecían las voces poéticas de la propia Aymara, Daniel Díaz Mantilla que venía de la narrativa de los noventa, Gleyvis Coro, Liudmila Quincoses, Carlos Esquivel, Mae Roque, Yanira y Javier Marimón, Marcelo Morales, Teresa Fornaris, Maylén e Israel Domínguez, René Coyra, Isaily Pérez, Frank Castell, José Ramón Sánchez, Katia Gutiérrez, Ania Alejo Laborit, Ronel González, José Luis Serrano, Arlén Regueiro, Ray Faxas, Herbert Toranzo, Leyla y Kenia Leyva, Alexander Besú, Nuvia Estévez y muchos otros —sin que esta mención pretenda ser una lista jerárquica—, cada uno con un tono y pulso propio, centrado en la indagación de su universo interior, con intereses comunes aún visibles en temas e inquietudes estilísticas, pero sin intenciones aglutinantes o asociativas desde lo literario. Esta podría verse como la hornada entrante de la primera década del siglo XXI, hermanos mayores inmediatos de los que emergeríamos en la segunda mitad de la década, la mayoría nacidos hacia fines de los setenta y en los ochenta, quienes seguimos respirando esa misma atmósfera diluida, ese mismo ser y estar, sin necesidad de pertenecer.
Por todo esto veo necesario el replanteo de las nociones de generación y su pertinencia para hablar de la poesía hecha por jóvenes autores en la primera década del siglo XXI. Primera observación: si los autores que nacimos a la vida literaria en la primera década del siglo fuéramos una «generación» por coincidir en el momento de emergencia y representar el espíritu de una época, entonces esta «hornada» sería des-generada —que no bastarda ni envilecida—, en lo referente a afiliación, cohesión y asociación, sin voluntad grupal, ni cacicazgos, ni cabecillas visibles, sin postulados ni abanderamientos comunes a unos pocos elegidos. Y si unos nombres resaltan es por su estilo propio, diferente, autónomo, sin escuelas ni cohortes que le hagan coro. Los escasos intentos de postulaciones grupales no han resultado aún significativos a escala colectiva. Si los jóvenes poetas de la generación del ochenta contaron para su asociación y hermanamiento como contemporáneos con la convivencia en los talleres literarios y la promoción colectiva en antologías para paliar la escasez de publicaciones individuales, los jóvenes poetas de hoy tenemos una hemorragia de actividades literarias como tertulias, cafés, presentaciones de libros, en horarios coincidentes, a los que vamos en el mejor de los casos a leer o a escuchar a algún amigo y en donde compartimos con poetas de otras promociones, aunque con escasa oportunidad para la reflexión conjunta y el debate entre coetáneos. Salvo escasos intentos, como el diplomado «Historia y práctica de la creación poética», impartido por Roberto Manzano, Jesús David Curbelo y Susana Haug en el centro Dulce María Loynaz, no existe —como en el caso de la narrativa con el Centro Onelio Jorge Cardoso—, una escuela de poesía que además de formadora sirva de espacio de reflexión y diálogo o asociación de intereses comunes. Esta situación contribuye al aislamiento y a la sensación de electrones libres que experimentamos la mayoría de los jóvenes poetas, movidos cada uno por impulsos y resortes propios, alimentados por lecturas cada vez más diversas y personales. Esta mentalidad del poeta de hoy se sostiene en un contexto vital, social, en el que lo privado se fortalece ante lo público y lo individual recupera valor ante lo colectivo.
De ésta, otra observación: la diversidad de lo individual, pluralidad de tonos, modos y temas: lirismos que beben de la tradición y la actualizan, con intertextualidades de la cultura y la historia universal, releídos en un nuevo contexto; experimentaciones formales con el lenguaje y la visualidad del texto, rupturas críticas y beligerantes con la realidad y/o con lo canónico, rebeldías lingüísticas ante saturaciones expresivas, lenguaje procaz ante temas y léxicos tabú —que guiñan a Bocaccio, Rabelais, Bataille, Marqués de Sade—; transgeneralización y mixtura de formatos creativos, asimilaciones de otras artes, voluntad hipertextual, lo carnal, lo espiritual y lo integral, lo mortal y lo divino, lo individual y lo social, lo inmanente y lo trascendente, lo telúrico y lo sideral, lo local, lo nacional y lo global-trasnacional, lo patriótico y lo apátrida, los contrarios y todos sus intermedios. Entonces, orquesta multiforme, poliédrica, capaz de converger en el vergel, escribir y leer con hermanos mayores y menores, coetáneos y no, coterráneos y no, foráneos e intranjeros.
Intento dilucidar rasgos que permitan mostrar sucintamente el recuadro de esta poesía joven y ¿caracterizar? —si ello fuera posible— más sus atmósferas y ambientes que las definiciones claras de sus actores. Como juez y parte en el asunto, no pretendo avalar nombres, ni jerarquizar posturas estéticas. Si unos nombres destacan más que otros en la vida literaria por su constancia, o lo polémico de una propuesta o conducta atrevida, o los beneficios de los circuitos de promoción del sistema de premios y publicaciones, no son estas razones las que me atraen a acercarme a su escritura para el disfrute o la contrariedad, y a moverme con ellas; ni son esas tampoco razones para apartarme de otras lecturas y otros nombres, que pasan quizás más silenciosos, sin estridencias, con propuestas también interesantes. No me prepongo dictaminar ni evaluar nada, solo comparto impresiones de lecturas, observaciones generales, con los riesgos de carencias que ello pueda entrañar; pero dejo los dictámenes y canonizaciones a las sabias miradas del tiempo que todo lo revuelve y reacomoda. No pretendo ocupar el papel de la crítica que para justicia e imparcialidad ha de venir desde afuera y no de una parte del asunto, y de un afuera equidistante, un observador crítico, sensible y analítico, con la lúcida frialdad de quien no guarda recelos, rencillas, ni resentimientos. La crítica hará su parte y el tiempo dirá qué versos, qué libros quedarán para los lectores de mañana; los de hoy acérquense a todo lo que puedan, saquen a conciencia, sus conclusiones. Por ahora solo me aventuro como testimoniante, a vislumbrar modos, temas, coyunturas, atmósferas, en mis contemporáneos.
En la multiplicidad si algo nuevo nos distingue como actores de nuestro primer momento literario son las herencias de las que, como hijos, nos pertrecha la realidad, el proscenio del siglo XXI, y que rebasan la isla, pues atañe al continente y más. Descender de generaciones que vieron derrumbarse sus grandes metarrelatos: el amor, la familia, la política, la religión, la patria, significó crecer con el escepticismo típico de la desilusión de los padres, cierta mirada crítica y desembarazada ante los desastres, que no insensible, sino amarga o irónicamente resignada a veces, sarcásticamente rebelde otras, puerilmente irresponsabilizada, en ocasiones, en una aparente caótica asimilación.
Amamantados por la soya del mal llamado «Período especial» muchos aprendimos a crecer con los recortes y el pastiche, a remedar con picardía o ingenuidad una mercantilización que nos llegaba tardía en nuestras libretas de colecciones con cajitas de jabón o de café cuando la despenalización de nuestra infancia y adolescencia. A los primeros les tocó el hambre en el preuniversitario, en extrema racionalización de la carencia, otros la vivimos de muy niños con escasa memoria o ninguna de la abundancia soviética. Para muchos ha habido que racionalizar hasta la palabra, recortarla, sintetizar el poema a la manera asiática, fragmentar concepto y léxico en cubos como los descuartizamientos de Picasso o brocharlos casi torpemente como Pollock, remembranza de un estado de crisis, recontextualización de las vanguardias, como los umbrales de siglo ante las debacles. Otros han preferido subvertir el ahorro cotidiano, con una profusión que encuentran en la emanación de su espíritu y su imaginación, en la florestación abundante y nutricia de la palabra, en la profundidad de la metáfora, la plasticidad de la imagen, la velocidad lumínica de una secuencia cinematográfica.
También nos pertenece esa juguetería nueva del milenio: la tecnología que ha venido creciendo con nuestras edades (con el consabido rezago del subdesarrollo del tercer mundo). Algunos conocimos el nintendo, el super y sus posteriores generaciones; ya en la salida de la crisis llegaron por oleadas las walkmans, los CDs, DVDs, la flash, el móvil y hasta el Ipod. Hoy el poeta escribe cada vez menos en servilletas o menús de cafetería, dependemos cada vez más del teclado y la pantalla, más aun los que aprendimos a hacer un libro en la pantalla de la compu, de leer a Orwell o a Kundera desde el adjunto en el mail de un amigo, o ver a Kurosawa gracias a la copia pirata de Internet. Somos hijos de la invasión de la imagen y el sonido, saturación sensorial que nos llega de la TV, la Internet, el diseño gráfico, la fotografía, el video clip, el audiovisual todo, el hartazgo de la música. De ahí la búsqueda visual del texto, la poesía que experimenta en lo digital, donde asoman las orejas de Apollinaire, Mallarmé, Girondo y el concretismo, pero en este contexto nuevo del ciberespacio tecnológico, insospechado por ellos, en el que el formato papel, libro, se cuestiona y tensa, y se expanden las molduras y límites de su condición de objeto.
Se ensanchan también los campos de las manifestaciones artísticas con lo transdisciplinario: en lo performático de una poesía de escenario que ha de cantarse o dramatizarse, corporeizarse y que incorpora a la palabra la intertextualidad del rap, el hip-hop, el pop, hasta el reguetón; en ciertos tonos de la dramaturgia que implican deslizamientos escénicos, gestualidad; en el video poema, etc. De ahí el asentamiento y reacomodo, cada vez más consolidado y consciente, de esa manera antigua de entender la poesía, como la vieron los grecorromanos: el poema-ditirambo-obra teatral-narración épica. Esa literatura que traspasa los bordes del género, en una mixtura prolífica de lecturas, sentidos y modos, que viene haciéndose hace mucho, la heredamos de algunos ancestros y hermanos mayores y ahora la incorporamos la mayoría más intencionadamente, con una voluntad estética y comunicativa explícita y consciente, cada vez más expandida como atmósfera colectiva. No querer pertenecer a un grupo o medida, a un segmento, por lo sectario y limitado, no querer aglutinarse en el rótulo de generación (título que partió de unos pocos y se desvaneció por esta misma apatía mayoritaria), esa inconformidad con los moldes y las etiquetas, tiene una formación psicológica análoga a la necesidad de escapar a las molduras y bordes de un género literario, para expandir las posibilidades comunicativas, para diversificar y enriquecer lo que tradicionalmente se le ha concedido en la historia literaria al territorio de cada género, pues estas limitaciones han coartado los experimentos en los registros de la lengua, y han impulsado a extender las fronteras. La existencia cada vez más generalizada de lo transgenérico, no anula sin embargo, las búsquedas de quienes trabajan aún con las formas clásicas, la métrica tradicional, los que indagan en lo lírico y lo establecido como poético: puede degustarse una atrevida décima, una glosa, un soneto, metros antiguos revitalizados, que también exhiben lozanía y que amén de los embistes del verso blanco, por fortuna, se resisten a morir.
La violencia cotidiana de la saturación sensorial (imagen, sonido, tecnología) que en Latinoamérica se suma a la violencia mayor, física, social y política, se traduce en verso en un desgarramiento febril, o desembarazado de todo pudor, o encubierto en el revestimiento lírico de la metáfora, o en una descarnada desnudez de la palabra. A ese espectro se suman los aportes de los poetas que vienen de momentos anteriores, de otras líneas estilísticas y que coinciden o difieren ahora con los nuevos, aportando tonos y matices al paisaje. Esta policromía, polifonía, que prefiero ver de manera democrática y ecuménica, sería —a mi juicio— la característica más pertinente de mi generación, si la entendiera entonces como momento escritural confluyente, des-generado en cuanto a encasillamiento grupal y postulante, re-generado en la actualización y reconstextualización de las variedades estéticas y temáticas anteriores y las nuevas, re-generante en su modo de abrir las nuevas floraciones.
No he pretendido retratar un panorama con las voces más visibles. Quienes hayan leído la obra de algunos de los jóvenes autores, conectará de inmediato en su memoria libros, versos, que ejemplifiquen los trazos que he ido figurando. A manera de muestrario de esta diversidad de temas e intenciones, nombres incluidos, recomiendo leer: «ABCDesmontajE. Los años cero y yo: este cadáver feliz»,4 de Jamila Medina Ríos en La gaceta de Cuba, artículo en el que explora el vastísimo racimo de poetas jóvenes cubanos. Muchos de estos nombres que hemos florecido en la primera década del siglo se reúnen en La Isla en versos. Cien poetas cubanos, compilada por dos jóvenes poetas holguineros, representativos de esta promoción: Luis Yuseff Reyes y Yanier Hechavarría Palao, que Ediciones La Luz realizara como un homenaje a Virgilio Piñera en su centenario, guiño de los nuevos escritores a la tradición literaria cubana desde el tema de la insularidad. Para quien ande a la caza de las dudosas jerarquías y prefieran rondar los nombres más recurrentes, premiados y promovidos, puede aventurarse a la suerte del manojo de antologías que —por las limitaciones típicas de toda valoración subjetiva de un par de lectores, o las objetivas materiales de disponibilidad de papel y espacio— suelen beneficiar a unos pocos, y que han sido publicadas, en su mayoría, por editoriales extranjeras: El manto de mi virtud. Poesía cubana y uruguaya del siglo XXI, Las ondulaciones permanentes, Rosa Caribe. Poesía de Cuba y Venezuela, entre otras.
Para quien quiera acercarse a la más joven poesía cubana, de dentro y fuera de la Isla, sin prejuicios, sin perjurios, con la única avidez de leer una poesía viva, palpitante en los destellos alboreos de su advenimiento, con la mirada dispuesta a expandirse sobre un ancho paisaje, larguísimo, vasto, inquietante, incierto, como el horizonte, puede aguardar a la próxima edición —Dios y Letras Cubanas mediante— de El árbol y la cumbre, compilación de Roberto Manzano y Teresa Fornaris, volumen que al decir del propio Manzano no pretende ser antología, sino un libro para leer a una generación, pues alrededor de doscientos jóvenes poetas, de nacimiento posterior a 1975 han de desbordarse de estas páginas. En especial, recomiendo el acercamiento atento a esta escritura naciente, la lectura de cada verso sin prejuzgar al autor por su procedencia territorial, su inclusión en revistas o certámenes literarios, o el número de sus publicaciones. Sugiero la mirada personal a cada universo, penetrar la intimidad descubierta a la pupila del lector de cualquier edad, de cualquier lugar o tiempo, y en especial, la del habitante de este siglo: quizás esta poesía de hoy sirva para des/re-conocernos, según elija el demandante.
1 Corte que entiendo necesario como mecanismo institucional para beneficiar a una zona creativa, los jóvenes, por lo general preterida y desfavorecida en cuanto acceso a visibilidad editorial, promoción y potenciación creativa.
2 Cf. Aymerich, Aymara. «Digo lo que digo. Aquella generación cubana de los años 80…», Archipiélago. Revista Cultural de Nuestra América, no. 55, Año 14, enero-marzo de 2007, p. 33.
3 Op. cit, pp. 34-35.
4 Variación del poema de Lilisbet Morales «El fin de todas las cosas», incluido en Silencio anterior a todo ruido. Selección de poetas avileños (comp. Herbert Toranzo y Elías Henoc, pról. Roberto Manzano), Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, 2008, p. 46.
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